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| Amandine-Aurore-Lucile Dupin alias George Sand Los caballeros de Bois-Doré IntraText CT - Texto |
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- LIII - El pobre marqués, disfrazado de cocinero, estaba realmente muy cómico.
Había hecho las cosas a conciencia. Se había quitado la peluca, ocultando su cráneo desnudo bajo un bonete almidonado en forma de molde de repostería.
De esta manera, con su cara privada de sus bucles de ébano y embadurnada con hollín y con sus grandes manos blancas convenientemente embadurnadas también, haciendo juego con su rostro, estaba casi desconocido.
Se las había arreglado de manera que ocultaba completamente su fina camisa bajo un blusón campesino, y se había calzado unas malas zapatillas de fieltro; un mandil grasiento disimulaba sus calzas de paño, que no eran excesivamente llamativas, porque con motivo de la expedición nocturna a Brilbault se había vestido muy sencillamente, lo cual resultaba beneficioso en la presente circunstancia.
Como Mario le había advertido que Macabro parecía ser un bruto, tonto y vanidoso, comprendió que debía tratar de inspirarle confianza, y desde las primeras palabras se dio cuenta de que no había hipérbole, por exagerada que fuese, que no pudiera hacerle tragar.
- Ilustre y valeroso capitán - le dijo haciendo un saludo hasta el suelo - , os ruego disculpéis la tontería de mi mujer, que no ha sabido darme a conocer qué gran hombre de guerra y de talento teníamos en casa. Es verdad que estoy enfermo de gota; pero vuestro aire simpático y marcial haría resucitar a un muerto, y recuerdo demasiado el haber servido bajo vuestro estandarte para no querer, aunque dejase mi vida en la lumbre de mis hornillos, volver a serviros con el pequeño talento que el cielo me ha concedido.
- Bien, bien - dijo Saqueo al capitán - ; no hay nada como saber amenazar a tiempo; he aquí que ahora todos pretenden haber servido a vuestras órdenes.
- Para el caso es lo mismo - repuso Macabro - , con tal de que me sirvan bien ahora. Y al fin y al cabo, señor teniente, no creo que sea imposible el que este viejo me haya conocido antaño en las guerras de la provincia. Mi persona hizo bastante para que haya quedado memoria de ella. ¡Cocinero!, a los postres me contarás tus campañas, porque ya veo por tu aire y tus andares que la gota no te ha quitado el tipo militar. Hueles de una manera extraña - añadió sorprendido por el perfume que a pesar del disfraz, exhalaba la persona del marqués - ; parece un olor a dulce. ¡Bueno! ¡Apuesto que has sido lansquenete!
- Lo fui durante un año - contestó Bois - Doré, que sabía de memoria toda la existencia aventurera de maese Pignoux y la borrascosa juventud de Macabro - . Y bien os vi perseguir a los hugonotes de Bourges, cuando las matanzas en las cárceles, en compañía de aquel terrible viñador a quien llamaban el Gran Vinagrero...
- ¡Ah! - exclamó el teniente, mirando a su capitán con aire burlón - . ¿No decía yo que fuisteis un gran papista, mi capitán?
- Cada cosa en su tiempo - repuso Macabro, con calma filosófica - ; mi padre, que era entonces capitán de la torre principal de Bourges, con el difunto monsieur de Pisseloup, protegió cuanto pudo a los pobres calvinistas del país... Yo me aparté cuando no tuve más remedio; pero he vuelto al buen camino y obro con más franqueza que vos, señor italiano, que lleváis escapularios bajo vuestro corselete alemán.
El italiano contestó con acrimonia, y Macabro, molesto al verle elevar la voz en presencia de sus pajes y de sus estradiotes, aunque entendiesen poco francés, le impuso silencio y preguntó al marqués la lista de la comida que podía servirle.
Bois - Doré, que había provocado el incidente de las matanzas católicas precisamente para enterarse de las aguas en que navegaba en la actualidad el viejo Macabro, se sintió más tranquilo.
Aquel jefe de partido no podía obrar bajo la protección del príncipe de Condé. Tuvo la presencia de ánimo de hablar de cocina como hombre entendido en la materia, y como durante las dos horas de estancia en la hostelería había, a modo de pasatiempo, tratado de esta grave cuestión con madame Pignoux, conocía a fondo el contenido de la despensa y los recursos de la bodega.
- Tendremos - dijo - el honor de ofreceros un cuarto de jabalí aderezado con especias, del cual me hablaréis; una buena fuente de cangrejos de Issoudun hervidos en cerveza...
- ¡Supongo que con mucha pimienta! - dijo el capitán - . A mi esposa le agradan los manjares de gusto subido.
- Se le echará pimienta de España.
Y después de enumerar todos los platos, el marqués añadió:
- ¿Pero no le agradarían a vuestra ilustre dama algunos manjares dulces después del asado?
