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Amandine-Aurore-Lucile Dupin alias George Sand
Los caballeros de Bois-Doré

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  • Tomo II
    • - LVII -
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 - LVII -

   Monsieur Robin no había creído ni una palabra del relato de Pilar. Sin embargo, se había puesto en camino con su escolta, pero sin apresurarse, y era de temer que se hubiesen encontrado con los reitres, porque nuestros caballeros llegaron cerca de Briantes sin que les alcanzasen.

 

   También los preocupaba maese Jovelin, que era el primero que había partido de Brilbault, con cinco o seis hombres de Briantes. Les sorprendía el no haberle alcanzado todavía, a pesar de lo rápido de la marcha que llevaban; cada cual hacía estas reflexiones para sí, sin tener tiempo de comunicarlas a los demás.

 

   En muchas novelas he leído largas conversaciones cambiadas por los personajes mientras que sus caballos devoran el espacio; pero, en realidad, no he visto nunca que esto fuese posible.

 

   Cruzaron el pueblo, y aunque no era más que la una de la madrugada, se veía con tanta claridad como en pleno día. Los edificios de la granja del castillo eran presa de las llamas.

 

   Ante tal espectáculo no dudaron ya y se precipitaron al asalto de la puerta, que estaba cerrada y defendida por Sancho y por algunos gitanos, que habían reunido apresuradamente al oír el galope de los que llegaban.

 

   - ¿Qué hacemos? - dijo Guillermo al marqués - . Los nuestros, arrebatados por la ira, no esperan órdenes de nadie. Vamos a perder nuestros mejores criados acaso inútilmente. Pensemos en hacer las cosas con provecho.

 

   - Eso es - dijo Bois - Doré - , detenedlos; un momento más o menos no ha de impedir que mi granero arda; la vida de estos buenos cristianos está para mí por encima de toda mi cosecha. Llamadlos y apaciguadlos; pero antes quiero ocuparme de este niño, que me inquieta.

 

   Al hablar en esta forma, el marqués apartó un poco a Mario.

 

   - Hijo mío - le dijo - , dadme vuestra palabra de que no avanzaréis hasta que yo os llame.

 

   - ¡Cómo, padre! - exclamó Mario, desesperado - ; me habláis como hace un momento me hablaba Aristandre, y me tratáis como si fuera un niño chiquitín. ¿Así me dais lecciones de honor y de valentía, ves que...?

 

   - ¡Silencio, señor! ¡Obedeced! - dijo el marqués, hablando autoritariamente a su hijo amado por la primera vez en su vida - . No tenéis todavía edad para batiros, y os lo prohíbo.

 

   Gruesas lágrimas llenaron los ojos del niño. El marqués volvió la cabeza para no verlas, y después de dejar a Mario en medio de una pequeña escolta de buenos servidores, corrió a reunirse con Guillermo de Ars, que había logrado imponer orden y obediencia a su tropa.

 

   - Es completamente inútil - dijo el marqués - que intentemos forzar la entrada; dos hombres se bastan para defenderla durante una hora, de no ser que consintamos en sacrificar a veinte de los nuestros. ¡Ah!, primo mío, está muy bien que uno fortifique sus entradas, pero resulta muy incómodo cuando se trata de volver a casa. En este lugar el foso tiene quince pies de profundidad, y ya veis que los taludes no permitirían cruzarlo a nado; el que lo hiciera sería tiroteado desde la terraza. ¿Sabéis lo que hay que hacer? ¡Mirad!, el granero se ha derrumbado; ha debido de caer en el foso y colmarlo en parte. Por ahí es por donde hay que entrar. Voy con mi gente; quedaos aquí fingiendo buscar tablas y materiales para reemplazar el puente levadizo, y así engañaréis al enemigo y le impediréis huir cuando nosotros caigamos sobre él. Nosotros, amigos míos - dijo a los suyos - , nos deslizaremos sin hacer ruido, bordeando el muro, cuya sombra nos ocultará, a pesar del fuego que consume nuestras mieses.

 

   El plan del marqués era muy juicioso. Había ocurrido lo que él suponía. El foso estaba colmado en parte y el muro derribado por la caída del granero; pero había que pasar sobre los escombros incendiados y a través de las llamas y del humo. Los caballos, espantados, retrocedieron.

 

   - ¡A pie, amigos míos, a pie! - gritó el marqués, avanzando al galope entre aquel infierno.

 

   Sólo Rosidor se arrojó en él intrépidamente; salvó todos los obstáculos con una habilidad milagrosa, y, sin preocuparse de que sus hermosas crines y las cintas que le adornaban se chamuscasen, llevó valientemente a su amo al centro del recinto.

 

   La espléndida cabellera del marqués no corría peligro alguno. Se había quedado bajo los haces de leña, en la hostería del Gallo Rojo.

