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Amandine-Aurore-Lucile Dupin alias George Sand
Los caballeros de Bois-Doré

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  • Tomo II
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   Cuando Mario y Aristandre llegaron a Briantes, no hacía aún un cuarto de hora que los bandidos habían efectuado su brusca aparición.

 

   Lauriana se disponía a sentarse a la mesa cuando se oyeron gritos confusos y tiros en la aldea. Podemos, siguiendo la costumbre del país, decir el burgo, puesto que aquella reducida colonia estaba antiguamente fortificada; pero el viejo muro galorromano se hallaba derribado por más de veinte sitios hasta el nivel del suelo, sin que desde hacía mucho tiempo se hubiese tomado nadie el trabajo de ponerle puertas.

 

   Al pronto, los habitantes del castillo, e incluso los de la granja, tomaron aquellos ruidos por los de una cacería dada por los aldeanos contra alguna presa importante extraviada en su recinto; pero aquel tumulto no tardó en adquirir un carácter más alarmante.

 

   Cada cual se armó con lo que tuvo a mano, y los labriegos, blandiendo sus mayales, acudieron a la torre de entrada. Pero en el mismo momento fueron rechazados y paralizados por los habitantes del burgo, que habían llegado de todas partes y se hallaban reunidos en las cercanías del puente; en su espanto, entorpecían y derribaban a los que acudían en su auxilio.

 

   La banda de invasores no se componía más que de unos cincuenta hombres, seguidos por mujeres y niños; pero recordemos que el marqués había puesto en armas y enviado al ataque de Brilbault a todos los hombres robustos y valerosos de su pequeño dominio; por lo tanto, en aquel momento, la población sorprendida por los bandidos se componía de mujeres y niños, de ancianos inválidos y de adolescentes enclenques.

 

   La aparición de las horribles caretas revestidas por aquellos bandidos produjo el efecto que se habían propuesto. Un pánico general se apoderó de los aldeanos y el miedo no les dejó más fuerza que la necesaria para impedir a los buenos servidores del castillo avanzar al encuentro del enemigo.

 

   Uno de los muertos que Mario había encontrado en medio del camino era un muchacho enfermo que cayó y fue aplastado bajo los pies de los fugitivos; el otro, un pobre anciano, el único que intentó revolverse contra los enemigos y al que Sancho mató a culatazos.

 

   Los del castillo no tuvieron tiempo más que para volver a pasar el puente, y no pudieron alzarle a causa de los rezagados, que llegaban gimiendo y pidiendo albergue para ellos y sus ganados. El enemigo aprovechó el desorden para alcanzarles. Entonces el combate se entabló bajo la bóveda de la entrada, donde los del castillo, rodeados por niños que gritaban y por animales estúpidos e inmóviles o heridos y furiosos, se vieron forzados a retirarse en seguida.

 

   Apenas entraron en el corral, los aldeanos los abandonaron para precipitarse sobre el puente fijo, y las buenas gentes, reducidas ya a la decena, fueron rodeadas por los bandidos y obligadas a retroceder hasta el postigo en medio de una lucha heroica.

 

   Uno de los más valientes, el granjero Charasson, fue muerto; los otros, heridos. El terrible Sancho golpeaba con tal rabia, que todos hubieran sucumbido de no ser por la cobardía de La Fleche y sus compañeros, que «se preocupaban más del saqueo y tenían muy pocas ganas de recibir un mal golpe».

 

   Reducidos a siete, los buenos criados tuvieron que entrar en el patio, lo que no fue fácil a causa del amontonamiento de cosas y animales que en él había. Sancho dio el ataque con tal violencia, que una gran parte de los animales se quedó fuera, y otra, presa de espanto, se arrojó al río.

 

   Durante aquella lucha encarnizada, pero tan rápida que apenas había durado diez minutos, Lauriana y Mercedes habían permanecido temblorosas y mudas sobre la plataforma del postigo.

