| Índice | Palabras: Alfabética - Frecuencia - Inverso - Longitud - Estadísticas | Ayuda | Biblioteca IntraText |
| Amandine-Aurore-Lucile Dupin alias George Sand Los caballeros de Bois-Doré IntraText CT - Texto |
|
|
|
|
- XLI - Monsieur Poulain, sin ser un gran observador, era bastante perspicaz; sin embargo, al principio no vio en la fisonomía del príncipe más que la simpatía.
El príncipe le recibió a solas en su gabinete y le mandó que se sentara; demostraba grandes consideraciones por cualquier sotana.
- Señor abate - le dijo - , estoy dispuesto a escucharos. Dispensadme si he tardado tanto en concederos esta entrevista, a causa de mis grandes ocupaciones. Ya sabéis que he tenido que ir a París en busca del señor duque de Enghien; luego he tenido que ir a buscarle otra nodriza, porque la que le había escogido su señora madre no tenía más leche que una piedra; luego... Pero hablemos de vos, que me parecéis hombre de voluntad. La voluntad es una gran cosa; lo que me sorprende es que tengáis tanto empeño en dirigiros a mí para un asunto tan nimio. Vuestro hidalguillo de... ¿Cómo llamáis ese lugar?
- Briantes - contestó respetuosamente el rector.
El príncipe le miró a hurtadillas, y bajo su humildad vio cierta energía que le inquietó.
La afición a penetrar y a utilizar las fuerzas que salen al paso es propia de los grandes espíritus. El príncipe era demasiado desconfiado para no ser temeroso. Su primer movimiento era, antes que el de utilizar a las gentes, el de prevenirse.
Afectó indiferencia.
- Pues bien - dijo - , vuestro hidalguillo de Briantes ha matado en combate singular, o, mejor dicho, en un singular combate y de una manera sospechosa, a un tal... ¿Cómo llamáis a ese muerto?
- Sciarra de Alvimar.
- ¡Ah!, sí; ya recuerdo; me he enterado. Era un hombre de poco más o menos, que a su vez no se batía muy lealmente. Esos dos hidalguillos eran tal para cual. Después de todo, ¿qué os importa?
- Soy esclavo de mi deber - contestó el párroco - , y mi deber me mandaba que no dejase un crimen impune. Monsieur Sciarra era un buen católico. Monsieur de Bois - Doré es un hugonote.
- ¿No ha abjurado?
- ¿Dónde y cuándo, monseñor?
- Eso no me preocupa. Es viejo y soltero. No tardará en morir de muerte natural. Muerto el perro, se acabó la rabia. No veo por qué haya que ocuparse tanto de él.
- ¿Entonces Vuestra Alteza se niega a continuar el asunto?
- Continuadlo vos mismo, señor abate. No os lo impido. Dirigíos a quien corresponda en derecho. Esto pertenece a la magistratura. Yo no me ocupo de los delitos de las gentes sin importancia; no acabaría nunca.
Monsieur Poulain se levantó, hizo un profundo saludo y ganó la puerta.
Estaba humillado y ofendido.
- ¡Eh! Esperad, señor cura - le dijo el príncipe, que quería descubrir su intención sin dejarlo ver - . Aunque no me interese por vuestro Alvimar, me intereso por vos, que mandáis cartas tan bien escritas, dais tan buenos informes y me parecéis hombre de inteligencia y de virtud. Vaya, habladme francamente. Acaso pueda serviros en algo. Exponed las razones por las que habéis deseado verme a mí, en lugar de dirigiros a vuestros superiores naturales, los señores del clero.
- Monseñor - contestó el párroco - , como este asunto no pertenecía a la Iglesia...
- ¿Qué asunto?
- El asesinato de monsieur de Alvimar; no tengo otra preocupación. Vuestra Alteza me hace la ofensa de creer que me he servido de este hecho como de un pretexto para llegar hasta vos y poderle dirigir alguna petición personal; no hay tal cosa. No me mueve más que el pesar que agobia a todo católico sincero al ver a los presuntos reanudar en esta provincia sus latrocinios y sus crímenes.
- No me habíais hablado de latrocinio - repuso el príncipe - . ¿Tenía ese Alvimar algún bien que le hayan robado?
- Lo ignoro, y no es eso lo que quiero decir... He tenido el honor de escribir a Vuestra Alteza que ese Bois - Doré se ha enriquecido con el saqueo de las iglesias.
- Es verdad, ya me acuerdo - dijo el príncipe - . ¿No me habéis dado a entender que tiene en su solar una especie de tesoro escondido?
- He dado a monseñor detalles precisos y fieles. Parte de las riquezas de la abadía de Fontgombaud está aún allí.
- ¿Y sois de opinión de que se le obligue a la restitución? Sería difícil, a no ser que se emplease a gentes de leyes, y las lentitudes de la justicia permitirían al viejo zorro hacer desaparecer el cuerpo del delito. ¿No lo creéis así?
- Acaso - contestó el cura - monsieur de Aloigny de Rochefort, a quien Vuestra Alteza ha nombrado abate fiduciario de Fontgombaud, sabría tomar medidas...
