| Índice | Palabras: Alfabética - Frecuencia - Inverso - Longitud - Estadísticas | Ayuda | Biblioteca IntraText |
| Amandine-Aurore-Lucile Dupin alias George Sand Los caballeros de Bois-Doré IntraText CT - Texto |
|
|
|
|
- LXIV - El verano de 1622 transcurrió sin que el marqués consiguiese, ni con ruegos ni con amenazas, la libertad, bajo fianza, de la cautiva.
Monsieur Biet, que temía haber cometido una torpeza, había conseguido una autorización para hacer lo que ya estaba hecho.
La ausencia prolongada y el silencio absoluto del padre empeoraban la situación. Era ya inútil negar los motivos. No cabía lugar a dudas respecto a ellos; a las instancias y a los reproches del marqués, monsieur Biet contestaba con una sonrisa, llena de amargura:
- Pues que venga ese hidalgo a buscar a su hija; se la devolveremos en el acto, así como la administración de sus bienes.
Lucilio residía con un nombre supuesto en Bourges, en el arrabal de Saint - Ambroise.
No veía a nadie más que a Mario, que iba a pie, sin lujo y sin ostentación, a tomar sus lecciones.
Mercedes, que tenía permiso para salir, iba a servirle sus comidas, de las que el filósofo, absorto en su trabajo, no se hubiera probablemente ocupado mucho.
Hubo una circunstancia que demostró lo mucho que monsieur Poulain se había enmendado.
Estaba en Bourges, ocupado en conseguir la autorización para ser abad, cuando un día Lucilio se encontró frente a frente con él en el jardinillo que rodeaba su humilde morada.
El futuro abad y Jovelin descubrieron entonces que vivían bajo el mismo techo.
Lucilio supuso que sería denunciado y molestado, pero no fue así.
Monsieur Poulain encontró agrado en su compañía y demostró mucho interés por Mario, cuando le vio venir a tomar sus lecciones.
El rector era demasiado inteligente para no haber rectificado sus opiniones, y comprendía cuán poco debía contar con el príncipe de Condé, porque el arzobispo de Bourges se negaba a hacerle abad hasta que el príncipe le diese su autorización para ello, y el príncipe no parecía tener mucha prisa en darla.
La existencia de nuestros personajes se deslizó apaciblemente durante esta especie de destierro en Bourges. Hasta gozaron mayor seguridad de la que habían tenido en Briantes en los últimos tiempos.
Pero el marqués se aburría por haber roto con todas sus costumbres de lujo, de bienestar y de actividad.
Procuraba pasar inadvertido y borroso para no llamar la atención sobre Lauriana en una ciudad donde el espíritu de la Liga no había muerto del todo y donde el reinado breve y violento de la Reforma había dejado recuerdos desagradables.
Mario se esforzaba en estar alegre para distraerle; pero el pobre niño no lo estaba ya; y mientras leía la Astrée a su tío durante las veladas, pensaba en otra cosa, o suspiraba ante aquellas descripciones de arroyos, de jardines y de bosques que le hacían sentir el aburrimiento y la dependencia de su situación actual.
Mario estaba pálido y se hacía soñador; trabajaba con ahínco para instruirse, y era para él una alegría poner a Lauriana al corriente de sus estudios y comunicarle los conocimientos que adquiría.
De esta manera ocupaban el tiempo de sus entrevistas diarias; porque no hay nada más violento que la imposibilidad de expansionarse con los seres amados ante testigos.
Los jesuitas, que, deslizándose, iban penetrando ya en todas partes, intentaron persuadir al marqués de que les confiase la educación de su amable hijo. Bois - Doré se las arregló para entretener sus esperanzas, porque veía que no lo convenía ponerse a mal con ellos.
Pero ellos no se dejaron engañar, y las idas misteriosas de Mario a los arrabales llamaron su atención. Lo siguieron, y entonces se fijaron en maese Jovelin.
Pero monsieur Poulain lo arregló todo diciendo que conocía a Lucilio como ortodoxo, y que además él asistía a las lecciones del joven hidalgo.
Monsieur Poulain temía más que amaba a los jesuitas; pero como era muy astuto, pudo engañarles.
Los acontecimientos de la guerra se precipitaron; llegó la noticia de la paz de Montpellier, y esto dio lugar a grandes proyectos de festejos en honor del príncipe en su buena ciudad de Bourges. Pero fue menester abandonarlos; el príncipe llegó inopinadamente de muy mal humor, comprendiendo que su poderío había terminado.
