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Amandine-Aurore-Lucile Dupin alias George Sand
Los caballeros de Bois-Doré

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  • Tomo I
    • - XXXI -
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 - XXXI -

   Mientras el colosal carrocero Aristandre ataba las manos a Sancho, aturdido por su caída, y le quitaba sus armas, Alvimar salía por fin del estupor en que le había dejado aquella rápida escena.

 

   Durante un momento había pensado en abandonar a la ira de Bois - Doré a su cómplice; pero al ver que trataban tan rudamente al que una vez más demostraba su abnegación por él, un resto de pudor y de orgullo le obligó a protestar.

 

   - Señor mío - dijo - , comprendo que estéis irritado contra la estupidez de este anciano, que dormía sobre su caballo, y que, despertado de sopetón, se ha creído atacado por una partida de ladrones. Ciertamente, merece un castigo; pero no ser tratado como prisionero, sometido a vuestro derecho señorial; porque es mío y sólo a mí incumbe castigarle por la injuria que os ha hecho.

 

   - ¿A esto lo llamáis una injuria, monsieur de Villarreal? - dijo el marqués con tono de desprecio - . Pero tampoco es con vos con quien me las tengo que entender, sino con mi pariente y amigo Guillermo de Ars.

 

   - No toleraré ninguna explicación - dijo Alvimar con una rabia calculada - antes de que hayáis devuelto mi servidor, y si lo que buscáis es un combate...

 

   - Guillermo, escuchadme - dijo Bois - Doré.

 

   - ¡No! ¡Nadie os escuchará! - exclamó Alvimar intentando librar su caballo, que Guillermo, colocado entre él y Bois - Doré, retenía para evitar un conflicto - . Monsieur de Ars, soy vuestro amigo y vuestro huésped; me habéis invitado y acogido, me habéis prometido ayuda y lealtad en toda ocasión; no me dejaréis injuriar ni aun por una persona de vuestra familia. En este caso, ¿no es a mí a quien debéis auxilio y justicia, aunque fuese en contra de vuestro propio hermano?

 

   - Lo - contestó Guillermo - , y así será. Pero tranquilizaos y dejad hablar a Bois - Doré. Le conozco lo bastante para estar seguro de su cortesía hacia vos y de su generosidad hacia vuestro criado. Dejad que pase un momento de ira; es la primera vez que le veo tan enojado, y, a pesar de tener motivo para ello, estoy seguro de apaciguarle. Vaya, vaya, amigo mío, estad tranquilo; vos también estáis encolerizado; pero sois el más joven y mi primo es el ofendido. Os confieso que si hubiese sufrido la menor herida, yo hubiera matado a vuestro criado en el acto, aunque luego os hubiera tenido que dar razón de ello.

 

   - Pero, ¡qué diablo, señor! - exclamó Alvimar, siempre con la esperanza de evitar la explicación con una disputa, y, en caso necesario, con una lucha - . ¿Podréis decirme cuál es la falta de mi servidor? ¿Qué significa el capricho del señor marqués, pasando junto a nosotros sin darse a conocer y viniendo a atravesarse en nuestro camino, exponiéndose a ser tomado por un loco? ¿Y vos mismo, no habéis empuñado vuestra pistola para gritarle: Quién vive?

 

   - Es verdad; pero yo no hubiera disparado sin esperar la contestación, ni creo que vos tampoco lo hubierais hecho, y no podríais defender el acto estúpido o malo de vuestro criado. Vaya, sosegaos. Si queréis que yo arregle el asunto a vuestro honor y satisfacción, no me quitéis los medios con vuestra violencia.

 

   Mientras Alvimar seguía discutiendo con aspereza y el marqués esperando con mucha tranquilidad, Adamas, preocupado por el desenlace del asunto, y obrando por su cuenta, había hablado con las gentes de Guillermo. Les había dicho todo lo que sabía, y ellos le habían jurado que, en el caso de que monsieur de Ars se viera obligado a ordenarles que defendiesen a Alvimar en contra de la escolta de Bois - Doré, harían una lucha simulada, y, entretanto, dejarían a quien correspondía la misión de hacer justicia a los asesinos.