- ¡No! - dijo el príncipe con precipitación - ; os prohíbo... os ruego que no le enteréis de nada. Ya me ha censurado bastante por los favores con que he recompensado los buenos servicios de monsieur Rochefort; se diría seguramente que enriquezco a mis gentes con los despojos de los vencidos. Además, se reprocha a Rochefort el ser algo ambicioso, y la verdad es que lo es un poco, y yo no respondería de que confiscase esas cosas para el provecho del culto.
«He tocado el punto sensible - pensó el rector - ; el tesoro despierta interés. Al fin tendrá que deberme favores monseñor.»
El príncipe advirtió la satisfacción interior y ligeramente desdeñosa de su interlocutor. El rector no estaba sediento de dinero ni de pedrerías, sino de influencia y de poder. Condé lo comprendió y procedió con más cautela.
- Además - añadió - , sería deplorable hacer ruido por poca cosa. No creo que ese tesoro, encerrado en algún cofre viejo en algún granero, valga la pena.
- Sin embargo, ese tesoro es un manantial vivo en el que se alimenta el lujo del viejo marqués.
- Ya hace tiempo que ese manantial mana - repuso el príncipe - ; ¡debe de estar agotado! He conocido un poco a vuestro hidalguillo; es un marqués de pega, a hechuras del rey de Navarra. Era admitido en la intimidad de mi buen tío.
Condé no hablaba nunca de Enrique IV sin una ironía llena de aversión; monsieur Poulain advirtió la amargura de su acento y sonrió para adular al príncipe.
- El marquesado de Bois - Doré - dijo - es una broma que ese anciano toma en serio, pretendiendo imponer a todo el mundo su absurda pasión por el difunto rey.
- El difunto rey tenía sus buenas cosas - prosiguió Condé, considerando que el rector iba demasiado lejos - ; este viejo no era entre sus servidores de lo peor. Gastaba toda su fortuna en engalanamientos ridículos; no le debe de quedar nada. Ya no va a París, ni aparece nunca por Bourges; vivo en la obscuridad. Tiene una vieja carroza del tiempo de la Liga y un castillejo en que yo no sabría cómo acomodar a mis perros. Se ha mandado construir jardines con estatuas de yeso; todo esto huele a mediocridad.
«Estos detalles - pensó el cura - , no se los he dado yo a monseñor. Se ha informado; ha mordido el anzuelo.» - Verdad es - dijo en voz alta - que nuestro hombre es tan sólo un hidalguillo de pueblo. Se le conoce una fortuna de veinticinco mil escudos de renta aproximadamente, y con razón se sorprende la gente de que gaste sesenta mil sin entramparse ni salir de su casa.
- ¿Entonces es que dura aún la abadía de Fontgombaud? ¿Pero cómo os habéis enterado, señor abate, de que este cuerno de abundancia existe en el castillo de Briantes?
- Lo sé por una mujer muy piadosa, que ha visto allí relicarios y ornamentos de capilla de mucho valor. Cierta cama de niño, de marfil tallado y esculpido, es una obra maestra hecha con un dosel...
- ¡Bah! ¡Bah! - dijo el príncipe - . ¡Algún trasto viejo! Nos ocuparemos del asunto por el honor y el bien de la Iglesia, si tenéis interés en ello, señor abate; pero no corre mucha prisa. Tengo que dejaros, pero antes quisiera saber si no os puedo favorecer en algo. Vuestro arzobispo es muy amigo mío; me debe su nombramiento. ¿Deseáis un curato mejor? Podría hablarle de vos.
- No deseo nada de los bienes de este mundo - contestó el párroco retirándose - . Me encontraré siempre bien donde pueda trabajar por la salvación de mi alma y orar por la ventura de Vuestra Alteza.
«Es decir - pensó el príncipe en cuanto se quedó solo - , que los cofres de Bois - Doré están todavía llenos; de lo contrario, este ambicioso me hubiera pedido primero su recompensa. Sabe que quedaré satisfecho, y me pedirá más de lo que le he ofrecido. Ya veremos.»
Y el príncipe dio sus órdenes.
La noche de aquel mismo día los huéspedes de Briantes acababan de desearse mutuamente las buenas noches y se disponían a separarse, cuando Aristandre, que era el guardián de la puerta, envío a decir que un hidalgo y su séquito pedían albergue para descansar un par de horas. Llovía, y la noche estaba sombría.
El marqués pidió luces y, envuelto en su capa fue él mismo a levantar el rastrillo.
- Somos... - le dijo una voz desconocida.
- Pasad, pasad, señores - contestó el marqués, esclavo de las leyes de una hospitalidad caballerosa - ; venid a poneros a cubierto. Diréis vuestros nombres, si así os place, cuando hayáis descansado.
Los jinetes entraron; iban dos o tres delante; entre ellos, el que parecía mandar a los demás hizo el gesto de querer echar pie a tierra. Bois - Doré se lo impidió, en vista de que el suelo estaba muy mojado.