- ¡Diablo!, sí. Iba a olvidar que me ha recomendado cierta tortilla de almizcle...
- ¿Vuestra señoría quiere acaso decir pistachos? Es una invención mía.
- ¡Ah! ¿Sí? Ella me había dicho que era una invención del viejo...
- ¿Del viejo? ¿Quién se atreve a vanagloriarse de haber inventado antes que yo la tortilla de arroz con pistachos?
- Pues el viejo Bois - Doré, ya que hay que nombrar a ese majadero.
Bois - Doré se mordió el bigote.
- ¿Y quién - dijo - hace al marqués el honor de repetir sus fanfarronadas cocineriles? ¿Vuestra señora esposa se jacta de conocerle?
- Así parece - contestó Macabro - , y además, viejo bribón, ya sé que eres un humilde servidor de ese canalla de falso marqués, tu maestro de cocina. ¡Pero no me importa! ¡Estás bien vigilado y tus orejas me responden de tus guisotes!
El marqués vio que no le quedaba más salida que hablar mal de sí mismo, y no se privó de hacerlo, rebajando cuanto pudo su nobleza y su carácter en términos bastante cómicos, pero sin poder resolverse a unir a su nombre maldecido y calumniado el epíteto de viejo que su contemporáneo Macabro usaba con orgullo contra él.
Macabro insistió de un modo desagradable.
- Ese cacoquimio - dijo - debe de estar muy decrépito, porque la última vez que le vi era un mozuelo larguirucho, sin pelo de barba, y a poco, por descuido, le parto por la mitad.
- ¿De veras? - dijo Bois - Doré recordando la aventura de su juventud, que había contado recientemente a Adamas - . ¿Le hicisteis el honor de mediros con él?
- No, buen hombre, no me rebajé hasta ese punto. Él iba a caballo, llevando municiones de guerra a nuestros enemigos. Le cogí por una pierna, le tumbé a mis pies y, dejándole por muerto, me apoderé de su cargamento.
- ¿Que consistía en pólvora y balas? - preguntó Bois - Doré, que no podía menos de reír para sus adentros de las fanfarronadas del hombre a quien él había tumbado de un puntapié y del re cuerdo de aquel famoso cargamento de municiones, que consistía en juguetes de niño.
- Era una buena presa - contestó el capitán - . ¡Pero basta de hablar, viejo charlatán! Vete abajo a vigilarlo todo.
Bois - Doré, despedido, se vio obligado a abandonar a Mario, a quien el capitán retuvo.
Al salir, cambió con su hijo una mirada llena de angustia, que el niño le devolvió llena de confianza. Sentía que Macabro no estaba dispuesto en contra suya.
- Bueno, muchacho - dijo el capitán - , adelántate y dime quién eres, si es que lo sabes.
- Pues la cosa es que no lo sé, mi capitán - contestó Mario, que aun no había olvidado el modo de hablar de los gitanos; soy un niño robado o encontrado en algún camino por los estradiotes negros, llamados egipcios.
- ¿Qué sabes hacer?
- Tres grandes cosas - dijo Mario, que recordó oportunamente las bellas divisas de La Fleche - : ayunar, velar y correr; con esto se va lejos y se sale bien de todo.
- Tiene ingenio - dijo Macabro mirando a su teniente, quien para demostrar su mal humor lo volvía la espalda y estaba sentado a horcajadas sobre su silla, con la cabeza y las manos apoyadas sobre el respaldo, junto a la lumbre.
Macabro encontró aquella postura indecente, y se lo reprochó en términos cínicos. Saqueo se levantó sin decir nada y salió.
Mario lo observaba todo, y la enemistad de los dos jefes le pareció de buen agüero.
Se prometió sacar partido si la cosa era posible y la ocasión se presentaba.
Macabro reanudó la conversación con él.
- ¿Cómo es - le preguntó - que la noche pasada no te he visto en Brilbault?
Mario no se inmutó.
- No estaba allí - dijo - ; estaba recogiendo gallinas por los alrededores, con el solo objeto de preservarlas contra el zorro y la pepita.
- ¿Sabes robar gallinas? ¡Muy bien!, es un don de la Naturaleza que puede aprovecharse. Pero dime si el español ha acabado de reventar.
- ¿Monsieur de Alvimar? - dijo Mario, que iba comprendiendo el relato de Pilar y no lo consideraba ya como un sueño.
- Sí, sí - dijo Macabro - , ese perro de papista que me ha removido el estómago con sus padrenuestros.
- Ha muerto esta mañana.
- ¡Ha hecho bien el imbécil! ¿Y Sancho? Ese vale más; es un beatón, pero, sin embargo, entiende de negocios. ¿Dónde está a estas horas?
- Se oculta.
- ¿Por qué no ha venido aquí a reunirse conmigo?
- Ya os he dicho que hay peligro para vos, y él lo sabía.