 

   Cuando vieron que los suyos empezaban a ceder se sintieron animadas por el valor que da el miedo a los débiles cuando no son tontos; corrieron hacia los falconetes, siempre dispuestos para cumplir su misión. Se apresuraron a encender las mechas y permanecieron preparadas, animándose mutuamente e intentando recordar lo que habían visto hacer, a modo de ejercicio y aprendizaje, a Mario y a los jóvenes de la casa. Pero no había medio de disparar sobre el enemigo, porque éste luchaba cuerpo a cuerpo con los defensores del castillo.

 

   ¿Qué hacía Adamas en aquel momento supremo? Adamas se hallaba en las entrañas de la tierra.

 

   El lector recordará la existencia de un pasaje secreto, por donde, en caso necesario, el marqués contaba con hacer que Lucilio se evadiese.

 

   Este subterráneo pasaba por debajo del foso y conducía a un sendero hondo, que las inundaciones habían enarenado desde hacía algunos años. Adamas había creído que el descombramiento de la salida sería cosa de pocas horas de trabajo. Pero el daño era más considerable de lo que él suponía, y los trabajadores llevaban tres días sin conseguir dejar el pasaje practicable.

 

   Todas las tardes Adamas iba a examinar el trabajo del día, y durante la batalla se hallaba allí metido, haciendo su inspección y tomando medidas, sin sospechar lo que pasaba fuera.

 

   Cuando salió de su agujero, colocado bajo la escalera de la torrecilla, se quedó por unos momentos como ebrio y creyó que estaba alucinado. Pero, hombre de grandes recursos, recobró pronto su serenidad.

 

   Llegaba en el preciso instante en que los sitiados hacían irrupción en el patio y cuando, como todos perdían la cabeza, el enemigo se disponía a entrar también.

 

   Adamas estaba siempre bien calzado, como buen hombre de cámara, y como era ágil, le bastó con un salto para llegar a la maniobra del postigo; y bajó el rastrillo ante las narices de los invasores y algo también sobre sus espaldas; advirtió a tiempo que la base de aquel instrumento no tocaba el suelo.

 

   - ¡Clindor! - exclamó al paje que, muy apurado, se disponía a cerrar las puertas ante el rastrillo - . ¡Espera, espera! ¿Cómo es que el rastrillo no baja más? Aun queda un gran espacio hasta la ranura.

 

   Clindor, que no era muy valiente aunque hiciese todo cuanto le era posible por serlo, miró y retrocedió horrorizado.

 

   - ¡Ya lo creo! - dijo - ; hay tres hombres debajo.

 

   - ¡Numes celestes! ¿De los nuestros?... ¡Pero mira a ver, triple idiota!

 

   - No, no, de los otros.

 

   - Pues entonces, mejor; ¡por Mercurio! ¡Pronto, aquí gente! ¡Subid sobre la cabeza del rastrillo! ¡Empujad, empujad! ¿No veis que esos cuerpos muertos servirían para que los vivos pasaran bajo los dientes de hierro, y que si llegan bajo la bóveda prenderán fuego al castillo? ¡Vamos! ¡Vosotros, abajo! ¡A golpes de mazo, a patadas, partid la cabeza de los que quieran pasar! ¡Siega todo lo que encuentres con tu hoz, vivos y muertos, mi bravo Andoche! Y tú, Chataignier, ¿te queda una carga de plomo? ¡A ese hocico rojo que se adelanta!... ¡Eso es! ¡Bravo! ¡Por el dios Teutatós, está bien! ¡En plena jeta! ¡Siempre es uno menos!

 

   Y así, mezclando los apóstrofes sublimes a las trivialidades, con las que se dignaba ponerse al nivel de su gente, Adamas vio con satisfacción que el rastrillo acababa de aplastar los cuerpos y que los sitiadores retrocedían hasta la entrada del puente.

 

   - ¡Ahora a los falconetes! - exclamó - . ¡Más de prisa, mis Cupidos! ¡Vamos, mil rayos del diablo! ¡Apuntad, apuntad! ¡Hacedme una fritada con esos pajarracos!

 

   La pequeña artillería del castillo descorazonó a los bandidos, que no tenían con qué responder, y, llevándose sus heridos, se decidieron, a falta de otra cosa, a ir entretanto a saquear el cortijo abandonado.

