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Amandine-Aurore-Lucile Dupin alias George Sand
Los caballeros de Bois-Doré

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  • Tomo II
    • - XLV -
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 - XLV -

   Esta escalera en espiral es muy hermosa, tan ancha que seis personas pueden pasar por ella a la vez, y tan ligera como el varillaje de un abanico. Está hecha con una piedra blanca bastante friable; muchos peldaños se hallan completamente rotos por la caída de algún trozo de la parte superior del edificio; pero los que quedan parecen haber sido recientemente tallados y no tienen huella de haber sido usados. De trecho en trecho aparece en el muro una cabeza grotesca, un bicho fantástico o un medio cuerpo de hombre armado.

 

   El marqués se entretuvo en mirar aquellas caras que parecían agitarse bajo la luz vacilante de su linterna.

 

   Subía lentamente, aprovechando cada descanso para escuchar; como no se oía más ruido que el que producía el viento en el tejado, y como las puertas de las salas ante las que pasaba estaban cerradas con candado, dudaba cada vez más de que allí hubiera ninguna clase de habitantes. Llegó hasta el último piso, donde estaban situadas las dos habitaciones antiguamente destinadas al castellano.

 

   En la Edad Media era costumbre vivir bajo el tejado y partir la escalera para, en caso necesario, sostener un sitio hasta en las propias habitaciones; frecuentemente, al construir un castillo se dejaba la escalera sin terminar y el dueño subía a su cuarto por medio de una escalera de mano, que retiraba por la noche. Otras veces, los peldaños del último piso eran intencionadamente tan endebles, que bastaban unos ligeros golpes para partirlos.

 

   Tal era el caso en el castillo de Brilbault; pero las roturas provenían, según ya hemos dicho, de accidentes casuales, y el marqués, gracias a sus largas piernas, pudo salvar los obstáculos sin gran peligro.

 

   Las dos habitaciones de que el granjero le había hablado eran las que debía, en caso necesario, habitar Lucilio. El primer movimiento de Bois - Doré fue entrar para ver si había cristales o, por lo menos, maderas en las ventanas, porque todas las de la escalera, estrechas y profundas, con su banco de piedra colocado en el alféizar, dejaban pasar impetuosas bocanadas de aire, contra las que a duras penas pudo defender la luz de su linterna.

 

   Pero en el momento en que se disponía a abrir las puertas de las habitaciones señoriales, cuyas llaves llevaba consigo, el marqués vaciló.

 

   Si el castillo servía de refugio a alguien, debía de estar allí, y, sorprendido, no aguardaría explicaciones. Por lo tanto, la exploración requería cierta prudencia. El marqués ni creía en los espíritus ni temía a los vivos, porque no abrigaba malas intenciones contra nadie. Si algún desdichado se hallaba oculto allí, fuese quien fuese, estaba decidido a dejarle tranquilo y no revelar el secreto que pudiese sorprender.

 

   Pero el primer momento de terror del refugiado podía ser hostil. El marqués no había hecho ningún ruido perceptible al entrar ni al subir, puesto que nada se movía. Tenía que cerciorarse de la verdad, a ser posible sin dejarse ver ni oír, o al menos sin presentarse bruscamente.

 

   Con este objeto entró en una sala sin puertas, cuyas ventanas estaban todas tapadas con tablas o con paja, y donde, por consiguiente, reinaba la más profunda obscuridad. Una capa de polvo y de cemento pulverizado cubría el suelo en tal espesor que amortiguaba el ruido de los pasos como si se anduviese sobre ceniza.

 

   Bois - Doré anduvo largo rato sin ver más que lo justo para guiarse. Había cerrado su linterna, que no tenía cristal, sino un medio cilindro de hierro forjado lleno de agujeritos, según la costumbre del país. No se atrevió a volverla a abrir hasta que llegó al extremo del inmenso local y después de cerciorarse de que se hallaba en un local absolutamente tranquilo y silencioso.

 

   Entonces dejó la luz ante él, en el suelo, y retrocedió, hasta una vasta chimenea que había cerca.

 

   Desde allí fue acostumbrando sus ojos a la claridad de la linterna, insuficiente para un espacio tan amplio, y llegó a distinguir una sala que ocupaba el piso entero.

 

   Examinó la chimenea en que se encontraba. Era de piedra blanca, y los zócalos angulares que penetraban en el muro tenían los salientes tan nuevos, que parecían haber sido tallados la víspera. Ni el marco, ni el escudo, virgen de armas, que coronaba la campana tenían desconchaduras ni manchas, de ninguna clase, ni el hueco mismo de la chimenea, ni el hogar sin revestir tenían huellas de lumbre, de humo ni de ceniza. Era evidente que el edificio no había sido terminado ni había servido nunca. Nadie había habitado, nadie habitaba aquella sala fría y desnuda.

 

   Después de asegurarse de esto, el marqués se atrevió a acercarse para ver por qué razón una barrera de tablas, a la altura de su pecho, cortaba transversalmente la enorme nave hacia el centro. Al llegar allí encontró el vacío ante él. El entarimado se había caído o había sido suprimido, así como el de los pisos inferiores, en toda la mitad del edificio, acaso para que se pudiera entrojar más fácilmente las cosechas.

 

   La mirada se perdía en las tinieblas de un local que parecía tan grande como una iglesia.

 

   Hacía unos instantes que Bois - Doré permanecía en aquel sitio, intentando darse cuenta del conjunto, cuando desde las profundidades, que su mirada interrogaba en vano, subió hasta él una especie de gemido.

 

   Se estremeció, cerró su linterna y la ocultó detrás de las tablas, contuvo su respiración y aguzó su oído, que era algo duro y podía engañarle.

 

   ¿Sería alguna puerta o alguna madera empujada por el viento?

