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- XXXII -
Las palabras del marqués hicieron vacilar la
convicción de Guillermo; pero Alvimar no necesitaba mucho para reflexionar.
Aunque la luna hubiera brillado mucho, no
hubiera sido posible distinguir las letras menudas y las armas microscópicas
grabadas en la sortija, y en aquella época no se tenía, como hoy, cerillas
dispuestas en el bolsillo.
Por lo tanto, era necesario aplazar el examen
de la prueba. No se trataba para el criminal de evitar, sino, por el contrario,
de provocar un duelo. Lo que temía era que le negasen el honor de esta posible
salvación y que le hiciesen prisionero del marqués o del prebostazgo.
Precipitadamente atrajo a Guillermo a un
lado y le dijo, echándose a reír:
- Estoy vencido. He querido ser
complaciente, como lo exigíais, para acabar y libertaros de este viejo
lunático. Ha dicho todo lo que ha querido decir, y ahora su fantasía toma otro
vuelo que yo no puedo seguir. Yo tengo la culpa de todo. Debí haberos contado
al salir de su casa que desde hace dos días está loco, y la prueba es que ayer
ha ido, como os lo podrán decir, a pedir la mano de madame de Beuvre, y que hoy
mismo ha inventado sobre la muerte de su hermano las novelas más extrañas,
tomando por asesinos unas veces a mí, otras a su mudo y otras a su perrito.
Para evitar batirme con él he tenido que inventar unas cuentos, siguiéndole la
corriente; pero no se ha sosegado más que a vuestra llegada.
- ¿Por qué no me habéis dicho todo esto? -
exclamó Guillermo.
- No he querido quejarme de las molestias
que he tenido en su casa; hubierais creído que os reprochaba el haberme dejado
en ella. Ahora no me queda más que un medio para acabar. Dejadme que me
bata con él.
- ¿Con un anciano
demente? No puedo consentirlo.
- Vamos, Guillermo - exclamó Bois - Doré
impacientado - . ¿Queréis dejarme ahora vengar mi ofensa, o es que para animar
al señor Alvimar tendré que hacer el honor de abofetearle?
- Somos con vos, señor - contestó Alvimar
alzando los hombros - . Vamos, amigo mío - añadió dirigiéndose a Guillermo en
voz baja - , ya veis que es necesario. No tengáis miedo. No tardaré en dominar
a este viejo fantoche, y os prometo hacer saltar su espada tantas veces como
queráis. Me comprometo a fatigarle bastante para que necesite irse pronto a
acostar, y mañana nos reiremos de la aventura.
Al verle tan alegre Guillermo se
tranquilizó.
- Me complace el veros en tan buenas
disposiciones - le dijo en voz baja - , y os advierto que si tomaseis el duelo
en serio con este anciano, no haríais ningún acto de valor y me causaríais
mucha pena. Le creo loco; pero es una razón de más para que no uséis de vuestra
superioridad. Limitaos únicamente a proporcionarle unas agujetas.
Sin embargo, Guillermo sabía que Bois - Doré
era un gran esgrimidor, pero empleaba un método anticuado que los jóvenes
desdeñaban; también sabía que si el marqués tenía todavía la muñeca flexible,
no tenía ya las piernas bastante firmes para resistir durante más de dos o tres
minutos. Además, Guillermo sabía lo mucho que valía Alvimar en la materia, y no
cesó de exhortarle encarecidamente a la generosidad.
Los combatientes pusieron pie en tierra; los
criados siguieron guardando los caballos y al prisionero Sancho, al que
Guillermo dio orden de no dejar en libertad antes de que terminase el combate
por si alguna intervención imprevista complicaba la situación.
Sancho hubiera deseado estar libre; como no
retrocedía ante ninguna resolución extrema, comprendía que hubiera podido ser
otra vez útil a su amo; pero era demasiado orgulloso para quejarse y protestar;
permaneció estoico e impasible bajo la vigilancia de las gentes de Bois - Doré.
Mientras que Guillermo buscaba con los dos
combatientes un lugar apropiado entre la carretera y las rocas, Adamas y
Aristandre discutían acaloradamente en voz baja. Aristandre estaba desesperado;
Adamas tenía fiebre; pero no le cabía en la cabeza la idea de que su amo
pudiese ser víctima de su magnanimidad. Se aturdía con su confianza en
la fuerza y la habilidad del marqués.
