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- XXXI -
Mientras el colosal carrocero Aristandre
ataba las manos a Sancho, aturdido por su caída, y le quitaba sus armas,
Alvimar salía por fin del estupor en que le había dejado aquella rápida escena.
Durante un momento había pensado en
abandonar a la ira de Bois - Doré a su cómplice; pero al ver que trataban tan
rudamente al que una vez más demostraba su abnegación por él, un resto de pudor
y de orgullo le obligó a protestar.
- Señor mío - dijo - , comprendo que estéis
irritado contra la estupidez de este anciano, que dormía sobre su caballo, y
que, despertado de sopetón, se ha creído atacado por una partida de ladrones.
Ciertamente, merece un castigo; pero no ser tratado como prisionero, sometido a
vuestro derecho señorial; porque es mío y sólo a mí incumbe castigarle por la
injuria que os ha hecho.
- ¿A esto lo llamáis una injuria, monsieur
de Villarreal? - dijo el marqués con tono de desprecio - . Pero tampoco es con
vos con quien me las tengo que entender, sino con mi pariente y amigo Guillermo
de Ars.
- No toleraré ninguna explicación - dijo
Alvimar con una rabia calculada - antes de que hayáis devuelto mi servidor, y
si lo que buscáis es un combate...
- Guillermo, escuchadme - dijo Bois - Doré.
- ¡No! ¡Nadie os escuchará! - exclamó
Alvimar intentando librar su caballo, que Guillermo, colocado entre él y Bois -
Doré, retenía para evitar un conflicto - . Monsieur de Ars, soy vuestro amigo y
vuestro huésped; me habéis invitado y acogido, me habéis prometido ayuda y
lealtad en toda ocasión; no me dejaréis injuriar ni aun por una persona de
vuestra familia. En este caso, ¿no es a mí a quien debéis auxilio y justicia,
aunque fuese en contra de vuestro propio hermano?
- Lo sé - contestó Guillermo - , y así será.
Pero tranquilizaos y dejad hablar a Bois - Doré. Le conozco lo bastante para
estar seguro de su cortesía hacia vos y de su generosidad hacia vuestro criado.
Dejad que pase un momento de ira; es la primera vez que le veo tan enojado, y,
a pesar de tener motivo para ello, estoy seguro de apaciguarle. Vaya, vaya,
amigo mío, estad tranquilo; vos también estáis encolerizado; pero sois el más
joven y mi primo es el ofendido. Os confieso que si hubiese sufrido la menor
herida, yo hubiera matado a vuestro criado en el acto, aunque luego os hubiera
tenido que dar razón de ello.
- Pero, ¡qué diablo, señor! - exclamó
Alvimar, siempre con la esperanza de evitar la explicación con una disputa, y,
en caso necesario, con una lucha - . ¿Podréis decirme cuál es la falta de mi servidor? ¿Qué significa el
capricho del señor marqués, pasando junto a nosotros sin darse a conocer y
viniendo a atravesarse en nuestro camino, exponiéndose a ser tomado por un
loco? ¿Y vos mismo, no habéis empuñado vuestra pistola para gritarle: Quién
vive?
- Es verdad; pero yo no hubiera disparado
sin esperar la contestación, ni creo que vos tampoco lo hubierais hecho, y no
podríais defender el acto estúpido o malo de vuestro criado. Vaya, sosegaos. Si
queréis que yo arregle el asunto a vuestro honor y satisfacción, no me quitéis
los medios con vuestra violencia.
Mientras Alvimar seguía discutiendo con
aspereza y el marqués esperando con mucha tranquilidad, Adamas, preocupado por
el desenlace del asunto, y obrando por su cuenta, había hablado con las gentes
de Guillermo. Les había dicho todo lo que sabía, y ellos le habían jurado que,
en el caso de que monsieur de Ars se viera obligado a ordenarles que
defendiesen a Alvimar en contra de la escolta de Bois - Doré, harían una lucha
simulada, y, entretanto, dejarían a quien correspondía la misión de hacer
justicia a los asesinos.
Todos aquellos criados, aunque de distintos
señores, eran parientes o amigos y no tenían ningún deseo de cambiar golpes por
el amor de un forastero culpable o sospechoso.
