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| Amandine-Aurore-Lucile Dupin alias George Sand Los caballeros de Bois-Doré IntraText CT - Texto |
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- LV - Todo marchaba bien.
Macabro y sus acólitos, vencidos por la mirada altiva y el silencio digno del majestuoso cocinero, estaban encantados de poder hacer honor a sus guisos, y acaso todo hubiera terminado bien sin una desdichada distracción del marqués, que lo echó todo a perder.
Proserpina dejó caer el abanico de plumas que llevaba colgado de la cintura, junto a una daguita y dos pistolas, y, por una fatal costumbre de galantería, a la que nunca había faltado, ni aun con su ama de gobierno, el marqués se inclinó para recoger el objeto y lo presentó, advirtiendo demasiado tarde su imprudencia.
Durante un momento, que pareció durar un siglo, los ojos de Proserpina reflejaron sorpresa e incertidumbre; pero al fin la dama exclamó llevando la mano a sus pistolas:
- ¡Que muera de mala muerte si éste es maese Pignoux!
- ¿Qué? ¿Qué es esto? - exclamó Macabro a su vez - . Ven aquí, mal guisandero, y muestra tu hocico a la compañía. ¡Por todos los diablos!, si hay aquí alguna superchería y algún pinche vil ha usurpado las funciones de cocinero, juro hacer con su pellejo un colador.
El marqués no hizo caso de las amenazas del bandido; comprendió que el momento de la crisis había llegado y, empujando a Mario, le echó fuera de la sala diciéndole:
- Tú, vete abajo; mi mujer te llama.
Luego se presentó resueltamente frente a Proserpina y la miró con esa dignidad suprema que sólo el hombre de corazón es capaz de emplear contra cobardes adversarios.
A pesar del grotesco indumento del marqués, la Belinda no pudo dominar un sentimiento de respeto y de remordimiento. Tenía entre sus manos la vida de aquel hombre, a quien quería humillar y robar, pero a quien no quería que torturasen ni degollasen. Dudó un momento y al fin dijo:
- ¡A fe mía, maese Pignoux, ahora os reconozco! Pero ¡qué diablo! Mucho habéis cambiado. ¿Es que habéis tenido alguna terrible enfermedad?
- Sí, señora - contestó Bois - Doré movido por aquel buen movimiento - ; he tenido muchos disgustos en mi casa desde que me vi obligado a separarme de una persona que me servía muy bien.
- Ya sé de quién habláis - repuso la Belinda - . Era un tesoro que no supisteis apreciar y al que arrojasteis como a un perro. Sí, sí; sé cómo ocurrió aquello. Os portasteis mal y ahora os lamentáis. Pero es tarde. La persona a quien os referís no volverá a serviros ¡a fe mía!
- Hará bien en no servir a nadie si puede prescindir de ello; pero tengo la esperanza de que en cualquier situación que se halle no habrá olvidado mi generosidad. Me separé de ella sin reproches ni tacañería; ella os lo podrá decir.
- ¡Basta! Hablaremos de esto más tarde. Servidnos bien y volved a vuestra tarea, amigo.
Al salir, Bois - Doré vio que hablaba en voz baja con uno de sus hombres.
- Estamos salvados - dijo a Mario en la escalera - . No me ha delatado y acaba de dar órdenes para que nos dejen salir.
Y lleno de candor, el marqués se dirigía con Mario hacia la puerta de la cocina; pero se había equivocado. Por el contrario, Proserpina había renovado la orden de bloqueo.
Había que seguir fingiendo y ocuparse en confeccionar la famosa tortilla de pistaches.
Una hora aproximadamente pasó sin aportar cambio alguno a la grotesca y trágica situación.
En la sala se hacía mucho ruido. Macabro gritaba, juraba y cantaba. Unas veces era una alegría brutal y otras, ira.
He aquí lo que ocurría:
El teniente Saqueo era un hombre positivo como su nombre. Encontraba absurdo el prepararse para un golpe de mano que exigía una marcha rápida y silenciosa con una cena que por experiencia él sabía que había de degenerar en orgía.
Macabro era un bandido entregado a todos los excesos, que eran el verdadero objeto de sus correrías. No tenía, como su teniente, cualidades de especulador, y si no temiese profanar las palabras diría que ponían en su vida de aventuras una especie de embriaguez que era como una poesía sombría y brutal. Era tan bohemio como ladrón; lo gastaba todo, y no era rico más que a temporadas.
El otro amontonaba fríamente y empleaba con mesura sus ganancias. Era entendido en negocios, no sacrificaba nada al placer y reunía una fortuna.