 

   Arrojaron terneros y corderos vivos en el almiar incendiado, y no tardó en extenderse un acre olor a lana quemada. Rechazaban con horcas a los pobres animales que querían huir de aquel suplicio, y al final los devoraron medio crudos y medio carbonizados. Desfondaron los toneles de la cueva. Todos se emborracharon más o menos, incluso los niños y los heridos. Arrojaron al fuego el cuerpo del desdichado granjero, y hubieran hecho otro tanto con los dos prisioneros de no habérselo impedido la esperanza del rescate, contra el deseo de Sancho, que no quería dar cuartel a nadie.

 

   El viejo español era el único que no pensaba ni en comer, ni en beber, ni en robar. Contra su opinión, la banda de Brilbault se había adelantado a los auxiliares más importantes que él esperaba con impaciencia para consumar su venganza. Lo que le preocupaba no era perder su vida, que ya había sacrificado de antemano, sino ver fracasar su empresa por la precipitación y la avidez de los miserables que se habían unido a él.

 

   Como no había podido hacerles esperar a que llegasen sus verdaderos aliados para abrir la marcha y guiar la expedición, les había seguido para no dejarse arrebatar por nadie la satisfacción de torturar a los caballeros de Bois - Doré, en el caso de que tuviesen la mala suerte de caer en las manos de aquellos bandidos.

 

   Como era el único fanáticamente bravo, había llevado naturalmente la dirección del combate. Pero una vez ganada la batalla, los bandidos habían prescindido de él, y hasta, según hemos visto, tuvo que ir él mismo a guardar la torre de la entrada, por donde era de temer alguna sorpresa, y desde donde, además, acechaba la llegada de los que habían de efectuar la toma y saqueo del castillo y la pérdida de cuantos fueron causa o instrumento de la muerte de Alvimar.

 

   En el castillo reinaba más cordura que en el corral, pero no más tranquilidad, y se tomaban apresuradamente todas las disposiciones necesarias contra un nuevo asalto.

 

   Veían y oían la orgía de los miserables, y si hubieran consentido en sacrificar el cortijo, hubiera sido fácil echarlos a tiros de arcabuz.

 

   Si no lo hacían era porque esperaban ver llegar refuerzos durante la noche, antes de que a los bandidos se les ocurriese prender fuego a los edificios del corral, y además porque temían alcanzar a los prisioneros, cuyo número desconocían, y al ganado, que era demasiado considerable para que fuese devorado enteramente por aquel grupo de hambrientos.

 

   Se contaron y comprobaron la falta de los desdichados que habían muerto o habían sido hechos prisioneros.

 

   Adamas hizo entrar en el edificio de las caballerizas a todo el personal inútil de la parroquia. Dieron a aquellos infelices paja fresca en abundancia y les ordenaron que permanecieran tranquilos y se lamentasen en voz baja, lo que no fue fácil conseguir.

 

   Lauriana y Mercedes practicaron curas a los heridos y dieron de cenar a los niños.

 

   Entretanto, Adamas apostó a su gente en todas las puertas expuestas al tiroteo de los asaltantes, a fin de prevenirlo disparando primero, y para que nadie se adormeciese, pasó el tiempo yendo de uno a otro, distribuyendo elogios y estímulos, mostrando esperanza, temor o confianza absoluta en los acontecimientos, según el temperamento de cada uno. El prudente Adamas no había manejado nunca más armas que el peine y las tenacillas rizadoras, y evidentemente su papel se limitaba al de estimulador; pero todos los que conocen las lentitudes y la apatía del carácter del Berry saben que este papel es a veces necesario, y él sabía hacerle realmente útil.

 

   Cuando todo quedó dispuesto, Adamas, extenuado por la fatiga y la emoción, se dejó caer sobre una silla, en la cocina, para descansar al menos durante unos momentos y reflexionar.

 

   Tenía el corazón oprimido y no se atrevería a confiar su pena a nadie. Él solo sabía que Mario no debía acompañar a su padre a Brilbault y que podía llegar de un momento a otro y ser hecho prisionero, si es que no lo era ya.

