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Amandine-Aurore-Lucile Dupin alias George Sand
Los caballeros de Bois-Doré

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  • Tomo II
    • - LXXI -
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 - LXXI -

   Era más de media noche cuando se separaron. Cada grupo volvió al albergue más o menos detestable que le correspondía, y Mario, seguido por Clindor, había llegado solo a la puerta del suyo, cuando una sombra indecisa, que estaba acurrucada en el umbral, se levantó y vino hacia él.

 

   Era Pilar.

 

   - Mario - le dijo - , no me tengas miedo; nunca te hice daño, y no tengo motivos para aborrecer a tu padre. No comparto el odio que os tiene Belinda.

 

   - ¿Belinda sigue odiando a mi padre? - preguntó Mario - . ¿Entonces ha olvidado que él impidió que la ahorcasen como al capitán Macabro?

 

   - Sí; Belinda lo había olvidado, o acaso no lo haya sabido; pero ya es tarde para decírselo, y ahora no odia ya a nadie.

 

   - ¿Qué quieres decir?

 

   - Que he hecho con ella lo que ella quería hacer con vosotros.

 

   - ¿Qué? ¡Habla!

 

   - No, Mario, es inútil; no por eso habías de quererme más; ya sé que me odias.

 

   - No odio a nadie - dijo Mario - ; odio el mal, y los malos instintos me inspiran horror. ¡Has conservado los tuyos, desdichadamente! Bien me he dado cuenta de ello ayer, cuando te complaciste en perturbar mi espíritu; has de saben que no lo conseguirás nunca, y déjame tranquilo; lo mejor para ti es que te olvide.

 

   - Escucha, Mario - exclamó Pilar con voz entrecortada - : no debes hablarme así; no, no debes hacerlo, si amas a alguien en este mundo. Porque yo te quiero y te he querido siempre. Sí, desde aquel tiempo en que éramos tan pobres el uno como el otro, cuando dormíamos sobre los mismos brezos y pordioseábamos en los mismos caminos, yo estaba enamorada de ti. No recuerdo un día de mi vida en que la pasión del amor o del odio no me haya devorado. Yo no he tenido infancia; he nacido del fuego, y en el fuego moriré, porque soy una chispa de hoguera. ¿Qué importa? Tal como soy, valgo más para ti que tu Lauriana, que siempre te ha despreciado y no quiere más que a sus viejos hugonotes..., ¡afortunadamente para ella! Sí, afortunadamente, repito, porque yo conozco vuestra vida. He vuelto dos veces a vuestro país, y un día pasé junto a ti sin que me reconocieras. Me arrojaste una moneda de plata. Mira: aquí la llevo, oculta bajo mis collares, por ser lo más precioso que tengo en el mundo; la he agujereado, y he grabado tu nombre en ella con un punzón: es mi talismán. ¡Cuando lo pierda, moriré!

 

   - ¡Bueno! - dijo Mario - , basta de locuras. ¿Qué quieres ahora? ¿Por qué has vuelto, con riesgo de tu vida, y por qué me esperabas aquí? Devuélveme esa moneda, y toma éste oro, que te puede hacer falta.

 

   - Quédate con tu oro, Mario; no lo necesito; quiero conservar, y conservaré, tu moneda, aunque te moleste que lleve tu nombre escrito sobre mi pecho. He venido aquí para contarte mi historia, y tienes que oírla.

 

   - Pues date prisa; la noche es fría y tengo sueño.

 

   - No quiero que nadie más que tú me oiga, y el paje nos está escuchando. Ven conmigo fuera de las murallas.

 

   - No, mi paje duerme; habla aquí, y date prisa, o te dejo.

 

   - Escúchame; acabo en seguida. Ya sabes que mi padre fue ahorcado y mi madre quemada.

 

   - Sí; recuerdo que me lo has dicho muchas veces. ¿Qué más?

 

   - La Fleche no hacía más que hacerme sufrir. Me dislocaba los huesos para darme más flexibilidad, y me llevaba en una jaula para hacerme pasar por una fiera.

 

   - Pero ¡te has vengado horriblemente!

 

   - Sí, le ahogué con piedras y tierra cuando gritaba: «¡Socorro! ¡Tengo sed!» Uno de sus brazos se movía aún y quería estrangularme. Pero yo, con riesgo de mi vida, le llené la boca hasta la garganta. ¿No era justo? No tenía yo derecho a ello? Acaso vosotros le hubierais salvado, y él os hubiera pagado como Belinda, que os habría envenenado a todos de no impedírselo yo: a ti, a tu padre y a vuestros criados, porque decía que era necesario justificar la predicción que yo te había hecho ante testigos, para conservar mi fama de adivinadora.

 

   ¿Y entonces tú la has...?

