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Amandine-Aurore-Lucile Dupin alias George Sand
Los caballeros de Bois-Doré

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  • Tomo I
    • - XXXIX -
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 - XXXIX -

   Efectivamente: al día siguiente Lauriana se instaló en Briantes, en la «Sala de Verduras» que el ingenioso Adamas convirtió rápidamente en una habitación lujosa y cómoda.

 

   La morisca solicitó que la pusiesen al servicio de madame de Beuvre, que le insipiraba confianza y simpatía, y Lauriana, que a su vez la apreciaba mucho, la rogó que durmiese en el gabinete contiguo a su vasta alcoba.

 

   La joven se separó de su padre con mucha entereza.

 

   La leal criatura, llena de fe y de entusiasmo, no sospechaba en él cálculo alguno. Le hubiera costado trabajo comprender lo que era razonar, dudar y resolver en beneficio del propio interés. Sabía que su padre era valiente como un león y franco por su carácter y por su hidalguía; era más que suficiente para que se le representase como un héroe.

 

   Él, comprendiendo la ingenuidad y el idealismo de su hija, no se hubiera atrevido a rebajarse ante ella, dejándola ver que era el prototipo del hombre honrado de su tiempo; es decir, de los que hacían el menor mal posible, pero pensaban siempre en sacar provecho de las cosas.

 

   Ya no era el tiempo del ideal. Habían empezado «las realidades del horrible siglo XVII, aquel desierto grandioso en el que el pan para el espíritu y para el cuerpo se va agotando, en el que la Naturaleza no alimenta ya al hombre y la tierra, extenuada, se hunde bajo su peso». Los hombres, avejentados en las luchas del siglo precedente, no podían rejuvenecer en el siglo nuevo; pero los niños tenían alma; ¡la tienen siempre cuando se los deja en libertad!

 

   Lauriana, entusiasmada por la hermosa conducta de los Rohan y de los La Force en Montaubán, impelía a su padre a la partida, creyendo que él no pensaba más que en defender el honor de la causa, y que, como ella, no tenía más ideal que conservar a costa de la fortuna, y a ser preciso de la vida, la dignidad y la libertad de la conciencia, concedidas por Enrique IV.

 

   No vertió una lágrima al darle el último beso; su mirada le siguió hasta que él se hubo perdido de visita; entonces entró en su cuarto y lloró.

 

   Mercedes, que trabajaba en el gabinete, la oyó y fue a la puerta; pero no se atrevió a acercarse. Lamentaba no conocer su idioma para consolarla.

 

   Aquella mujer tenía instintos maternales y no podía ver sufrir a un corazón joven sin sufrir a su vez y sentir la necesidad de aliviarle. Se le ocurrió ir a buscar a Mario; le parecía que no había dolor que resistiese a la vista y a las caricias de su bien amado.

 

   Mario se acercó quedamente de puntillas, y llegó junto a Lauriana sin que ella le hubiera oído. Ya consideraba a Lauriana como a una hermana querida. ¡Era tan buena con él, tan alegre siempre! ¡Se preocupaba tanto de entrerenerle cuando él iba a la Motte Seuilly!

 

   Al verla llorar se quedó intimidado. Creía, como todo el mundo, que la ausencia de monsieur de Beuvre no duraría más que unos días.

 

   Permanecía arrodillado en el cojín en que Lauriana descansaba los pies, y la miraba lleno de confusión; al fin se atrevió a cogerle las manos.

 

   Lauriana se estremeció, y vio aquella cara de ángel que le sonreía con los ojos humedecidos. Conmovida por la sensibilidad del niño, le abrazó con ternura y besó sus hermosos cabellos.

 

   - ¿Qué es ocurre, mi Lauriana? - le preguntó Mario, alentado por aquella efusión.

 

   - ¡Ay, mi pobre niño! - contestó ella - . Tu Lauriana tiene pena, como tú la tendrías si vieras partir a tu buen padre el marqués.

 

   - Pero el vuestro volverá pronto; os lo ha dicho al marcharse.

 

   - ¡Ay, mi pobre Mario! ¿Quién sabe si volverá? En los viajes...

 

   - ¿Va muy lejos?

 

   - No; pero... Vamos, vamos, no quiero entristecerte. Ven a dar un paseo. ¿Quieres venir conmigo a buscar a tu buen padre?