 

   Ni Lauriana ni Mercedes compartían su angustia; para no preocuparlas, el marqués los había ocultado sus proyectos, diciendo que sólo se trataba de una batida para la que llevaba a los criados. Por su aire preocupado y por los frecuentes conciliábulos que había tenido durante el día con sus amigos y sus gentes, ellas habían sospechado que la cosa era más seria; pero conocían demasiado bien el cariño paternal de Bois - Doré para temer que expusiese a Mario a algún peligro, y suponían que el niño pasaría la noche en el castillo de Ars o en el de Coudray.

 

   Adamas, muy perplejo, se preguntaba si no sería mejor emplear a todo el mundo en acabar de despejar el pasaje secreto, a fin de salir por allí al encuentro de Mario, mandar un aviso al marqués y facilitar la evasión de las mujeres. Pero había medido el terreno y sabía que quedaba trabajo para muchas horas, y entre tanto el castillo, al hallarse sin gente que lo defendiera, podía ser invadido. En este caso, ¿qué sería de ellos, encerrados en aquellos subterráneos sin salida y cuya entrada podía ser muy bien descubierta por los bandidos?

 

   Clindor, que se acercaba a él de puntillas, interrumpió su meditación.

 

   - ¿Qué vienes a hacer aquí, mal paje? - le preguntó malhumorado.

 

   Y añadió, sin reparar en que él también estaba descansando:

 

   - ¿Es que la noche está para descansar?

 

   - No, ya lo sé - contestó el paje - ; pero es que busco...

 

   - ¿A quién? ¡Habla pronto!

 

   - ¡Al carrocero! ¿No le habéis visto?

 

   - ¿Aristandre? ¿Es que lo has visto tú? ¡Contesta!

 

   - No lo he visto dentro del castillo; pero tan cierto como estáis aquí que le he visto sobre el puente, durante la pelea.

 

   - ¡Por vida de...! ¡No está aquí, estoy seguro! ¡Pero Mario! ¡Tenía que traerle! ¿Has visto a Mario?

 

   - No; ya he pensado en ello y he mirado por todas partes; Mario no estaba.

 

   - Entonces ¡alabado sea Dios! Si Mario hubiera estado con Aristandre no hubieras visto a uno sin el otro. No se hubiera separado de él ni se hubiera mezclado en el combate. Sin duda el señor ha guardado al niño con él y ha enviado a Aristandre para avisárnoslo. ¡Pero el pobre carrocero!... ¿Dices que se batía?

 

   - ¡Cómo treinta demonios!

 

   - ¡Bien seguro estoy! ¿Y después?

 

   - Después, después... el rastrillo ha caído y yo he corrido a cerrar las puertas.

 

   - ¡Voto al diablo!, puede que haya caído sobre... ¡Pronto, coge esta antorcha y ven!

 

   - ¡No, no! Ya he visto los que han sido aplastados. No está entre ellos.

 

   - Acaso no has mirado bien. ¡Tendrías miedo!

 

   - ¿Miedo yo?

 

   - ¡No importa! Te digo que vengas.

 

   Y Adamas corrió a abrir las puertas y a mirar, temblando, entre los cadáveres aplastados bajo los dientes de hierro. Estaban mutilados de tal manera, que ante aquel horrendo espectáculo el paje dejó caer la antorcha al suelo. Adamas se enderezó blasfemando; pero a la luz de la antorcha humeante, que se apagaba en medio de la sangre vio a Aristandre de pie junto a él.

 

   - ¡Ah, mi buen amigo! - exclamó abalanzándose a su cuello - . ¿Y Mario? ¿Dónde está Mario?

 

   - Está salvado - dijo el carrocero - y yo también, no sin trabajo. ¡Pronto! Un vaso de ginebra o de aguardiente; los dientes me castañetean y no quiero morir, ¡qué diantre! Aun quiero servir aquí para algo.

 

   - ¡En qué estado estás, mi pobre amigo! - exclamó Adamas, que le condujo rápidamente a la cocina, donde Clindor le sirvió una bebida - . ¿De dónde diablos sales?

 

   - ¡Del estanque, pardiez! - repuso el carrocero, que estaba cubierto de lodo - . ¿Por dónde si no hubiera podido entrar? Llevo un cuarto de hora pisando hierba y barro.

