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Amandine-Aurore-Lucile Dupin alias George Sand
Los caballeros de Bois-Doré

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  • Tomo II
    • - XLIV -
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 - XLIV -

   La noche era bastanto tibia y no muy sombría, a pesar de los grandes nubarrones negros que el viento barría, abriéndose en el cielo anchos boquetes llenos de estrellas, que se cerraban de pronto y se volvían a abrir más lejos.

 

   Dícese que nuestros abuelos hidalgos o burgueses eran, sin duda alguna, más robustos que lo somos nosotros generalmente, y que, en cambio, nuestros abuelos obreros y aldeanos lo eran mucho menos.

 

   Tal es la creencia de los ancianos de mi país, y a mí me parece fundada; las gentes acomodadas tenían costumbres de vida al aire libre, de que nos priva la vida moderna. Las clases pobres estaban peor alojadas y peor nutridas que hoy, sin contar la inmensa cantidad de desdichados que no tenían albergue ni nutrición. El hidalgo, dada su vida de guerra o de caza, conservaba la fuerza y la salud hasta una edad muy avanzada.

 

   Bois - Doré, a pesar de sus sesenta y nueve años y de la relativa holgazanería de sus costumbres, conservaba una buena vista, el pecho fuerte y el pie bastante firme, tanto sobre la tierra dura como sobre el césped mojado.

 

   Tuvo alguno que otro resbalón a lo largo de los matorrales, pero se agarró a las ramas como hombre que sabe andar por terrenos accidentados.

 

   Gracias a la pequeña carrera que había emprendido, llegó en diez minutos al cortijo de Brilbault.

 

   Como conocía el carácter asustadizo y supersticioso de los aldeanos, tosió y habló antes de llamar a la puerta; luego dio su nombre y fue acogido, si no sin sorpresa, al menos sin sobresalto.

 

   La condición de los labradores era todavía ertonces muy miserable; pero lo era menos, moralmente hablando, en el Berry, que era desde hacía largo tiempo un país alodio, que en las provincias en donde el yugo feudal era absoluto. Además, en esta parte, llamada la Vallée - Noire, los recursos materiales han asegurado siempre al granjero, al aparcero, un bienestar relativo, que le ha preservado de los grandes desastres y de las grandes epidemias.

 

   En aquella época las leproserías estaban ya vacías; la peste, tan frecuente aún en la Brenne y en los alrededores de Bourges, sólo hacía muy raros estragos en el Fromantal. Las casas, sórdidas e infectas en la Marche y el Bourbonnais, eran en nuestra provincia sólidas y bien dispuestas, según lo prueban un gran número de viejas casas rústicas. de los siglos XV y XVI, que permanecen aún en pie, fácilmente reconocibles por sus enormes tejados, sus puertas encuadradas por piedras talladas en forma de prisma y sus buhardas rematadas por gruesas espigas de barro cocido, muy historiadas.

 

   Por lo tanto, el marqués pudo entrar sin repugnancia en la casa de los granjeros, sentarse ante el hogar y conversar algunos momentos.

 

   El buen señor, a quien todo el mundo amaba, pudo sin temor confiar a Juan Faraudet y a su mujer el cuidado eventual de un amigo suyo perseguido, según dijo, por un delito de caza, y cuando les anunció que el amo, monsieur Robin, deseaba verles a la mañana siguiente, para darles las órdenes consiguientes, se mostraron encantados y presurosos de obedecer, contestando con la palabra sacramental de buen deseo y de buena gracia en aquel país: «Todo se hará.»

 

   Pero la mujer de Faraudet, a la que llamaban la Gran Catalina, no pudo menos de compadecer al infeliz condenado a pasar siquiera una noche en el castillo de Brilbault.

 

   Creía firmemente que estaba embrujado, y su marido, después de burlarse de ella para adular el escepticisino del marqués, acabó por confesar que hubiera preferido morir antes de poner los pies allí una vez llegada la noche.

 

   - Espero - dijo Bois - Doré - que la presencia de mi amigo os tranquilizará, porque os respondo de que él ahuyentará a los malos espíritus; pero ya que el entrar de día no os da tanto miedo, os ruego que mañana mismo vayáis a poner leña en la chimenea y dispongáis una cama en la mejor habitación.

 

   - Pondremos todo lo que haga falta, querido señor - contestó la Gran Catalina - ; pero el desgraciado que vaya a dormir allí no podrá pegar el ojo. ¡Dios mío!, oirá ruidos como nosotros los oímos y como vos los oiréis si queréis esperar sólo una hora.

 

   - No puedo esperar - dijo el marqués - , y además, sabiendo que estoy aquí, los espíritus no se atreverían a moverse. Conozco bien su cobardía; nunca he logrado en las noches de Navidad oír las voces que gritan desde lo alto de la torre de Briantes, ni las puertas que se abren solas, en la Motte - Seuilly, ni la dama blanca que aparta las cortinas de las camas en el castillo de monsieur de Ars.

 

   - Es una cosa extraña, monsieur Silvain - dijo el granjero con un aire doctoral - , que haya apariciones en nuestro viejo castillo. Sabido es que las puede haber en los demás, porque en cualquiera de ellos se ha cometido o sufrido alguna mala acción; esto es causa de que las pobres víctimas vuelvan a lamentarse como almas que piden oraciones o justicia. Pero en el castillo de Brilbault, que nunca fue habitado, no se ha cometido nada bueno ni malo, que yo sepa.