 

   - Sí - dijo Mario - ; está en el jardín. ¿Queréis que traiga a mi cabrita blanca para que os distraiga?

 

   - Iremos a buscarla juntos; ven.

 

   Lauriana salió dándole el brazo, no como una dama cuando se apoya en el de un caballero, sino todo lo contrario, como una madrecita, colocando el brazo del niño debajo del suyo.

 

   Al bajar la escalera encontraron a Mercedes, cuyos hermosos ojos les acariciaron duleemente al pasar. Lauriana, que se hacía comprender por ella con señas, no tuvo más que mirarla para adivinar su tierna solicitud, y le ofreció la mano. Mercedes quiso besarla; pero la joven no lo consintió, y la besó en las dos mejillas.

 

   Aunque la morisca era cristiana, ninguna cristiana la había besado nunca. Belinda se hubiera creído en pecado al hacerle la menor caricia, y, considerándola como pagana, sentía repugnancia hasta por comer en su compañía.

 

   La encantadora efusión de la noble damita fue una de las mayores alegrías de la pobre mujer, y desde aquel momento dividió casi su amor entre ella y Mario.

 

   Se había negado a aprender una palabra de francés y hasta procuraba no hablar el poleo español que sabía, ante el temor de olvidar el idioma de sus antepasados, como había visto que les ocurría a algunos moriscos aislados en el extranjero, y que a ella no la habían comprendido. Hasta entonces le había bastado con hablar con el sabio abate Anjorrant, con Mario y ahora con Lucilio. Pero el deseo de comunicarse con Lauriana y el marqués le hizo dominar su repugnancia; llegó hasta comprender que debía adoptar el idioma de aquellos seres afectuosos, que la trataban como si hubiera sido de su raza y de su familia.

 

   Lauriana se encargó de ser su profesora, y en poco tiempo llegaron a comprenderse.

 

   Madame de Beuvre no tardó en ser muy feliz en Briantes, y si no hubiera sido por la ausencia de su padre, del que recibió pronto buenas noticias, se hubiera considerado más dichosa de lo que había sido en su vida.

 

   En la Motte Seuilly estaba casi siempre sola, porque el exuberante Beuvre, que adoraba el ejercicio, iba de caza en todo tiempo, y no tenía, a pesar de su cariño paternal, los mil cuidados, las delicadas atenciones, los mimos ingeniosos que el marqués sabía tener con las mujeres y los niños.

 

   Como había sido educada con cierta rudeza, había tenido que dominar su natural dulzura, sobre todo desde que la idea de una viudez prolongada se le había presentado como una posibilidad, dado el ambiente y las circunstancias. Había endurecido su carácter a fuerza de voluntad, y casi había logrado adquirir la costumbre de reír cuando sentía deseos de llorar; pero la naturaleza recobraba sus derechos.

 

   A solas lloraba con frecuencia, anhelando, a pesar suyo, una compañía, un afecto, una madre, una hermana, un hermano, alguna sonrisa, alguna condescendencia que la ayudase a respirar y a expansionarse en un ambiente más suave que la sombría frialdad de su viejo castillo, el lúgubre recuerdo de los Borgia y las recriminaciones políticas de su padre, irónico y amargado.

 

   En algunos momentos, aun sin desear todavía el apoyo de un alma compañera, había sentido que su forzada rudeza la oprimía como un armadura que fuese demasiado pesada para sus miembros delicados.

 

Al poco tiempo de estar en Briantes, un cambio rápido se produjo en ella. Fue lo que necesitaba ser, lo que sólo una dolorosa tensión de su voluntad le había impedido ser, lo que su naturaleza quería que fuese aún: una niña.

 

   El marqués había abandonado con alegría la idea de hacerla su esposa, y aceptó resueltamente la de hacerla su hija; hasta le agradaba el pensar que podía muy bien considerarla como la hermana mayor de Mario, dado que los pocos anos de Lauriana permitían esto sin aventajarle demasiado.

 

   Además, su singular coquetería se avino mejor con la idea de tener dos hijos en vez de uno. Le complacía llevar los mismos colores claros que sus jóvenes compañeros y participar de sus inocentes juegos; aquella compañía le rejuvenecía ante sí mismo, hasta el punto de que a veces se persuadía de que era un adolescente.