Pasó delante con Adamas, que llevaba la antorcha, y entró en el patio, seguido por su huésped, sin advertir que un séquito de veinte hombres armados, después de desfilar uno a uno sobre el puente, entraba en el patio detrás de su amo, mientras que éste subía la escalera del castillo con el castellano.
Aristandre, encargado de recibir a los criados y de abrir las caballerizas, fue a ofrecer sus servicios a la escolta y se sorprendió al verla tan numerosa. Ellos se negaron a desembridar y permanecieron junto a sus caballos, unos en torno a una hoguera, que se encendió para ellos en medio del patio, y los otros sobre el umbral mismo de la morada.
Cuando el marqués estuvo en su salón con el desconocido, vio a un hombre de unos treinta años, bastante mal trajeado y de estatura mediana. La cara estaba casi oculta por un sombrero, alicaído y por las plumas mojadas, que colgaban de todos lados. Poco a poco fue distinguiendo aquel rostro, sin reconocerlo, o al menos sin poder recordar dónde lo había visto ya.
- No parecéis recordaros de mí - dijo el desconocido - ; verdad es que hace largo tiempo que nos vimos y que los dos hemos cambiado mucho.
El marqués se golpeó ingenuamente la frente y pidió perdón por su falta de memoria.
- No me entretendré en jugar a las adivinanzas - prosiguió el viajero - . Me llamo Lenet. Era casi un adolescente cuando os vi en París, en casa de la marquesa de Rambouillet, y acaso no os fijasteis siquiera en un personaje tan insignificante como yo era entonces. Por ahora no soy más que consejero, en espera de mejor suerte.
- Merecéis ser cuanto podáis desear - contestó amablemente Bois - Doré - . «Pero, ¡qué diablos! - pensaba para sus adentros - , ni me acuerdo del nombre de Lenet, ni sé con quién estoy hablando, aunque su aire me trae a la memoria mil cosas confusas.»
- No hagáis nada por mí - prosiguió monsieur Lenet al ver que daba órdenes para la cena - . Tengo que ir a un castillo donde me esperan. Me he retrasado a causa de los malos caminos, y os ruego dispenséis la hora en que me presento en vuestra casa. Pero traigo para vos una comisión bastante delicada, que tengo que cumplir.
Lauriana y Mario, que estaban en el gabinete, se levantaron al oír que se trataba de negocios y cruzaron el salón para marcharse.
- ¿Son vuestros hijos, monsieur de Bois - Doré? - preguntó el viajero devolviéndoles el saludo que le hicieron al pasar delante, de él - . Siempre os creí soltero. ¿Sois casado o viudo?
- Ni lo uno ni lo otro - contestó el marqués - , y, sin embargo, soy padre. Este es mi sobrino e hijo adoptivo.
- He aquí de lo que se trata prosiguió el consejero con un aire bonachón y un tono meloso, cuando los niños hubieron salido - . Estoy encargado por el príncipe, que es vuestro señor y el mío, y a quien de padres a hijos mi familia es adicta de poner en claro un asunto bastante molesto, que os concierne. Iré derecho al caso. Habéis hecho desaparecer a un tal Sciarra de Alvimar, que fue vuestro huésped, como yo lo soy, con la diferencia de que él no tenía gente consigo, como la tengo yo, para proteger mi persona y mi mandato. Porque debo haceros saber que debajo de esta ventana hay veinte hombres bien armados, y en vuestro burgo otros veinte completamente preparados para prestarlos ayuda en el caso de que no recibierais como es debido al enviado del gobernador y gran baile de la provincia.
- Esta advertencia es superflua, señor Lenet - contestó Bois - Doré con mucha calma y cortesía - ; si hubierais venido solo a mi casa estaríais aún más seguro en ella. Bastaría con que fueseis mi huésped; con más razón todavía estando protegido por el mandato del príncipe, contra quien no pretendo rebelarme para riada. ¿Debo seguiros para darle cuenta de mi conducta? Estoy dispuesto, y sin temor, como veis.
- No es necesario, monsieur de Bois - Doré; tengo plenos poderes para interrogaros y disponer de vos, según me parezcáis inocente o culpable... Tened la bondad de decirme lo que ha sido de monsieur de Alvimar.
- Le he matado en duelo leal - contestó el marqués con seguridad.
- ¿Pero sin testigos? - dijo el consejero con una sonrisa irónica.
- Había uno, señor, y de los más honorables. Si queréis escuchar el relato...
- ¿Será muy largo? - preguntó el consejero, que parecía preocupado.
- No, señor - contestó el marqués - ; aunque me parece que tengo derecho a explicarme en un asunto del que dependen mi honor y mi vida, será todo lo breve posible.
|
Índice | Palabras: Alfabética - Frecuencia - Inverso - Longitud - Estadísticas | Ayuda | Biblioteca IntraText |
Best viewed with any browser at 800x600 or 768x1024 on Tablet PC IntraText® (V89) - Some rights reserved by EuloTech SRL - 1996-2007. Content in this page is licensed under a Creative Commons License |