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| Amandine-Aurore-Lucile Dupin alias George Sand Los caballeros de Bois-Doré IntraText CT - Texto |
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- LII - Mario se deslizó como un gato por la escalerita que conducía desde la alcoba del hostelero a la sala principal y se encontró en presencia del capitán Macabro, quien en el mismo instante hacía su entrada por la escalera que partía de la cocina.
El teniente Saqueo se hallaba también presente en compañía de dos o tres tipos no menos patibularios.
La cara del personaje que llevaba el nombre siniestro de Macabro era al pronto menos desagradable que la del teniente. La de éste era pérfida y fría y tenía una sonrisa feroz. La de Macabro denotaba una rudeza embrutecida que quería parecer imponente.
En aquella faz, idiotizada por la fatiga y el vicio, no había sitio para una sonrisa. Los músculos parecían atrofiados y petrificados; los ojos, de color claro, tenían la fijeza de los ojos de esmalte. Las facciones acentuadas recordaban las de Polichinela, sin la expresión burlona y animada de aquél. Una gran cicatriz en la mandíbula había paralizado un lado de la boca y separaba en dos, de una manera singular, la barba, blanca y roja, que parecía estar torcida y en parte a contrapelo. Una gruesa verruga velluda aumentaba la chepa de su nariz preeminente. Un vello gris y erizado cubría sus dedos hasta las uñas.
Era bajo y delgado, pero ancho de hombros y recogido sobre sí mismo como un jabalí; del jabalí tenía también la tez rojiza y la cabeza casi sin cuello. Parecía ser muy viejo, pero todavía se notaba en él una fuerza hercúlea. Su voz áspera, siempre en el diapasón elevado que los tontos creen necesario para el mando militar, sonaba como un ronco trueno.
Llevaba, según la moda de los reitres una casaca y una escarcela de piel de búfalo y un morrión y una coraza de hierro barnizado. Una pluma negra, vieja y desbarbada, se alzaba sobre aquel casco negro y brillante. Llevaba una de esas anchas y fuertes espadas alemanas contra las que se partían fácilmente las brillantes lanzas de la gendarmería francesa; las pistolas de chispa, primera intentona de la pistola, a la cual nuestros soldados preferían aún, injustamente, las armas con rueda y mecha; el mosquete corto y la bandolera, guarnecida de pequeñas cartucheras de cuero negro que contenían las cargas de pólvora y de plomo, completaban el armamento de campaña del personaje.
Su séquito particular, o, según se decía también, sus lanzas, se componía de dos carabineros estradiotes y de dos soldados que alternaban las funciones de paje con las de herrador.
Llevaba, además, siete soldados de caballería ligera, bien armados y bien montados, que no se separaban nunca de él y que constituían su tropa más escogida. Al menos, así es como podemos traducir, por medio de equivalentes tomados en la costumbre de la época, los títulos y los grados de aquella compañía de aventureros extranjeros, de los que cada jefe modificaba, según su poder o su capricho, la organización, el equipo y los cuadros.
Mario no se había equivocado al calcular en veinticinco hombres el total de la partida que había llegado con el capitán, reunida con la que la había precedido, bajo las órdenes de su teniente.
- ¡Valiente posada! - exclamó el capitán con tono desdeñoso, mientras restregaba las gruesas suelas de sus enormes botas cubiertas de barro contra los travesaños pulcros y relucientes de una silla de nogal - . ¿Es éste un fuego para viajeros de noche? ¿Es que no hay leña en este barracón?
- ¡Ay!, señor - dijo la criada arrojando una brazada de retamas en la chimenea ya bastante encendida - , no podemos hacer más; estamos en país llano y hay poca madera.
- ¡Vaya una criada estúpida, y aun más fea que su ama, si es posible! - prosiguió el amable Macabro - . Mira, bella desdentada, así se calienta uno cuando la leña está cara.
Y arrojó en la vasta chimenea la silla sobre la que acababa de limpiarse los pies.
- Vamos a ver, teniente, - prosiguió fríamente, dirigiéndose a Saqueo - ; decís que hay aquí un pequeño harapiento enviado por esos...
- ¡Ya era hora de que te viese el pelo! - exclamó Saqueo, alzando un pie para empujar a Mario hacia el respetable capitán.
Mario esquivó el ultraje pasando ágilmente bajo la bota del reitre, y, acercándose al otro bruto, le dijo con aplomo:
- Soy yo; ya he dicho el santo y seña a vuestro teniente, y he aquí mi mensaje: No podéis permanecer en esta hostería porque una gran partida de gente armada va a llegar esta noche. No podéis atacar el castillo, que está bien defendido. Tenéis que volveros al sitio de donde venís, porque si no el asunto acabará mal para vosotros. Es Sancho quien os lo manda decir.