 

   - Ya ves - decía a Adamas - , hay personas que envejecen; yo no me parezco a ellas puesto que no me encuentro a gusto más que con la juventud inocente. Te juro, amigo mío, que he vuelto a mi edad de oro y que mis ideas son tan puras y tan risueñas como las de esta muñeca y este querubín.

 

   Lauriana, Mario y el marqués se hicieron inseparables, y su vida se deslizaba con una continua diversión, entremezclada con estudios provechosos y buenas acciones.

 

   La instrucción de Lauriana era nula; no sabía nada. Quiso asistir a las lecciones que Jovelin daba a Mario en el salón. Escuchaba mientras bordaba las armas del marqués en un trozo de tapicería, y, al terminar de dar sus lecciones, Mario entregaba a la joven las explicaciones escritas por Lucilio para leerlas juntos. Lauriana se asombraba de la facilidad con que comprendía cosas que ella había creído superiores a la inteligencia de una mujer.

 

   La lección de música le agradaba mucho, y a veces se complacía en tocar la tiorba mientras que la morisca cantaba sus melancólicas canciones.

 

   El marqués, sentado en su gran butacón, contemplaba durante estos pequeños conciertos los personajes de la tapicería de Astrée; le parecía que ellos también accionaban o cantaban, y acababa adormeciéndose en una beatitud deliciosa.

 

   Lucilio participaba también de aquella familia, que le hacía olvidar un poco la soledad de su corazón y la tristeza de su porvenir.

 

   El austero y candoroso filósofo estaba todavía en edad de amar, pero creía deber renunciar ya al amor. Había sentido más de una vez el noble fuego de la pasión, y temía caer ahora en alguna unión sensual de la que su alma fuese alejada. Y se resignaba a vivir, abnegándose para los demás, y en el olvido definitivo, y absoluto de toda ilusión.

 

   Él, que había sufrido la prisión, el destierro, la miseria y el tormento, se esforzaba en vencer sus ansias de felicidad, como había vencido tantas otras, y de estas meditaciones salía siempre sereno y triunfante; pero su triunfo era el que se consigue con la tortura: una mezcla de fiebre y de aniquilamiento; el alma por un lado y el cuerpo por otro; el equilibrio de la vida roto y el espíritu trastornado.

 

   Pero Lucilio exageraba su desgracia. Era amado no por una inteligencia - él creía que esto le hubiera sido necesario para reconciliarse con su trágico destino - , sino por un corazón.

 

   Ante su ciencia y su genio, Mercedes estaba como una rosa ante el sol. Bebía sus rayos sin comprenderlos; pero la dulzura, el valor, la virtud del filósofo la cautivaban, y su alma tierna se postergaba ante él. No luchaba contra este sentimiento, que constituía para ella una religión y un deber, pero lo callaba, porque tenía más temor que esperanza.

 

   No debemos dejar de mencionar una pequeña revolución doméstica que ocurrió en el castillo de Briantes poco después de la marcha de monsieur de Beuvre, porque la importancia de aquel pequeño acontecimiento se hizo sentir gravemente más tarde a los demasiado felices habitantes del castillo.

 

   De los dos caballeros de Bois - Doré, no siempre el más viejo era el más razonable; pero a veces Mario tenía momentos de travesura, sobre todo, según decía Adamas, cuando «se entusiasmaba jugando con la damita». Como era bueno y afectuoso, no molestaba nunca a las personas ni a los animales; no tiraba nunca de las orejas a Fleurial ni decía a Clindor palabras desagradables; pero las cosas inanimadas no le inspiraban siempre el respeto que el marqués sentía por algunas de ellas. Entre éstas pueden contarse las estatuitas de la Astrée, que decoraban los jardines de Isaura, el famoso laberinto y el antro de la vieja Mandraga. Los primeros días le habían divertido mucho, pero acabaron molestándole, porque eran juguetes demasiado inmóviles.

 

   Un día en que se hallaba jugando con un gran sable de madera que Aristandre había fabricado para él, amenazó a un personaje de escayola que representaba el hipócrita. Filandre, es decir, el fingido Filandre, así llamado porque, abusando de su parecido asombroso con su hermana Callirée, se puso trajes de mujer para penetrar en la intimidad de la ninfa a quien amaba.