 

   El valor del amo electrizó a los criados, ya muy animados por el deseo de libertar o de vengar a sus familias, y varios le siguieron de bastante cerca para impedir que cayera en manos del enemigo.

 

   Pero en el momento en que el grueso de la tropa llegaba a los escombros llameantes, uno de los campesinos lanzó un grito de alarma, que detuvo a los demás y los hizo retroceder con terror.

 

   Bajo la acción de un calor intenso, la parte superior de la fachada del granero, que estaba todavía en pie, acababa de crujir y se inclinaba, amenazando aplastar a quien intentase pasar. Seguramente no tardaría en caer ni un minuto; entonce pasarían, por muy difícil que fuese.

 

   Esto es lo que todos pensaron y todo el mundo esperó. Pero los segundos y hasta los minutos pasaban, y la fachada no caía. Y aquellos segundos, aquellos minutos, eran siglos en la situación en que se hallaba el marqués en aquel momento.

 

   Solamente con una docena de los suyos hacía frente a una partida de combatientes compuesta por más de treinta gitanos.

 

   Cuatro horas habían pasado desde la evasión de Mario, y en estas cuatro horas los bandidos no sólo habían pensado en engullir.

 

   A la primera embriaguez de la victoria y a la primera satisfacción de su apetito había sucedido la esperanza obstinada de apoderarse del castillo. Habían intentado todos los medios para introducirse por sorpresa. Varios habían muerto en aquellas intentonas, gracias a la vigilancia de Adamas y de Aristandre, secundada por la serenidad, los buenos consejos y la actividad de Lauriana y de la morisca.

 

   Viendo la inutilidad de sus esfuerzos, habían prendido fuego al granero, con la esperanza de inducir a los sitiados a hacer una salida para salvar los edificios y las cosechas. El prudente Adamas tuvo que gastar tesoros de elocuencia para lograr retener a Aristandre, que quería arrojarse ciegamente en la trampa. Hasta había sido necesario que Lauriana hiciese uso de su autoridad y le demostrase que si él sucumbía en la empresa todos los desdichados encerrados en el castillo, empezando por ella misma, estaban perdidos sin remedio.

 

   Hacía una hora que el granero ardía, y Aristandre, exasperado, había agotado todos los juramentos y todas las imprecaciones de su vocabulario. Condenado a la inacción, tascaba el freno y maldecía de Adamas y de Lauriana, de Mercedes y de Clindor, que también predicaban la paciencia, y de todos los que le retenían, cuando Adamas, subido a lo alto de la torre de la escalera, le gritó desde la lucerna:

 

   - ¡Ahí está el señor! ¡Ahí está el señor! No lo veo, pero respondo que está ahí, porque hay pelea, y estoy seguro de haber reconocido su voz dominando a todas las demás.

 

   - Sí, sí - exclamó Mercedes, que miraba por una de las ventanas del patio - Mario está aquí, porque el perrito Fleurial anda como loco; le ha sentido. ¡Mirad!, no le puedo sujetar.

 

   - ¡Aristandre! - exclamó Lauriana - . ¡Salid! ¡Salgamos todos! ¡Es el momento!

 

   Aristandre había salido ya. Sin preocuparse de si era seguido o no, se precipitó al lado del marqués, y le libertó de La Fleche, que, flexible como una serpiente, había saltado sobre la grupa de su caballo y le ahogaba entre sus brazos, secos y nerviosos, aunque sin lograr desarzonarle.

 

   Aristandre agarró al gitano por una pierna, a trueque de arrastrar también al marqués, le arrojó al suelo y le pisoteó, hundiéndolo las costillas; luego le abandonó desmayado o muerto, y se abalanzó sobre los demás.

 

   Los criados del castillo habían salido también, incluso Clindor, y el pobre perrito Fleurial, que se escapó de los brazos de la morisca, se metió entre las piernas del marqués y, por último, desapareció entre el tumulto para ir en busca de Mario.

 

   Lauriana, armada y exaltada, quería salir también.

 

   - ¡En nombre de Dios! - exclamó Adamas, precipitándose entre ella - . ¡No hagáis tal! Si el señor ve a su amada hija en medio del peligro, perderá la cabeza y, por vuestra causa, se dejará matar. Además, ved, señora, que me encuentro solo para cerrar las puertas, y acaso esto sea la salvación de los nuestros. ¿Quién sabe lo que puede ocurrir? Quedaos para ayudarme en caso necesario.

 

   - ¡Pero la morisca ha salido! - exclamó Lauriana - . Mira, Adamas, mira. Busca a Mario; va detrás del perrito. ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Mercedes, volved! ¡Que os van a matar!

 

   Pero Mercedes, en medio de la batalla, no oía nada, ni hubiese querido oír tampoco: no pensaba más que en su hijo. Pasaba entre fuego y hierro; hubiera atravesado un muro de piedra.