En nuestro tiempo hubiera sido un granuja más comedido; hubiera sido un estafador con levita y hubiera hecho vida de sociedad en lugar de recorrer los caminos y desvalijar a los transeúntes.
Cada siglo tiene su tráfico, y en las guerras civiles de los siglos XVI y XVII el bandolerismo se había organizado en industria regular y en cálculos positivos.
Saqueo aspiraba a suprimir a Macabro. No se hubiera atrevido a atacarle de frente, pero hacía con él lo que el príncipe con el rey de Francia. Empujaba a su amo al peligro, contando con que un tiro le dejase el sitio libre.
Con este objeto se esforzaba en agradar a Proserpina, guardiana de la caja y de las alhajas, y la dama, aunque tratando con miramientos a su casual esposo, no desanimaba al esposo en perspectiva, porque los azares de la guerra podían hacer que le fuese útil en algún momento dado.
Macabro empezaba a darse cuenta de aquel juego de coquetería y se sentía perplejo entre el deseo de dejarse dominar por su diosa y el de administrarle una buena paliza.
También hubiera deseado romper la cabeza a su rival y, sin embargo, comprendía cuán necesarias eran la actividad y la lucidez de su teniente, a él que no se podía resignar a ser sobrio ni a vivir en perpetua alerta.
Tanto era así que, harto de aquellas alternativas de ira y de reconciliación que se repetían a cada comida, el capitán tomó el partido de ahogar sus preocupaciones en el vino clarete de La Châtre, y después de mucho desbarrar empezó a experimentar la invencible necesidad de echar un sueño con las narices sobre el plato, dentro de los restos de un pastel.
Solamente entonces pudo Saqueo hablar seriamente con Proserpina.
- Ya veis, mi Bradamante - le dijo - , que este borracho no sirve para nada, y si me hicierais caso le dejaríamos dormir tranquilamente su borrachera y partiríamos a saquear el castillo. Mañana, a nuestra vuelta, recogeríamos a nuestro bello capitán, que por ahora no nos serviría más que de estorbo en nuestra expedición.
Proserpina acariciaba una idea que acababa de ocurrírsele, una idea atrevida y singular, que se guardó mucho de comunicar al teniente.
Fingió consentir.
- Id a dar de comer a la tropa - contestó - ; yo me quedo al cuidado de este dormilón, y si se despierta le daré de beber para que reanude su sueño.
Saqueo bajó a la cocina y mandó que le entregasen todas las provisiones de cerdo salado y conservas de caza; luego fue a la cuadra, donde sus hombres y los de Macabro se habían instalado.
Se procedió, bajo su dirección y con una parsimonia prudente, a la distribución de víveres, y sobre todo a la del vino; él mismo cuidó de que se montase bien la guardia. Los hombres de Proserpina estaban sentados ante la mesa de la cocina y cenaban alegremente con los copiosos restos de la cena de los oficiales.
Entre tanto la teniente mandó subir al cocinero; éste la encontró calentándose ante la lumbre en una actitud masculina; sus gruesas piernas estaban calzadas con altas botas de montar.
Estaban solos, porque el capitán roncaba sobre su pastel.
- Sentaos aquí, marqués, y hablemos - dijo ella con un tono condescendiente bastante cómico - . Tenéis que enteraros de nuestras situaciones respectivas y os haré ver muchas cosas en pocas palabras, porque el tiempo apremia.
El marqués se sentó en silencio.
- Debo deciros - prosiguió la dama - bandolero - que cuando me despedisteis tan descortésmente de vuestro solar entré al servicio de madame de Gartempe, que debía partir para la Lorena, donde posee bienes de importancia.
- Ya lo sé - dijo el marqués - ; entrasteis en casa de una dama de alta alcurnia, y vuestra situación no había empeorado. ¿Cómo es que...?
- ¿Que haya salido tan pronto? En vuestra casa me había dado a la devoción, porque siempre es agradable hacer lo contrario de lo que hacen los amos; por lo mismo, encontrando que mi noble señora era demasiado exigente respecto a los asuntos de conciencia, me pasé a las ideas de la Reforma, lo cual fue causa de que me echase, mucho más duramente que vos, lo confieso.
En esto llegó a Lorena una cuadrilla de aventureros, que habían servido a aquel bravo capitán a quien allí llaman el bastardo de Mansfeld y que, derrotado al otro lado del Rin por los ejércitos católicos del emperador, buscaba fortuna en Alsacia y Lorena.
