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Amandine-Aurore-Lucile Dupin alias George Sand
Los caballeros de Bois-Doré

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  • Tomo II
    • - LIV -
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 - LIV -

   Nuestros tres personajes se hallaban en el extremo de la cocina, junto al fogón, de espaldas a la puerta y frente a una ventana de la planta baja, ante la cual veían pasar incesantemente las siluetas de los reitres que hacían centinela.

 

   Había dos a cada lado de la casa, lujo inútil, puesto que aquella casa no tenía más que dos puertas: la que daba a la carretera y la de la despensa, que daba a un pequeño jardín cercado de vallas.

 

   Todas las ventanas de la planta baja y del primer piso tenían sólidas rejas. Era inútil, por lo tanto, pensar en escaparse.

 

   Sin embargo, el marqués suspiraba con impaciencia:

 

   - ¡Ay, hijo mío! - decía Mario - . ¿Por qué estarás tú aquí? Con este cuchillo de cocina ya me sabría yo librar de los dos centinelas que están delante de la puerta de la despensa. Pero contigo... no me atrevo; soy cobarde.

 

   - Y si mi hombre estuviera aquí - añadía Pignoux - , aunque es viejo, entre él y Santiago se las entenderían con los otros dos. Pero mucho me temo que hayan matado a mi buen criado... ¡Ah! ¡Dios mío! ¡Aquí está! ¡Ved cómo le han puesto esos malditos! ¡Está ensangrentado!

 

   Santiago «el Mellado» era feo, solapado y tenía mal genio; pero era valiente y fiel.

 

   - No es nada - dijo - ; dadme un trapo para limpiarme la cara.

 

   - Pero si te han descalabrado, mi pobre amigo - dijo el marqués, dándole su pañuelo de encaje, que se había dejado olvidado en el bolsillo de sus calzas.

 

   Mario se apoderó del pañuelo, que hubiera podido delatarles como hidalgos, y lo arrojó al fogón encendido, donde ardió como una cerilla.

 

   Santiago se limpió la sangre y vendó su herida con una servilleta.

 

   - No os preocupéis - dijo a madame Pignoux - ; me han dejado volver aquí para servirles; dadme el cuchillo, y la noche no se acabará sin que destripe a alguno de ellos.

 

   - Te matarían - dijo la hostelera.

 

   - No importa - contestó Santiago.

 

   - Pero harías que nos matasen a nosotros también.

 

   - Santiago - dijo el marqués - . Mira este niño. Si puedes, haz que salga de aquí; pero si nos quieres, sé prudente.

 

   Santiago miró a Mario a hurtadillas y, sin contestar, fue repetidas veces a la despensa como ocupado en sus obligaciones, pero en realidad para examinar a los reitres que hacían centinela con la regularidad de dos autómatas.

 

   - Esos perros alemanes - dijo al marqués - ni duermen, ni beben, ni comen hasta que han matado a todo el mundo.

 

   - Y conocen la disciplina - contestó el marqués suspirando - . ¡Ah! No se puede negar que los reitres son unos buenos soldados. Si el gran Enrique hubiera tenido diez mil de ellos, hubiera sido rey diez años antes.

 

   - Trabaja, padre, trabaja - dijo Mario - ; el teniente te está mirando.

 

   - Puede mirarme, hijo mío; sé manejar la sartén tan bien como el mismo maese Pignoux.

 

   - Es la verdad - dijo la hostelera - . Juraríase que no habéis hecho otra cosa en vuestra vida.

 

   - He aprendido en campaña, madame Pignoux; he guisado para mi Enrique con la espada al flanco y el casco puesto. ¡Quién me hubiera dicho que un día había de guisar para Macabro y su cara mitad! Supongo que será una cualquier cosa.

 

   En aquel momento la voz de madame Proserpina se elevó sobre las demás:

 

   - ¡Puah! ¡Cómo huele a quemado! - gritaba - . Esto es una peste. Subamos, subamos pronto. Vamos, teniente, dadme la mano. ¡Mil rayos!

 

   Monsieur de Bois - Doré y su hijo se miraron y al punto se inclinaron sobre sus cazuelas.

 

   Aquella amazona, que después de conversar y discutir confidencialmente a la puerta de la hostería con el capitán y el teniente cruzaba la cocina pavoneándose con su lujoso indumento de guerrera y agitando su voluminosa cabellera de un rubio ardiente bajo su chambergo cubierto de plumas abigarradas; aquella madame Proserpina, esposa más o menos legítima del capitán Macabro, era la antigua ama de llaves del marqués, la enemiga personal de Mario, la Guillette Carcat de La Châtre, la Belinda de Briantes.

 

   - Estamos perdidos - pensó el marqués - ; nos reconocerá.

 

   - Estamos salvados - pensó Mario - ; no nos reconoce.

 

   Y para disfrazarse mejor se puso un mandil con un peto que le llegaba hasta la barbilla y restregó sus manecitas, llenas de carbón, sobre sus mejillas sonrosadas.

 

   Belinda pasó sin volver la cabeza. Pero era inútil pensar en evadirse. Madame quería ser servida en el acto.

