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Amandine-Aurore-Lucile Dupin alias George Sand
Los caballeros de Bois-Doré

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  • Tomo II
    • - LI -
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 - LI -

   Mario entró sin dificultad; no había puerta.

 

   Se acercó a Rosidor; le tocó y reconoció sus arneses, su pelo fino y su relincho cariñoso; que el caballo de su padre estuviera oculto en aquella ruina le dejó pensativo.

 

   Acaso el marqués también se ocultaba; acaso estaba allí mismo.

 

   Mario buscó, llamó con precaución, y después de cerciorarse de que estaba solo, creyó que debía imitar el ejemplo que parecían haberle dado. Ató a Coquet por la brida al lado de Rosidor y se dirigió a pie, sigilosamente, hacia la hostería nueva.

 

   Se deslizó junto a los matorrales y llegó, sin que nadie le hubiera visto, ante una partida de jinetes que se estaban instalando en aquel lugar; los unos se ocupaban de sus caballos y los hacían entrar en la vasta cuadra de enfrente; los otros, ya libres de tal cuidado, permanecían en medio de la carretera, cambiando en voz baja y con aire misterioso palabras que Mario no comprendía.

 

   Se deslizó entre ellos sin ser advertido; pero cuando llegó al umbral de la cocina de la hostería, iluminada por el resplandor del hogar, sintió que una mano ruda le agarraba por el cuello de la sobrevesta y que una voz bronca le decía en francés, pero con un acento alemán muy pronunciado:

 

   - ¡No se pasa!

 

   Al mismo tiempo vio que ante la puerta dos hombres altos y negros, armados hasta los dientes, montaban la guardia.

 

   Entonces recordó las palabras de Sancho y lo que Pilar lo había dicho del refuerzo esperado por los bandidos.

 

   «He caído en la ratonera - pensó - ; pero como estoy disfrazado me tomarán por un pordiosero. Necesito absolutamente saber si mi padre está aquí dentro.»

 

   Entonces tendió la mano y se puso a pedir limosna con el tono lastimero que había oído afectar a los gitanos y que a veces él también había tomado, a modo de broma, cuando viajaba con aquella honorable compañía.

 

   Le soltaron en seguida, pero le mandaron que se marchara, y como no parecía comprender, le amenazaron apuntándole con los mosquetes.

 

   Se disponía a alejarse, con la firme resolución de volver, cuando otra voz, que partía de la hostería, dio una orden en alemán, y en el acto, en lugar de rechazarle hacia fuera, le cogieron de nuevo y le empujaron dentro de la cocina.

 

   Allí, antes de que hubiera tenido tiempo de darse cuenta de nada, se halló en presencia de un personaje alto, seco y moreno, vestido con traje militar, que le dijo con acento italiano:

 

   - Acércate, pequeño, y si traes una carta, dámela.

 

   - No traigo carta, - contestó Mario mirando al extranjero con tranquilidad.

 

   - ¿Entonces algún recado verbal? Habla.

 

   - Primero - contestó el niño con gran presencia de ánimo - , tengo que saber con quién hablo.

 

   - ¡Diablos! - dijo el forastero con una sonrisa desdeñosa - , somos desconfiados; ¡eso está bien! He aquí el santo y seña: «Saqueo y Macabro.» ¿Y a ti qué nombre te han dado?

 

   - La Fleche - contestó Mario al azar.

 

   - ¡Eh? ¿Qué es eso? - preguntó el italiano frunciendo el ceño - . ¡Eso no significa nada!

 

   - ¡Esperad! - exclamó Mario inspirado por estas palabras - . No es todo. ¿No hay algo de pillaje en vuestro santo y seña?

 

   - Eso es otra cosa - dijo el otro con su misma sonrisa lúgubre - ; pero aun falta algo, monicaco. Tienes poca memoria.

 

   - Acaso - contestó el niño - . Ya sé que hay otra palabra; ¿no es Sancho?

 

   - ¡Al fin! Entonces quédate en ese rincón y no te muevas. Yo soy el teniente Saqueo; el capitán Macabro llegará dentro de un cuarto de hora. A él tendrás que darle cuenta de tu mensaje, que a mí me importa muy poco. ¡A callar! - gritó a los jinetes, que iban y venían alrededor de la casa, conversando sin duda más alto de lo que debían.

 

   Se hizo un gran silencio, y el que se daba el nombre de teniente Saqueo se dirigió a Mario, que buscaba el medio de introducirse en otra habitación para buscar a su padre o a alguien que le pudiese dar noticias de él.

 

   - Amiguito mío - le dijo - , bueno es que te enteres de la consigna para tu gobierno. A todo el que quiera entrar aquí se le rechaza o se le detiene; sobre todo el que quiere salir se dispara. ¿Has comprendido?

 

   - Pero yo no tengo por qué querer salir - contestó prudentemente Mario - ; busco si hay algo que comer; tengo hambre.

 

   - Eso a mí no me importa, amiguito. Nosotros también tenemos hambre y esperamos que el capitán nos dé orden de comer.