Aquellos hombres inspiraban mucho miedo, tanto a mí como a los demás; pero la casualidad quiso que me encontrara entre ellos a éste que veis aquí. Acababa de despedir a sus soldados y proyectaba volver a Bourges para establecerse y envejecer en paz.
Él recordaba el Berry con tanto cariño, que nuestra amistad fue pronto hecha y me ofreció su corazón y su mano.
No sé por qué no me determiné al matrimonio. Para terminar, mi querido marqués, debo deciros que vuestro castillo será tomado esta noche e incendiado mañana por la mañana.
- ¿Es este el verdadero objeto de vuestra expedición? - preguntó el marqués afectando tranquilidad - . ¿Sois vos quien ha sugerido esta idea al capitán Macabro? No puedo creer que seáis hasta tal punto vengativa y perversa.
- La idea no es mía, pero yo la he sugerido sin querer por haber hablado imprudentemente de vuestro tesoro. Apenas se enteró me agobió con sus preguntas, y yo, sin saber dónde quería ir a parar, le di bastantes detalles que le hicieron creer que sería fácil apoderarse del tesoro.
También tuve la imprudencia de enseñarle unas cartas que confirmaron mis incautas palabras. Una era de monsieur Poulain; la otra, de Sancho. Ambas me daban noticias de monsieur de Alvimar, porque creía que yo seguía en lo que ellos llamaban los buenos principios, y como conviene tener amigos en todas partes, me guardó mucho de notificarles en qué compañía me encontraba.
En vista de todo esto, un buen día Macabro marchó a Alsacia, donde encontró a varios de sus antiguos reitres; alistó a otros que estaban deseando entrar en campaña, se asoció al teniente Saqueo, que es un hombre hábil e infatigable, y, hecho todo esto, volvió a Linières, desde donde marchó ayer a Brilbault con algunos de los suyos, después de citar a los demás para esta noche en la hostería aislada en que nos hallamos en este momento.
Bois - Doré escuchaba con mucha atención, pero ocultando la sorpresa y la inquietud que le causaban todas estas revelaciones.
Al recordar las apariciones de Brilbault, volvió maquinalmente la vista hacia la pared de la sala en que se encontraba y por segunda vez vio reflejarse la cara, con gruesa nariz ganchuda, largo mostacho y casco empenachado, del capitán Macabro.
Era el mismo perfil que había visto en Brilbault, y ya no dudaba de que el rector Poulain, al que había creído reconocer, fuese también de la partida. Además, ¿no acababa de decirlo la misma Proserpina que Alvimar había sobrevivido al terrible duelo de La Rochaille?
No hizo ninguna reflexión y se limitó a interrogar a la dama, que confirmó todas sus suposiciones.
Alvimar había visto horrorizado al hugonote Macabro junto a su lecho de muerte.
Pero tan pronto como expiró, Sancho hizo el juramento de unirse a los reitres y a los bandidos gitanos que quisiesen secundarle.
- Esta mañana - añadió Proserpina - Macabro volvió a Thevet, donde le esperábamos. Saqueo y yo, con nuestros hombres, estábamos acampados fuera de la ciudad, sin querer asustar ni maltratar a nadie; así, gracias a la prudencia y a la buena disciplina de nuestros aventureros, es como hemos podido caminar más de cien leguas a través de Francia sin tener que combatir. Nos hacíamos pasar por voluntarios al servicio del rey y enseñábamos papeles falsos. De esta manera, los que quieran ir a buscar fortuna en el partido hugonote o en otra parte podrán llegar hasta el Poitou; Macabro piensa facilitarles los medios de hacer carrera, y si ve que se aventuran en malos negocios, él se retirará de la campaña con el botín de vuestro castillo. De modo, mi querido marqués, que en nuestro poder está el arruinaros, y, por vuestra desgracia, habéis venido a caer aquí, entre las manos de personas resueltas a quitaros la vida.
- Es decir, que mi suerte está en vuestras manos - contestó el marqués - , y me lo decís para hacerme comprender el agradecimiento que os debo. Contad, Belinda, con que no se limitará a palabras, y si también renunciáis a marchar sobre Briantes, sacaréis más provecho que en partir mis bienes con esta banda de ladrones.
- Ya os he dicho, marqués, que no soy yo quien dirige; pero os puedo ayudar a libraros del capitán y puedo hacer atender a razones al teniente, que prefiere el dinero a las peleas.
- Es decir, que queréis mi rescate y el de mi castillo. Evaluad primero el de mi persona, que lo confieso, está indefensa en vuestro poder. En cuanto al castillo...