 

   El marqués y Aristandre, valerosamente secundados, no tardaron en hacerse dueños del terreno, y empezaron a rechazar a los bandidos, unos hacia las ruinas del granero y otros hacia la puerta. Los que pasaban junto a la pared, sin preocuparse por su inminente caída, fueron recibidos con picos y estacas por los vasallos de Bois - Doré, que habían empezado a franquear el pasaje peligroso.

 

   Mataron e hicieron prisioneros a varios; los otros retrocedieron y, siguiendo las murallas, toda la banda, que no se componía ya más que de unos veinte hombres, se metió bajo la bóveda de entrada.

 

   - Apagad el fuego - gritó Bois - Doré, al ver que el incendio alcanzaba los demás edificios del cortijo - , y dejadnos acabar de derrotar a esta canalla.

 

   Dirigía estas palabras a los aldeanos, a las mujeres y a los niños que se habían decidido a salir del castillo; luego corrió con sus criados hacia la bóveda de la entrada, donde acababa de entablarse un extraño conflicto entro los bandidos, que huían, y Sancho, que guardaba la salida.

 

   Sancho no tenía más que una idea: una idea implacable. Había visto a Mario colocado por el marqués detrás de una casa de la aldea, en medio de una escolta. El niño estaba bien resguardado y bien protegido. Pero era imposible que en algún momento no saliese de su refugio y no se colocase al alcance de un tiro de arcabuz.

 

   Sancho permanecía en acecho, con el cañón de su arma apoyado sobre una almena de la terraza, con el cuerpo bien escondido y con la mirada fija en la pared tras de la cual su presa había de surgir tarde o temprano. El sombrío español tenía la ventaja formidable de que no le desviaba de su objeto ninguna preocupación por su propia vida. No pensaba en el porvenir, ni aun en la hora presente, tan llena de peligros. No pedía al cielo más que un minuto para realizar y saborear su venganza.

 

   Por eso, cuando los gitanos, derrotados, azuzados por las espadas, llegaron gritando ante las macizas estacas de la compuerta, Sancho permaneció tan inmóvil como las piedras de la bóveda. En vano voces furiosas y desesperadas le gritaron:

 

   - ¡El puente! ¡El rastrillo! ¡El puente!

 

   Fue sordo. ¡Qué le importaban sus cómplices!

 

   Los gitanos se vieron obligados a precipitarse hacia la maniobra para intentar libertarse. Sus mujeres y sus hijos lanzaban gritos espantosos.

 

   Ocurría la contra de la escena de terror y de confusión que había tenido lugar en aquel mismo sitio, pocas horas antes, entre los espantados vasallos del castillo.

 

   Bois - Doré, siempre a caballo y rodeado por los suyos, tenía ya en su poder los restos de aquella horda de asesinos y ladrones. Las mujeres, enfurecidas, en defensa de sus hijos, se revolvían contra él con una rabia desesperada.

 

   - ¡Rendíos! ¡Rendíos todos! - exclamó el marqués, apiadado - . ¡Os doy cuartel por los niños!

 

   Pero nadie se rendía; aquellos desdichados no creían en la generosidad del vencedor; no comprendían la bondad, que, hay que confesarlo, era cosa rara en los señores de aquella época.

 

   El marqués tuvo que detener a sus gentes, para impedir, según dijo más tarde, una matanza de inocentes, si es que se encontraban algunos entre aquellos pequeños salvajes, ya ejercitados en todas las perversidades de que eran capaces.

 

   En fin, la compuerta fue alzada y el puente bajó.

 

   Guillermo, tan generoso como el marqués, hubiera dado cuartel a los débiles; pero, con gran sorpresa de Bois - Doré, los fugitivos pasaron sin obstáculo. Guillermo y los suyos no estaban allí.

 

   - ¡Mil rayos del demonio! - exclamó Aristandre - . ¡Esos diablos se escapan! ¡Sus! ¡Sus! ¡A ellos! ¡Ah, señor, mientras los teníamos aquí, debíamos haberlos triturado como paja!...

 

   Y se lanzó en su persecución, dejando al marqués solo bajo la bóveda abierta y despejada, muy intranquilo por Mario, y no pudiendo lanzar su caballo por el puente, por temor a aplastar a los suyos, que estaban a pie y se precipitaban sobre aquel pasaje estrecho para alcanzar a los fugitivos.

 

   Al fin, el puente quedó despejado. Vencedores y vencidos se precipitaron hacia adelante. El marqués pudo pasar, y vio llegar hacia él a Mario, que pensaba que ya podía abandonar su refugio, puesto que todo parecía haber terminado.

