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Amandine-Aurore-Lucile Dupin alias George Sand
Los caballeros de Bois-Doré

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  • Tomo I
    • - XXXV -
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 - XXXV -

   Lauriana llegó montando un precioso caballito blanco que su padre había amaestrado para ella y que la joven dominaba con una gentileza notable.

 

   Como podía ya llevar alivio de luto, estaba también vestida de aldeana, con una amazona de paño fino, un cuerpo ajustado, cubierto con galones de seda, y un airoso pañolito de encaje sobre su inseparable caperucete de viuda.

 

   - ¡Vaya! - exclamó Beuvre al ver la indumentaria del marqués - . ¿Ya lleváis los colores de vuestra dama, mi señor yerno?

 

   Su hija logró hacerle callar delante de los criados; pero en cuanto estuvieron en el salón, y a pesar de que había prometido abstenerse de hacer mofa sobre este asunto, no pudo contenerse y se apresuró a preguntar para cuándo era la boda.

 

   En lugar de molestarse o de azorarse, el marqués, encantado por este oportuno comienzo, solicitó una entrevista privada, para tratar un asunto serio.

 

   Despidieron a los criados, cerraron las puertas, y Bois - Doré, poniendo una rodilla en tierra ante la hermosa Laurianita, habló en estos términos:

 

   - Joven y bella señora, ved a vuestros pies a un servidor fiel, al que un gran acontecimiento ha llenado de alegría y de confusión, de dicha y de pena, de esperanza y de temor. Cuando hace dos días ofrecí mi corazón, mi nombre y mi fortuna a la más adorable de las ninfas, me creía libre de otro deber y afecto. Pero...

 

   El marqués fue interrumpido por Beuvre, que exclamó afectando una ira muy grande y poniendo ojos terribles:

 

   - ¡Cómo, mi señor yerno! ¿Es que os mofáis de la gente y pensáis que os dejaré retirar vuestra palabra, después de haber disparado el dardo mortal del amor en el corazón de mi pobre hija?

 

   - ¡Oh! Callaos, mi señor padre - dijo Lauriana alegre y dulcemente - ; me comprometéis. Afortunadamente el marqués no creerá que soy tan caprichosa que después de haberle pedido siete años de reflexión vaya a tener ahora prisa en que cumpla su palabra.

 

   - Dejadme hablar - dijo el marqués, cogiendo la mano de Lauriana - ; ya , señora mía, que vuestro corazón no siente amor, y esto es lo que me permito atreverme a pediros perdón. En cuanto a vos, vecino, reid con toda el alma, porque la ocasión es buena. Hoy me reiré con vos, aunque ayer he vertido muchas lágrimas.

 

   - ¿De veras, vecino? - dijo el bueno de Beuvre, cogiéndole la otra mano - . Si habláis en serio, como parece que lo estáis haciendo, ya no me reiré. ¿Tenéis algún pesar que yo os pueda aliviar?

 

   - Hablad, mi querido Celadón - añadió afectuosamente Lauriana - ; contadnos vuestras penas.

 

   - Mis penas se han disipado, y si no me retiráis vuestra amistad, seré el hombre más dichoso del mundo. Pues bien, escuchad, amigos míos - dijo, levantándose con cierto esfuerzo - : ¿Oísteis la predicción que me hicieron anteayer aquellos gitanos? «Antes de tres días, tres semanas o tres meses, seréis padre

 

   - ¿Y qué? - dijo Beuvre, volviendo a su carácter burlón ¿Creéis, mi bravo amigo, que la predicción se realizará?

 

   - Se ha realizado. Soy padre, y ya no es para mí para quien os pido a vos y a la divina Lauriana siete años de esperanza y sinceridad, es para mi heredero, para mi hijo único, para...

 

   En aquel momento la puerta se abrió de par en par, y Adamas, en traje de gala, anunció, con vos clara y aire triunfante:

 

   - ¡El señor conde Mario de Bois - Doré!

 

   La sorpresa fue general, porque el marqués no esperaba tan pronto la aparición de su hijo y no sabía con qué indumentaria podría presentarle.

 

   ¡Cuál no sería su gozo cuando vio entrar a Mario vestido de aldeano, es decir, con un traje exactamente igual al suyo en hechura y tejidos! El jubón era de raso, con mil plieguecillos en las mangas; el coleto, sin mangas, de terciopelo blanco y con adornos de plata; las calzas amplias y con un vuelo de cuatro varas, fruncidas hasta la rodilla, adornada con botones de perlas y algo abiertas a los lados, dejando ver «la rosa» de la liga; las medias eran de seda, y los zapatos estaban adornados con «rosas»; las vueltas de los puños hacían juego con la gola esearolada. Llevaba un chambergo con plumas, muchos diamantes, un tahalí bordado con perlas y una pequeña tizona, que era una verdadera maravilla.