 

   - También ella se lo merecía. Escucha, escucha mi historia. Después de vengarme de La Fleche, yo me había escondido en el pabellón del jardín. Había visto que estabas enojado conmigo, y esperaba que se te pasara el enfado. Yo creía que te preocuparías de mí, que me buscarías y que me llevarías a tu castillo. Pero al atardecer fuiste allí con Lauriana y le dijiste que querías ser su marido. Ella se burló de ti; te encontraba demasiado joven; afortunadamente, ahora es ella la que resulta demasiado vieja. Luego le dijiste que me aborrecías, y yo lo oía todo. Entonces arrojé un pedrusco sobre ella, para matarla, y me oculté cuidadosamente. Pero vosotros creísteis que la piedra se había desprendido sola y os alejasteis, dejándome allí.

 

   «Pasé la noche en el mismo sitio, muerta de hambre y de frío. La rabia me sostenía: os maldecía a los dos y me maldecía a mí misma por no haber sabido agradarte. Deseaba morir, pero no tuve valor para ello; y como ya no quería nada contigo, porque creía que te aborrecía, me marché a Brilbault, a buscar el dinero de Sancho, que La Fleche me había obligado a robar, dos o tres meses antes, de casa de la Zancuda.

 

   «En aquel tiempo yo ignoraba el valor del dinero, y por odio a La Fleche se lo había devuelto todo a Sancho; él lo ocultó tan bien, que conseguía dominar a los gitanos con promesas y con algunas monedas que les daba de vez en cuando. Pero yo sabía dónde había enterrado aquel tesoro, y sabía que quedaba bastante, al menos para mí, que necesitaba tan poco. Lo dividí en varias partes y lo escondí en distintos sitios.

 

   «Se me había metido en la cabeza que podía vivir sola, sin depender de nadie, y andar libre por toda la tierra. ¡Qué niña era! No tardé en aburrirme, y encontrando a la Belinda, que huía del país con el pelo cortado al rape y en un estado miserable, le conté que tenía pequeños tesoros escondidos; pero me guardé mucho de decirle dónde estaban. ¡Oh!, para arrancarme el secreto me mimó, me atormentó, me emborrachó y me interrogó hasta durante mi sueño; no perdía la esperanza; por eso me sirvió de madre y de criada, acariciándome siempre y haciéndome traición...

 

   «Sí, me hizo traición de una manera odiosa: me vendió cuando yo era aún una niña, y más tarde, cuando comprendí mi deshonra, juré vengarme.

 

   «A estas horas los cuervos devoran su carne.»

 

   - ¡Eres una desdichada y una miserable! - dijo Mario - . ¿Has acabado ya tu historia?

 

   - Ahora quiero que me ames, Mario, o me vengaré de Lauriana, a quien ya sé que sigues amando, puesto que hace un momento, en la taberna, no has querido hablar de ella a los señores que te rodeaban. Yo también estaba allí, escondida en el granero, desde donde oía todo lo que decías de mí.

 

   - Puesto que lo has oído, ¿cómo eres tan loca que pretendes que te quiera?

 

   - No estoy tan loca; el odio conduce al amor; lo sé por experiencia. Se aborrece y se odia a la vez. Además, has confesado que tengo ahora ojos hermosos, brazos delicados y una especie de belleza diabólica. Así lo has dicho hace un momento en la taberna. Y muchos hidalgos de los que había allí me ofrecieron ayer los medios de tener vestidos de seda y pendientes, porque yo, hermosa o fea, les había enloquecido. Pero no quiero nada ni de ellos ni de ti. Aun me queda dinero escondido en el Berry, e iré por él cuando se me antoje. Ten cuidador Mario; tu Lauriana me responde por ti. Llévame contigo, o renuncia a ella.

 

   - Puesto que con tal osadía confiesas tus malos designios - dijo Mario - , te detengo...

 

   Se disponía a apoderarse de la gitana, resuelto a entregarla a la justicia del campamento; pero sólo logró apoderarse de su toquilla. Pilar había huido más rápida que las nubes empujadas por el viento.

 

   Mario la persiguió, y la hubiera alcanzado, porque él también era veloz y ágil; pero apenas había dado vuelta a la esquina de la calle cuando el estrepitoso sonido de las trompetas anunció el botasillas: era la señal de la marcha a la batalla.

 

   Mario olvidó las amenazas que tanto le habían conmovido y corrió a reunirse con su padre, que se levantaba a toda prisa.

 

   Al despuntar el día, todo el mundo estaba en marcha.

 

   «El Pas de Suze es un desfiladero que, en una extensión de un cuarto de legua, no tiene siquiera una anchura de veinte pasos, y que, de distancia en distancia, está obstruido por rocas derrumbadas. Las tergiversaciones del príncipe del Piemont no habían logrado otra cosa que retrasar unos días la marcha de nuestro ejército. El enemigo había aprovechado el tiempo para fortificarse.

 

   «Tres fuertes barricadas, cubiertas por baluartes y fosos, cortaban el desfiladero: las rocas que había a cada uno de sus extremos estaban coronadas de soldados y protegidas por pequeños reductos.