El tiempo que Alvimar esperaba ganar con su
resistencia se volvía fatalmente contra él, y cuando Guillermo, impacientado e
indignado por su obstinación, le volvió la espalda para explicarse con el
marqués, se vio rodeado por la escolta de este último, sin que la de Guillermo
pusiese la menor oposición.
Entonces su inquietud fue grande y miró en
torno suyo, calculando las pocas probabilidades de huir que tenía, sin dejar en
la tentativa el honor la vida.
Pero renació su esperanza al oír que
Guillermo, quien Bois - Doré acababa de contar sus agravios en pocas palabras,
se empeñaba en creer que había sido víctima de falsas apariencias.
- ¿Monsieur de Villarreal? - contestó el marqués - . Esto es imposible, y para creerlo ya,
tendría que haberlo visto con mis propios ojos. Y como vos no lo habéis visto y
debéis ser víctima de falsos relatos, permitidme que defienda el honor de este
hidalgo y, a pesar del respeto que tengo por vos, no contad, señor y querido
primo, con que os deje insultar y maltratar sin pruebas a un amigo que se ha
confiado a mi guardia. Además, no tenéis derecho para hacerlo, porque todo
hidalgo depende de la justicia del rey. Os suplico que soseguéis vuestros
ánimos exaltados y que me dejéis volver a mi casa, adonde sabéis que me corre
prisa el llegar.
- Mis ánimos no están exaltados - contestó
Bois - Doré elevando la voz con una dignidad que Guillermo no sospechaba - ;
esperaba vuestra réplica, mi querido primo y amigo. En vuestro lugar, yo
hubiera hecho lo mismo, y no os censuro en nada. Como había pensado que vuestra
conducta sería tal cual es, he resuelto conformar la mía a la consideración que
os debo, y por eso es por lo que me veis a la mitad del camino de nuestras
moradas respectivas y sobre un terreno neutral y comunal.
Tengo algunos derechos sobre esta carretera;
pero a tres pasos del ribazo, entre estas viejas rocas el terreno no es ni de
vuestro dominio ni del mío. Sabed, pues, que estoy resuelto a batirme a muerte
en este lugar, frente a frente con este traidor, que no puede negarse a
combatir, puesto que intencionadamente le he ofendido y provocado en la persona
de su lacayo, y porque en este momento le provoco y le insulto, afirmando ante
Dios, ante vos y ante los hombres honrados que nos acompañan, que es un asesino
infame.
No creo que toméis a mal lo que hago; porque
os ruego os fijéis en que mientras vos y él habéis estado en mi casa, he
dominado mi justa ira y he cumplido con la palabra que os di de ser para él un
huésped perfecto; y os ruego os fijéis también en que me las he arreglado para
que nos encontremos en pleno campo, a fin de no tener que violar vuestro
domicilio, porque por nada en el mundo hubiera yo querido poneros en el trance
de auxiliar a ese traidor.
En fin, mi querido primo, os ruego
consideréis que os hago el mayor de los sacrificios, y es que, en lugar de
matarle, molido a palos por mis criados, según merece, condesciendo, yo, noble
y digno de serlo, en batirme con un asesino de la especie más vil. A no haber
sido por la amistad con que le honráis, le hubiera encerrado en alguna
mazmorra; pero como quiero respetaros hasta en el error en que estáis, renuncio
a todo privilegio para combatir con él, el infame, el degradado, con las armas
del honor. He dicho, y ya no podéis oponer nada.
- ¡Ciertamente! - exclamó Guillermo,
conmovido por la nobleza de alma del anciano - . No puede darse una conducta
más leal que la vuestra, mi querido primo, y, dadas las sospechas que tenéis,
demostráis una generosidad poco común. Pero como tales sospechas no tienen
fundamento...
- No son sospechas - repuso el marqués - , y
ya no se trata de eso, puesto que no queréis escuchar; yo provoco en duelo a
uno de vuestros amigos y supongo que no consideraríais como tal a un hombre capaz
de retroceder.
- ¡No, por cierto! - exclamó Guillermo - .