 

   Mario no tenía hambre. Estaba muy intranquilo. Veía en la habitación del fondo, que era una especie de comedor, a madame Pignoux y a su criada que iban y venían con un aire atareado. Le pareció que la hostelera lo veía, le reconocía y hasta que advertía a su criada para que no se diese por enterada de su presencia.

 

   Pero todo podía ser una ilusión, y Mario acechaba el momento en que Saqueo volviese la espalda para intentar cambiar una palabra o una mirada con madame Pignoux. Sabía que en aquella casa todo el mundo adoraba a su padre y a él.

 

   Tomó el partido de simular que dormía, y Saqueo no tardó en salir para dar órdenes.

 

   Entonces el niño se precipitó hacia madame Pignoux y le dijo:

 

   - ¡Soy yo! ¡No digáis nada! ¿Dónde está mi padre?

 

   - Arriba - contestó precipitadamente la hostelera, que a pesar de sus años era aún una mujer muy ágil.

 

   Y designó a Mario la escalera de madera que conducía al comedor llamado sala de honor de la hostería del Gallo Rojo.

 

   Pero cuando el niño empezaba a subir le detuvo.

 

   - ¡Eso no! - dijo - ; no saben que está aquí. No os mováis, mi joven amo. ¡Le matarían!

 

   - ¿Pues quiénes son estos hombres?

 

   - ¡Mala gente! Soldados alemanes; mi criado Juan los ha reconocido. Son bandidos que por donde pasan lo hacen a sangre y fuego.

 

   - ¿Pero no os han hecho daño?

 

   - No; quieren comer y beber. ¡Luego sabe Dios si no incendiarán la casa con nosotros dentro! Así es cómo suelen pagar sus gastos.

 

   - Madame Pignoux, mi padre tiene que huir de aquí. ¿Qué hay que hacer?

 

   - Por ahora es imposible; guardan todas las puertas, y vuestro padre no tiene ya edad para saltar por las ventanas. Además, ¿para qué? La casa está cercada y no nos dejan siquiera ir al gallinero o a la cueva sin venir detrás.

 

   - Pero al menos hay que esconder a mi padre. ¡Ah! ¡Estoy seguro de que van contra él! ¿Dónde está?

 

   - En el cuarto de mi marido, que por fortuna no está aquí. Ha ido a La Châtre a servir una comida de boda y no volverá hasta mañana. Han preguntado por él.

 

   - ¿Por quién? ¿Por mi padre?

 

   - No, por mi marido. No me explico cómo pueden conocerle. He dicho que está enfermo, alzando mucho la voz para que vuestro padre me oyera desde arriba. Espero que se le ocurrirá meterse en la cama.

 

   - ¿Y a ellos no se les ha ocurrido subir?

 

   - ¡Ya lo creo! Han mirado en la sala de honor y han dicho...

 

   - ¡Ya vuelven! ¡Callémonos! - dijo Mario.

 

   Y volvió a colocarse en el mismo rincón de la cocina y con la misma actitud amodorrada de antes.

 

   - ¡Vamos, bruja, a darse prisa! - exclamó Saqueo, que entraba acompañado por dos de sus acólitos - . Poned la mesa y servidnos lo mejor que tengáis. Aquí viene el capitán Macabro. Vosotros - dijo a sus soldados - haréis respetar la consigna. Silencio y paciencia. Nadie piense en comer hasta que el capitán esté sentado a la mesa. El capitán se detiene aquí para hacer una buena cena y no admite que se saquee la despensa, porque no quedarían más que huesos para él y sus oficiales. Acordaos de los que han sido ahorcados en Linières por haber saqueado las provisiones. ¡Andando! He hablado en francés para que lo entendáis, señora bruja - añadió, dirigiéndose a la hostelera, cuando sus soldados hubieron salido - ; para que sepáis que no se trata aquí de lloriquear ni de lanzar suspiros... Trabajad bien y preparad el asador. ¡Vamos! Y si el asado se quema por vuestra culpa, ¡ay de vuestros viejos huesos!

 

   - Y ¿cómo queréis que me dé prisa si estoy casi sola para hacerlo? - dijo madame Pignoux sin inmutarse por los insultos - . No somos más que dos viejas. Haced que me devuelvan mi criado para que ponga la mesa. No puedo estar a la vez arriba y abajo.

 

   - Tu criado es sospechoso; nos ha parecido que quería escaparse al vernos, y luego ha intentado esconder la avena. Ha recibido una buena paliza, y ahora está bajo nuestras órdenes.

 

   - ¿Y ese galopín? - prosiguió la hostelera mientras ensartaba sus aves - . ¿Forma parte de vuestra pandilla? ¿No me podría ayudar?

 

   - Ayúdala, granuja - dijo Saqueo a Mario - . ¡Y a ver si trabajas bien!

 

   Mario se levantó afectando indolencia y preguntó qué tenía que hacer.

 

   - Súbete arriba con la criada - exclamó madame Pignoux - y pon el mantel a escape.

