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Amandine-Aurore-Lucile Dupin alias George Sand
Los caballeros de Bois-Doré

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  • Tomo I
    • - XXXVI -
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 - XXXVI -

   En presencia de las cartas, el anillo y el sello, no había manera de creer que fuese una novela aquella novelesca aventura.

 

   Todos festejaron al gentil Mario, que por su carácter bueno y afectuoso y su mirada leal conquistaba espontánea e irresistiblemente todos los corazones.

 

   - Entonces - dijo Beuvre a su hija, llevándola aparte - ya no sois la prometida de nuestro viejo vecino, sino la de su hijo, porque parece que es así como él quiere ahora arreglar las cosas.

 

   - ¡Quiéralo Dios, padre! - contestó Lauriana - . Y si vuelve a hablar de ello, os ruego finjáis, como yo, aceptar este arreglo, que el buen hombre es muy capaz de tomar en serio.

 

   - ¡Bien lo tomaba en serio cuando se trataba de él! - repuso Beuvre - . La diferencia de edad entre vos y este niño es de años, mientras que entre el marqués y vos es de cuartos de siglo. Ya veo que nuestro querido vecino ha perdido la noción del tiempo, tanto para los demás como para él mismo; pero aquí viene. Quiero hacerle rabiar un poco.

 

   Bois - Doré, a quien Beuvre exigió que se explicase, declaró con mucha gravedad que no tenía más que una palabra, y que habiendo entregado su libertad y su corazón a Lauriana, se consideraba como esclavo suyo, a no ser que ella le devolviese su palabra.

 

   - ¡Os la devuelvo, querido Celadón! - exclamó Lauriana.

 

   Pero su padre la interrumpió; también a ella quería hacerla rabiar.

 

   - No, no, hija mía; esto interesa el honor de la familia, y vuestro padre no consiente que se burlen de él. Ya veo que a vuestro caprichoso y fantástico Celadón le ha nacido una pasión paternal por su hermoso sobrino, y que ahora prefiere ser padre sin haberse tomado el trabajo de ser esposo. Además, ya veo que se le ha metido en la cabeza dejarle heredero de sus bienes, sin consideración a sus futuros hijos; eso no lo toleraré, y vos lo debéis impedir invocando la palabra que os dio.

 

   Monsieur de Beuvre hablaba con tanta seriedad, que por un momento el marqués llegó a engañarse.

 

   «Por lo visto - pensó - mi fortuna me rejuvenece mucho, y mi vecino, que tanto se burlaba de mí, no me encuentra ya tan viejo. ¿Por qué demonio se le habrá ocurrido a Adamas esa idea de aconsejarme hacer esta petición?»

 

   Lauriana vio estas perplejidades reflejadas en su rostro y le auxilió generosamente.

 

   - Mi señor padre - dijo - , esto no importa; puesto que nuestro amigo el marqués no ha podido mi mano sin mi corazón, y mientras que mi corazón no haya hablado, el marqués está libre.

 

   - ¡Ta, ta, ta! - exclamó Beuvre - . Vuestro corazón os habla en voz muy alta, hija mía, y vuestra indulgencia hacia el marqués demuestra que precisamente os habla de él.

 

   - ¿Sería posible? - dijo Bois - Doré un poco asombrado - . Si tuviese esta dicha, ni mi sobrino impediría que...

 

   - No, marqués, no - dijo Lauriana, resuelta a acabar con las ilusiones de su viejo Celadón - . Mi corazón habla, es verdad, pero desde hace un momento nada más, desde que he visto a vuestro gentil sobrino. El destino lo ha querido así, sin duda por la gran amistad que tengo por vos, y que no ha permitido que yo amase más que a una persona de vuestra familia y que se pareciese a vos. Por lo tanto, soy yo quien rompe las cadenas y me declaro infiel; pero lo hago sin remordimiento, puesto que el que prefiero a vos os interesa tanto como a mí misma. No hablemos ya de nada hasta que Mario esté en edad de sentir algún afecto por mí, si es que ese día venturoso ha de llegar alguna vez; mientras, yo me esforzaré en tener paciencia y seguiremos siendo amigos.