 

   Por último, el cañón del fuerte Talasse, emplazado en una montaña vecina, barría el espacio descubierto entre Chaumont y la entrada del desfiladero. Era aquélla una de las posiciones en las cuales parece que un puñado de hombres puede detener un ejército entero.

 

   «Sin embargo, nada detuvo la furia francesa»

 

   Tantos historiadores excelentes nos han transmitido el relato de aquella hermosa hazaña, que, después de ellos, no tenemos más que decir; nuestra misión no es relatar los hechos oficiales de la Historia, sino sus episodios olvidados. Por eso seguiremos a los caballeros de Bois - Doré a través de la batalla, sin dejarnos deslumbrar por el conjunto majestuoso del espectáculo. Lo cual nos será tanto más fácil cuanto que ellos mismos no lo pudieron contemplar largo tiempo.

 

   La escena era magnífica. ¡Un combate de héroes en un lugar sublime!

 

   Al primer cañonazo, Mario sintió como los efectos de una borrachera. Nunca supo cómo franqueó la primera barricada: si lo hizo sobre un caballo alado o «sobre el propio soplo ardiente del dios Marte»; olvidó el juramento que había hecho a su padre de no separarse de él. Toda la pasión de su alma, toda la fiebre de su sangre, refrenadas hasta entonces por la modestia y el amor filial, hicieron en él como una erupción volcánica.

 

   Hasta olvidó por un momento que su padre le seguía en medio del peligro y, por no perderle de vista, se exponía tanto como él.

 

   Verdad es que Aristandre estaba allí, y se colocaba junto a su amo como una muralla móvil; pero Mario, en lo más rudo del asalto, se volvió más de una vez para buscar el penacho gris del anciano, que ondeaba sobre todos los demás, y cada vez que lo veía daba gracias a Dios y cobraba nueva confianza en su estrella.

 

   La acción fue llevada con tal ímpetu, que no costó ni cincuenta hombres a Francia. Fue una de esas jornadas maravillosas en que la fe está en todos los corazones y en que nada resulta imposible.

 

   Cuando la posición hubo caído en poder de los franceses, éstos se precipitaron por la carretera de Suze en persecución de los fugitivos, entre los cuales estaba el duque de Saboya en persona; de pronto, Mario vio venir, a su derecha, un jinete enmascarado que acudía al galope.

 

   - ¡Deteneos! ¡Deteneos! - le gritó aquel hombre - . El servicio del rey ante todo. Tomad estos despachos; os conozco; fío en vos.

 

   Y al decir estas palabras, el jinete se dejó caer en tierra inánime, junto a su caballo extenuado.

 

   Mario fue el único que tuvo valor de renunciar a una última proeza; saltó a tierra y cogió el paquete lacrado que el mensajero acababa de dejar caer.

 

   Pero en el momento en que volvía riendas hacia el campamento del rey, un grupo de hombres armados, que parecían no haber tomado parte en la batalla y que evidentemente perseguían al mensajero, desembocaron por la derecha y se precipitaron hacia él, gritándole en italiano que tendría la vida salva si entregaba el paquete sin dar la voz de alarma.

 

   Mario se apresuró a pedir auxilio con todas sus fuerzas. Nadie lo oyó. Su padre estaba todavía muy lejos, y sus compañeros se habían adelantado ya mucho. Disparó su carabina para hacerse oír; para no desperdiciar el tiro, disparó sobre los agresores: uno cayó redondo en el polvo del camino. Mario no esperó a los demás; había vuelto a montar a caballo, y huyó como una flecha en medio de una granizada de balas; unas atravesaron su sombrero, y otras fueron a sepultarse en la cuneta del camino.

 

   Oyó detrás de él gritos y golpes. No hizo caso ni volvió la cabeza.

 

   No había visto la cara del mensajero, ni había reconocido su voz; lamentaba tener que abandonarle entre las manos del enemigo; pero, ante todo, se trataba de salvar los despachos, y los salvaba milagrosamente.

 

   Su carrera hacia atrás sorprendió a todos los que encontró. A poca distancia del campamento real vio acudir a su padre, que se asustó al verle pasar sin detenerse, creyéndole herido y arrastrado por su caballo.

 

   Pero Mario le gritó:

 

   - ¡Nada! ¡Nada!

 

   Y desapareció entre un torbellino de polvo.

 

   No le dejaron acercarse a la persona del rey, y entonces tomó una resolución y se precipitó hacia la tienda del cardenal.

 

   Richelieu se había visto ya expuesto a tantos atentados, que no era fácil llegar hasta él. Pero los despachos que Mario mostraba y la agraciada fisonomía del digno joven inspiraron una confianza repentina al gran ministro. Le llamó y cogió el paquete, que Mario, en su precipitación, no se acordó de presentar rodilla en tierra.

 

 

 




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