 

   No hacía tres minutos que esperaba, cuando el mismo gemido se repitió aún más distinto, y al mismo tiempo le pareció que un débil rayo de luz, partiendo de una gran distancia bajo sus pies, iluminaba aquel fondo de edificio que, por relación a él, era literalmente un abismo.

 

   Se arrodilló para no ser visto y miró a través de las tablas que le servían de balaustrada.

 

   La claridad aumentó rápidamente y pronto fue bastante viva para permitirle ver, o mejor dicho adivinar, en una vaguedad de sombra y de luz mezcladas, el fondo de una sala de la planta baja, tan vasta como la habitación en que se encontraba, pero que antes del desmoronamiento de los pisos intermedios había debido de ser mucho más alta, según podía juzgar por el nacimiento de las nervaduras de la bóveda sostenidas por zócalos llenos de bichos y personajes fantásticos, mayores y más salientes que los que había visto en la escalera.

 

   Como único mobiliario veíanse unos montones de forraje seco y unas tablas colocadas hacia el fondo, a modo de barreras, con restos de pesebres. Aquella planta baja había servido durante mucho tiempo de establo para los bueyes. Entre las tablas se distinguían restos de yugos y de arados. Después todo volvió de nuevo a la sombra, y la claridad, al elevarse, fue a dar en el muro que formaba toda la fachada del edificio y que el marqués veía de frente en una extensión de cuarenta pies aproximadamente.

 

   Aquella luz, unas veces rojiza y otras lívida, partía de un fuego invisible, colocado bajo la bóveda de la planta baja, es decir, en la parte que no estaba en ruinas, del lado desde donde el marqués observaba aquel cuadro sombrío y cambiante.

 

   De pronto se produjo bajo la bóveda un ruido de puertas, de pasos y de voces, y una confusión de sombras movedizas y agitadas, unas inmensas, otras rechonchas, se dibujó sobre el muro de la manera más extraña, como si un gran número de personas, yendo y viniendo ante una gran hoguera, hubiera ocultado y descubierto alternativamente su radiación.

 

   «Vaya un extraño juego - pensó el marqués - , y no puede negarse que este castillo está lleno de sombras vivientes y parlantes. Sepamos lo que dicen.»

 

   Escuchó; pero entre el murmullo de palabras, de cantos, de quejas y de risas, no consiguió comprender ni una frase, ni una palabra, ni una intención.

 

   La espantosa sonoridad de la bóveda, que devolvía los sonidos, confundía todas las voces en una sola y todas las interpelaciones en un rumor confuso.

 

   El marqués no era sordo; su sensibilidad auditiva era la de los ancianos que oyen muy bien una escala de sonidos moderados y de palabras articuladas, pero a los que un ruido, una mezcla de voces aturde y molesta sin resultado.

 

   Percibía inflexiones de voces y nada más; a ratos las de una gruesa voz cascada, que parecía hacer un relato; a ratos un estribillo de canción bruscamente interrumpido por acentos de amenaza, y luego una voz clara que parecía burlarse o imitar a las demás y que provocaba una tempestad de risas violentas y brutales.

 

   A veces se oían monólogos bastante largos; luego diálogos, y de pronto gritos de ira o de alegría que parecían rugidos. Acaso aquella gente hablaba en un idioma que el marqués no conocía.

 

   Se afirmaba en la idea de que había una banda de truhanes o de titiriteros que vivía del merodeo y que dejaba pasar los días crudos del invierno al amparo de aquella ruina, o acaso también que se ocultaba después de alguna fechoría.

 

   Las risas, los trajes extraños que se dibujaban ante él como sombras chinescas, los largos discursos, los diálogos animados se relacionaban acaso con algún estudio de arte burlesco.

 

   «Si estuviera más cerca de ellos - pensó - , me podría divertir; un hombre nunca es mal acogido en una compañía, por muy mala que ésta sea, cuando entra ofreciendo generosamente su bolsa.»

 

   Y cogió su linterna, disponiéndose a bajar, cuando las conversaciones, los cantos y las risas se cambiaron en gritos de animales tan reales y tan perfectamente imitados, que aquello parecía un corral alborotado. Eran el buey, el burro, el caballo, la cabra, el gallo, el pato y el cordero gritando juntos. Luego todo quedó en silencio, como para escuchar los ladridos de una jauría, el sonido del cuerno, todos los ruidos de una cacería.

 

   ¿Se trataba de alguna comedia? ¿Ensayaban los actores contemplándose sobre la pared? Sin embargo, no parecían simular una acción relacionada con aquel alboroto.

 

   En medio de todo aquello, un niño gritaba con voz aguda, no se sabía si por hacer como los demás o asustado en su sueño, y, Bois - Doré vio pasar la sombra de un cuerpecito que tenía movimientos de mono. Luego una cabeza enorme, con una especie de casco empenachado, perfiló sobre la pared iluminada una nariz grotesca; después pasó una cabeza cabelluda, que parecía coronada por un birrete de cura y que conversaba con una larga silueta, inmóvil como la de una estatua.

 

   De pronto todos los ruidos cesaron bruscamente y no se oyó más que un quejido sordo, que semejaba a un gemido de sufrimiento y que Bois - Doré había oído continuamente como una nota dolorosa en las pausas de aquella algarabía desenfrenada.

 

   Cuando el tumulto se calmó, la sombra de un crucifijo gigantesco trazó una cruz sobre el muro.

 

   La luz pareció cambiar de sitio y la cruz se hizo muy pequeña; luego desapareció, y una sola figura, muy netamente dibujada, la reemplazó, mientras que una voz sepulcral recitaba con un tono monótono una oración que parecía ser la de los agonizantes.

 

 

 

 




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