- El tal Sancho es un viejo idiota - contestó el capitán.
Y acompañando cada una de sus palabras con una blasfemia que no es necesario reproducir para dar una idea de la amenidad de su conversación, añadió:
- No he andado cien leguas en país enemigo para marcharme con las manos vacías. Vete a decir al que te envía que el capitán Macabro conoce el país mejor que él y que le importa muy poco lo que llaman un castillo bien defendido. Dile que tengo cuarenta jinetes, puesto que van a llegar quince más a las órdenes de mi esposa, y que cuarenta reitres valen por todo un ejército. Conque lárgate y pronto, con mil diablos, perro gitano.
- No le despidáis, capitán - dijo Saqueo, que parecía ser el más juicioso de los dos - ; no nos conviene seguir asociados con ese loco de español y esa chusma de egipcios. Es inútil que el chico vaya a decirles que persistimos en nuestros proyectos. Nos seguirían y no harían más que estorbarnos y merodear en torno nuestro. Haced lo que os ha dicho vuestra mujer. Permaneced aquí hasta media noche, y aun llegaréis mucho antes de que amanezca, puesto que no hay más que dos leguas de aquí a Briantes. Por lo tanto, no dejéis salir a este muchacho. Si queréis, puedo arrojarle por la ventana, y así no habrá miedo de que pueda escaparse.
- ¡No! ¡Nada de extremos inútiles! - gritó el capitán con su voz de falsete - . Me he vuelto hombre dulce y humano desde que tengo una esposa de corazón sensible... ¿La casa está guardada como es debido?
- Una mosca no entraría sin mi permiso.
- Entonces cenemos en paz en cuanto llegue mi Proserpina... ¿Habéis dado órdenes?
- Sí; pero a pesar de las buenas noticias que nos ha dado madame Proserpina acerca de las dulzuras de este albergue, creo que tendremos una triste comida. El gran cocinero de quien os habían hablado está medio muerto en su cama, y la hostelera no tiene cabeza para nada. El criado es un traidor, que debemos vigilar, y la sirvienta una vieja idiota, que lo rompe todo y no sirve para maldita la cosa.
- ¡Es que vos le habláis con dureza, amigo mío! Tenéis siempre la amenaza y el insulto en la boca. ¡Mil rayos! Mi esposa os lo ha dicho muchas veces: no tenéis mundo. ¿Dónde está esa hostelera del demonio? Con veinte bofetadas voy a levantarle los ánimos.
Y yendo pesadamente hasta la escalera, llamó a madame Pignoux con los epítetos más groseros, sin duda para dar a su teniente un ejemplo de dulzura y de cortesía.
Toda esta conversación tenía lugar en francés.
Macabro era de origen alemán; pero había nacido en Bourges y pasado su juventud en el Berry. Aparte de cierto vocabulario, que utilizaba para sus voces de mando, hablaba mal y a disgusto el idioma de sus padres. El italiano Saqueo mascullaba el francés con más facilidad que el alemán. Por lo tanto, cuando querían emplear este idioma les costaba trabajo comprenderse, y, además, en aquel momento se sentían tan dueños de la situación, que no se dignaban dominarse ante Mario y los de casa. Mario, que había arriesgado mucho al intentar hacer que los reitres se volviesen atrás, y que podía ser desmentido de un momento a otro por algún enviado verdadero de Sancho o de La Fleche, comprendió que hubiera sido demasiada osadía insistir. Fingió indiferencia y despreocupación mientras preparaba la mesa, pero sin perder una palabra de lo que hablaban los dos bandidos.
Sancho había prometido realmente que enviaría un mensajero a Etalié, donde había señalado la última etapa de los reitres. Pero aquel mensajero era un gitano, y como esperaba que se lograría la ocupación y el saqueo de Briantes sin la ayuda de los alemanes, se guardó mucho de cumplir el encargo y se fue a merodear por la aldea abandonada, esperando la hora en que sus compañeros habían de asaltar el castillo.
La hostelera, tan cortésmente llamada por Macabro, subió y le hizo frente con valor.
