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Amandine-Aurore-Lucile Dupin alias George Sand
Los caballeros de Bois-Doré

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  • Tomo II
    • - XLII -
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 - XLII -

   Bois - Doré contó sucintamente toda la historia y enseñó las pruebas.

 

   El consejero seguía impaciente y distraído.

 

   Sin embargo, el relato de las predicciones de La Fleche en la Motte - Seuilly pareció llamar su atención.

 

   Bois - Doré creyó deber mencionar esta circunstancia al tener que enseñar el sello de su hermano como prueba concluyente de su identidad con la víctima de Alvimar; pero el consejero le interrumpió en el momento en que iba a explicar precisamente la carencia de brujería en las predicciones de maese La Fleche.

 

   - Esperad - dijo - ; me acuerdo de una acusación de la que se me olvidaba hablaros. ¡Sospechan que practicáis la magia, monsieur de Bois - Doré! Y sobre este punto os absuelvo de antemano, porque no creo en la ciencia de los adivinos y no veo en ello más que la distracción del espíritu. ¿Queréis decirme si por casualidad aquellos gitanos os predijeron alguna cosa que fuese verdad?

 

   - ¡Su predicción se realizó en todo, monsieur Lenet! Me anunciaron que antes de tres días sería padre y vengado; anunciaron al asesino de mi hermano que antes de tres días sería castigado, y todo ocurrió según lo habían predicho; pero...

 

   - Y decidme: ¿dónde están esos gitanos?

 

   - Lo ignoro; no los he vuelto a ver; pero aun me queda por deciros...

 

   - No; es suficiente - dijo monsieur Lenet sin abandonar su tono dulzón y su aire risueño - ; es asunto concluido. Os creo inocente; pero fuisteis poco hábil al ocultar el hecho. No será fácil borrar las sospechas; se preguntarán, como yo, por qué en lugar de divulgar el castigo del asesino de vuestro hermano, como cosa que os honraba, lo habéis ocultado como si se hubiera tratado de una emboscada. No podré hacer comprender al príncipe...

 

   Bois - Doré tuvo un movimiento de indignación y sintió tentaciones de interrumpir al consejero, porque lo parecía ya evidente que aquel hombre, después de haber declarado que tenía plenos poderes, a fin de hacerle hablar, fingía no poderle absolver por sí mismo, con el objeto de venderle su apoyo.

 

   - Convengo - dijo - en que al ocultar la muerte de Alvimar he seguido un mal consejo, completamente opuesto a mi opinión. Me han convencido diciéndome que como el príncipe es un gran católico y yo estaba acusado de herejía...

 

   - Y es verdad, mi pobre señor. Pasáis por un gran hereje, y no os oculto que el príncipe está mal dispuesto hacia vos.

 

   - Pero vos, señor, me parecéis menos riguroso en vuestras ideas y decís que confiáis en mi palabra. ¿No puedo contar con que abogaréis por mi causa y daréis un buen testimonio en mi favor?

 

   - Haré cuanto pueda; pero en cuanto al príncipe, no respondo de nada.

 

   - ¿Qué debo hacer para inclinarle a mi favor? - preguntó el marqués, decidido a conocer las condiciones del negocio.

 

   - No sé - contestó el consejero - . Le han dicho que tenéis en vuestra casa a un italiano... un hereje de la peor clase, que bien pudiera ser, según las apariencias, un tal Lucilio Giovellino, condenado en Roma como partidario de las infames doctrinas de Giordano Bruno.

 

   El marqués palideció; había permanecido tranquilo ante su propio peligro; el de su amigo le asustó.

 

   - ¿Lo confesáis? - dijo el consejero sin parecer dar importancia - . Por mi parte, encuentro que ese infeliz ha sido bastante castigado y no le deseo más daño del que le han infligido. Podéis decírmelo todo. Intentaré desviar las sospechas del príncipe.

 

   - Monsieur Lenet - dijo el marqués obedeciendo a una inspiración repentina - , el hombre de quien habláis no es un hereje: es un astrólogo de la más alta ciencia. No practica ninguna magia y lee en las constelaciones los destinos humanos con tal habilidad, que los acontecimientos de la vida parecen someterse a decisiones escritas en los cielos. No hay en sus trabajos nada que no sea digno de un hombre honrado y de un buen cristiano, y ya sabéis tan bien como yo que el príncipe, que es el católico más ortodoxo del reino, consulta asiduamente los astrólogos, como lo hicieron en todos los tiempos los personajes más ilustres, o incluso las cabezas coronadas.