 

   Todos aquellos criados, aunque de distintos señores, eran parientes o amigos y no tenían ningún deseo de cambiar golpes por el amor de un forastero culpable o sospechoso.

 

   El tiempo que Alvimar esperaba ganar con su resistencia se volvía fatalmente contra él, y cuando Guillermo, impacientado e indignado por su obstinación, le volvió la espalda para explicarse con el marqués, se vio rodeado por la escolta de este último, sin que la de Guillermo pusiese la menor oposición.

 

   Entonces su inquietud fue grande y miró en torno suyo, calculando las pocas probabilidades de huir que tenía, sin dejar en la tentativa el honor la vida.

 

   Pero renació su esperanza al oír que Guillermo, quien Bois - Doré acababa de contar sus agravios en pocas palabras, se empeñaba en creer que había sido víctima de falsas apariencias.

 

   - ¿Monsieur de Villarreal? - contestó el marqués - . Esto es imposible, y para creerlo ya, tendría que haberlo visto con mis propios ojos. Y como vos no lo habéis visto y debéis ser víctima de falsos relatos, permitidme que defienda el honor de este hidalgo y, a pesar del respeto que tengo por vos, no contad, señor y querido primo, con que os deje insultar y maltratar sin pruebas a un amigo que se ha confiado a mi guardia. Además, no tenéis derecho para hacerlo, porque todo hidalgo depende de la justicia del rey. Os suplico que soseguéis vuestros ánimos exaltados y que me dejéis volver a mi casa, adonde sabéis que me corre prisa el llegar.

 

   - Mis ánimos no están exaltados - contestó Bois - Doré elevando la voz con una dignidad que Guillermo no sospechaba - ; esperaba vuestra réplica, mi querido primo y amigo. En vuestro lugar, yo hubiera hecho lo mismo, y no os censuro en nada. Como había pensado que vuestra conducta sería tal cual es, he resuelto conformar la mía a la consideración que os debo, y por eso es por lo que me veis a la mitad del camino de nuestras moradas respectivas y sobre un terreno neutral y comunal.

 

   Tengo algunos derechos sobre esta carretera; pero a tres pasos del ribazo, entre estas viejas rocas el terreno no es ni de vuestro dominio ni del mío. Sabed, pues, que estoy resuelto a batirme a muerte en este lugar, frente a frente con este traidor, que no puede negarse a combatir, puesto que intencionadamente le he ofendido y provocado en la persona de su lacayo, y porque en este momento le provoco y le insulto, afirmando ante Dios, ante vos y ante los hombres honrados que nos acompañan, que es un asesino infame.

 

   No creo que toméis a mal lo que hago; porque os ruego os fijéis en que mientras vos y él habéis estado en mi casa, he dominado mi justa ira y he cumplido con la palabra que os di de ser para él un huésped perfecto; y os ruego os fijéis también en que me las he arreglado para que nos encontremos en pleno campo, a fin de no tener que violar vuestro domicilio, porque por nada en el mundo hubiera yo querido poneros en el trance de auxiliar a ese traidor.

 

   En fin, mi querido primo, os ruego consideréis que os hago el mayor de los sacrificios, y es que, en lugar de matarle, molido a palos por mis criados, según merece, condesciendo, yo, noble y digno de serlo, en batirme con un asesino de la especie más vil. A no haber sido por la amistad con que le honráis, le hubiera encerrado en alguna mazmorra; pero como quiero respetaros hasta en el error en que estáis, renuncio a todo privilegio para combatir con él, el infame, el degradado, con las armas del honor. He dicho, y ya no podéis oponer nada.

 

   - ¡Ciertamente! - exclamó Guillermo, conmovido por la nobleza de alma del anciano - . No puede darse una conducta más leal que la vuestra, mi querido primo, y, dadas las sospechas que tenéis, demostráis una generosidad poco común. Pero como tales sospechas no tienen fundamento...

 

   - No son sospechas - repuso el marqués - , y ya no se trata de eso, puesto que no queréis escuchar; yo provoco en duelo a uno de vuestros amigos y supongo que no consideraríais como tal a un hombre capaz de retroceder.