 

   Bois - Doré, encantado de haber llegado a esta conclusión, besaba efusivamente la mano de la amable Lauriana, cuando de pronto un formidable tiroteo hizo retemblar los cristales y sobresaltó a todos los huéspedes del castillo.

 

   Se precipitaron hacia las ventanas. Era Adamas que hacía disparar todos los falconetes, arcabuces y pistolas de su pequeño arsenal.

 

   Al mismo tiempo vieron entrar en el patio a todos los habitantes de la aldea y a todos los vasallos del marqués, gritando con acompañamiento coral de todos los empleados y criados de la casa:

 

   «¡Viva el señor marqués! ¡Viva el señor conde!»

 

   Aquellas buenas gentes obedecían confiadamente a una contraseña dada por Aristandre, sin saber de qué se trataba; pero lo que sí sabían es que nunca les habían mandado ir al castillo sin que fuesen objeto de alguna liberalidad o agasajados con algún festín, y acudían sin necesidad de que se les rogase.

 

   Los huéspedes del castillo abrieron las ventanas del salón para oír el discurso, en forma de proclama, que Adamas lanzaba a aquella numerosa concurrencia.

 

   De pie, sobre el pozo que había hecho tapar para efectuar sin peligro una pantomima animada, el feliz Adamas improvisaba la obra de elocuencia más deslumbrante que jamás había producido su facundia gascona, ni lanzado a los ecos su voz clara, de inflexiones completamente meridionales. Su gesticulación era tan extraña como su discurso.

 

   Lamentamos que la historia no nos haya conservado la redacción de aquella obra maestra; le sucedió lo que a todos los productos de la inspiración: voló con el soplo que le había originado.

 

   El hecho es que produjo un gran efecto. El relato de la trágica muerte del pobre monsieur Florimond hizo llorar; y como Adamas tenía las lágrimas fáciles y se enternecía ingenuamente a sí mismo, fue escuchado religiosamente hasta desde las mismas ventanas del salón.

 

   Lo que sí les hizo reír fueron los arrebatos de alegría patética con que proclamó el descubrimiento de Mario; pero al rústico auditorio le pareció todo muy bien.

 

   El aldeano comprende el gesto y no las palabras, que no se toma siquiera el trabajo de escuchar; sería un esfuerzo, y el esfuerzo cerebral le parece una cosa contra la naturaleza. Escucharon los ojos.

 

   La perorata encantó, y algunas muy entendidos declararon que monsieur Adamas predicaba mucho mejor que el rector de la parroquia.

 

   Cuando el discurso hubo terminado, el marqués bajó con su heredera y sus invitados. Mario encantó y conquistó también a los aldeanos por sus maneras campechanas y su dulce hablar.

 

   Su padre le había encargado que invitase a todo el pueblo a un gran festín para el domingo siguiente. Lo hizo con tanta naturalidad y en términos tan profundamente democráticos, que Guillermo y sus amigos y hasta incluso el republicano monsieur de Beuvre tuvieron que acordarse, para no escandalizarse, que el niño se había criado entre pastores.

 

   El marqués lo notó, y estuvo a punto de llamar a Mario, que iba de grupo en grupo dejándose besar y devolviendo las caricias con efusión.

 

   Pero una anciana, la decana del pueblo, se acercó a él, apoyándose en su muleta, y le dijo con voz temblorosa:

 

   - Monseñor, Dios os bendice por haber sido bueno y humano con los pobres que trabajan y sufren. Habéis hecho que se olvide a vuestro padre, que era un hombre duro con vos y con todo el mundo. Este niño se parecerá a vos e impedirá que se os olvide.

 

   El marqués estrechó las manos de la vieja y consintió que Mario estrechase las de todos los asistentes.

 

   Mandó que bebiesen a la salud de su hijo, y hasta él mismo bebió a la del pueblo, mientras que Adamas hacía de nuevo tronar su artillería.

 

   Cuando la muchedumbre se alejó, el marqués vio a monsieur Poulain que lo observaba todo desde un cobertizo, en el que se había colocado como si fuese un palco de un teatro. Le cortó la retirada, yendo a saludarle, y le invitó a cenar, después de reprocharle no ir nunca a visitarle.

 

   El párroco le dio las gracias con una cortesía enigmática, diciendo con azoramiento fingido que sus principios no le permitían comer con «presuntos».