 

   Adamas había pasado la noche escogiendo, meditando, cortando y disponiendo; la mañana probando. Desde antes del alba, la habilidosa morisca y cuatro obreras habían cosido sin cesar; Clindor había andado diez leguas para encontrar el sombrero y el calzado. Adamas había combinado, adornado, inventado y dispuesto el traje, de muy buen gusto, de buen corte y bastante sólido para durar varios días sin compostura; estaba perfecto.

 

   Mario, emperifollado y perfumado como el marqués, con sus rizos naturales y llevando sobre el bucle, que le cubría la oreja izquierda, «una rosa» (hoy se diría una moña) de cintas blancas, con un enorme diamante en medio y encaje de plata debajo, se presentó con gracia.

 

   Estaba tan poco azorado como si hubiera sido educado cual un hidalgo; llevaba su tizona con soltura, y su belleza enternecedora resaltaba entre toda aquella blancura, que le daba un aire cándido de niña.

 

   Lauriana y su padre se maravillaron tanto por su figura y sus ademanes, que se levantaron espontáneamente, como para recibir a un hijo de rey.

 

   Pero había algo más. Mientras atildaba a su joven señor, Adamas le había enseñado un discursito para Lauriana, sacado de la Astrée. Dada la inteligencia de Mario, era cosa fácil aprender algunas frases de memoria.

 

   - Señora - dijo con una sonrisa encantadora - , es de todo punto imposible veros sin amaros; pero es más imposible todavía amaros sin llevar este sentimiento al extremo. Permitidme que bese mil y mil veces vuestras bellas manos, sin que el número de besos pueda igualar al número de muertes que me causaría vuestra negativa...

 

   Mario se detuvo. Había aprendido de prisa, sin comprender ni reflexionar. De pronto el sentido de las palabras que estaba pronunciando se le antojó muy cómico, porque no estaba dispuesto, ni por asomo a sufrir tanto, en el caso de que Lauriana le negase los miles de besos que tampoco tenía él empeño en darle. Sintió deseos de reír, y miró a la damita, que sentía los mismos deseos, y que le ofrecía las dos manos con un aire de alegre simpatía.

 

   Dejó la etiqueta a un lado y, obedeciendo a los impulsos de su naturaleza efusiva, le echó los brazos al cuello y la besó en las dos mejillas, diciéndole de su propia cosecha:

 

   - Buenos días, señora; os ruego que me miréis con cariño, porque me parecéis una buena persona y ya os quiero mucho.

 

   - Perdonadle - dijo el marqués - ; es un hijo de la naturaleza...

 

   - Por eso mismo me agrada - contestó Lauriana - y le dispenso de toda ceremonia.

 

   - Vamos, vamos - dijo Beuvre - . ¿Qué significa este hermoso niño, vecino? Si es vuestro, os felicito; pero no os hubiera creído...

 

   Anunciaron a Guillermo de Ars con Luis de Villermont y uno de los jóvenes Chabannes, que habían ido por la mañana a su casa y a quienes había contado la maravillosa historia del hijo de Florimond.

 

   - ¿Es él? - exclamó Guillermo al entrar, mirando a Mario - . Sí; es mi gitanito. ¡Pero qué bonito está ahora, Dios mío! ¡Y qué contento debéis de estar, mi querido primo! ¡Pardiez!, amigo - dijo al niño - , ¡vaya una espada hermosa y un traje elegante! Queréis avergonzar a vuestros vecinos y amigos. Ya veo que a vuestro lado quedamos reducidos a la nada. Vaya, decidnos vuestro nombre y trabemos conocimiento, porque sabréis que somos parientes y acaso yo os pueda ser de alguna utilidad, aunque sólo fuese a enseñaros a montar a caballo.

 

   - ¡Oh! Ya - dijo Mario. He montado sobre Squilindre.

 

   - ¿El caballo de la carroza? Y decidme, amiguito, ¿su trote os ha parecido suave?

 

   - No mucho - dijo Mario riendo.

 

   Y empezó a charlar y a jugar con Guillermo y sus compañeros.

 

   - ¿Qué es esto? - dijo Beuvre, apartándose con Bois - Doré - . Ponedme en el secreto, porque no estoy en ello. Os estáis burlando de nosotros. Este lindo mocito no es vuestro. Es demasiado joven. ¿Es algún hijo adoptivo?

 

   - Es mi propio sobrino - contestó Bois - Doré - ; es el hijo de mi Florimond, a quien vos también queríais.

 

   Y ante todo el mundo contó, enseñando las pruebas, la historia de Mario, pero sin pronunciar el nombre de Alvimar o de Villarreal y sin dar a entender que había descubierto y castigado a los asesinos de su hermano.

 

 

 




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