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- XXXIII -
A medida que Guillermo se iba convenciendo
de la culpabilidad de Alvimar volvía a ser expansivo y afectuoso con el
marqués, tanto por un sentimiento de equidad natural como por su facilidad
innata para entregarse a su última impresión.
- ¡A fe mía - dijo cuando estuvieron cerca
de la ciudad - que habéis obrado como un valiente y la estocada que le habéis
dado clavándole en tierra es de lo más hermoso que he conocido! Nunca vi otra
igual, y cuando me demostréis que el pobre Sciarra era tan canalla como decís,
me alegraré de haber asistido a tal hazaña. Si hubiera tenido menos pena, os
hubiera felicitado. Pero me cause sentimiento o satisfacción esta muerte,
confieso que sois una buena espada y quisiera ser en esto tan fuerte como vos.
Nuestros jinetes se encontraban ya sobre el
puente de los Scabinats (hoy Cabignats) y se dirigían hacia la salida del
rebellín, cuando Adamas, que había recobrado sus ánimos y reflexionado detenidamente,
se acercó a ellos, rogándoles que le escuchasen.
- ¿No creéis, señores míos - les dijo - que
la entrada de este cadáver en la ciudad va a armar mucho ruido?
- ¡Y qué! - dijo el marqués - . ¿Crees tú que yo quiero ocultar que he vengado mi honor y la muerte de
mi hermano?
- Sí, señor; debéis vanagloriaros como de
una hermosa hazaña, pero solamente cuando el cuerpo esté bajo tierra; porque en
estas pequeñas localidades se hace mucho ruido por poca cosa, y el espectáculo
de un hidalgo traído en esta forma sobre su caballo va a hacer abrir
desmesuradamente los ojos a los burgueses de La Châtre. Tenéis enemigos, señor,
y a estas horas monseñor de Condé es un católico muy ardiente. Si la gente se
entera de que este español estaba cubierto de reliquias y de rosarios y que se
había confesado con monsieur Poulain, cuya ama hablaba de él en la aldea de
Briantes como de un cristiano perfecto...
- ¡Vaya! ¿Qué quieres decir con tus
comadreos, mi querido Adamas? - dijo el marqués con impaciencia.
Guillermo tomó la palabra.
- Querido primo, Adamas tiene razón. Nadie
respeta las leyes contra el duelo; pero las gentes malintencionadas las pueden
invocar. Ese Alvimar tenía en París algunos amigos poderosos; relatos
malintencionados pueden en algún momento perjudicarnos a vos y a mí; sobre todo
a vos, que no tenéis fama de católico muy sincero. Creedme; no entremos en la
ciudad, y pensemos en los medios de deshacernos de este muerto. Vos estáis
seguro de vuestros criados; yo respondo de los míos. No tengamos confidentes
entre la gente de Iglesia y los burgueses de provincia, que todos tienen en
este país muy mala lengua contra los que han combatido la Liga y servido al
difunto rey.
- Hay algo de verdad en lo que decís -
contestó Bois - Doré - ; pero me repugna atar una piedra al cuello de un muerto
y arrojarle al agua como un perro.
- ¡Pues sí, señor! - dijo Adamas - ; este
hombre no merecía otra cosa.
- Es verdad, amigo mío; así lo pensaba yo hace
una hora; pero contra un cadáver no siento odio.
- Pues bien, señor - repuso Adamas - ; se me
ocurre una idea que lo arregla todo. Si volviésemos sobre nuestros pasos,
encontraríamos a poca distancia de aquí, junto al prado Chambon, la casa de la jardinera.
- ¿Quién? ¿María la Zancuda?
- Os es muy fiel, señor, y dícese que no fue
siempre fea y picada de viruelas.
- Vamos, vamos, Adamas; no es hora de
bromear.
- No bromeo, señor, y estoy seguro de que
ella guardaría bien el secreto.
- ¿Y quieres que nos presentemos en su casa
con un cadáver? ¡Se moriría de miedo!