 

   Se quitó las ropas, que estaban hechas pedazos, y se puso en cueros delante de la lumbre, diciendo:

 

   - Adamas, mira a ver si no pierdo demasiada sangre y conténmela, compañero, porque me encuentro débil.

 

   Adamas le examinó; tenía unas diez heridas y otras tantas contusiones.

 

   - ¡Numes celestes! - exclamó Adamas - . No veo un sitio sano sobre tu pobre cadáver.

 

   - ¡Cadáver lo serás tú! - contestó el carrocero bebiendo otro trago - . ¿Es que me tomas por un fantasma? La verdad es que de buena me he librado; pero ya me encuentro mejor; tengo la piel tan dura como la de mis caballos, ¡a Dios gracias! Lo único que te pido es que no dejes que me desangre. No le conviene a un hombre perder la sangre de su cuerpo.

 

   Adamas le lavó y le curó con una habilidad maravillosa.

 

   Efectivamente, gracias a la dureza de su piel y a la fuerza hercúlea de sus músculos, el herido no tenía ninguna lesión de gravedad.

 

   - ¿Y el niño? - decía Adamas mientras le ponía ropas secas, que Clindor había ido corriendo a buscar - . ¿Ha estado en peligro?

 

   Aristandre contó todo, hasta el momento en que había alzado la estaca de la compuerta.

 

   - El niño ha pasado - añadió - , porque los bandidos que estaban sobre la terraza han tirado sobre él, pero no le han alcanzado. En aquel momento yo sujetaba al pillo de Sancho por la garganta. Hubiera podido ahogarle; pero le soltó para correr a la terraza, y vi a Mario que huía, ligero como el viento. Entonces acometí a los otros dos granujas. No tenía más que un pico, pero les he dado una buena lección, ¡te lo aseguro! El tal Sancho volvió sobre mí con su tizona partida, y con el puño me daba en la cabeza y en la cara, cuando no en el estómago. ¡Ah! ¡El viejo furioso! ¡Tiene el puño duro! Además, yo ya estaba herido y no tenía todas mis fuerzas. Pero eso me hizo entrar un poco en calor, porque ya había cruzado el estanque para ir a reunirme con nuestro lindo Mario y estaba tiritando. Lo que siento es que no he podido acabar con ese viejo diablo. Cuando vi que los otros llegaban en su auxilio, me deslicé por la escalera del cuarto de maniobras, y como el viejo no tiene las piernas tan buenas como los brazos, he podido llegar al jardín sin que supiese dónde me había metido. Desde allí no me quedaba más que volver por el estanque, y aquí estoy.

 

   - ¡Carrocero! - exclamó Adamas, quien, al revés de muchos hombres, admiraba sinceramente las proezas que él se sentía incapaz de realizar - . ¡Eres tan grande como los más grandes héroes de monsieur de Urfé! ¡Y si el señor me hace caso, hará que te pinten en las tapicerías de su sala, para inmortalizar la memoria de tu valor y de tu buen corazón!

 

   - Si no se trata más que de ser grande - contestó el ingenuo carrocero - , puedo decir que tengo buena estatura. Pero basta; voy a ver a mis caballos; después pensaremos en hacer una pequeña salida para limpiar el corral de toda esa canalla. ¿Qué te parece, compañero?

 

   El juicioso Adamas no era de esta opinión.

 

   Mientras en el castillo discutían sus planes de ataque y de defensa, vamos a reunirnos con Mario en el momento en que llega cerca del árbol enorme que todavía hoy existe en Etalié.

 

   El niño mira hacia las estrellas, que aprendió a conocer durante su vida de pastor; son las nueve y media aproximadamente.

 

   En aquella época no había en aquel lugar más que una casa: era a la vez una hostería y una especie de pabellón de caza.

 

   Los señores del país que se reunían para correr una liebre y para almorzar o cenar en el Gallo Rojo honraban a menudo con su visita aquella eminencia, situada en medio de vastas llanuras abundantes en caza.

 

   Esto explica el que una hostería de reducidas proporciones, situada demasiado cerca de una ciudad para pretender albergar viajeros opulentos, poseyera en la persona de maese Pignoux un cocinero del más raro mérito.