 

   Mario subió y dijo a la criada:

 

   - ¿Mi padre? ¿El cuarto donde está? ¡Pronto!

 

   Ella le condujo al segundo piso y el niño arañó ligeramente la puerta, que estaba cerrada y atrancada por dentro.

 

   El marqués reconoció aquella manecita, que arañaba todas las mañanas de la misma manera a la puerta de su alcoba.

 

   - ¡Oh! ¡Dios mío! - exclamó apresurándose a abrir - . ¿Tú aquí? ¿Pero qué significa este trajo? ¿Con quién has venido? ¿Cómo? ¿Por qué?

 

   - No tengo tiempo para dar explicaciones - contestó Mario - . Estoy solo; quiero que salgas de aquí. Haz como yo, padre, disfrázate.

 

   - ¡Toma, pues es verdad! - dijo la criada - . Coged los avíos de nuestro amo y ponéoslos señor marq...

 

   - ¡Nada de marqués! - interrumpió Mario - . Vete, buena mujer; y vos, padre, seréis maese Pignoux.

 

   - ¿Pero por qué presentarme? - dijo el marqués mientras desabrochaba maquinalmente su jubón - . Yo no sabré representar este papel.

 

   - ¡Sí, sí, padre! Pero dime: ¿no conoces a uno que se llama Macabro? Me parece que algunas veces te he oído pronunciar ese nombre.

 

   - ¿Macabro? Sí, por cierto; conozco el nombre y la persona que lo lleva, si es la misma que...

 

   - ¿Hace mucho que no te ha visto?

 

   - ¡Diablo!, sí; unos veinte o treinta años... ¡Acaso más!

 

   - Pues bien, mejor! Déjate ver sin temor. Haz de hostelero y ya encontraremos medio de huir.

 

   - No será posible, hijo mío - dijo el marqués mientras seguía desnudándose - . Tenemos que habérnoslas con unos compañeros astutos. Figúrate que han llegado sin hacer más ruido que si hubiera sido un tropel de mulas andando al paso y conducidas por un solo hombre. Yo no sospechaba nada; la hostelera dormía junto al fuego; yo me hallaba en la sala leyendo la Astrée, esperando la hora...

 

   - ¡Escondamos la Astrée! Los cocineros no leen libros encuadernados con seda - dijo Mario, apoderándose del tomo que el marqués había colocado maquinalmente junto a su sombrero, al tomar posesión del cuarto del hostelero.

 

   Al mismo tiempo, a medida que el marqués se despojaba de una prenda de su indumento, el niño la ocultaba bajo los haces de un pequeño granero contiguo.

 

   - Pero ¿y tú?, pobre hijo mío - prosiguió el marqués, con la agitación que puede suponerse - , ¿no han adivinado que eres un hidalgo? ¿No te han hecho daño, Dios mío?

 

   - No, no; hablemos de ti, padre. ¿No has intentado huir antes de que apostasen sus centinelas?

 

   - ¡Claro que no! Yo no sospechaba nada. Hacían tan poco ruido, que creía que se trataba de una cuadrilla de arrieros; solamente después de bloquear la casa han levantado un poco la voz y entonces he visto por la ventana que estaba cogido en una trampa y que se trataba de la peor especie de asesinos y de ladrones. Me estuve quieto, pensando que no tardarían en marcharse; pero he oído algunas palabras en italiano que he comprendido a medias. Creo que quieren quedarse aquí hasta el alba. Entonces he pensado que cuando mis hombres no me vean llegar a Brilbault, donde me esperan a las diez, se preocuparán por mí y vendrán a buscarme aquí, donde saben que tengo que detenerme.

 

   - Lo mejor sería esperarlos. Esos reitres no son más que una docena; he podido contarlos aproximadamente, y cuando vean que llegan los nuestros, sabré abrirme paso hasta ellos con mi espada.

 

   - Padre - dijo Mario, que miraba por la ventana - , a estas horas son por lo menos veinticinco, porque acaba de llegar una buena partida. Los nuestros no piensan todavía en venir a buscarte, y de un momento a otro los reitres pueden registrar la casa de arriba abajo para saquearla.

 

   - Pues bien, hijo mío, ya estoy completamente disfrazado; quédate junto a mí, como para cuidar al hostelero enfermo. Si vienen, nos dejarán tranquilos. No se maltrata ni se rapta más que a las personas bien equipadas y bien vestidas... ¡Ah! ¡A propósito! Mi caballo puede darme a conocer. Han debido de verle.

 

   - Tu caballo está escondido, y el mío también.

 

   - ¿Sí? Entonces es que ese bravo mozo ha encontrado algún medio... ¿Pero por qué gritan así esos bandidos? ¿Lo oyes?

 

   - ¡Es que me llaman a mí! Quédate aquí, padre; no atranques la puerta; despertarías sus sospechas.

 

   ¡Mira! Entran en la sala que hay aquí debajo. ¡Voy! Procura oírlo todo; los tabiques son delgados; haz por comprender y estáte preparado para bajar si te llamo.

 

 

 




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