- No, señor; porque no está sola. Juraría
que encontraremos en su casa a un buen carmelita que dará sepultura muy
cristianamente al español en el vallado de la jardinera.
- Sois demasiado hugonote, Adamas - dijo
monsieur de Ars - . Los carmelitas no son tan libertinos como creéis.
- No digo nada malo de ellos, señor mío;
hablo de uno solo, a quien conozco y que no tiene de monje más que el hábito y
los «padrenuestros». Es Juan el Cojo, que ha servido al señor
marqués en la guerra, y a quien el señor marqués hizo entrar en el convento en
calidad de fraile oblato.
- A fe mía que el consejo es bueno - dijo el marqués - ; Juan el Cojo es
un hombre seguro, y ha visto tantos rostros lívidos vueltos hacia la tierra en
los campos de batalla, que no se asustará del encargo que le vamos a dar.
- Entonces apresurémonos - dijo monsieur de
Ars - , porque ya sabéis que mi intendente se está muriendo y quisiera verle,
si todavía es tiempo.
- Podéis marcharos - dijo el marqués - ;
ocupaos de vuestros asuntos; de éste me encargo yo.
Se estrecharon la mano.
Guillermo se reunió con su gente y tomó el camino
de su castillo; el marqués y Adamas se detuvieron en casa de la Zancuda, donde
Juan el Cojo se hallaba, efectivamente, y recibió con efusión a su protector, a
quien él llamaba su capitán.
Sabido es que el fraile oblato era un
militar herido en el servicio del rey o del señor de la provincia, y del que el
convento tenía la obligación de encargarse.
Casi todas las Cofradías religiosas debían
admitir y mantener aquellos despojos de los horrores de la guerra, a veces
demasiado libertinos para los piadosos frailes, a veces mucho menos depravados
que los mismos monjes.
Fuesen como fuesen los carmelitas de La
Châtre, cuya historia no tiene por qué importarnos, el caso es que el hermano
seglar Juan el Cojo se sujetaba muy poco a las reglas del convento, y si no
faltaba a la hora de la pitanza faltaba a la de acostarse.
Mientras que el marqués le explicaba lo que
solicitaba de su fidelidad y su discreción, Adamas hacía introducir el cadáver
en la casita aislada. Un cuarto de hora más tarde, Bois - Doré y su gente
volvían a pasar por el camino de la Rochaille.
Encontraron a Aristandre y a sus camaradas
muy contrariados por no haber logrado descubrir el paradero de Sancho.
- Y bien, señor - dijo Adamas - , acaso sea
que lo dispone así Dios. Ese criminal se guardará mucho de presentarse en un
país donde sabe que se le conoce y hubiera constituido para vos un trastorno
más.
- Confieso que me agradan poco las
ejecuciones - contestó el marqués - , y no hubiera presenciado ésta. Al
entregarle al prebostazgo, hubiera tenido que decir lo que he hecho con el amo,
y puesto que por el momento debemos callarnos, más vale que las cosas pasen
así. Creo que la muerte de mi querido Florimond está suficientemente vengada,
aunque la morisca no haya visto si fue el amo o el criado el que infirió el
golpe que puso fin a su pobre vida. Pero en esta clase de asuntos, Adamas, el
más culpable, y acaso el único, es el que dirige. A veces el criado cree que es
su deber obedecer una mala orden, y éste no obró por su cuenta ni se aprovechó
de los despojos de mi hermano, puesto que siguió siendo criado como antes.
Adamas no compartía la indulgencia que
sentía el marqués después de su enérgico acto. Odiaba a Sancho aún más que a
Alvimar por su altivez para con sus iguales y por su reserva, de la que no le
había podido sacar.
Le creía muy capaz de haber aconsejado y
ejecutado el crimen; pero le apenaba tanto el ver al marqués preocupado, que
contribuyó a ilusionarle sobre la escasa importancia de la captura, a la que se
veía obligado a renunciar.