 

   - No sé de dónde sacáis lo que decís, señor - contestó el consejero encogiéndose de hombros - . He vivido y vivo en la intimidad del príncipe y no le he visto nunca dedicarse a tales consultas.

 

   - Y sin embargo, señor - prosiguió el marqués con seguridad - , tengo la corteza de que no censuraría las de mi amigo, y os ruego lo digáis que si quiere probar su sabiduría quedará satisfecho.

 

   - El príncipe se reirá de vuestra confianza; pero no me opongo a hablarle de ello. Pensemos en lo más urgente, que es sacaros del atolladero. No os ocultaré que tengo orden de practicar un registro en vuestra casa.

 

   - ¿Un registro? - repitió el marqués estupefacto - . ¿Y con qué objeto, señor?

 

   - Con el objeto de comprobar precisamente si no tenéis libros e instrumentos de cábala; porque estáis acusado de practicar la magia, menos por la diversión de calcular los números y de observar los astros que por afinidades sospechosas y una especie de culto rendido al espíritu del mal.

 

   - ¡Verdaderamente, señor consejero, me teníais reservada una buena noticia! ¿No me acusan de algo más y no tendré que defenderme contra algo peor?

 

   - No lo toméis conmigo - dijo el consejero levantándose - . No os creo culpable de semejantes horrores; por lo mismo, os aconsejo que me enseñéis vuestra casa detalladamente, a fin de que yo pueda afirmar y jurar que no he encontrado en ella nada que no sea honrado y correcto. Pensad que puedo obligaros a obedecerme; pero como quiero portarme cortésmente con vos, os ruego que toméis una antorcha y me alumbréis vos mismo, sin llamar a nadie de los vuestros, porque yo me vería forzado a llamar a todos los míos, y tengo intención de no llevar consigo más que a los cinco o seis que están ante la puerta de esta habitación.

 

   Un rayo de luz cruzó la mente del marqués; lo que querían era su tesoro.

 

   Se resignó en el acto. Aunque amase aquellos lujosos juguetes, que consideraba como trofeos legítimos y recuerdos agradables de sus antiguas proezas, no era por avaricia, y aun lamentando el no poderlas poner por más tiempo al servicio del lujo de su querido Mario, no vaciló entre este sacrificio y la salvación de Lucilio, que le preocupaba mucho más que la suya propia.

 

   - ¡Sea como queráis, señor! - dijo con una sonrisa magnánima - . ¿Por dónde queréis empezar?

 

   El consejero recorrió el salón con una mirada.

 

   - Tenéis aquí - dijo con soltura - muchas cosas bonitas y valiosas, pero no veo nada censurable; aunque comprendo que no instalaréis vuestras brujerías en salas abiertas a cualquiera. Me han hablado de una habitación cerrada, que llamáis vuestro almacén, en la que no admitís a todo el mundo. Ahí es donde deseo ir y donde debéis conducirme sin resistencia ni engaño; porque, aparte de que poseo el plano de vuestra casa, que no es grande, tengo el medio de revolver todo en ella, y lamentaría tener que llegar a tales extremos.

 

   - No será necesario - dijo el marqués cogiendo una antorcha - ; heme dispuesto a satisfaceros. ¡Ah! - añadió, deteniéndose - , pero no tengo las llaves de esa habitación y no puedo franquear la entrada sin la ayuda de mi viejo criado. ¿Consentís en que le llame?

 

   - Le haré venir - dijo el consejero abriendo la puerta.

 

   Y dirigiéndose a sus gentes, que estaban en el umbral, les dijo:

 

   - Que uno de vosotros obedezca a monsieur de Bois - Doré. Dad vuestras órdenes, marqués. ¿Cómo se llama vuestro criado?

 

   El marqués, al sentirse minuciosamente vigilado y completamente a merced de su huésped, se resignó y, sin mostrar un despecho inútil, se disponía a nombrar a Adamas, cuando vio la cara de éste aparecer detrás de las de los piqueros que guardaban la puerta.

 

   - Adamas - le dijo - , traedme las llaves del almacén.

 

   - Sí, señor - contestó Adamas - ; las tengo encima; helas aquí; pero...

 

   - Entrad - dijo el consejero.

 

   Y cuando Adamas hubo obedecido, añadió:

 

   - Dadme las llaves y quedaos en esta habitación.

 

   Adamas parecía estar trastornado. Registró en el bolsillo de su jubón y, dominado por una preocupación singular, contestó al consejero:

 

   - Si, Sire.