 

   En aquel tiempo se llamaba a los protestantes, según su opinión, «reformados» o «presuntos reformados». El decir «presuntos» a secas significaba una ortodoxia que no admitía siquiera la esperanza de una posible conversión.

 

   Aquel término despreciativo hirió al marqués, y, haciendo un juego de palabras, contestó que no había novios en su casa.

 

   - Creía que monsieur y madame de Beuvre eran «presuntos» al error de Ginebra - repuso el rector con una pérfida sonrisa - . ¿Es que se han divorciado como el señor marqués?

 

   - Señor rector - dijo Bois - Daré - , el momento es inoportuno para hablar de teología, y confieso que soy incompetente en la materia. Una vez, dos veces, ¿queréis ser de los nuestros con o sin calvinistas?

 

   - «Con» ya os he dicho, señor marqués, que me es imposible.

 

   - Pues bien, señor - repuso Bois - Doré con una viveza que no supo dominar - , sea cuando queráis; pero los días en que no me juzgareis digno de recibiros, haréis bien en no venir a decírmelo a mi casa, porque desde el momento en que no queréis entrar, me pregunto lo que venís a hacer en ella, como no sea criticar a los que me hacen el honor de encontrarse aquí a gusto.

 

   El rector buscaba lo que él llamaba la persecución; es decir, que deseaba irritar al marqués para hacerle perder la paciencia y para recibir un agravio de él.

 

   - Como el señor marqués admitía a todos los habitantes de mi parroquia a un banquete familiar - dijo - , he creído haber sido llamado como los demás. Hasta me había imaginado que este amable niño, cuya venida se está celebrando, necesitaría de mi ministerio para volver al seno de la Iglesia, y acaso hubiérase debido comenzar los festejos por esta ceremonia.

 

   - ¡Mi hijo ha sido educado por un verdadero cristiano y por un verdadero sacerdote, señor! No necesita ninguna reconciliación con Dios; en cuanto a la morisca, acerca de quien creéis estar tan enterado, sabed que es mejor cristiana que muchos que se pican de serlo. Por lo tanto, estad tranquilo y venid a mi casa con la cara descubierta y sin abrigar segundas intenciones, os lo suplico, o de lo contrario, no vengáis, os lo aconsejo.

 

   - Mi intención es ser franco, señor marqués - contestó el párroco elevando la voz - , y la prueba es que os pregunto sin rodeos dónde está monsieur de Villarreal y cuál es la causa de que no le vea en vuestra compañía.

 

   Esta pérfida brusquedad estuvo a punto de desconcertar a Bois - Doré. Afortunadamente, Guillermo de Ars, que en aquel momento se acercaba, había oído la pregunta y se encargó de dar la respuesta.

 

   - ¿Preguntáis por monsieur de Villarreal? - dijo, saludando a monsieur de Poulain - . Se marchó de este castillo conmigo anoche.

 

   - Perdonad - repuso el párroco, saludando a Guillermo con más consideración que mostraba a Bois - Doré - . Entonces, señor conde, ¿puedo dirigirle esta carta a vuestra casa?

 

   - No, señor - contestó Guillermo, despechado ante su insistencia - . Hoy no está en mi casa...

 

   - Pero si ha ido a dar un paseo, supongo que esperáis regrese esta noche o mañana a más tardar.

 

   - No sé qué día volverá, señor; no acostumbro a interrogar a nadie. Venid, marqués; os reclaman en el salón.

 

   Se llevó a Bois - Doré con los Beuvre, para cortar en seco las investigaciones del párroco, que se alejó con una extraña sonrisa y una humildad amenazadora.

 

   - Hablabais de monsieur de Villarreal - dijo Beuvre al marqués - ; os he oído pronunciar su nombre. ¿Cómo es que no lo vemos? ¿Está enfermo?

 

   - Se ha marchado - dijo Guillermo muy azorado e inquieto por estas preguntas, hechas ante numerosos testigos.

 

   - ¿Y se ha marchado para no volver más? - preguntó Lauriana.

 

   - Para no volver más - contestó Bois - Doré con firmeza.

 

   - Pues bien - dijo ella después de una pausa - , me alegro.