Pero yo no consentiré que tenga lugar un duelo que no conviene a vuestra edad.
Antes me batiré par vos. ¿Queréis admitir mi palabra? Os la doy de vengar yo
mismo la muerte de vuestro hermano, si lográis demostrar indiscutiblemente que
monsieur de Villarreal la ha causado cobarde y malamente. Esperad a mañana y yo
me hago el justiciero de vuestra familia, como es mi deber para con vos.
El gesto de Guillermo era digno de la
generosidad del marqués; pero al aludir a su edad, el joven le había ofendido
singularmente.
- Guillermo - dijo, volviendo a la
puerilidad de su manía, que contrastaba de un modo tan extrano con la
magnanimidad de sus instintos - , me tomáis por algún viejo señor Pantaleone,
con la tizona oxidada y la mano temblorosa; os ruego recordéis que las
atenciones que tengo para vos no merecen la injuria que me hacéis al proponenne
vengar, en mi lugar, la odiosa muerte de mi hermano adorado. Vamos; me parece
que ya se ha hablado bastante y estoy al cabo de mi paciencia. ¡Vuestro
monsieur de Villarreal tiene más que yo, puesto que escucha todo esto sin decir
esta boca es mía!
Guillermo vio que las cosas estaban en
estado tal que todo arreglo era ya imposible, y considerando él también que la
paciencia de Alvimar era excesiva, se volvió hacia él y le dijo con cierta
viveza:
- Vamos, amigo mío, contestad algo; no digo
que contestéis a este desafío insensato; pero sí a una acusación, que no podéis
merecer.
Durante el debate, Alvimar había
reflexionado. Desde aquel momento afectó una calma desdeñosa e irónica.
- Acepto el desafío, señor - contestó - , y
no creo tener gran mérito al hacerlo, puesto que, según sabéis, soy muy diestro
en el manejo de todas las armas. En cuanto a la acusación, es tan ridícula y
tan injusta, que espero, para rechazarla, a que vos mismo me la expliquéis;
porque todavía no sé lo que el marqués os ha dicho de mí al hablaros aparte, y
deseo que lo repita en alta voz.
- Consiento en ello, y no seré muy extenso -
repuso Bois - Doré - . He dicho que sois un bandido, un asesino y un ladrón.
¿Queréis que diga algo más? Yo no encuentro contra vos nada peor que la verdad.
- Me estáis diciendo singulares
amabilidades, señor marqués - contestó fríamente el español - . Ya en vuestra
casa me habíais obsequiado con una historia lúgubre, en la que os ha parecido
bien atribuirme la muerte de vuestro señor hermano. Ya os he dicho que lo
ignoraba; lo único que sé es que he mandado matar por mi criado a un hombre
vestido de buhonero que raptaba a una dama de quien, como sabéis, tomé la
defensa y vengué el honor.
- ¡Ah! ¡Ah! - exclamó el marqués - . ¿Ahora es éste vuestro sistema de defensa? La
que huía con mi hermano iba raptada y ya no os acordáis haberme dicho que era
vuestra...
- Más bajo, señor, os lo suplico. Si
monsieur de Ars quiere escucharme a dos pasos de aquí, yo le diré quién era
aquella mujer, de no ser que querais ultrajar y manchar su nombre delante de
vuestros lacayos.
- ¡Mis lacayos valen más que los vuestros,
señor! ¡Pero no importa! Consiento y aun tengo interés en que digáis vuestro
secreto a monsieur de Ars, pero ha de ser delante de mí.
Los tres se alejaron del grupo y el marqués
fue el primero en hablar.
- Vamos - dijo - , explicaos. Alegáis en
vuestra defensa que aquella dama era hermana vuestra.
- ¿Y vos, señor - repuso Alvimar - ,
pretendéis ahora desahogar vuestro furor fantástico dándome un nuevo mentís?
- No, señor. Os pregunto el nombre de
vuestra hermana, porque no creo que os llaméis Villarreal.
- ¿Y por qué no, señor?
- Porque ahora lo sé. Atreveos a negarlo
delante de monsieur de Ars, a quien también engañáis con un nombre supuesto.