- ¿A qué sirven las palabrotas, capitán Macabro? - dijo poniéndose en jarras - . Hace mucho que nos conocemos, y ya sé que pagaréis vuestro escote y el de vuestros lansquenetes con juramentos y estropicios. No os recibo por mi gusto y no ignoro que más bien lo hago por mi ruina. Pero soy una mujer razonable y no soy tonta. Hago de tripas corazón y os sirvo lo mejor que puedo, para evitar los malos tratos y verme cuanto antes libre de vuestra presencia. Si vos también, capitán, tenéis algo de buen sentido, comprenderéis que no hay que molestarme inútilmente, sino dejarme en paz y tener en cuenta que yo sé freír y asar tan bien como cualquiera.
- ¿Y quién eres tú, vieja charlatana? - preguntó el capitán, esforzándose en girar su cuello anquilosado en su alzacuello de hierro para mirar a madame Pignoux.
- Mi nombre es María Mouton, y fui vuestra cantinera durante el sitio de Sancerre; tanto es así, que un día os guisé un viejo capón, con el que os chupasteis los dedos.
- Es posible; me acuerdo del capón, que era bueno, pero no de ti, que eres fea... Pero si has servido a la buena causa, te perdono tu charla.
- ¿Y a qué llamáis ahora la buena causa? ¡Tantas veces habéis cambiado vos y los vuestros!
- ¡Callaos, señora cotorra! No discuto de religión con gentes de vuestra especie.
- Además - dijo Saqueo burlonamente - , sabréis que la buena causa es siempre la que nosotros servimos.
- No es hora de charlar - prosiguió Macabro - cuando mi Proserpina está al llegar, y te mando que te apresures.
- No puedo darme más prisa - contestó la Pignoux - . ¿Por qué me habéis mandado subir?
- Porque quiero que tu marido, que dicen que es un cocinero notable, se levante, aunque reviente, y eche una mano.
- Eso no puede ser; mi hombre está baldado por los dolores y ya hace mucho que no guisa.
- ¡Mientes, amiga mía! Tu hombre es un secuaz del viejo... ¡Basta! Ya tengo noticias de vosotros, y mi esposa me ha dicho...
- ¿De qué viejo queréis hablar?
- ¡Me parece que me interrogas! - dijo el capitán, con una dignidad grotesca, que él afectaba de buena fe.
- ¿Por qué no? - repuso la hostelera - . ¿Y quién es vuestra esposa, para haberos informado tan bien?
- Retén tu lengua, y cuando llegue mi diosa, sírvela de rodillas - dijo Macabro con una fatuidad que hizo que su boca sesgada llegase hasta su ojo izquierdo.
Luego, volviendo a su idea fija, que era comer bien y regalar a su diosa, insistió en que el hostelero se levantase.
¡Por el infierno! - exclamó Saqueo desenvainando su espada; no es cosa difícil. Siempre he oído decir que es bueno sacudir las partes enfermas para darles soltura, y sabré descubrir a ese supuesto moribundo dondequiera que esté escondido. Venid conmigo, estradiotes, y meted la espada por todas partes.
- Es inútil - exclamó Mario precipitándose ante la tizona desenvainada - ; voy a buscarle; yo sé donde está maese Pignoux.... le conozco, y cuando le diga que tiene el honor de recibir al capitán Macabro en persona, acudirá en seguida.
- Este chico me gusta - dijo Macabro viendo salir a Mario - . Se lo regalaré a mi esposa para que le sirva. Todos los días me pide un paje de buen ver.
- No haréis nada de provecho con un gitano - dijo Saqueo - . Éste tiene un aire descarado y burlón.
- Os equivocáis. Yo le encuentro gracioso - repuso el capitán.
No le gustaba que le contradijeran y desde hacía unos días el teniente se tomaba con él confianzas excesivas, por causas que no tardaremos en conocer y que Macabro empezaba a sospechar.
El marqués, preocupado por Mario, estaba en un pasillito que había cerca de la sala y se esforzaba en oírlo todo; pero su oído no percibía más que trozos de conversación; Mario, al ir a buscarle, se apresuró a ponerle al corriente en pocas palabras.
No tuvo tiempo ni quiso decirle lo que ocurría en Briantes; comprendía que el marqués tenía bastante que hacer con salir de aquel apuro y que no debía preocuparle con nuevas inquietudes.
Como los reitres ignoraban también el ataque precipitado de los gitanos, no había peligro de que el marqués se enterase hasta que él creyese conveniente decírselo.
¿Pero tal ocasión llegaría? Una persona de experiencia hubiera juzgado desesperada la situación actual, y el marqués, que no conocía más que una parte de las cosas, la juzgaba muy grave. Pero Mario poseía la fe dichosa de la infancia; no veía toda la magnitud del peligro.
- Si salimos de aquí, como espero - pensaba - , no nos reiremos poco mi padre y yo de la facha que tenemos en este momento.
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