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| Amandine-Aurore-Lucile Dupin alias George Sand Los caballeros de Bois-Doré IntraText CT - Texto |
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- LXX - El marqués no necesitaba hacer grandes esfuerzos para poner en pie un pequeño ejército de voluntarios: sus mejores hombres, seguros de ser bien recompensados, le habían seguido con entusiasmo.
El intrépido Aristandre tenía la esperanza de una satisfacción personal dando una paliza a los españoles, a los que aborrecía por el recuerdo de Sancho. El fiel Adamas montaba a retaguardia una dulce jaquita, y llevaba a la grupa las esencias y las tenacillas de su señor.
A excepción del rizado de los escasos cabellos que aun le quedaban en la nuca y de algunos perfumes que aun utilizaba para su agrado particular, el marqués se había vuelto tan sencillo como deslumbrante fue antaño. Nada de peluca; nada de colorete; casi nada de encajes, de canutillos, de bordados, de galones; un jubón de paño carmesí, con las mangas abiertas, las calzas iguales y, llegando hasta más abajo de las rodillas, botas con vueltas de batista lisa, y una amplia y fuerte capa forrada de piel; tal era el traje del caballero de Bois - Doré.
Explicaremos esta metamorfosis en pocas palabras.
Mario había tenido un duelo para castigar a un impertinente que se había burlado en su presencia de la careta de yeso, de la cabellera negra y de los mil perifollos del marqués. Mario había malherido a su adversario: ¡fue su primer duelo! Pero Bois - Doré, enterado más tarde del asunto, no quiso exponer a su hijo a una segunda aventura. Un día, de pronto y sin avisar a nadie, suprimió el colorete y la peluca, con el pretexto de que monsieur de Richelieu tenía razón al proscribir el lujo, y que había que dar el buen ejemplo. Ya resignado a parecer viejo y feo, se presentó heroicamente ante su familia; pero, con gran sorpresa suya, todo el mundo lanzó una exclamación de alegría, y la morisca le dijo ingenuamente:
- ¡Ah! ¡Qué hermoso estáis, señor! Yo creía que erais mucho más viejo.
La verdad es que bajo su careta el marqués estaba muy bien conservado, y era extraordinariamente hermoso, dada su avanzada edad. No conocía ni había de conocer nunca las enfermedades. Conservaba todos los dientes; su ancha frente calva, estaba surcada por hermosas arrugas, bien trazada, sin huella de malicia o de odio; su bigote y su barba, blancos como la nieve, se destacaban sobre su cutis moreno, y sus grandes ojos, brillantes y risueños, lanzaban todavía dulces miradas a través del matorral de sus tupidas cejas enmarañadas.
Iba siempre derecho como un pino; pero ya no se ocultaba para apoyar su delgada rodilla en la potente mano de Aristandre al montar a caballo, aunque, una vez sobre la silla, estaba firme como una roca.
Le hicieron tantas alabanzas sobre su hermoso aspecto, que cambió por completo su sistema de coquetería: en lugar de disimular su edad, la aumentó; pretendió tener ochenta años, aunque sólo tenía setenta y seis, y se divirtió maravillando a sus jóvenes compañeros de armas con el relato de las antiguas guerras, que él había conservado en los archivos de su memoria.
El día 3 de marzo, o sea dos días después del encuentro de los caballeros de Bois - Doré con monsieur Poulain, la vanguardia real, compuesta de una selección de diez o doce mil hombres, acampó en Chaumont, último pueblo de la frontera. Los voluntarios, como no tenían tiendas de campaña, pasaron la noche como pudieron en el pueblo.
El marqués se metió tranquilamente en la primera cama que encontró, y durmió como hombre ducho en el oficio de la guerra que sabe aprovechar los momentos de descanso y dormir una hora cuando no puede ser más, o doce, a modo de provisión, cuando no tiene otra cosa que hacer.
Mario, muy excitado por la impaciencia de batirse, pasó la velada con varios jóvenes, voluntarios como él, con quienes había hecho conocimiento en el camino.
Estaban en la sala baja de una taberna bastante miserable, tan llena de gente, que apenas había sitio para moverse, y tan llena de humo, que apenas se veían unos a otros. Así como el ejército regular era silencioso y sobrio cual una comunidad de frailes austeros, los cuerpos de voluntarios eran alegres y revoltosos. Bebían, reían, cantaban canciones libertinas, recitaban versos eróticos o burlescos, hablaban de política y de galantería, se peleaban y se abrazaban.
