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- XXXIV -
Cuando el marqués se despertó, su primer
pensamiento fue para su heredero, a quien, ateniéndonos al título que
prevaleció, llamaremos su hijo.
Recordaba confusamente los graves
acontecimientos de aquella agitada noche; pero su imaginación veía con lucidez
las importantas cuestiones de engalanamiento motivadas la víspera a propósito
de su querido Mario. Le llamó para reanudar con él la conversación
empezada en el tesoro. Pero no
recibió contestación, y ya empezaba a inquietarse cuando el niño, despierto y
levantado antes del alba, acudió, impregnado del olor fresco de la mañana, a
arrojarse en sus brazos.
- ¿Y de dónde venís tan temprano, mi
excelente amigo? - le preguntó el anciano.
- Padre - contestó Mario alegremente - ,
vengo del cuarto de Adamas y me ha prohibido que te diga un secreto que tenemos
los dos. No me preguntes nada; es una sorpresa que queremos hacerte.
- ¡Ah! Muy bien, hijo mío. No pregunto nada.
Quiero tener la sorpresa. Pero ¿no vamos a desayunar juntos aquí, sobre esta
mesita, al lado de mi cama?
- ¡Oh! No tengo tiempo, papaíto; tengo que
ir con Adamas; él te ruega que vuelvas a dormirte una hora, si no quieres
echarlo todo a perder.
El marqués hizo cuanto pudo para volverse a
dormir; pero todo fue en vano. Estaba muy preocupado. Madame de Beuvre iba a
venir temprano con su padre; Guillermo también, en el caso de que su intendente
se hallase mejor. ¿Estaba la cena convenientemente dispuesta? ¿Se podría
presentar a Mario a una dama con su traje de pastor de las montañas? ¡Y el
pobre niño no sabía siquiera saludar, besar la mano y decir tres palabras de
cortesía! Su encanto y su gracia, ¿no serían ridiculizados y despreciados por
aquellos a quienes no les cegaba el cariño?
Además nada estaba preparado como era debido
para la caza. Había tenido demasiadas emociones y preocupaciones para pensar en
ello.
«Si Adamas estuviera conmigo, él que es tan
dispuesto, me consolaría», pensaba el marqués.
Pero tenía tal condescendencia por su fiel
servidor, que si Adamas se lo hubiera exigido hubiera fingido dormir el día
entero.
Se quedó en la cama hasta las nueve sin que
viniese nadie en su ayuda; pero entonces empezó a sentir hambre e inquietud.
«¿En qué piensa Adamas? - se preguntó
decidiéndose a levantarse solo - . Mis convidados van a llegar. ¿Es que quiere
que me sorprendan en bata y esta cara lívida?»
Al fin, Adamas entró.
- ¡Ah! ¡Señor, tranquilizaos! - exclamó - .
¿Es que creéis que yo soy capaz de olvidaros? No hay por qué apresurarse. No
vendrá nadie antes de las dos de la tarde. Madame de Beuvre acaba de
avisármelo.
- ¿A ti, Adamas?
- Sí, señor, a mí; porque se me ha ocurrido
enviarle un mensajero para comunicarle que tenéis que darle una gran sorpresa,
pero que nada está preparado todavía. He tomado toda la responsabilidad de la
falta y le he suplicado humildemente que no llegase antes de la hora que os he
dicho, añadiendo que queríais que se quedase a pasar la noche aquí con su señor
padre y que la caza tendrá lugar mañana.
- ¿Qué has hecho, desdichado? Habrá creído
que estoy loco o que soy descortés.
- No, señor; lo ha tomado muy bien, diciendo
que de vuestra parte todo era prueba de juicio o de galantería.
- Entonces, amigo mío, debemos preocuparnos
de...
- De nada, señor, de nada; os lo suplico.
Bastante habéis hecho trabajar vuestro cerebro y vuestra espada esta noche.
¿Con qué fin Dios hubiera traído al pobre Adamas a este mundo de no ser para
ahorraros la preocupación de los detalles fáciles?
- ¡Ay! Amigo mío, no será fácil, ni aun posible,
hacer en tan poco tiempo que mi heredero esté presentable.
- ¿Creéis eso, señor? - dijo Adamas con una
indescriptible sonrisa de satisfacción - . ¡Quisiera yo ver que una cosa que
deseáis no fuese posible! Sí, verdaderamente quisiera yo verlo. Pero permitid,
señor, que os pregunte como debo mandar que se anuncie a vuestro heredero
cuando haga su entrada en el salón.
