| Índice | Palabras: Alfabética - Frecuencia - Inverso - Longitud - Estadísticas | Ayuda | Biblioteca IntraText |
| Amandine-Aurore-Lucile Dupin alias George Sand Los caballeros de Bois-Doré IntraText CT - Texto |
|
|
|
|
- LX - El día avanzaba. La calma había vuelto a reinar en la aldea y en el castillo. Mario y Lauriana, al regresar de su excursión, sintieron la necesidad de respirar un poco en el jardín, único lugar de la finca que no había sido profanado por escenas de violencia y de desolación.
Mientras Mario contaba a su amiga los detalles de sus aventuras particulares, de los que aun ella no había tenido tiempo de darse bien cuenta, llegaron al Palacio de Astrée, en aquel laberinto en que la noche anterior el niño había pasado una hora tan agitada.
El atardecer era hermoso. Los dos niños se sentaron en la escalera de la cabaña.
Mario, sin estar enfermo, estaba algo febril. Las violentas emociones que había sufrido habían impreso en su rostro una seriedad impropia de su edad, y Lauriana, al mirarle, quedó sorprendida por la expresión de energía melancólica que había transformado su mirada dulce y clara.
- Mario mío - le dijo - , temo que no estés bueno. Has tenido miedo y valor, fatiga y energía, alegría y pena en esta noche abominable; pero todo eso ha pasado. Maese Jovelin responde de Mercedes, y ella jura que no sufre. Has salvado la vida a nuestro querido marqués y vengado la muerte de tu pobre padre. Todo esto hace que a estas horas seas ya todo un hombre; pero no debes seguir preocupado, sino pensar en dar las gracias a Dios por el buen resultado que te ha concedido en este asunto.
- Ya pienso en ello, Lauriana mía - contestó Mario - ; pero también pienso en una cosa que me ha dicho mi padre esta mañana, y después de la cual me has abrazado diciendo: «Sí, sí.» Esa cosa vuelve ahora a mi memoria. Mi padre dijo que yo había conquistado la esperanza de agradarte. ¿Es que hasta ahora no te agradaba?
- Sí, Mario; me agradas mucho, puesto que te quiero.
- ¡Perfectamente! Pero mi padre dice, bromeando a veces, que yo seré tu marido. ¿Tú crees que eso podrá ocurrir?
- Verdaderamente no lo sé, Mario; pero no lo creo. Yo soy más vieja que tú; te llevo dos o tres años, y cuando tú seas un joven, yo seré casi una vieja.
- Y sin embargo, Lauriana, Adamas me ha dicho que ya habías estado casada con tu primo Helyon, que tenía tres o cuatro años más que tú. ¿Te reprochaba él el ser demasiado joven?
- Sí, a veces, antes de que nos casáramos, cuando jugando nos peleábamos.
- Pues yo encuentro que hacía mal; para mí no eres ni joven ni vieja, y siempre me parecerás bien, porque siempre te querré como te quiero ahora.
- No lo sabes, Mario; dicen que se muda el corazón al cambiar de edad.
- Eso no es cierto en cuanto a mí. A mi Mercedes la encuentro siempre joven y amable, y desde que estoy en el mundo, siempre estoy a gusto con ella. Mira: según dicen, mi padre es viejo; pues yo me divierto con él más que con Clindor, y tampoco noto diferencia de edad entre maese Lucilio y nosotros. ¿Es que te aburres tú conmigo porque soy el más joven de los dos?
- No, Mario; eres mucho más razonable y más amable que los otros niños de tu edad, y ya eres más instruido que yo.
- Dime, Lauriana: ¿me encuentras mejor que a tu otro marido?
- No debo decir eso, Mario; él era mi marido, y tú no lo eres.
- ¿Es que tú le querías porque era tu marido?
