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| Amandine-Aurore-Lucile Dupin alias George Sand Los caballeros de Bois-Doré IntraText CT - Texto |
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- III - Era una partida de gitanos tumbados en una zanja, y que se levantaron como una bandada de gorriones al acercarse los jinetes, haciendo dar una huida al caballo del señor de Alvimar.
Pero eran gorriones demasiado bien domesticados, y en lugar de volar a lo lejos, se arrojaron casi entre las patas de los caballos, saltando, gritando y pordioseando de una manera lastimosa y gestera.
Guillermo se contentó con reírse de aquellas maneras extrañas y les dio limosna con generosidad; pero Alvimar les gritó con singular brusquedad y amenazándoles con su látigo:
- ¡Largo, largo, largo de aquí, chusma!
Llegó hasta querer pegar a un muchacho que se agarraba a su bota con el aire burlón y suplicante a la vez de los niños acostumbrados al oficio de pordioseros en las carreteras. El niño esquivó el látigo, y Guillermo, que se hallaba un poco atrás, le vio coger una piedra, que habría lanzado a Alvimar si otro mozalbete de la banda no le hubiera sujetado, regañándole y amenazándole.
Pero el incidente no quedó en esto. Una mujercita bastante hermosa, aunque marchita y mal vestida, cogió al niño, le habló como si hubiera sido su madre y le empujó hacia Guillermo; luego, a su vez, empezó a correr tras Alvimar: tendiéndole la mano, pero mirándole como si hubiera querido no olvidar nunca su cara. Alvimar, cada vez más irritado, lanzó su caballo contra la mujer, y la habría arrojado al suelo si ella no se hubiera apartado rápidamente; incluso llevó la mano a la culata de una de sus pistolas de arzón, como dispuesto a disparar sobre aquellas malas bestias idólatras.
Los gitanos se miraron entre sí y se juntaron como para consultarse.
- Avanti! Avanti! - gritó Guillermo a Alvimar.
Gustaba de pronunciar palabras italianas, para hacer ver que había estado en la corte de la reina madre; acaso se imaginaba que una i añadida al final de las palabras bastaba para que aquellos egipcios no las comprendiesen.
- ¿Por qué avanti? - preguntó Alvimar, sin querer apresurar la marcha de su caballo.
- Porque habéis enojado a esos pajarracos. Mirad: se reunen como grullas apuradas. ¡Diablo! Ellos son unos veinte y nosotros no somos más que siete.
- ¡Cómo! Mi querido Guillermo, ¿teméis algo de esos débiles y cobardes animales?
- No tengo mucha costumbre de temer - contestó el joven, algo picado - ; pero me sería muy desagradable tener que disparar contra esos pobres harapientos, y me sorprende que os hayan puesto de tan mal humor, puesto que os era fácil deshaceros de ellos con algunas monedas.
- No doy jamás a estas gentes - dijo Scierra de Alvimar con un tono breve y seco, que sorprendió al benévolo Guillermo.
Comprendió que su amigo estaba nervioso, como diríamos hoy, y se abstuvo de censurarle. Pero insistió en acelerar el paso, porque la banda de gitanos, andando más de prisa que los caballos, los seguía y se aproximaba a ellos, repartida en dos bandas, que bordeaban los lados del camino.
Y, sin embargo, la actitud de aquellas gentes no era hostil, y era difícil adivinar cuál era su intención al escoltar de tal guisa a nuestros jinetes.
Se hablaban entre ellos en un idioma ininteligible y aparentaban no preocuparse más que de la mujer que iba a su vanguardia.
El niño al que el señor Alvimar había querido golpear con su látigo iba al lado de monsieur de Ars, como si se hubiera puesto bajo su protección, y parecía tener mucho interés en aquella extraordinaria expedición. Guillermo advirtió que aquel niño era menos sucio y menos negro que los demás, y que el tipo de sus facciones, finas y agraciadas, no ofrecía ninguna semejanza con el de los gitanos.
Si hubiera prestado la misma atención a la mujer a quien Alvimar había ofendido y amenazado, hubiera notado que, sin parecerse en nada al niño, tampoco se parecía a sus demás compañeros de miseria. Tenía un aire más noble y más dulce. Y tampoco era de raza europea, a pesar de llevar el traje montañés de los Pirineos.
Lo sorprendente era que, a pesar de haber comprendido perfectamente el gesto que había hecho Sciarra para coger su pistola, y a pesar de la naturaleza temerosa de los mendigos y saltimbanquis de aquella especie, marchaba resueltamente junto a él, sin intentar molestarle, sin aparentar amenazarle, pero mirándole siempre con un excesivo cuidado.
Aquello le pareció a Alvimar un verdadero descaro, y de buena gana habría obedecido a las sugestiones de su genio antojadizo y violento.
Guillermo lo advirtió, y temiendo algún desaguisado y verse forzado a tomar el partido del hidalgo altivo en contra de la chusma inofensiva, colocó su caballo entre Sciarra y la mujercita, hizo seña a ésta de que se detuviese y, medio en serio, medio en broma, le habló en la forma siguiente:
- ¿Haríais la merced de decirnos, reina de las retamas y de los brezos, si nos seguís para hacernos burla u honor y si debemos tomar en agrado o en disgusto la ceremonia que nos hacéis?
