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- XXXV -
Lauriana llegó
montando un precioso caballito blanco que su padre había amaestrado para ella y
que la joven dominaba con una gentileza notable.
Como podía ya llevar alivio de luto, estaba
también vestida de aldeana, con una amazona de paño fino, un cuerpo ajustado,
cubierto con galones de seda, y un airoso pañolito de encaje sobre su
inseparable caperucete de viuda.
- ¡Vaya! - exclamó Beuvre al ver la
indumentaria del marqués - . ¿Ya
lleváis los colores de vuestra dama, mi señor yerno?
Su hija logró hacerle callar delante de los
criados; pero en cuanto estuvieron en el salón, y a pesar de que había
prometido abstenerse de hacer mofa sobre este asunto, no pudo contenerse y se
apresuró a preguntar para cuándo era la boda.
En lugar de molestarse o de azorarse, el
marqués, encantado por este oportuno comienzo, solicitó una entrevista privada,
para tratar un asunto serio.
Despidieron a los criados, cerraron las
puertas, y Bois - Doré, poniendo una rodilla en tierra ante la hermosa
Laurianita, habló en estos términos:
- Joven y bella señora, ved a vuestros pies
a un servidor fiel, al que un gran acontecimiento ha llenado de alegría y de
confusión, de dicha y de pena, de esperanza y de temor. Cuando hace dos días
ofrecí mi corazón, mi nombre y mi fortuna a la más adorable de las ninfas, me
creía libre de otro deber y afecto. Pero...
El marqués fue interrumpido por Beuvre, que
exclamó afectando una ira muy grande y poniendo ojos terribles:
- ¡Cómo, mi señor yerno! ¿Es que os mofáis de
la gente y pensáis que os dejaré retirar vuestra palabra, después de haber
disparado el dardo mortal del amor en el corazón de mi pobre hija?
- ¡Oh! Callaos, mi señor padre - dijo
Lauriana alegre y dulcemente - ; me comprometéis. Afortunadamente el marqués no
creerá que soy tan caprichosa que después de haberle pedido siete años de
reflexión vaya a tener ahora prisa en que cumpla su palabra.
- Dejadme hablar - dijo el marqués, cogiendo
la mano de Lauriana - ; ya sé, señora mía, que vuestro corazón no siente amor,
y esto es lo que me permito atreverme a pediros perdón. En cuanto a vos,
vecino, reid con toda el alma, porque la ocasión es buena. Hoy me reiré con
vos, aunque ayer he vertido muchas lágrimas.
- ¿De veras, vecino? - dijo el bueno
de Beuvre, cogiéndole la otra mano - . Si habláis en serio, como parece que lo estáis haciendo, ya no me reiré.
¿Tenéis algún pesar que yo os pueda aliviar?
- Hablad, mi querido Celadón - añadió
afectuosamente Lauriana - ; contadnos vuestras penas.
- Mis penas se han disipado, y si no me
retiráis vuestra amistad, seré el hombre más dichoso del mundo. Pues bien,
escuchad, amigos míos - dijo, levantándose con cierto esfuerzo - : ¿Oísteis la
predicción que me hicieron anteayer aquellos gitanos? «Antes de tres días, tres
semanas o tres meses, seréis padre.»
- ¿Y qué? - dijo Beuvre, volviendo a su
carácter burlón ¿Creéis, mi bravo amigo, que la predicción se realizará?
- Se ha realizado. Soy padre, y ya no es
para mí para quien os pido a vos y a la divina Lauriana siete años de esperanza
y sinceridad, es para mi heredero, para mi hijo único, para...
En aquel momento la puerta se abrió de par
en par, y Adamas, en traje de gala, anunció, con vos clara y aire triunfante:
- ¡El señor conde Mario de Bois - Doré!
La sorpresa fue general, porque el marqués
no esperaba tan pronto la aparición de su hijo y no sabía con qué indumentaria
podría presentarle.
¡Cuál no sería su gozo cuando vio entrar a
Mario vestido de aldeano, es decir, con un traje exactamente igual al suyo en
hechura y tejidos! El jubón era de raso, con mil plieguecillos en las mangas;
el coleto, sin mangas, de terciopelo blanco y con adornos de plata; las calzas
amplias y con un vuelo de cuatro varas, fruncidas hasta la rodilla, adornada
con botones de perlas y algo abiertas a los lados, dejando ver «la rosa» de la
liga; las medias eran de seda, y los zapatos estaban adornados con «rosas»; las
vueltas de los puños hacían juego con la gola esearolada. Llevaba un chambergo
con plumas, muchos diamantes, un tahalí bordado con perlas y una pequeña
tizona, que era una verdadera maravilla.