Mario, sentado bajo la campana del hogar, soñaba en medio del tumulto.
A su lado estaba Clindor, que se había vuelto bastante decidido, pero que se sentía intimidado al verse en medio de tanta nobleza. No tomaba parte en las ruidosas conversaciones, porque no se atrevía, a pesar de su deseo, mientras que Mario se dejaba mecer en sus meditaciones por aquel tumulto, que, si no le atraía, no le molestaba tampoco.
De pronto, Mario vio entrar a una criatura extraña.
Era una muchacha menuda, delgada y morena, que llevaba un traje incomprensible: cinco o seis faldas de colores llamativos, puestas unas encima de otras, un cuerpo cubierto de galones y lentejuelas, un amontonamiento de plumas abigarradas en sus cabellos crespos y rizados y una gran cantidad de cobres y cadenas de oro y plata, de pulseras y de sortijas; tenía cuentas de vidrio hasta en los zapatos.
Aquella extraña figura no tenía edad: podía ser una niña precoz, o una muchacha marchita. Era muy bajita; fea cuando quería sonreír o hablar como todo el mundo, y hermosa cuando se enfurecía: lo que parecía ser en ella una necesidad continua o un estado normal. Insultaba a las criadas de la casa que no la servían bastante de prisa; injuriaba a los jinetes que no le cedían el sitio; arañaba a los que querían propasarse con ella, y contestaba con imprecaciones inauditas a los que se burlaban de su absurdo indumento y de su mal genio.
Mario no comprendía con qué intención una criatura tan antipática se mezclaba en semejante reunión. Una mujer gorda, herpética y ridículamente ataviada con harapos miserables, entró a su vez, cargada de cajas como una mula, e impuso silencio. Lo consiguió difícilmente, y al fin hizo, en francés, una especie de pregón en honor de la incomparable Pilar, su compañera, danzarina morisca y adivinadora infalible por la ciencia de los árabes.
Aquel nombre de Pilar sacó a Mario de su meditación: examinó a las dos gitanas, y, a pesar del cambio que se había operado en ellas, reconoció en una a la discípula, víctima y verdugo del miserable La Fleche; en la otra, a la ex Belinda de Briantes, ex Proserpina del capitán Macabro, que en la actualidad se anunciaba con los títulos y nombres de Narcisa Bobalina, tocadora de laúd, vendedora de encajes y, en caso necesario, zurcidora y rizadora de chorreras.
La concurrencia aceptó la exhibición de los talentos anunciados; la Belinda tocó el laúd con más vehemencia que corrección, y la bailarina, a quien los espectadores hicieron un sitio amontonándose sobre las mesas, se entregó a una especie de pantomima epiléptica, cuya fabulosa flexibilidad y gracia violenta provocaron el entusiasmo de una asamblea ya muy excitada por el vino, la charla y el tabaco.
El éxito que obtuvo Pilar sobre aquellos espíritus turbados causó en Mario una viva repulsión, y se disponía a retirarse, cuando sintió curiosidad por escuchar lo que la gitana empezaba a decir en términos generales, en espera de que alguien le pidiese el secreto de su porvenir.
- ¡Habla! ¡Habla, joven sibila! - le gritaban de todas partes - . ¿Seremos felices en la guerra? ¿Forzaremos mañana el Pas de Suze?
- Sí, si estuvierais todos en estado de gracia - contestó desdeñosamente Pilar - ; pero no hay uno solo aquí que no esté cubierto con una lepra de pecados mortales, y mucho temo por vuestra blanca piel.
- Esperad - dijo alguien - ; tenemos aquí un mocito dulce y casto, un ángel del cielo, Mario de Bois - Doré. Que comience la prueba, y que interrogue a la adivinadora.
- ¿Mario de Bois - Doré? - exclamó Pilar, y sus ojos centelleantes se tornaron lívidos y descoloridos - . ¿Está aquí? ¿Dónde? ¿Dónde? ¡Mostrádmelo!
- Vamos, Bois - Doré - exclamaron varias voces - , no ocultéis vuestro rostro, y enseñad vuestras manos.
Mario salió de su rincón y se presentó ante las dos gitanas; una se precipitó para coger su mano, y la otra bajó la cabeza, como para no ser reconocida.