La egipcia - entonces se trataba indistintamente de egipcios o de gitanos a los que componían aquellas hordas errantes de origen desconocido - movió la cabeza e hizo una seña al mozalbete que había arrebatado la piedra de las manos del niño.
Éste se acercó, y con un tono dulzón y un gesto insolente, dijo, hablando el francés sin acento alguno y designando a la mujer, que estaba silenciosa:
- Mercedes no entiende el idioma de vuestras señorías. Yo soy quien habla por aquellos de los nuestros que no saben expresarse.
- Bien - dijo Guillermo - ; eres el orador de la cuadrilla - . ¿Cómo te llamas, señor descarado?
- La Fleche, para serviros. Tengo el honor de haber nacido francés, en la ciudad cuyo nombre llevo.
- El honor lo tiene Francia, indudablemente. Pues bien, maese La Fleche, di a tus compañeros que nos dejen tranquilos. Para ir, como voy, de camino, ya os he dado bastante, y no sería agradecérmelo cual es debido hacernos tragar vuestro polvo. Adiós, y, dejadnos, o, si tenéis alguna nueva petición que presentarme, hacedla pronto, porque tenemos prisa.
La Fleche tradujo rápidamente las palabras de Guillermo a la que él llamaba Mercedes, y que parecía ser, por su parte y por parte de los demás, objeto de una deferencia especial.
Ella le contestó algunas palabras en español, y La Fleche dijo, dirigiéndose a Ars:
- Esta buena muchacha pide humildemente los nombres de vuestras señorías, a fin de rezar por ellas.
Guillermo se echó a reír.
- ¡Vaya una petición graciosa! - dijo - . Amigo La Fleche, aconseja a esta buena muchacha que rece por nosotros sin nombrarnos. Dios nos conoce perfectamente, y no podríamos decirle nada de nosotros que no supiese mejor que nosotros mismos.
La Fleche saludó humildemente con su gorro mugriento, y nuestros viajeros, espoleando sus monturas, no tardaron en dejar atrás a los gitanos.
- ¡Ah! - dijo Alvimar a Guillermo al ver que apuntaban en el horizonte, bajo y cercano, las torrecillas de la Motte Seuilly - . No me habéis dicho adónde vamos. ¿Pertenece este castillo a otro amigo vuestro, a quien acaso mi presencia sea inoportuna?
- Este castillo es el de una dama joven y bella, que vive en él con su padre, y ambos os recibirán cortésmente. Os detendrán hasta la noche, no sólo por no verse privados de la compañía de monsieur de Bois - Doré, a quien aprecian mucho, sino también para probaros que en estos pobres campos no somos unos salvajes y que sabemos practicar la hospitalidad a la antigua usanza francesa.
Alvimar contestó que no lo dudaba, y supo decir a su compañero frases llenas de amabilidad, pues no había hombre que le ganase en cuanto a buena educación. Pero su espíritu amargado tomó pronto otra dirección:
- A juzgar por lo que me habéis contado de ese Bois - Doré, mi futuro huésped, ¿es un viejo fantoche, del cual los vasallos se mofan a su antojo?
- ¡Ah, no! - contestó monsieur de Ars - . Los gitanos no me han dejado terminar. Iba a deciros que cuando regresó a su país, enriquecido y enmarquesado, la gente se sorprendió al ver que, a pesar de su aire benigno, era bravo como un león y que, si bien tenía maneras ridículas, tenía también virtudes cristianas que podían beneficiarle grandemente.
- ¿Consideráis entre las virtudes cristianas la templanza y la castidad?
- ¿Por qué no?
- Porque aquella ama de llaves de ardiente cabellera, a quien hemos visto a la entrada de sus dominios, me ha parecido fruta algo verde para un hombre tan maduro.
- Honni soit qui mal y pense! - dijo Guillermo sonriendo - . No juraría que nuestro marqués haya permanecido insensible a los encantos de las damas de honor de la reina Catalina; pero ya hace tiempo de eso. Creo que podríais cortejar a la tal Belinda sin causar a monsieur de Bois - Doré ni pena ni perjuicio. Pero ya hemos llegado. No necesito deciros que semejantes conversaciones estarían aquí fuera de lugar. Nuestra hermosa viuda madame de Beuvre no es una gazmoña; pero a su edad y en su posición...
Nuestros caballeros atravesaron el puente levadizo, que, en razón de la tranquilidad del país, permanecía bajado todo el día; el rastrillo estaba levantado.
Llegaron, pues, sin obstáculo y sin cumplidos al patio del castillo, donde echaron pie a tierra.
- ¡Un momento! - dijo Sciarra de Alvimar a Guillermo en el instante de entrar - . Os ruego que, a causa de los criados, no deis mi nombre aquí.
- Ni aquí ni en otra parte - contestó monsieur de Ars - . No tenéis acento extranjero; de modo que no hay necesidad siquiera de decir que sois español. ¿Por cuál de mis amigos de París deseáis que os haga pasar?
- Me violentaría mucho representar el papel de un personaje distinto a mí; prefiero ser yo, poco más o menos, y limitarme a tomar uno de los apellidos de mi familia. Seré, si os parece bien, un Villarreal, y tomaré como pretexto para mi huida de París...
- Vos mismo hablaréis confidencialmente al marqués y arreglaréis las cosas según os plazca. Yo no tengo que hacer más que decirle lo muy amigo mío que sois, que andáis perseguido y que le ruego os cuide como a mí mismo.
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