 

   - ¡No, por cierto! - exclamó Guillermo - . Pero yo no consentiré que tenga lugar un duelo que no conviene a vuestra edad. Antes me batiré par vos. ¿Queréis admitir mi palabra? Os la doy de vengar yo mismo la muerte de vuestro hermano, si lográis demostrar indiscutiblemente que monsieur de Villarreal la ha causado cobarde y malamente. Esperad a mañana y yo me hago el justiciero de vuestra familia, como es mi deber para con vos.

 

   El gesto de Guillermo era digno de la generosidad del marqués; pero al aludir a su edad, el joven le había ofendido singularmente.

 

   - Guillermo - dijo, volviendo a la puerilidad de su manía, que contrastaba de un modo tan extrano con la magnanimidad de sus instintos - , me tomáis por algún viejo señor Pantaleone, con la tizona oxidada y la mano temblorosa; os ruego recordéis que las atenciones que tengo para vos no merecen la injuria que me hacéis al proponenne vengar, en mi lugar, la odiosa muerte de mi hermano adorado. Vamos; me parece que ya se ha hablado bastante y estoy al cabo de mi paciencia. ¡Vuestro monsieur de Villarreal tiene más que yo, puesto que escucha todo esto sin decir esta boca es mía!

 

   Guillermo vio que las cosas estaban en estado tal que todo arreglo era ya imposible, y considerando él también que la paciencia de Alvimar era excesiva, se volvió hacia él y le dijo con cierta viveza:

 

   - Vamos, amigo mío, contestad algo; no digo que contestéis a este desafío insensato; pero sí a una acusación, que no podéis merecer.

 

   Durante el debate, Alvimar había reflexionado. Desde aquel momento afectó una calma desdeñosa e irónica.

 

   - Acepto el desafío, señor - contestó - , y no creo tener gran mérito al hacerlo, puesto que, según sabéis, soy muy diestro en el manejo de todas las armas. En cuanto a la acusación, es tan ridícula y tan injusta, que espero, para rechazarla, a que vos mismo me la expliquéis; porque todavía no lo que el marqués os ha dicho de mí al hablaros aparte, y deseo que lo repita en alta voz.

 

   - Consiento en ello, y no seré muy extenso - repuso Bois - Doré - . He dicho que sois un bandido, un asesino y un ladrón. ¿Queréis que diga algo más? Yo no encuentro contra vos nada peor que la verdad.

 

   - Me estáis diciendo singulares amabilidades, señor marqués - contestó fríamente el español - . Ya en vuestra casa me habíais obsequiado con una historia lúgubre, en la que os ha parecido bien atribuirme la muerte de vuestro señor hermano. Ya os he dicho que lo ignoraba; lo único que es que he mandado matar por mi criado a un hombre vestido de buhonero que raptaba a una dama de quien, como sabéis, tomé la defensa y vengué el honor.

 

   - ¡Ah! ¡Ah! - exclamó el marqués - . ¿Ahora es éste vuestro sistema de defensa? La que huía con mi hermano iba raptada y ya no os acordáis haberme dicho que era vuestra...

 

   - Más bajo, señor, os lo suplico. Si monsieur de Ars quiere escucharme a dos pasos de aquí, yo le diré quién era aquella mujer, de no ser que querais ultrajar y manchar su nombre delante de vuestros lacayos.

 

   - ¡Mis lacayos valen más que los vuestros, señor! ¡Pero no importa! Consiento y aun tengo interés en que digáis vuestro secreto a monsieur de Ars, pero ha de ser delante de mí.

 

   Los tres se alejaron del grupo y el marqués fue el primero en hablar.

 

   - Vamos - dijo - , explicaos. Alegáis en vuestra defensa que aquella dama era hermana vuestra.

 

   - ¿Y vos, señor - repuso Alvimar - , pretendéis ahora desahogar vuestro furor fantástico dándome un nuevo mentís?

 

   - No, señor. Os pregunto el nombre de vuestra hermana, porque no creo que os llaméis Villarreal.

 

   - ¿Y por qué no, señor?

 

   - Porque ahora lo . Atreveos a negarlo delante de monsieur de Ars, a quien también engañáis con un nombre supuesto.

 

   - De ninguna manera - dijo Guillermo - . El señor se oculta bajo uno de los apellidos de su familia, y el suyo le conozco muy bien.