- ¿Por qué tiemblas
como un niño? - decía al carrocero - . ¿No sabes tú que el señor se tragaría treinta y seis mequetrefes como
este español? Sólo una traición podría vencer a un hombre tan valiente; pero el
granuja de Sancho está bien guardado, y nosotros lo vigilamos todo. ¿No
soy yo testigo? El señor lo ha dicho; ya lo has oído. Somos dos buenos testigos, y no consentiremos
que se de un paso ni se haga un gesto que no esté en las reglas.
- ¡Pero ni tú ni yo conocemos las reglas de
combate de los hidalgos! Mira: me están dando ganas de subir allí arriba sin
que me vean, y si veo que el español tiene demasiadas probabilidades de vencer,
arrojarle uno de esos pedruscos.
- Si yo tuviera la seguridad de que no
aplastarías al señor al mismo tiempo que a su enemigo, no te lo impediría; ni
tampoco me creería criminal por meterle dos balas en la cabeza si yo no fuera
testigo. Pero mi amo me llama; puedes estar tranquilo; todo marchará bien.
Entretanto el terreno había sido elegido;
era bastante espacioso e iluminado por la luna.
Guillermo midió las espadas, hacía las
funciones de testigo imparcial para los dos combatientes, que habían jurado
confiar en él, porque Adamas no podía ser más que un testigo de fórmula.
El combate empezó.
Adamas, a pesar de su fe y de su entusiasmo,
sintió un escalofrío; se quedó mudo con la boca abierta y los ojos fuera de las
órbitas; no se daba cuenta de que el sudor y las lágrimas corrían por su faz
grotesca y enternecedora.
Guillermo también se había esforzado en
persuadirse de que nada funesto había de resultar de aquel extraño asunto. Pero
cuando el combate empezó sintió derrumbarse su confianza y se reprochó el no
haber conseguido impedir a toda costa un duelo que desde un principio amenazaba
tener malos resultados.
Alvimar había prometido dominar a su
adversario y perdonarle la vida. Pero por la expresión de su rostro, que la luz
de la luna permitía distinguir, Guillermo veía que la ira y el odio se
revelaban con una energía creciente, y su juego, seco y apretado, no anunciaba
la menor intención prudente o generosa. Afortunadamente, el marqués estaba
todavía tranquilo y se mantenía a la defensiva con más vigor y flexibilidad de
lo que se hubiera podido esperar de él.
Guillermo no podía decir nada, y se limitó a
toser dos o tres veces para advertir a Alvimar que se moderase sin despertar la
susceptibilidad del marqués, quien, si hubiera creído que no era tomado en
serio, hubiera acaso perdido la seguridad.
Pero el combate era serio. Alvimar veía que
su adversario era menos fuerte que él en teoría, pero en la práctica se sentía
preocupado e inferior en aquella ocasión. Representaba un papel bastante
difícil: quería matar al marqués, pero aparentar que le mataba
involuntariamente.
Insistía en la postura defensiva para que el
marqués se ensartase él mismo; pero Bois - Doré parecía adivinar su intención,
y se batía con prudencia.
El combate se prolongaba sin resultado.
Guillermo quiso intervenir para suspenderlo. No tuvo tiempo: los dos
adversarios habían caído el uno encima del otro.
Un tercer combatiente se precipitó entre
ellos, a riesgo de ser herido; era Adamas que, perdida la cabeza y no sabiendo
de qué lado estaba la ventaja, se arrojaba, sin armas ni defensa, en la
batalla. Guillermo le rechazó rápidamente, y vio al marqués de rodillas sobre
el vientre de Alvimar.
- ¡Favor! - exclamó - . ¡Favor para quien os
lo hubiera concedido!
- Ya es tarde - contestó el marqués
levantándose - . Justicia está hecha.
Alvimar estaba clavado en tierra por la
tizona del marqués; había dejado de existir.
Adamas había perdido el conocimiento.
Al oír los gritos de favor, los dos hombres
de Bois - Doré habían acudido.