- De ninguna manera - dijo Guillermo - . El
señor se oculta bajo uno de los apellidos de su familia, y el suyo le conozco
muy bien.
- Entonces, mi querido primo, que lo diga, y
juro que si es el nombre verdadero de mi difunta cuñada, me retiro de aquí,
dándoos a los dos todas mis excusas.
- Yo - dijo Alvimar - me niego a decirlo.
Creía que entre hidalgos bastaba con la palabra; pero me insultáis sin tregua
ni prudencia. Queréis un duelo y se cumplirá vuestro deseo.
- ¡No! ¡Cien veces no! - exclamó Guillermo -
. Y puesto que lo único que necesita el marqués para retirarse tranquilamente
es saber vuestro nombre, yo...
- Os suplico no olvidéis - prosiguió Alvimar
- que me exponéis...
- No; mi primo es demasiado caballero para
entregaros a vuestros enemigos. Sabed, marqués, y pongo esto bajo la
salvaguardia de vuestro honor, que este señor se llama Sciarra de Alvimar.
- ¡Ah, sí! - contestó el marqués con ironía
- . ¿Entonces el señor tiene las mismas iniciales que la marca de fábrica de
Salamanca?
- ¿Qué queréis decir?
- Nada; subrayo una nueva mentira de este
señor. Pero ésta es tan insignificante al lado de las otras...
- ¿Qué otras? ¡Vamos, marqués, sois
demasiado obstinado!
- Permitid, Guillermo - dijo Alvimar
afectando siempre el mismo desdén - . Todo esto tiene que terminar con la
espada. Así acabaremos antes.
- Pues yo - dijo el marqués - ya no tengo
tanta prisa. Tengo que saber el nombre y el apellido de la hermana de monsieur
de Villarreal, de Sciarra de Alvimar. Ya sé que los españoles tienen muchos
hombres; pero con sólo que me diga el verdadero y principal que usaba aquella
dama...
- Si lo conocéis - contestó Alvimar - ,
vuestra insistencia para hacérmelo decir es un nuevo ultraje.
- ¡Pero, Alvimar, no lo toméis así! -
exclamó Guillermo impacientado - . Poned algo de vuestra parte; de no ser que
queráis hacernos pasar la noche aquí.
- Dejad, Guillermo - dijo el marqués - , yo
diré este nombre misterioso. La supuesta hermana de monsieur de Villarreal se
llamaba Julia de Sandoval.
- ¿Y por qué no, señor? - dijo Alvimar,
aprovechando rápidamente lo que creyó ser una insigne torpeza del anciano - .
Yo no quería decir su nombre. No me convenía; creía que lo ignorabais, y puesto
que me habéis mentido, a pesar de censurar tanto las mentiras de los demás,
sabed que Julia de Sandoval era hija de mi madre y había nacido de un primer
enlace.
- Entonces, señor - repuso Bois - Doré
descubriéndose - , estoy dispuesto a retirarme y hasta a arrepentirme por mi
violencia, si consentís en jurarme por vuestro honor que reconocisteis a
vuestra hermana Julia de Sandoval, bajo su velo, en el coche de mi hermano, en
la hostería de...
- Os lo juro, por satisfaceros. En
aquella hostería la había visto también sin velo.
- Y por tercera vez..., perdonad mi
insistencia, ¡es mi deber por tratarse de mi hermano! Por tercera vez, ¿Julia
de Sandoval era realmente vuestra hermana? El anillo que llevaba en el dedo,
que ahora llevo yo en el mío y en el que está grabado este nombre con todas sus
letras, ¿era realmente su anillo? ¿Lo juráis?
- ¡Lo juro! ¿Estáis satisfecho?
- ¡Esperad! En el engarce de esta sortija
hay un blasón: campo de azur con casco de oro. ¿Son éstas las armas de los
Sandoval de vuestra familia?
- Sí, señor, precisamente.
- Entonces, señor - dijo Bois - Doré
cubriéndose de nuevo - , declaro una vez más que habéis mentido como un
imprudente y un cobarde, porque me he burlado de vos. El anillo de vuestra
supuesta hermana lleva el nombre de María de Mérida, y sus armas son de sinople
con cruz de plata. Os lo puedo probar.
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