- ¿Qué peligro? ¿Nos hará traición el viejo Pignoux?
- No, el pobre hombre no sabe nada de nada. ¿Y qué podría hacer contra vos?
- ¿Pero quién nos amenaza?
- Unos señores que os buscan en Brilbault en este momento y que van a volver a pasar por aquí con un gran séquito para ir a dormir a Briantes.
- ¿Los has visto tú?
- Sí.
- ¿Cuántos son?
- ¡Acaso doscientos jinetes! - dijo Mario, que creía asustar a su interlocutor.
- ¿Entonces la cosa está descubierta? - preguntó éste con cierta vacilación.
- Así parece.
El capitán pareció reflexionar, si es que su rostro de piedra podía indicar alguna preocupación moral.
El corazón de Mario latía bajo sus andrajos. Por un instante abrigó la esperanza de que su ardid tendría éxito y de que Macabro se decidiría a volverse atrás. Pero el capitán se puso a hablar en alemán con sus estradiotes, que salieron al punto, y Macabro volvió a su graciosa postura, con una pierna sobre el morrillo de la chimenea y la otra sobre la silla que el teniente había abandonado.
Mario se atrevió a interrogarle:
- Y bien, mi capitán, ¿vais a volver a...?
- ¿A Linières? ¡No, por cierto, amigo mío! Mis caballos están cansados y mi gente también. Y he dormido tan mal en Brilbault la noche pasada, que quiero descansar aquí. ¡Pobre del que venga a molestar!
Estos proyectos de sueño hicieron de nuevo renacer la esperanza de Mario.
- Si están muy cansados - pensó - , llegará un momento en que podremos huir.
- No contaba, como el marqués, con la llegada de sus amigos y de sus gentes. Pilar había debido avisarles de la toma del patio de Briantes, y sin duda todos se habrían precipitado en tal dirección con la esperanza de encontrar al marqués, porque la gitanita, que tenía la inteligencia más clara de lo que correspondía a su edad, les habría comunicado sin duda que Mario había ido por su parte, a avisar a su padre.
Mientras hacía estas reflexiones, el teniente Saqueo entró y se dirigió a Macabro, que se adormilaba ante la lumbre.
- Capitán - le dijo con un tono medio humilde y medio arrogante - , permitid que os diga que gracias a vuestra idea de hacernos avanzar por pequeñas partidas estamos perdiendo el tiempo; vuestra mujer y su séquito no llegan, y si permanecéis mucho rato en la mesa, según vuestra costumbre, todo puede fracasar. No se trata de celebrar un festín, sino de comer de prisa, dormir dos horas y avanzar sin dar tiempo a los transeúntes para que lleven la noticia de nuestra llegada.
- ¡Suprimid los transeúntes! - contestó tranquilamente Macabro - . ¿No es cosa convenida? No os costará mucho trabajo, pues desde Linières no hemos encontrado un gato, y este país está vacío, como una iglesia en el 62. Pero son palabras inútiles. Oigo la voz de Proserpina. ¡Ya llega! Acudamos a recibirla.
Al hablar en esta forma, Macabro se levantó pesadamente y bajó a la cocina.
- El capitán envejece - dijo Saqueo en italiano a uno de los herradores que se habían quedado plantados ante la puerta como estatuas.
- No es eso - contestó el reitre - , es que se ha casado, lo que es peor, porque así no se piensa más que en la boda y no se tiene energía cuando hace falta.
Mario, que estudiaba el italiano con Lucilio, comprendió poco más o menos estas palabras y siguió al teniente y a los dos reitres a la cocina.
Tan pronto como entró, y sin ocuparse de los que llegaban y obstruían la puerta, se deslizó hasta Bois - Doré, que guisaba lo mejor que podía en compañía de madame Pignoux, pensando que cuanto antes estuviese el enemigo sentado ante la mesa antes se ofrecería alguna posibilidad de evasión.
- ¿Eres tú, hijo mío? - dijo el marqués en voz baja - . ¿No te han maltratado?
- No, no - contestó Mario - . Somos muy buenos amigos el capitán y yo. Déjame que te ayude, padre. Podremos hablar mientras no se ocupan de nosotros.
- Muy bien, pero no nos miremos. Mira cómo me las arreglo para hablar con la hostelera. ¡madame Pignoux! - gritó - . ¡Dadme la mantequilla!
Y añadió por lo bajo:
- ¿Quién llega, buena mujer?
- Una dama que se apea del caballo. No os volváis por si acaso os conoce.
- Niño, dame la pimienta - dijo el marqués, dando una palmada sobre el hombro de Mario.
Y le dijo al oído:
- No te vuelvas tú tampoco.
- Madame Pignoux - añadió inclinándose hacia la hostelera - , haced por verle la cara.
- No la conozco - contestó la Pignoux - ; tiene un matorral de cabellos y de plumas... ¡Es una buena moza!
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