- Os he visto, Belinda - dijo Mario a esta última - ; en cuanto a ti, Pilar - añadió, retirando su mano, que la joven parecía querer llevar a sus labios - , mira mis líneas, y basta.
- Mario de Bois - Doré - exclamó Pilar súbitamente irritada - , conozco de sobra las líneas de tu mano fatal. Las he estudiado en otros tiempos. Nunca te dije tu destino: es demasiado desdichado.
- Y yo - contestó Mario encogiéndose de hombros - conozco tu ciencia: depende de tu capricho, de tu odio o de tu locura.
- ¡Pues haz la prueba! - repuso Pilar, cada vez más indignada - , y si no crees en mi ciencia, no tiembles al oír tu fallo: Mañana, hermoso Mario, dormirás boca arriba al borde de un barranco; y tus ojos, por muy abiertos que estén, no verán ya la luz de las estrellas.
Sin duda, porque el cielo estará nublado - contestó Mario sin inmutarse.
- ¡No, el tiempo estará claro, pero tú estarás muerto! - contestó la sibila, enjugando con sus cabellos el sudor frío que bañaba su frente - . ¡Basta!, que no me pregunten más; diría cosas demasiado duras para todos los que están aquí.
- ¡Revocarás tus palabras, mala bruja! - exclamó el joven que había facilitado a Mario aquella agradable predicción - . ¡Amigos míos, no la dejéis salir! Estas brujas odiosas nos llevan a la muerte por la turbación que ponen en nuestros espíritus. Por su causa perdemos en el peligro la confianza que salva. Obliguémosla a retractarse de sus palabras y a confesar que las ha pronunciado por maldad.
Pilar, ágil cual una víbora, se deslizó a través de las mesas; algunos corrieron tras ella; la Belinda huía por otra puerta.
- Dejadlas - dijo Mario - . Son dos seres despreciables, cuya historia os contaré en otra ocasión. No me preocupa su predicción; de sobra sé lo que vale esa ciencia.
Agobiaron a Mario a preguntas.
Mañana hablaré - contestó - ; después de la batalla, después de mi supuesta muerte. Por ahora, permitidme que vaya a ver si mi padre está bien guardado por sus gentes; porque creo que una de estas mujeres, acaso las dos, son muy capaces de querer hacerle daño.
- Y nosotros - contestaron sus amigos - haremos una ronda para cerciorarnos de que no hay alguna banda de gitanos, ladrones y asesinos por los alrededores de este pueblo.
Hicieron la ronda con cuidado. Parecía inútil, puesto que el campamento regular tenía centinelas y estradiotes vigilantes que registraban y guardaban los alrededores hasta una gran distancia. Se supo por las gentes del pueblo que las dos gitanas habían llegado solas la víspera, y que paraban en una casa que fue designada a los jóvenes. Se aseguraron de que las gitanas estaban en ella, y Mario no juzgó necesario vigilarlas. Le bastaba con hacer que se vigilase bien la casa donde descansaba su padre.
La noche transcurrió tranquilamente, demasiado tranquilamente para aquella juventud impaciente, que esperaba verse despertada por la señal del combate. No ocurrió tal cosa. El príncipe de Piemont, cuñado de Luis XIII, había ido a entablar negociaciones con Richelieu, de parte del duque de Saboya, y la conferencia suspendió las hostilidades, con gran descontento del ejército francés.
El día siguiente transcurrió en una espera febril, y la predicción abortada de la gitana dejó de preocupar a los amigos de Mario.
Las dos vagabundas habían levantado el campo y cruzado las vanguardias, para ir a ejercer en Francia su industria nómada. No era de temer que volviesen. El cardenal tenía dadas las órdenes más severas para que se expulsase del séquito de los ejércitos a las mujeres y a los niños, y sobre todo a las mozas de partido. Contra éstas, fuesen gitanas, bailarinas o adivinadoras, había pena de muerte.
La víspera del día 4 de marzo Mario se vio obligado a contar las aventuras de la gorda Belinda y de la niña Pilar. Lo hizo con una claridad y una sencillez que sorprendieron a todos los que se hallaban presentes. Hasta entonces su modestia le había impedido llamar la atención; su interesante historia y su manera de contarla, a la vez conmovedora, natural y animada, hicieron olvidar a sus compañeros, encantados, el juego y la hora tardía.
Hubiera podido contar toda su vida; pero un sentimiento indefinible, de reserva temerosa, le hizo callar el nombre de Lauriana.
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