 

   Al oír estas palabras, el consejero, como presa de un vértigo y abandonando su aire frívolo, dio un salto y cerró precipitadamente la puerta, que se había quedado abierta.

 

   - ¿Con quién creéis hablar? - exclamó - . ¿Y por qué me llamáis así?

 

   Adamas quedó como aturdido y su turbación era sumamente extraña.

 

   El marqués había visto al rey demasiadas veces cuando era niño, y retratos que se habían hecho de él, para creer un solo momento que el personaje que estaba ante él fuese el joven rey Luis XIII. Pensó que su pobre Adamas era presa de un acceso de locura.

 

   - ¡Contestad! - prosiguió el consejero con impaciencia - . ¿Por qué me dais el tratamiento de Majestad?

 

   - No sé, señor - contestó el astuto Adamas - . No sé ni lo que digo ni dónde estoy. Tengo la cabeza trastornada por una sorprendente nueva que acabo de saber y que os pido permiso para decir a mi amo.

 

   - ¡Decid! ¡Hablad! ¡Vamos! - exclamó el consejero con un tono de autoridad extraordinaria.

 

   - Pues bien, señor - dijo Adamas dirigiéndose al marqués, sin parecer advertir la agitación del consejero - . Sabed que el rey ha muerto.

 

   - ¡El rey ha muerto! - exclamó de nuevo monsieur Lenet, precipitándose otra vez hacia la puerta como para salir sin despedirse de nadie.

 

   Pero se detuvo con desconfianza.

 

   - ¿Cómo os habéis enterado de esa noticia? - preguntó, examinando a Adamas con ojos ardientes.

 

   - Por las decisiones del destino... Por el mismo cielo - contestó Adamas con un aire inspirado.

 

   - ¿Qué quiere decir este hombre? - preguntó monsieur Lenet - . Quiero que se explique, monsieur de Bois - Doré, ¿oís?, lo quiero, y si me da una noticia falsa, ¡pobre de él y pobre de vos!

 

   - Real o falsa, señor - repuso el marqués, atento a la emoción de su huésped - , la noticia me sorprende y me conmueve tanto como a vos. Explícate, Adamas: ¿cómo sabes que el rey ha muerto?

 

   - Lo sé por el astrólogo, señor. Me ha enseñado los números y yo los conozco. He visto, he comprendido, he leído claramente que el personaje más poderoso del Estado acaba de morir.

 

   - ¡El personaje más poderoso del Estado! - dijo, el consejero pensativo - . ¡Puede que no sea el rey!

 

   - Tenéis razón, monseñor - dijo Adamas con aire ingenuo - ; puede que sea el señor condestable. Yo no conozco bastante los signos... he podido equivocarme...; pero, en fin, se trata del rey o de monsieur de Luynes; ¡respondo de ello con mi vida!

 

   - ¿Dónde está ese astrólogo? - preguntó vivamente el consejero - . ¡Que venga! ¡Quiero verle!

 

   - Si, Sire - contestó Adamas corriendo hacia la puerta, siempre con zozobra y turbación.

 

   - Esperad - dijo Lenet deteniéndole - . Quiero saber por qué me llamáis así. ¡Decidlo u os rompo la cabeza!

 

   - ¡No, por Dios, señor! - exclamó Adamas - . ¿No veis que he perdido mi cabeza? Esta palabra viene a mis labios no sé cómo. Tan cierto como Dios está en el cielo os aseguro que es la primera vez que veo vuestra cara. ¿Debo ir a buscar al astrólogo?

 

   - Sí, corred, y ¡pobres de vosotros si hay aquí un engaño o una trampa! ¡Prendo fuego a vuestra casucha!

 

   Bois - Doré no podía hacer más que protestar de su perfecta ignorancia. No comprendía una palabra de la conducta de Adamas, que le tenía muy intranquilo.

 

   Se daba cuenta de que su fiel servidor había oído la conversación que acababa de tener con el consejero, y que utilizaba, para salvar a Lucilio, el medio que a él se le había ocurrido de hacerle pasar por astrólogo, conociendo, como todo el mundo, el respeto que sentía el príncipe de Condé hacia la supuesta ciencia de los adivinos. ¿Pero se prestaría el grave Lucilio a semejante comedia? ¿Sabría representar su papel?

 

   «En fín - pensaba Bois - Doré - , ¡contemos con la Providencia y con el genio de Adamas! No se trata más que de hacer que el enemigo salga de aquí sin apoderarse de la persona de mi amigo y de la mía. Ya nos ocuparemos luego de nuestra seguridad.»

 

 

 




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