 

   La dulzona y gazmoña ex ama de llaves había sufrido una rápida metamorfosis. Al hacerse la compañera del viejo bandido, había adquirido las maneras soldadescas y el tono imperioso y violento, que al fin y al cabo eran la expresión de su verdadera naturaleza, comprimida y disfrazada en Briantes desde hacía mucho tiempo. Su cuerpo, se había desarrollado con la misma exuberancia. Como ya no se veía obligada a ocultarse para saborear licores y dulces robados, se había entregado de lleno a su golosa pasión. Macabro, que guardaba siempre la mejor parte en los saqueos, se cuidaba de aprovisionar abundantemente a su compañera de dinero, víveres y bebidas; de este modo ella ahogaba en los excesos de los festines el remordimiento y el asco de ser la manceba de aquel monstruo.

 

   El placer de no hacer nada más que cabalgar y mandar era para ella una compensación más. Las intemperancias de su nueva vida aventurera habían alterado sus facciones y duplicado su volumen. Su cara, coloreada por naturaleza, había adquirido ya los tonos jaspeados de la depravación y el matiz amoratado de los excesos. Orgullosa por su abundante guedeja roja, la esparcía sobre sus hombros con una afectación ridícula, y se adornaba sin discernimiento con todos los objetos que maese Macabro conquistaba, valiéndose de la traición más que de la guerra franca.

 

   Madame tenía mucha prisa por comer y beber; había hecho una larga caminata a caballo y se regalaba con la idea de conocer, al fin, los famosos guisos de maese Pignoux, cuyas alabanzas había oído tan frecuentemente en Briantes.

 

   Le tenía sin cuidado que veinticinco buenos soldados (unos verdaderos granujas, para poner las cosas en su punto) esperasen ante la puerta con el estómago vacío. No le preocupaba lo más mínimo el que su manera de proceder les disgustase o no; se atrevía a todo, porque su imbécil amante le había dado el grado de teniente y el mando de una parte de su banda, a la que ella asociaba en sus beneficios cuando estaba de buen humor y que le era fiel por interés.

 

   Los que habían venido con ella tomaron posesión de la cocina, mientras que los otros eran relegados a la cuadra o recibían la orden de hacer la ronda y montar la guardia. Los primeros contaban con los restos de la comida de su teniente y demostraron gran actividad en hacer que le sirvieran; unos ponían la mesa, injuriando y zarandeando a las criadas, mientras los otros obligaban a darse prisa al cocinero Bois - Doré, a su supuesta mujer y a Mario, el marmitón improvisado.

 

   Era inútil pensar en cambiar impresiones. Había que guisar, y se guisaba sin descanso.

 

   Esta fue una de las aventuras de la vida del marqués en que él se mantuvo a la altura de los acontecimientos.

 

   Hizo guisos dignos de mejor suerte, salpimentó y dispuso los manjares, engrasó la sartén y volvió las tortillas con ademanes llenos de tal maestría, que acabó por imponer respeto a aquellos herejes a pesar de su impaciencia.

 

   En el momento en que se disponía a servir la sopa, el marqués vio que Santiago «el Mellado» alargaba el brazo como para salpimentarla por segunda vez. Maquinalmente rechazó su inútil ayuda; pero la insistencia del Mellado le sorprendió; le cogió la mano y le pareció que la sal que llevaba tenía un aspecto singular.

 

   - Dejadme - dijo Santiago - ; les gusta la sopa muy salada.

 

   Su extraña sonrisa hizo que el marqués comprendiera.

 

   - Santiago - le dijo en voz baja - , nada de veneno; es una cobardía, y la cobardía trae mala suerte. Solamente Dios puede salvarnos. No le ofendamos.

 

   Santiago dejó caer los polvos con que se proponía sazonar la sopa de los amables huéspedes del Gallo Rojo. El gesto generoso y novelesco del marqués le parecía inexplicable, pero se sometió con una especie de terror supersticioso.

 

   Bois - Doré entregó la sopa y el primer servicio a los barbudos pajes de madame Proserpina; tuvo un momento de respiro; parecían dispuestos a dejarle un poco más de libertad.

 

   El mismo Mario iba de vez en cuando hasta el umbral, y en aquel momento lo hubiera sido fácil huir fingiendo ir a buscar leña bajo el cobertizo; pero se guardó mucho de proponérselo a su padre; éste hubiera exigido que aprovechase la ocasión, y por nada en el mundo hubiera querido el niño separarse de él.

 

   - Si matan a mi padre - pensaba - , quiero morir con él; pero conservaré hasta el fin la esperanza de salvarle.

 

   Madame Pignoux también empezaba a concebir algunas esperanzas. Los hombres de la teniente parecían más descarados, pero un poco menos siniestros que los que les habían precedido en la cocina.

 

   Casi todos eran franceses y jóvenes. Mandaban con tanto cinismo como los otros, pero había en sus maneras una especie de buen humor, que permitía esperar un fondo de bonachería o al menos algún momento de olvido.

 

   Pero una orden partió de lo alto de la escalera y fue a caer como un rayo sobre los cautivos. Madame Proserpina llamaba a su presencia a maese Pignoux y a su mujer.