- Esto es muy grave, amigo mío; ya he
pensado en el nombre y en el título que corresponden a este querido niño. Su padre
no era noble ni el mío tampoco; pero como quiero dejarle la sucesión de mi
título, así como de más bienes, mediante un acta, y, si es necesario, el
permiso del rey, me parece que puedo, por anticipado, calificarle como si fuera
mi propio hijo. De modo que en mi casa hay que llamarle señor conde.
- ¡Sin duda alguna, señor! Pero ¿y el
nombre? ¿Queréis llamar Bouron sencillamente a un niño que tanto merece llevar
un nombre más ilustre?
- Sabed, Adamas, que no me avergüenzo del
nombre de mi padre, y que este nombre, llevado por mi hermano, me será siempre
querido. Pero como tengo aun más cariño al que me dio mi rey, quiero que Mario
lo lleve igualmente y que sea un Bouron de Bois - Doré, y esto, por costumbre o
por abreviar, acabará siendo Bois - Doré solamente.
- ¡Eso es lo que yo quería decir! Vamos,
señor, vestíos y comed aquí, en vuestro cuarto, con el niño, porque la sala de
abajo está en manos de mis decoradores; luego os haré vuestro tocado. Pero hoy
tendréis que poneros el traje que yo os diga.
- Haz lo que quieras, Adamas, puesto que
respondes de todo.
Mientras que comía, riendo y charlando con
su heredero, el buen Silvio de pronto fue presa de una gran melancolía. Logró
disimularla. Pero cuando Adamas vino a acicalarle, diciendo que todo marchaba
bien, se expansionó mientras que el niño jugaba y corría por la casa.
- Mi pobre amigo - le dijo - , me sorprende
que los numes celestes que tan paternalmente me han protegido estos últimos
días me dejen, sin embargo, en tan terrible apuro.
- ¿Qué apuro, señor?
- ¿No recuerdas, Adamas, que he ofrecido mi
corazón y mi vida a una hermosa divinidad, precisamente el día que recobré a
Mario? Y como ella no había rechazado, sino solamente aplazado la realización
de mis proyectos, resulta que corro el riesgo..., ¡según tú!, de tener otros
herederos a más de este niño a quien yo quisiera consagrar mi vida y dejar mis
bienes.
- ¡Diantre, señor, no se me había ocurrido!
Pero no os aflijáis. Yo os metí en la cabeza aquel fatal proyecto, y a mí me
incumbe la obligación de encontrar un medio de salir de esta intriga. ¡Pensaré
en ello, señor, pensaré en ello! Por hoy no penséis más que en engalanaros y en
regocijaros.
- Bien. ¿Pero qué traje me das, amigo mío?
- Vuestro traje de aldeano, señor; es uno de
los más bonitos que tenéis.
- Hasta creo que el más bonito de todos, y
me duele ponerme tan elegante mientras que mi pobre Mario...
- Señor, señor, dejadme obrar a mi antojo;
nuestro Mario estará muy bien.
El traje de aldeano del marqués era de
terciopelo y raso blanco, adornado con una profusión de galones de plata y de
encajes magníficos.
El blanco era entonces el color de los
aldeanos, que vestían en todo tiempo trajes de dril o de grueso fustán; por
esto al vestir de blanco lo llamaban entonces vestir de aldeano, y esta era una
de las modas que gozaban de mayor boga.
Con este atavío el marqués estaba,
naturalmente, muy ridículo. Pero se tenía tal costumbre de verle disfrazado de
jovencillo; estaba siempre cubierto de pies a cabeza de tan bonitas cosas y de
tan singulares alhajas; sus esencias eran tan exquisitas, y había, a pesar de
todo, tanta nobleza en sus gestos y tanta bondad afable en sus ademanes, que
hubiera sido lástima el verle cambiar y adoptar la seriedad que correspondía a
sus años.
Hacia las dos de la tarde, un galopín,
vestido para el acto a la antigua moda feudal y colocado en la atalaya de la
torre de entrada, tocó un viejo olifante para anunciar la llegada de una
cabalgata.
El marqués, acompañado por Lucilio, se fue a
dicha torre a recibir a la dama de sus pensamientos. Bien hubiera querido que
su heredero estuviera junto a él; pero Mario estaba en manos de Adamas, y según
el plan propuesto por este último, y adoptado por su amo con algunas
modificaciones, la aparición del niño había de ser aplazada hasta después de
una explicación delicada con madame de Beuvre.
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