Cuando llegaron a la puerta del castillo de
Briantes oyeron las pisadas irregulares de un caballo en libertad.
Era el de Sancho, que había vuelto al
albergue y que al ver el de Alvimar conducido por la rienda cambió con él un
relincho lasitimero y casi lúgubre.
- Estos pobres animales sienten, según
dicen, las desgracias de sus amos - dijo el marqués a Adamas - ; son listos y
buenos; no haré matar a éstos, pero no quiero en mi casa nada de lo que ha
pertenecido al tal Alvimar; y como el provecho de sus despojos mancharía
nuestras manos, quiero que la próxima noche se conduzcan estos caballos a diez
o doce leguas de aquí y los pongan en libertad. Los aprovechará quien quiera.
- Y así - contestó Adamas - nadie sabrá de
dónde vienen. Podéis confiar esta misión a Aristandre. No caerá en la tentación
de venderlos para su provecho, y si me creéís debe ponerse en camino ahora
mismo, antes de que los caballos franqueen la puerta. Es inútil que mañana los
vean en vuestras caballerizas.
- Haz lo que quieras, Adamas - contestó el
marqués - . Me haces pensar que este desdichado debía llevar dinero y yo
hubiera debido quitárselo para repartirlo entre los pobres.
- Dejad que lo aproveche el hermano oblato, señor
- contestó el juicioso Adamas - ; cuanto más encuentre en los bolsillos del
muerto más seguro está su silencio.
Eran las once de la noche cuando el marqués entró en su salón.
Jovelin acudió a arrojarse en sus brazos. Su cara expresiva revelaba la
angustia y la inquietud que había sufrido.
- Mi gran amigo - le dijo Bois - Doré - , os
había engañado. Pero regocijaos; ese hombre ha dejado de existir, y vuelvo a mi
casa con el corazón aliviado. Mi hijo duerme, sin duda, a estas horas; no le despertemos.
Os voy a contar...
- El niño no duerme - contestó el mudo con
su lápiz - ; ha adivinado mis temores; llora, reza y se agita en su cama.
- Vamos a tranquilizarle - exclamó Bois -
Doré - . Pero antes, amigo mío, mirad si tengo sobre mi traje alguna mancha de
aquella sangre traidora.
No quiero que este niño conozca el miedo ni
el odio a la edad en que no se tiene todavía la serenidad de la fuerza.
Lucilio ayudó al marqués a quitarse
la capa, el casco y las armas, y cuando llegaron al piso de arriba hallaron a
Mario descalzo en el umbral de la puerta de su cuarto.
- ¡Ah! - exclamó el niño abrazando
apasionadamente las piernas de su tío y hablándole con una familiaridad
contraria a los usos de la nobleza, que él todavía ignoraba - . ¿Ya estás de
vuelta? ¿Di, no te han hecho daño? Creía que ese hombre malo te quería matar, y
yo quería que me dejasen correr detrás de ti. He tenido mucha pena, te lo
aseguro. Otra vez, cuando vayas a batirte, tendrás que llevarme contigo, puesto
que soy tu sobrino.
- ¡Mi sobrino! ¡Mi sobrino! No basta - dijo
el marqués llevándole a su cama - . Quiero ser tu padre. ¿Te desagradaría a ti
ser mi hijo? Y a propósito - añadió, agachándose para recibir las caricias de
Fleurial, que parecía haber comprendido y compartido las angustias de Jovelin y
de Mario - , he aquí un amiguito que ya no me pertenece. Tomadlo, Mario, puesto
que tantas ganas teníais de poseerlo; os lo regalo para consolaros de la pena
que habéis tenido esta noche.
- Sí - dijo Mario dejando a Fleurial en su
almohada - ; lo acepto con la condición de que sea de los dos y que nos quiera
al uno tanto como al otro... Pero dime, padre: ¿ese mal hombre se ha marchado
para siempre?
- Sí, hijo mío, para siempre.
- ¿Y el rey le castigará por haber matado a
tu hermano?