 

   Cuando los hidalgos de la provincia iban a pecar en los estanques de Thevet, se apresuraban a mandar un aviso a maese Pignoux, que acudía con su mujer a disponer su cantina al borde del estanque y les servía bajo el hermoso follaje aquellos maravillosos guisos a la marinera que habían hecho su reputación. También iba a las ciudades y a los castillos en ocasión de bodas y banquetes, y, según se decía, sabía más que los jefes de cocina del mismo príncipe.

 

   La hostería del Gallo Rojo era una casa sólidamente construida, con dos pisos bastante altos y un tejado de un rojo rabioso, que se veía a la legua. Mediante la protección de los hidalgos vecinos, maese Pignoux había conseguido la autorización de colocar una veleta sobre su tejado. Pretendía tener derecho a este privilegio nobiliario por el hecho de albergar tan a menudo personas de la nobleza. Los chirridos agrios y continuos de dicha veleta, que parecía ser el punto de mira de todos los vientos de la llanura, se mezclaban al castañeteo perpetuo de la enorme muestra de hierro colado, que representaba un gallo rojo en toda su gloria, meciéndose fieramente al extremo de una pica, colocada en una ventana del segundo piso.

 

   Enfrente de la casa, al otro lado de la carretera, había una vastísima cuadra con techumbre de paja y largos cobertizos para albergar el séquito que los nobles cazadores llevaban consigo. La hostería era especial para jinetes.

 

   Sabido es que en aquella época las posadas se dividían aún en hosterías, albergues y mesones. Los albergues estaban destinados especialmente para pasar la noche; la misión de los mesones era dar de comer a los viajeros: eran casuchas donde los viajeros de fuste no se detenían más que a falta de otra cosa y donde se comía a veces cuervo, burro y anguilas de Sancerre, es decir, culebras. Los albergues, por el contrario, eran a menudo muy lujosos.

 

   Las hosterías se dividían en hosterías para gentes de a pie y hosterías para gentes de a caballo. Se podía hacer en ella dos comidas. En la hostería del Gallo Rojo se leía en letras enormes:

 

 

HOSTERÍA POR PERMISO DEL REY

 

y debajo:

 

 

COMIDA DE VIAJERO A CABALLO: DOCE SUELDOS

 

 

CAMA PARA EL MISMO: VEINTE SUELDOS

 

   Cartas del rey mantenían los privilegios de los hosteleros. Un viajero a pie no podía ser albergado en una hostería de jinetes, y viceversa.

 

   «Las leyes francesas impedían al primero gastar demasiado, y al otro, gastar poco»

 

   Mario vio la hostería iluminada y no se sorprendió por el relincho de alegría que lanzó su caballito al hallarse a unos doscientos pasos de la casa. Pensó que reconocía los lugares.

 

   Pero lo que le extrañó fue que de pronto se volvió hacia la izquierda y se resistió a volver al camino.

 

   El niño, desconfiado, escuchó.

 

   Le pareció oír un ruido de caballo que provenía del mesón, oculto por las sombras de la noche. Esto le dio una gran alegría.

 

   - Mi padre - pensó - está ahí con todos los suyos. Acaso con monsieur de Ars o con su séquito. Acerquémonos a toda prisa.

 

   Pero Coquet se resistía tanto a avanzar, que el joven jinete quiso comprender su idea. Se paró en seco y oyó el relincho que tanto conocía, de Rosidor, el fiel corcel del marqués. Pero este relincho no salía de la caballeriza de la hostería, sino de mucho más cerca.

 

   «Esto significa que mi padre está aquí», se dijo.

 

   Y como a la izquierda no distinguía más que una especie de denso bosquecillo, soltó riendas a Coquet, con la seguridad de que sabría encontrar a su compañero.

 

   Efectivamente, Coquet entró en el bosquecillo y se detuvo ante una casucha ruinosa y destartalada.

 

   Era la antigua hostería del Gallo Rojo, abandonada y en ruinas desde hacía más de veinte años, porque Bois - Doré, Guillermo y monsieur Robin habían cotizado para edificar la nueva y regalársela a maese Pignoux como testimonio de estimación por su probidad y sus talentos culinarios.




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