- No sé; cuando no era más que mi primo, yo no le quería mucho; me parecía demasiado alocado y revoltoso. Pero cuando nos llevaron juntos a la iglesia reformada y nos dijeron: «Ya estáis casados; no os volveréis a ver hasta dentro de siete u ocho años, pero tenéis la obligación de amaros», yo contesté: «Está bien.» Y todos los días oraba por mi marido, pidiendo a Dios que me concediese amarle cuando le volviese a ver.
- ¡Y no le volviste a ver nunca! ¿Tuviste pena cuando murió?
- Sí, Mario. Era mi primo; he llorado mucho.
- Y si yo me muriese, yo, que no soy tu primo ni tu marido, ¿no llorarías?
- Mario - dijo Lauriana - , no hay que hablar de esas cosas; dicen que cuando se es joven trae mala suerte. No quiero que mueras, y además te digo que te quiero mucho.
- ¿Y no me quieres prometer que serás mi mujer?
- ¿Y qué puede importarte, Mario, el que yo sea tu mujer? Ni siquiera sabes si querrás casarte cuando tengas edad de ello.
- ¡Sí que me importa, Lauriana! No quiero más esposa que tú, porque tú eres buena y quieres a todos los que yo quiero. Y como dices que hay que querer al marido, comprendo que si nos casamos me querrás siempre, en lugar de que si te casas con otro ya no pensarás en mí. Y entonces yo tendré mucha pena, y sólo con pensar en ello me entran ganas de llorar.
- ¡Y estás llorando de veras! - dijo Lauriana, enjugándole los ojos con su pañuelo - . Vamos, vamos, Mario; te digo que no estás bueno hoy, y que debes cenar y dormir bien. ¿Por qué te atormentas por cosas que todavía no han ocurrido, en lugar de alegrarte por las desgracias que has evitado esta noche?
- Lo pasado, pasado - dijo Mario - ; lo que ha de venir... no sé por qué pienso en ello hoy, pero es a pesar mío.
- Has tenido demasiadas emociones.
- Acaso; sin embargo, no estoy cansado; y no sé por qué he pensado en ti toda la noche, sobre todo en los momentos en que estábamos en peligro mi padre y yo. Si nos matan a los dos, pensaba, ¿quién salvará a mi Lauriana? Pensaba en ti tanto, o acaso más, que en mí y en todos los demás. Mira, he pensado en ti, sobre todo cuando estaba con Pilar.
- ¿Y por qué te hacía pensar esa niña en tu Lauriana?
Mario reflexionó un momento y contestó:
- Es que verás: cuando yo viajaba con los gitanos, jugaba y charlaba a menudo con ella; sabe el español y un poco de árabe, y me inspiraba compasión porque parecía enferma y desgraciada. Mercedes y yo éramos para ella todo lo buenos que podíamos, y ella nos quería. Llamaba a Mercedes mi madre, y a mí, mi maridito. Y cuando yo decía: «No, eso no quiero», se enfadaba y lloraba, y yo, para consolarla, tenía que decirle: «Bueno, bueno, sí.»
Verdad es que esta noche nos ha sido muy útil: ha ido corriendo a avisar a messieurs Robin y Guillermo, según yo se lo había encargado; pero, sin embargo, me ha inspirado horror, y me he dado cuenta de que es cruel y no tiene religión. Y ese nombre de marido, que tantas veces me había dado a pesar mío, me repugnaba; y al acordarme de haberme comprometido contigo en broma, veía al demonio encarnado en ella, y al buen ángel de la guarda encarnado en ti.
En aquel momento una piedra se desprendió de la cabaña y cayó tan cerca de Lauriana, que poco faltó para que la hiriese.
Los dos niños se apresuraron a alejarse, pensando que la cabaña se derrumbaba, y fueron a reunirse con el marqués, que les esperaba para cenar.
|
Índice | Palabras: Alfabética - Frecuencia - Inverso - Longitud - Estadísticas | Ayuda | Biblioteca IntraText |
Best viewed with any browser at 800x600 or 768x1024 on Tablet PC IntraText® (V89) - Some rights reserved by EuloTech SRL - 1996-2007. Content in this page is licensed under a Creative Commons License |