- Sí, hijo mío; se le castigará.
- ¿Qué le harán? - preguntó Mario pensativo.
- Os lo diré otra vez, hijo mío; no penséis
más que en la felicidad de vernos reunidos.
- ¿Ya no me separarán nunca de ti?
- ¡Nunca!
Y dirigiéndose al mudo:
- Maese Jovelin - le dijo - , ¿no es una
pena cambiar la dulce manera de hablar de este niño, que es para mi oído una
música tan melodiosa? Le dejaremos que me tutee en privado, puesto que en su
boca esta familiaridad es la del cariño.
- ¿Es que voy a tener que decirte vos? -
preguntó Mario sorprendido.
- Sí, hijo mío; al menos delante de la
gente. Es la costumbre.
- ¡Ah! Sí; como se lo decía al señor abate
Anjorrant. Pero es que te quiero aún más que a él...
- Entonces, ¿me quieres mucho, Mario? ¡Me
alegro! ¿Pero cómo es eso? ¡Todavía no me conoces!
- Sin embargo, te quiero.
- ¿Y no sabes por qué?
- ¡Sí! Te quiero porque te quiero.
- Amigo mío - dijo el marqués a Lucilio - ,
nada hay tan hermoso y amable como la infancia. Habla como deben de hablar los
ángeles entre ellos, y sus razones, que no lo son, valen más que toda la
sabiduría de los viejos. Instruiréis a este querubín. Formadle un cerebro
hermoso y bueno como el vuestro, porque yo soy un ignorante y quiero que sepa
más que yo. Han pasado los tiempos de la guerra civil de mi primera juventud, y
creo que los nobles deben encaminarse hacia las luces del espíritu. Pero
procurad conservarle esta graciosa sencillez que le ha dado el vivir entre
pastores. Es verdad que para mí representa al natural los hermosos niños que
debían de retozar entre las flores sobre los ribazos encantados del Lignon, el
río de las aguas transparentes.
El marqués tomó de Adamas un cordial para
reponerse de las fatigas de la noche, y luego se acostó y se durmió,
considerándose el hombre más feliz del mundo.
En aquella época, en que cada cual se hacía
justicia a sí mismo, a falta de legalidad regular, y en que la noción del
perdón hubiera sido considerada como una debilidad culpable y cobarde, el
marqués, aunque tenía excepcionales disposiciones de dulzura, creía haber
cumplido con el más sagrado de los deberes, y en esto seguía las ideas y las
costumbres de la más sana caballería.
Indudablemente en aquel tiempo no se hubiera
encontrado un hidalgo entre mil que no se hubiera considerado investido del
derecho de hacer perecer en el tormento, o al menos de mandar ahorcar, un
culpable como Alvimar, y que no hubiera censurado o ridiculizado el exceso de
lealtad novelesca que Bois - Doré había demostrado en el duelo.
Bois - Doré lo sabía, pero no se preocupaba.
Tenía tres motivos para ser como era: primero, su instinto. Luego, los ejemplos
humanitarios de Enrique IV, que fue uno de los primeros de su tiempo en sentir
el horror a la sangre vertida sin peligro. Enrique III, mortalmente herido por
Santiago Clement, sostenido por la ira y el deseo de venganza, pudo herir a su
asesino y gozar viéndole arrojado por la ventana. El primer movimiento de
Enrique IV, cuando Chastel le hirió en la cara, había sido el de decir: «Dejad
libre a este hombre.»
Por último, el código religioso de Bois -
Doré eran los hechos y los gestos de los personajes de la Astrée. En este poema
ideal no se daba el ejemplo de que un digno caballero vengase el amor, el honor
o la amistad, sin exponerse a los mayores peligros. Por eso no debemos reírnos
demasiado de la Astrée, y hasta debemos considerar con interés la boga de este
libro. En medio de los horrores sangrientos y de las discordias civiles, fue un
grito de humanidad, un canto de inocencia, un sueño de virtud elevándose hacia
el cielo.
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