El marqués, jadeante y extenuado, se apoyó
contra la roca. Pero no flaqueó, y cuando la luna salió tras de la nube se puso
de nuevo en pie para mirar y tocar el cadáver.
- Está bien muerto - le dijo Guillermo en
tono de reproche - . Me habéis matado a un amigo, señor, y no os puedo
felicitar, porque vuestras sospechas eran forzosamente injustas.
- Os probaré que no lo eran, Guillermo -
contestó Bois - Doré con una dignidad que de nuevo conmovió la convicción de su
pariente - . Hasta entonces suspended vuestro resentimiento contra mí y vuestro
dolor por ese mal hombre. Cuando sepáis la verdad, acaso os reprochéis de
haberme forzado a exponer mi vida para acabar con la suya.
- ¿Y ahora qué haremos con este desgraciado?
- preguntó Guillermo abatido y consternado.
- No consentiré que tengáis disgustos por mi
culpa - contestó Bois - Doré - . Mis criados lo van a llevar al convento de los
carmelitas de La Châtre, que le darán sepultura como lo entiendan.
No pretendo ocultar a nadie lo que hemos
hecho, tanto más cuanto que todavía tengo por castigar al otro asesino. Pero no
podría hacer con sangre fría una labor tan desagradable, y quiero entregarlo al
teniente del prebostazgo para que su castigo sea ejemplar. Adamas, tú vas a
conducirme. ¿Pero dónde está mi fiel Adamas?
- ¡Ay, señor! - contestó Adamas con una voz
cavernosa - . Estoy aquí, a vuestros pies, y muy enfermo. Por un momento os he
creído muerto, y creo que lo he estado de veras durante un cuarto de hora. No
me enviéis a ningún lado; ya no tengo piernas y la cabeza me da vueltas como
una rueda de molino.
- Entonces, mi pobre amigo, si no sirves ya
para nada, enviaremos a otro. Bien te había yo dicho que ya no tienes edad para
soportar estas emociones.
El marqués volvió junto a los caballos
mientras que sus criados y los de Guillermo levantaban el cadáver y le
envolvían en una capa; pero cuando buscaron al prisionero, no lo encontraron.
No habían tenido la precaución de atarle las
piernas. Durante un momento de desorden y confusión, los criados, preocupados
por el desenlace del combate, habían abandonado los caballos; sólo dos hombres
habían quedado al cuidado de ellos.
El prisionero, aprovechando un descuido, se
había dado a la fuga, ocultándose en algún lugar de la torrentera.
- No os preocupéis, señor marqués - dijo
Arisandre a Bois - Doré - . Un hombre con las manos atadas no puede correr
mucho ni esconderse muy bien; os respondo de alcanzarle. Volver a vuestra casa
y descansad, que bien lo necesitáis.
- No - dijo el marqués - ; tengo que volver
a ver a ese asesino; que dos hombres le busquen mientras yo voy con otros dos a
acompañar a monsieur de Ars al convento de los carmelitas.
Colocaron a Alvimar sobre el caballo, y los
criados de Guillermo ayudaron a los de Bois - Doré a transportarle.
El marqués se adelantó con Guillermo para
que abrieran las puertas de la ciudad en caso recesario, pues eran ya cerca de
las diez.
En el camino, el marqués dio a su joven
pariente datos tan precisos sobre la muerte de su hermano, el descubrimiento de
su sobrino, la particularidad del cuchillo catalán, la confesión que la ira
había arrancado al culpable, y, en fin, sobre la prueba de la sortija abierta,
que Guillermo tuvo que desistir de defender el honor de su amigo.
Confesó que, en suma, le conocía muy poco,
que había hecho amistad con él a la ligera y que en Bourges había sabido,
acerca del duelo, causa de que el hidalgo anduviese huido, ciertos detalles
poco honorables si eran verdaderos. Decían que Sciarra Martinengo había sido
herido contra todas las leyes del honor, en un momento en que solicitaba que se
suspendiese al combate porque su espada se había roto.
Guillermo no había querido creer tal
acusación; pero las revelaciones de Bois - Doré empezaban a hacerle comprender
que todo aquello podía ser verdad, y prometió ir a Briantes al día siguiente
para ver las pruebas y para trabar conocimiento con el hermoso Mario.
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