 

   - Entonces, mi querido primo, que lo diga, y juro que si es el nombre verdadero de mi difunta cuñada, me retiro de aquí, dándoos a los dos todas mis excusas.

 

   - Yo - dijo Alvimar - me niego a decirlo. Creía que entre hidalgos bastaba con la palabra; pero me insultáis sin tregua ni prudencia. Queréis un duelo y se cumplirá vuestro deseo.

 

   - ¡No! ¡Cien veces no! - exclamó Guillermo - . Y puesto que lo único que necesita el marqués para retirarse tranquilamente es saber vuestro nombre, yo...

 

   - Os suplico no olvidéis - prosiguió Alvimar - que me exponéis...

 

   - No; mi primo es demasiado caballero para entregaros a vuestros enemigos. Sabed, marqués, y pongo esto bajo la salvaguardia de vuestro honor, que este señor se llama Sciarra de Alvimar.

 

   - ¡Ah, sí! - contestó el marqués con ironía - . ¿Entonces el señor tiene las mismas iniciales que la marca de fábrica de Salamanca?

 

   - ¿Qué queréis decir?

 

   - Nada; subrayo una nueva mentira de este señor. Pero ésta es tan insignificante al lado de las otras...

 

   - ¿Qué otras? ¡Vamos, marqués, sois demasiado obstinado!

 

   - Permitid, Guillermo - dijo Alvimar afectando siempre el mismo desdén - . Todo esto tiene que terminar con la espada. Así acabaremos antes.

 

   - Pues yo - dijo el marqués - ya no tengo tanta prisa. Tengo que saber el nombre y el apellido de la hermana de monsieur de Villarreal, de Sciarra de Alvimar. Ya que los españoles tienen muchos hombres; pero con sólo que me diga el verdadero y principal que usaba aquella dama...

 

   - Si lo conocéis - contestó Alvimar - , vuestra insistencia para hacérmelo decir es un nuevo ultraje.

 

   - ¡Pero, Alvimar, no lo toméis así! - exclamó Guillermo impacientado - . Poned algo de vuestra parte; de no ser que queráis hacernos pasar la noche aquí.

 

   - Dejad, Guillermo - dijo el marqués - , yo diré este nombre misterioso. La supuesta hermana de monsieur de Villarreal se llamaba Julia de Sandoval.

 

   - ¿Y por qué no, señor? - dijo Alvimar, aprovechando rápidamente lo que creyó ser una insigne torpeza del anciano - . Yo no quería decir su nombre. No me convenía; creía que lo ignorabais, y puesto que me habéis mentido, a pesar de censurar tanto las mentiras de los demás, sabed que Julia de Sandoval era hija de mi madre y había nacido de un primer enlace.

 

   - Entonces, señor - repuso Bois - Doré descubriéndose - , estoy dispuesto a retirarme y hasta a arrepentirme por mi violencia, si consentís en jurarme por vuestro honor que reconocisteis a vuestra hermana Julia de Sandoval, bajo su velo, en el coche de mi hermano, en la hostería de...

 

   - Os lo juro, por satisfaceros. En aquella hostería la había visto también sin velo.

 

   - Y por tercera vez..., perdonad mi insistencia, ¡es mi deber por tratarse de mi hermano! Por tercera vez, ¿Julia de Sandoval era realmente vuestra hermana? El anillo que llevaba en el dedo, que ahora llevo yo en el mío y en el que está grabado este nombre con todas sus letras, ¿era realmente su anillo? ¿Lo juráis?

 

   - ¡Lo juro! ¿Estáis satisfecho?

 

   - ¡Esperad! En el engarce de esta sortija hay un blasón: campo de azur con casco de oro. ¿Son éstas las armas de los Sandoval de vuestra familia?

 

   - Sí, señor, precisamente.

 

   - Entonces, señor - dijo Bois - Doré cubriéndose de nuevo - , declaro una vez más que habéis mentido como un imprudente y un cobarde, porque me he burlado de vos. El anillo de vuestra supuesta hermana lleva el nombre de María de Mérida, y sus armas son de sinople con cruz de plata. Os lo puedo probar.

 

 

 




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