 

   - Es de sospechar - dijo la mujer, que mientras hablaba manejaba hábilmente su rueca - que el antiguo señor habrá muerto lejos de mala muerte o en pecado mortal. ¿Conocéis la leyenda de Brilbault? No es larga. Un señor, después de edificar este castillo hasta el techo, marchó hacia Tierra Santa con sus siete hijos; ni él ni ninguno de ellos ha vuelto. Se vendió el castillo y se volvió a vender sin que acabase de gustar a nadie. Se suponía que traía desgracia a las familias; por esto en todo tiempo no ha servido más que para guardar las cosechas. Se le ha puesto un techo que ya no sirve; pero todavía hay dos buenas habitaciones y una sala tan grande, tan grande, que desde un extremo al otro dos personas casi no se reconocen.

 

   - ¿Podéis confiarme las llaves? - dijo el marqués - . Quisiera ver el interior.

 

   - Tomadlas. ¡Pero monsieur Silvain de mi alma, no vayáis! Es la hora en que el aquelarre suele empezar.

 

   - Pero, vamos a ver, buenas gentes, ¿qué aquelarre es ese? - preguntó el marqués riendo - . ¿Cómo son esos malos diablos?

 

   - No los he visto, señor, ni deseo verlos tampoco - contestó el granjero - ; pero los oigo. ¡Demasiado que los oigo! Unos gimen y otros cantan. Hay risas, y luego gritos y juramentos y llantos hasta el alba; entonces todo vuela por los aires, porque la casa está bien cerrada y ningún ser humano podría entrar sin mi permiso o mi ayuda.

 

   - ¿No serán vuestros criados por divertirse, o algún ladrón para impedir que sorprendáis sus fechorías?

 

   - No, señor, no; nuestros criados y sirvientes tienen tanto miedo, que por todo el oro del mundo no conseguiríais que se acercasen al castillo a una distancia de dos tiros de arcabuz, después de ponerse el Sol, y hasta podéis ver que ya no duermen en nuestra casa, porque dicen que está demasiado cerca de ese edificio maldito. Todos duermen en la granja que hay allí al final del patio.

 

   - Tanto mejor para el secreto de nuestra entrevista - dijo el marqués - , pero acaso tanto mejor también para los que hacen de fantasmas, sin más objeto que el de robaros.

 

   - ¿Y qué podrían robar, monsieur Silvain? No hay nada en el castillo. Cuando he visto que el diablo encendía luces he tenido miedo del fuego y he retirado toda mi cosecha, salvo algunos montones de leña y una docena de haces de heno y de paja para no llamar su atención, porque, según dicen, a los espíritus les gusta retozar en los bosques y en el forraje; y así debe de ser, porque todo lo revolvían y yo encontraba huellas de pasos: como si cincuenta seres humanos hubieran pasado por allí.

 

   El marqués sabía que Faraudet no mentía y sabía que era incapaz de inventar nada para excusarse de hacerle un favor. Empezó a pensar que si en el viejo castillo se veían luces, se oían voces, y, sobre todo, si pies y cuerpos desarreglaban el forraje, había en tales hechos más realidad que brujería, y que el castillo, en el que el cortijero y su mujer acabaron por confesar que no se habían atrevido a entrar desde hacía más de seis semanas, podía muy bien servir de refugio a algunos fugitivos.

 

   «Bien sean dignos de interés o malhechores, los quiero ver», pensó.

 

   Y sujetando bajo un brazo su espada desenvainada, llevando en una mano las llaves del castillo y en la otra una linterna, se dirigió a través de los prados hacia el silencioso recinto en ruinas.

 

   Faraudet, viendo que su mujer se lamentaba por el atrevimiento del buen señor, se avergonzó de dejarle ir solo y se decidió a seguirle.

 

   Pero cuando el marqués franqueó el puente, vio que el pobre aldeano temblaba de tal manera, que temió que un hombre tan trastornado le sirviese más bien de estorbo que de ayuda y le rogó que no siguiese adelante.

 

   La mayoría de los castillos de la Vallée - Noire, incluso los de la primera época de la Edad Media, están situados en lo más hondo de los valles, en lugar de estar en las alturas, como en la Marche y el Bourbonnais. La razón de esta anomalía es muy plausible.

 

   En un país que no presenta escarpaduras considerables, hubo que utilizar los ríos como principal medio de defensa.

 

   Lo mismo en Brilbault que en Briantes, en la Motte - Seuilly, en Saint - Chartier, en la Motte de Presles, etc..., el castillo se había edificado en medio de los meandros de un río capaz de alimentar con sus aguas corrientes el doble foso circular de las murallas.

 

   El puente que da acceso a la primera de estas murallas es muy estrecho y sus arcos oscilan entre el medio punto y la ojiva.

 

   Todo el castillo pertenece a una arquitectura de transición; la fachada tiene una forma extraña; la puerta y las ventanas se hallan profundamente embutidas en el macizo general, como para ampararse contra los ataques exteriores.

 

   La construcción ha quedado sin terminar y está truncada por un techo desproporcionado con el resto del edificio, que revela un propósito bastante grandioso a medio realizar.

 

   El marqués llegó en un momento al pie del castillo; las murallas estaban tan ruinosas y tenían tantas brechas, los fosos estaban tan colmados en mil sitios, que no era necesario buscar las puertas.

 

   Abrió sin ruido la del castillo, que era pequeña y baja, con un arco rampante, sobre el que había una ojiva florida.

 

   Una vez allí, abrió a medias su linterna para ver dónde pisaba, porque el cortijero lo había advertido que la escalera era peligrosa.

 

 

 




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