 

   El peligro parecía, efectivamente, disipado por parte de los bandidos; los fugitivos no pensaban más que en huir como podían, en todas direcciones; algunos se escondían en tal o cual sitio, con mucha habilidad, para dejar pasar a los perseguidores.

 

   Pero uno de los vencidos no se había movido, y nadie pensaba en él: era Sancho, que seguía escondido y arrodillado en el ángulo de la terraza. Desde allí le hubiera sido fácil arrojar piedras sobre los de Briantes, porque siempre había en la galería de maniobras una provisión de adoquines a la medida de la abertura de las almenas. Pero Sancho no quería revelar su presencia. Quería vivir unos instantes; veía llegar a Mario, y le apuntaba tranquilamente, cuando vio, mucho más cerca de él y más a su alcance, al marqués a tres pasos del puente.

 

   Entonces se entabló en su alma un violento combate. ¿Qué víctima debía escoger? No existían entonces escopetas de dos tiros, y había demasiada poca distancia entre el padre y el hijo para darle tiempo a cargar el arma de nuevo.

 

   En su lucha con Aristandre, Sancho había roto una de sus pistolas, y su vigoroso antagonista le había arrebatado la otra.

 

   Por un refinamiento de venganza, Sancho se resolvió a escoger a Mario: verle morir sería, sin duda, para el marqués más cruel que morir él mismo.

 

   Pero aquel instante de vacilación había turbado el equilibrio de su apacible ferocidad.

 

   Mario iba a caballo; el tiro partió; pero, demasiado bajo para alcanzarle, fue a herir a la morisca, que marchaba a su lado.

 

   - ¡Auxilio! ¡Auxilio, amigos míos! - exclamó Bois - Doré al verse solo con su hijo, expuesto a los tiros de enemigos invisibles.

 

   Sólo acudieron Lauriana y Adamas, que, al ver huir a los bandidos, habían abandonado la guardia del postigo para reunirse con ellos.

 

   Mientras que con la ayuda del desesperado Mario levantaban a la pobre morisca, el marqués alzó los ojos hacia la terraza y vio erguirse la alta silueta de Sancho, que, al reconocer a Mercedes, causa primera de la muerte de su amo, se consolaba un poco de no haber conseguido su propósito, y, sin pensar en huir, se apresuraba a cargar de nuevo su arma.

 

   Bois - Doré le reconoció en seguida, a pesar de que el incendio iluminaba débilmente aquella parte. Como no le quedaba ningún arma cargada, se arrojó de su caballo para entrar bajo la bóveda y subir a la terraza. Porque pensaba, y con razón, que de todos los enemigos con quienes había tenido que habérselas, el vengador de Alvimar era el más peligroso.

 

   Sancho le vio acudir, adivinó su pensamiento, y sin entretenerse en lanzarle proyectiles que hubieran podido caer a su lado sin gran daño, se precipitó a la escalera de la maniobra, decidido a apuñalarle, porque su cuchillo era la única arma que le quedaba en estado de servirlo.

 

   Bois - Doré se disponía a franquear la escalera con la espada en alto, cuando pareció presentir la manera de proceder de tan vil adversario.

 

   Bajó la punta de la espada, tanteando cada peldaño en la obscuridad, adivinando que Sancho estaba allí agachado y en acecho para abalanzarse sobre él y derribarle. Se agarró al pasamanos, pero sin resguardar suficientemente su cuerpo.

 

   Sancho, avisado por el ruido de la espada al tropezar contra la piedra, se puso en pie, franqueó varios escalones de un salto vigoroso, y fue a caer sobre Bois - Doré, a quien derribó y agarró por el cuello; luego le puso las dos rodillas sobre el pecho y exclamó:

 

   - ¡Ya eres mío, hugonote maldito! No esperes compasión, que tampoco tú la has tenido por...

 

   Antes de terminar su frase, buscó el sitio del corazón, y con la otra mano alzó el cuchillo, diciendo:

 

   - ¡Por el alma de mi hijo!

 

   El marqués, aturdido por la caída, se defendía débilmente: estaba perdido. Pero en aquel momento Sancho sintió sobre su cara dos manecitas que tanteaban, y que de pronto le arañaron tan terriblemente, que tuvo que hacer un movimiento para desasirse.

 

   Un pensamiento rápido le hizo abandonar al marqués.

 

   - ¡El niño primero! - exclamó.

 

   Pero una conmoción espantosa interrumpió bruscamente sus palabras.

 

   Mario había seguido al marqués. Había oído su caída. Había encontrado a tientas el rostro de Sancho; había reconocido por el tacto que no era el de Bois - Doré. Llevaba una pistola, que arrancó a Clindor al pasar junto a él. Colocó el cañón sobre aquel cráneo velludo y rudo, y disparó a quemarropa.

 

   Había vengado la muerte de su padre y salvado la vida de su tío.

 

 

 




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