El rey le había engañado: primero, no había consentido en morir; luego, había negociado la paz sin contar con él.
Además, la reina madre había recobrado alguna influencia; Richelieu había conseguido el capelo, y, a pesar de todos los esfuerzos del príncipe para evitarlo, se acercaba insensiblemente al poder.
Condé no hizo más que cruzar la ciudad y la provincia. Ya no creía en la astrología; sus desilusiones le habían vuelto beato. Había hecho un voto a Nuestra Señora de Loreto.
Partió para Italia, sin ocuparse para nada de los asuntos de su provincia. Monsieur Biet, comprendiendo que los hugonotes no tardarían en recuperar su libertad de conciencia y que no sería nada beneficioso para él tener que otorgar a la fuerza la libertad de Lauriana, fue en persona con el marqués a buscarla al convento.
Las religiosas se separaron de ella con sentimiento y dieron testimonio de su dulzura y de su cortesía.
Lauriana había sufrido mucho durante aquellos cinco meses de violencia moral; también ella había empalidecido y adelgazado; había asistido sin quejarse a todos los ejercicios religiosos, guardando una actitud firme y respetuosa, rezando a Dios con toda su alma ante los altares católicos y absteniéndose de toda reflexión que hubiera podido mortificar a las santas mujeres de la Anunciada; pero cuando la instaron para que hiciera acto de renunciación, inclinó la cabeza y guardó silencio obstinado. El momento en que su padre se hallaba acaso bajo el hacha del verdugo no era el más oportuno para que Lauriana proclamase su libertad de conciencia. Se calló y sufrió cuantos intentos hicieron para convencerla, con el estoicismo de un paciente maniatado que oyera zumbar las moscas en torno de su cabeza, sin poder apartarlas, pero sin querer hacer ningún gesto.
En todas las demás circunstancias ganaba la voluntad de las hermanas con atenciones exquisitas. Hicieron votos por su conversión; rezaron por ella y la dejaron tranquila.
En otro sitio Lauriana hubiera podido ser acusada de magia y condenada a las llamas temporales: tal era el último recurso que se empleaba con los acusados de herejía.
Por fin, el 30 de noviembre, nuestros personajes, llenos de esperanza y de alegría, regresaron al castillo de Briantes.
Se habían recibido buenas noticias de monsieur de Beuvre. Él había escrito a menudo; pero sus mensajeros habían sido detenidos o le habían sido infieles; no tardaría en llegar.
Llegó, en efecto; se le festejó grandemente; luego se planteó el problema de la separación.
Era conveniente que Lauriana regresase a su castillo, y el corpulento Beuvre no se hallaba a sus anchas en la pequeña morada de Briantes. Lauriana no podía mostrar ante su padre el menor disgusto en volver a vivir con él; realmente no lo experimentaba: tal era su alegría por haberle vuelto a ver. Sin embargo, sintió una especie de melancolía repentina e involuntaria en cuanto entró en el triste castillo de la Motte.
Los caballeros de Bois - Doré la acompañaron y, a ruego de su padre, permanecieron con ella dos o tres días. Mercedes y Jovelin habían ido también. Además, ¿no debían verse casi diariamente?
El terror confuso que se había apoderado de Lauriana no podía ser todavía la sensación del aislamiento; era un desencanto del que no se daba bien cuenta. Siempre había querido considerar a su padre como un héroe; las inquietudes que había sentido en el convento al pensar en los peligros que corría por su ideal habían elevado hasta el entusiasmo la idea que tenía de él. Pero desde su regreso las cosas tomaban otro aspecto: primero, Beuvre, que siempre se había quejado de la obesidad mientras estaba en la inacción, estaba más colorado y más grueso que nunca. ¡Ella, que pensaba verle volver macilento y fatigado! Su espíritu parecía haberse embotado en la misma proporción. Su alegría brusca se había vuelto más brutal. Se las daba de hombre de mar; fumaba y juraba exageradamente; se olvidaba de disimular su escepticismo bajo los ingeniosos aforismos de Montaigne, y a ratos tomaba aires de satisfacción misteriosa y burlona, muy poco amables para sus amigos.
Al día siguiente de su llegada a la Motte, dio la clave de este último enigma en una conversación que debemos reproducir.
|
Índice | Palabras: Alfabética - Frecuencia - Inverso - Longitud - Estadísticas | Ayuda | Biblioteca IntraText |
Best viewed with any browser at 800x600 or 768x1024 on Tablet PC IntraText® (V89) - Some rights reserved by EuloTech SRL - 1996-2007. Content in this page is licensed under a Creative Commons License |