- En cuanto al castillo, creéis poder defenderle una vez libre. Por eso no quedaréis en libertad hasta que hayamos salido de él, al menos que...
- ¿Al menos que pague?
- Al menos que firméis, señor marqués, porque vuestra firma es sagrada para quien, como vuestra fiel Belinda, conoce el honor de un hidalgo cual vos.
- ¿Qué queréis que firme? - preguntó el marqués, fácilmente resignado, toda vez que no se trataba más que de dinero.
Proserpina guardó un instante de silencio. Su rostro adquirió una expresión de malicia diabólica y, sin embargo, reflejó al mismo tiempo una ansiedad singular, como si sus propias exigencias la hubieran ruborizado un poco.
- Vamos, vamos - le dijo el marqués - , hablad y acabemos pronto, antes de que vuestro compañero se despierte.
- Mi compañero no es mi esposo, ya lo sabéis, señor marqués - repuso la teniente con coquetería - . Es muy feo y muy tonto... y aunque no seáis más joven que él, aun tenéis atractivos..., a los que no he permanecido siempre todo lo indiferente que aparentaba.
- ¿Qué locuras me estáis diciendo, mi pobre Belinda?... Vaya, basta de bromas... ¡Acabemos!
- No bromeo, marqués; siempre he sentido la ambición de ser dama noble; para concluir, he aquí mi única y última palabra: ¡Sed libre! ¡Nada de rescate! ¡Marchaos! Corred a defender vuestro castillo, si yo no puedo impedir que lo ataquen, y sea cual sea el resultado del asunto, cumpliréis la palabra que me vais a dar por escrito de tomarme por esposa legítima y heredera universal.
- ¡Mi esposa vos! - exclamó el marqués, retrocediendo estupefacto - . ¿En qué pensáis? ¡Mi heredera! Cuando Mario...
- ¡Ah! He aquí la cuestión; el niño es el obstáculo. Pero podéis estar tranquilo; seré bondadosa con él si se porta debidamente conmigo, y después de mi muerte vuestros bienes podrán volver a él, siempre que yo esté satisfecha de su comportamiento.
- ¡Belinda, estáis loca! - dijo el marqués levantándose - . Al menos que todo esto sea una broma...
- No es una broma, y, ¡por mi vida! - dijo levantándose ella también - , si no escribís en el acto lo que exijo, despierto al capitán y hago subir mis gentes.
- Podéis hacer que me maten, si os parece - contestó Bois - Doré - , pero no me prestaré nunca a vuestro capricho. Y tened en cuenta que no me dejaré degollar como un cordero.
Belinda, ciega de furor, empezó a llamar a sus hombres. El marqués desenvainó su cuchillo y se precipitó hacia la puerta para recibir a los asesinos. Pero en aquel momento Macabro se levantó de pronto, tambaleándose, y arrojó un jarro a la cabeza de su esposa. Mal lo hubiera pasado ésta de tener el bandido más seguro el pulso.
- ¡Puerca indecente! - gritó corriendo tras ella - . ¡Ah! ¿Quieres casarte con tu viejo marqués? ¿Acaso crees que soy sordo? ¿No sabes que el capitán Macabro no duerme más que con un ojo y un oído? Tú, quédate, marqués. Contra ti no tengo nada, porque tú has rechazado las ofertas de esta maldita Putifar. ¡Te digo que te quedes! Ayúdame a coger a esta bribona. Quiero retorcerle el cuello y hacer un tambor con su pellejo.
A pesar de estas seductoras invitaciones, el marqués dejó a los dos amantes arreglárselas juntos y se precipitó hacia la escalera. Mario, asustado por el ruido que se oía en la sala alta, se había precipitado a su vez. Se encontraron en medio de la escalera sin poder ni subir ni bajar, porque desde arriba, Proserpina, perseguida por Macabro, que le molía a golpes con el palo de la silla, cayó sobre ellos rodando, mientras que de abajo los reitres de la teniente subían para calmar aquella escena conyugal.
Lo que se consiguió al punto.
Proserpina, desmelenada, se levantó y se arrojó entro sus soldados, que, sin ningún respeto hacia el capitán, se apoderaron de él con bastante brutalidad, se lo llevaron a la sala y lo encerraron, burlándose de sus gritos y de sus amenazas.
La teniente, acostumbrada a aquellas escenas, no tardó mucho en reponerse.
Apenas hubo bebido un vaso de ginebra de Marche, que le presentó uno de sus pajes, buscó con una mirada de ave de rapiña a su víctima:
- ¡El cocinero! ¡El cocinero! - exclamó - . ¡Traedme al cocinero!
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