 

   La estatua representaba al pastor con su disfraz femenino, y el artista encargado de la creación de los personajes había aprovechado el parecido del hermano con la hermana, y, para ahorrarse trabajo, utilizó un solo modelo para las dos estatuas. Estas estaban colocadas, una frente a la otra, con las de Amidas, de Dafnis, etc..., en la rotonda llamada bosquecillo de las equivocaciones amorosas.

 

   Para distinguir al hermano de la hermana, el marqués había escrito con lápiz sobre el pedestal del primero un fragmento del largo monólogo que empieza con estas palabras: «¡Oh, presuntuoso Filandre! ¿Quién podrá disculpar tu falta?, etc...»

 

   La cara del maligno personaje era tan estúpida, que Mario, sin odiarle precisamente, se complacía en burlarse de él y en amenazare. Ya le había administrado algunos golpes inofensivos; pero aquel día, viendo que sus amenazas hacían reír a Lauriana, descargó sobre la estatua un sablazo más fuerte de lo que había previsto, y echó a rodar por el césped la nariz del pobre Filandre.

 

   Al momento el niño se arrepintió. Su padre amaba a Filandre tanto como a los otros pastores.

 

   Después de muchas pesquisas, Lauriana encontró en la hierba la desdichada nariz, y Mario, subido en el pedestal, la pegó lo mejor que pudo con barro. Pero las heladas empezaban, y al día siguiente la nariz estaba en el suelo; volvieron a pegarla. Pero el hipócrita Filandre era tan tonto que no supo conservar su nariz, y un buen día el marqués pasó en un momento en que no la tenía.

 

   Mario se declaró culpable; el buen Silvio, dándose cuenta de sus remordimientos, no le regañó. Pero al día siguiente no era Filandre sólo el que carecía de nariz, sino también su hermana Callirée, y a los dos días Filandre y hasta la incomparable Diana.

 

   Esta vez Bois - Doré, seriamente emocionado, dirigió al niño reproches amargos; pero Mario se echó a llorar a lágrima viva, jurando que no había roto en su vida más narices que la del presunto Filandre.

 

   Lauriana confirmaba la inocencia de su amiguito.

 

   - Os creo, hijos míos, os creo - dijo el marqués, al que los llantos de Mario habían trastornado - . ¿Pero por qué tenéis tanta pena, hijo mío, puesto que no sois culpable? Vaya, Vaya, no lloréis más; me he precipitado indebidamente al regañaros: no me castiguéis con vuestras lágrimas.

 

   Se besaron con efusión.

 

   Aquella hecatombe de narices le sorprendía. Lauriana hizo la observación de que sin duda alguien había hecho aquello con la intención aviesa de hacer aparecer a Mario como culpable.

 

   - Es cierto - dijo el marqués pensativo - . El acto es de los más odiosos, y quisiera tener al autor entre mis manos para condenarle a perder sus propias narices. Mi palabra, que le daría un susto.

 

   Pero preferían creer que no se trataba más que de otra travesura infantil, y las sospechas recayeron sobre el individuo más joven del castillo después de Mario. Pero Clindor mostró tan santa indignación, que el marqués tuvo que consolarle también.

 

   Al día siguiente faltaban otras dos o tres narices, y Adamas, indignado, puso centinelas día y noche en los jardines.

 

   El estropicio cesó, y el buen Lucilio, conmovido por la pena de Bois - Doré, fabricó una pasta italiana, con la que encoló, limpia y pacientemente, todas las narices rotas.

 

   Pero ¿quién podía ser el autor del crimen? Adamas tenía sospechas, pero el marqués se negaba a creer que alguien de su casa fuese capaz de semejante infamia, y echaba la culpa a algún auxiliar de monsieur Poulain.

 

   - Ese beatón - decía - , como nos tiene por paganos e idólatras, se había imaginado que rendimos culto a estas estatuas, y sin embargo... Además, son todas pudorosas y están castamente vestidas, como deben estarlo en un lugar por donde se pasean nuestros hijos.

 

   - Yo también creo que es algún beatón, pero más bien con la intención infame de que riñáis al señor conde; y aquí todo el mundo le quiere, hasta el punto de dar la vida por él, salvo una persona respetable...

 

   - No; no, Adamas - protestaba el generoso marqués - . ¡Es imposible! Sería demasiado odioso en una mujer.

 

   Empezaban a olvidar aquel terrible asunto, cuando ocurrió otro peor.

FIN DEL TOMO PRIMERO

LOS CABALLEROS DE BOIS - DORÉ




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