 

   - ¡Iré; voy corriendo! - exclamó la anciana subiendo la escalera.

 

   Y al presentarse ante la teniente solicitó respetuosamente sus órdenes, cuidando de parecer que no la reconocía o que la consideraba desde el primer momento como a persona bastante más importante que la ex encargada de pasear los perritos del marqués.

 

   - Mis órdenes son que vuestro esposo venga también - contestó la Belinda, halagada por la sumisión de madame Pignoux - . Id a buscarle, buena mujer.

 

   - Dispensadme - dijo la Pignoux - ; mi hombre se halla con los apuros de su trabajo y no está presentable con su delantal y su gorro sucios ante una dama como vos.

 

   - ¿Es que tú te crees más presentable, vieja bribona? - gritó el capitán - . A mí no me la das, ¿sabes? Quiero verle la cara al belitre de tu marido y no valen disculpas. Y vosotros, pícaros - dijo a los criados de Proserpina - , ¿cómo es que cuando vuestro teniente os manda algo necesita repetíroslo dos veces? ¿Es que voy a tener que ir yo mismo a buscar a ese traidor?

 

   En el mismo momento Bois - Doré, a quien ya habían obligado a subir la escalera, penetró en la sala empujado con tal violencia, que poco le faltó para caer a los pies de Proserpina.

 

   El pobre Mario le seguía temblando de miedo por él y de rabia contra los reitres. Si su viejo padre se hubiera caído, el niño, perdiendo la paciencia, se hubiera dejado hacer trizas por defenderle.

 

   Afortunadamente para los dos, el marqués no perdió la cabeza y se decidió a afrontarlo todo, contando con el éxito de su disfraz.

 

   La casualidad quiso que Proserpina no prestase la menor atención a su cara. Conocía muy bien al verdadero Pignoux; al pronto no se dignó alzar la mirada hacia él, porque estaba distraída por las atenciones excesivamente familiares que tenía con ella el teniente Saqueo, que, sentado a su lado, aprovechaba todos los instantes en que Macabro no le observaba con demasiada atención.

 

   Por lo tanto, el marqués pudo colocarse detrás de Proserpina con la actitud de un servidor respetuoso que aguarda órdenes, y hábilmente hizo que Mario se colocase detrás de él.

 

   - ¡Ah! ¡Por fin estás aquí, racimo de horca! - exclamó el capitán, pegando un puñetazo sobre la mesa - . Tu temor nos revela tu traición, y veo claramente tus malos designios.

 

   Bois - Doré, creyéndose descubierto, estuvo a punto de mandar el disfraz al diablo y esgrimir el cuchillo de cocina, para morir, al menos, sin ser insultado; pero la presencia de Mario paralizaba su valor. Incierto acerca del sentido de las palabras que le dirigían, se guardó de contestar, no queriendo dejar oír su voz a Proserpina.

 

   Se contentó con mirar fijamente a Macabro; esta actitud era, sin que él lo sospechase, la mejor que podía adoptar.

 

   - ¡Vamos! ¿Hablarás? - gritó de nuevo el capitán, que, preocupado al principio, parecía tranquilizarse ante aquel aire de candor - . ¡Te las das de tonto, granuja! Sin embargo, no ignoras que al no presentarte aquí en persona y al resistirte a cumplir con tu deber has faltado a todas las reglas y a todas las obligaciones de tu oficio.

 

   Bois - Doré, decidido a no hablar, hizo una pantomima, que equivalía a un gesto interrogativo y que significaba: «¡De qué se trata?»

 

   - ¿Has perdido el habla, tú que tan bien charlabas hace un rato? - prosiguió Macabro - . ¿O ignoras, triple idiota, que el hostelero debe probar antes que nadie los manjares y las bebidas que presenta? ¿Te crees que estoy lo bastante seguro de ti para exponerme a ser envenenado?... Vamos, pronto, mala bestia, traga lo que ves en este plato y en este cubilete, o si no te haré tragar mi tizona.

 

   Al mismo tiempo mostraba al marqués un plato en el que había puesto una parte de todos los manjares servidos en la mesa y un cubilete lleno de vino tomado de todos los jarros.

 

   El marqués se tranquilizó al ver de qué se trataba, tanto más cuanto que Proserpina no lo miraba en el momento en que tuvo que inclinarse sobre la mesa para tomar el plato y el vaso.

 

   La costumbre de obligar al hostelero a probar los guisos había caído en desuso desde el fin de las grandes guerras civiles, al menos en las provincias del centro. Ni los viajeros usaban de este derecho ni los hosteleros empleaban el de desarmarles antes de que entrasen en la casa.

 

   Pero Macabro procedía como en país conquistado y hubiera sido inútil discutir el derecho del más fuerte. El marqués se sometió valientemente con una sonrisa desdeñosa por el insulto hecho a su lealtad. Tomó silenciosamente el contenido del plato y del vaso, mientras lanzaba a Santiago «el Mellado» una mirada que significaba claramente: «Ves, Santiago, la generosidad trae suerte.»

 

   Y Santiago, que adoraba al marqués, se persignó al volver a la cocina.

 

 

 




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