 

   - ¿No le queríais? - dijo el marqués, ofreciéndole el brazo, en tanto que Guillermo caminaba junto a Lauriana.

 

   - Vais a suponer que estoy loca - contestó la joven - . Me sinceraré, sin embargo. Perdonadme, monsieur de Ars, pero vuestro amigo me daba miedo.

 

   - ¿Miedo?... Es extraño; otras personas me han dicho lo mismo. ¿De qué proviene, señora, que os diese miedo?

 

   - Decididamente se parece a un retrato que hay en casa y que acaso no habéis visto nunca...; está en nuestra capillita. ¿Le habéis visto?

 

   - Sí - exclamó Guillermo impresionado - ; ya sé lo que queréis decir. A fe mía que se le parecía.

 

   - ¿Se le parecía? Habláis de vuestro amigo como si hubiera muerto.

 

   La llegada de Mario interrumpió esta conversación. Lauriana, que ya sentía por él una gran amistad, quiso ofrecerle el brazo para regresar al castillo.

 

   Guillermo y Bois - Doré quedaron un momento solos, un poco rezagados.

 

   - ¡Ay, querido primo! - dijo el joven al anciano - . ¿No es molesto tener que ocultar la muerte de un hombre como si efectivamente hubiera que avergonzarse de alguna cobardía, cuando, al contrario...?

 

   - Yo hubiera preferido la franqueza - contestó el marqués - . Vos me habéis condenado a este disimulo; pero si os pesa...

 

   - ¡No, no; vuestro párroco parece tener sospechas! Alvimar se las daba de muy devoto; el clero se pondría de su parte, y sería mucho arriesgar en un país como éste. Callémonos, pues, hasta que el cobarde asesinato de vuestro hermano esté divulgado en todas partes, y enseñad la prueba a todo el mundo sin nombrar a los culpables. Cuando los nombréis, la gente estará ya predispuesta a condenarles. Pero decidme, marqués, ¿sabéis si el cuerpo de aquel desdichado...?

 

   - Sí, Aristandre se ha informado. El fraile oblato ha cumplido su misión.

 

   - Pero ¿cómo podéis explicaros lo que era el tal Alvimar? ¡Un hombre de tan buena estirpe y de maneras tan distinguidas!

 

   - ¡La ambición de la corte y la miseria de España! - contestó Bois - Doré - . Mirad, querido primo, se me ocurre frecuentemente una paradoja filosófica: que somos todos iguales ante Dios, y que Él no hace más caso del alma de un noble que de la de un villano. Acaso sobre este punto los calvinistas no estén del todo equivocados.

 

   - A propósito de calvinistas - prosiguió Guillermo - . ¿Sabéis que los asuntos del rey marchan mal, y que no se acaba de tomar la ciudad de Montaubán?

 

   He sabido en Bourges, por personas bien enteradas, que el día menos pensado se levantará el sitio, y bien pudiera ser que esto cambiase una vez más toda la política. Acaso vos os habéis apresurado demasiado en abjurar.

 

   - ¿Abjurar, abjurar? - dijo Bois - Doré, moviendo la cabeza - . Yo no he abjurado nunca nada; reflexiono, discuto conmigo mismo, y según las buenas razones que se me ocurren, admito una forma u otra. En el fondo...

 

   - En el fondo - dijo Guillermo, echándose a reír - sois como yo. No os preocupáis más que de ser bueno.

 

   La cena, aunque íntima, fue servida con un lujo prodigioso. La sala estaba decorada con follajes y flores, entre las que se entremezclaban cintas de oro y de plata; se ostentaron las más finas piezas de orfebrería y de porcelana, y se sirvieron los platos y los vinos más exquisitos.

 

   Cinco o seis de los mejores amigos o vecinos del marqués llegaron al sonar el último toque de campana. Esto era una nueva sorpresa, preparada al marqués por Adamas, que había enviado mensajeros a todos los arrabales.

 

   Durante la cena no hubo música. Los comensales preferían hablar; ¡tenían tanto que decirse! Solamente se anunció cada servicio por una fanfarria tocada en el patio.

 

   Lauriana se sentó frente al marqués, teniendo a Mario a su derecha.

 

   Lucilio tomó parte en la fiesta. No había por qué temer la maldad de ningún convidado.

 

 

 




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