Adamas había pasado la noche
escogiendo, meditando, cortando y disponiendo; la mañana probando. Desde antes del alba, la habilidosa
morisca y cuatro obreras habían cosido sin cesar; Clindor había andado diez
leguas para encontrar el sombrero y el calzado. Adamas había combinado,
adornado, inventado y dispuesto el traje, de muy buen gusto, de buen corte y
bastante sólido para durar varios días sin compostura; estaba perfecto.
Mario, emperifollado y perfumado como el
marqués, con sus rizos naturales y llevando sobre el bucle, que le cubría la
oreja izquierda, «una rosa» (hoy se diría una moña) de cintas blancas, con un
enorme diamante en medio y encaje de plata debajo, se presentó con gracia.
Estaba tan poco azorado como si hubiera sido
educado cual un hidalgo; llevaba su tizona con soltura, y su belleza
enternecedora resaltaba entre toda aquella blancura, que le daba un aire
cándido de niña.
Lauriana y su padre se maravillaron tanto
por su figura y sus ademanes, que se levantaron espontáneamente, como para
recibir a un hijo de rey.
Pero había algo más. Mientras atildaba a su
joven señor, Adamas le había enseñado un discursito para Lauriana, sacado de la
Astrée. Dada la inteligencia de Mario, era cosa fácil aprender algunas frases
de memoria.
- Señora - dijo con una sonrisa encantadora
- , es de todo punto imposible veros sin amaros; pero es más imposible todavía
amaros sin llevar este sentimiento al extremo. Permitidme que bese mil y mil
veces vuestras bellas manos, sin que el número de besos pueda igualar al número
de muertes que me causaría vuestra negativa...
Mario se detuvo. Había aprendido de prisa,
sin comprender ni reflexionar. De pronto el sentido de las palabras que estaba
pronunciando se le antojó muy cómico, porque no estaba dispuesto, ni por asomo
a sufrir tanto, en el caso de que Lauriana le negase los miles de besos que
tampoco tenía él empeño en darle. Sintió deseos de reír, y miró a la damita,
que sentía los mismos deseos, y que le ofrecía las dos manos con un aire de
alegre simpatía.
Dejó la etiqueta a un lado y, obedeciendo a
los impulsos de su naturaleza efusiva, le echó los brazos al cuello y la besó
en las dos mejillas, diciéndole de su propia cosecha:
- Buenos días, señora; os ruego que me
miréis con cariño, porque me parecéis una buena persona y ya os quiero mucho.
- Perdonadle - dijo el marqués - ; es un
hijo de la naturaleza...
- Por eso mismo me agrada - contestó
Lauriana - y le dispenso de toda ceremonia.
- Vamos, vamos - dijo Beuvre - . ¿Qué
significa este hermoso niño, vecino? Si es vuestro, os felicito; pero no os
hubiera creído...
Anunciaron a Guillermo de Ars con Luis de
Villermont y uno de los jóvenes Chabannes, que habían ido por la mañana a su
casa y a quienes había contado la maravillosa historia del hijo de Florimond.
- ¿Es él? - exclamó Guillermo al entrar,
mirando a Mario - . Sí; es mi gitanito. ¡Pero qué bonito está ahora, Dios mío!
¡Y qué contento debéis de estar, mi querido primo! ¡Pardiez!, amigo - dijo al
niño - , ¡vaya una espada hermosa y un traje elegante! Queréis avergonzar a
vuestros vecinos y amigos. Ya veo que a vuestro lado quedamos reducidos a la
nada. Vaya, decidnos vuestro nombre y trabemos conocimiento, porque sabréis que
somos parientes y acaso yo os pueda ser de alguna utilidad, aunque sólo fuese a
enseñaros a montar a caballo.
- ¡Oh! Ya sé - dijo Mario. He montado sobre Squilindre.
- ¿El caballo de la carroza? Y decidme,
amiguito, ¿su trote os ha parecido suave?
- No mucho - dijo Mario riendo.
Y empezó a charlar y a jugar con Guillermo y
sus compañeros.
- ¿Qué es esto? - dijo Beuvre, apartándose con
Bois - Doré - . Ponedme en el secreto, porque no estoy en ello. Os estáis
burlando de nosotros. Este lindo mocito no es vuestro. Es demasiado joven. ¿Es
algún hijo adoptivo?
- Es mi propio sobrino - contestó Bois -
Doré - ; es el hijo de mi Florimond, a quien vos también queríais.
Y ante todo el mundo contó, enseñando las
pruebas, la historia de Mario, pero sin pronunciar el nombre de Alvimar o de
Villarreal y sin dar a entender que había descubierto y castigado a los
asesinos de su hermano.
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