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Amandine-Aurore-Lucile Dupin alias George Sand
Los caballeros de Bois-Doré

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  • Tomo I
    • - VII -
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 - VII -

   Como anochecía rápidamente, y la parte del patio estaba ya sombría, Lauriana volvió sobre sus pasos, para buscar una luz en su alcoba, situada en el pabellón que daba a la galería de la capilla.

 

   El armario que contenía el retrato era una de esas arcas incrustadas en la pared, en las que, en las iglesias de aldea, se guardan los estandartes de las procesiones. Le abrió con rapidez, y, colocando convenientemente la bujía, contempló la imagen del infame.

 

   La pintura era hermosa; César y Lucrecia Borgia fueron contemporáneos de Rafael y de Miguel Ángel, y aquel retrato, algo secamente pintado, tenía el estilo primero de Rafael. Pertenecía a la misma escuela.

 

   El rostro del duque de Valentinois no ostentaba las manchas lívidas ni las horrendas pústulas que los historiadores han descrito, ni los ojos bizcos, «que brillaban con tal fulgor infernal, que ni aun sus compañeros ni sus íntimos podían soportar». Fuese porque el artista le hubiese favorecido, fuese porque le hubiese pintado en una época de su vida en que el vicio y el crimen no «sudaban» todavía en su rostro, el caso es que no resultaba feo. El pintor había presentado al cardenal - bandido de perfil, y el ojo que había copiado miraba recto ante él.

 

   La faz era pálida, atrozmente pálida y delgada; la nariz, estrecha y afilada; la boca parecía no tener labios - tan incoloros y finos eran - ; el mentón era anguloso; el tipo, distinguido; las facciones, bastante puras; el bigote y la barba, rojos y delicadamente colocados. Pero visto de esta manera, bajo su aspecto más favorable, aquella cabeza de malvado resultaba acaso aún más repelente que si hubiese estado roída por la lepra.

 

   Estaba serena y pensativa, y la frente no recordaba en nada a la cabeza aplastada de la víbora. No, no; era mucho peor; era una cabeza bien conformada, con todas las facultades de la inteligencia admirablemente desarrolladas para el mal. El ojo, alargado y apenas entreabierto, parecía estar absorto en la meditación placentera de una maldad, y la imperceptible sonrisa de la boca tenía la somnolienta dulzura de la ferocidad saciada.

 

   No se sabía exactamente en qué consistía el horror de la expresión; estaba en todo. Contemplar aquella fisonomía imprudente y cruel producía frío en el cuerpo y en el alma.

 

   «He soñado - pensó Lauriana al detallar las facciones - . No es ni la frente, ni la boca, ni el ojo de ese español. Por mucho que mire, no encuentro aquí ningún parecido como él.»

 

   Cerró los ojos, para recordarle sin ver el rostro. Le imaginó de frente; estaba encantador, con una sonrisa de melancolía resignada y orgullosa. Le imaginó de perfil: sonreía. Pero tan pronto como hubo recordado aquella sonrisa volvió a ver el perfil del infame César, y como si las dos huellas se hubiesen unido, le fue ya imposible separarlas.

 

   Cerró el armario y miro al púlpito de madera tallada, al reducido altar y al cojín de terciopelo, negro, blanqueado y usado por las rodillas de Carlota. Dobló las suyas y rezó sin pensar en si estaba en una iglesia o en un templo, si era protestante o católica.

 

   Invocó al Dios de los débiles y de los afligidos, al Dios de Carlota de Albret y de Juana de Francia.

 

   Luego, sintiéndose ya tranquilizada y viendo los caballos dispuestos para la marcha de sus huéspedes, bajó a la sala para recibir su despedida.

 

   Halló a su padre muy animado.

 

   - Venid acá, señora, mi querida hija - le dijo cogiéndole una mano, para que se sentara en la butaca que Bois - Doré y Alvimar se apresuraban a acercarle - ; nos traes la concordia. Cuando las mujeres dejan a los hombres solos, se tornan adustos y hablan de política o de religión, que son puntos acerca de los cuales nadie se puede poner de acuerdo. Sed la bienvenida vos, que tenéis la dulzura de las palomas, y habladnos de las vuestras, que sin duda acabáis de acostar.

 

   Lauriana confesó que se había odvidado de sus tórtolas. Sentía sobre ella la mirada clara y penetrante de Alvimar. Se atrevió a mirarle. Decididamente, se parecía al Borgia tanto como pudiera parecerse el buen monsieur Silvain mismo.

 

   - ¿Es que otra vez habéis disputado con vuestro vecino? - preguntó a su padre abrazándole, mientras que alargaba la mano al viejo marqués - . ¿Pero qué importa, puesto que confesáis que un poco de controversia os es necesaria para la digestión?

 

   - No. ¡Pardiez! - contestó monsieur de Beuvre - . Si hubiese sido con él, no tendría por qué lamentarme; el pecado hubiese sido el de costumbre. Pero me he dejado arrastrar por mi humor contradictorio contra monsieur de Villarreal, y eso está contra todas las reglas de la hospitalidad y de la cortesía. Poned la paz, mi querida hija, y decidle, vos que me conocéis, que soy un viejo hugonote testarudo y disputador, pero leal como el oro, y que estoy, a pesar de todo, a su entera disposición.

 

   Monsieur de Beuvre se alababa. No era un hugonote muy feroz, y las ideas religiosas estaban confusas en su cerebro. Pero tenía odios y rencores políticos bastante vivos, y no podía oír hablar de ciertos adversarios sin dar rienda suelta a su ruda franqueza.

 

   Alvimar le había ofendido al tomar la defensa del ex gobernador del Berry, el señor duque de La Châtre, cuyo nombre había surgido en el azar de la conversación.

 

   Lauriana, enterada del tema de la discusión, pronunció dulcemente su fallo:

 

   - Os absuelvo a los dos - dijo - ; a vos, mi señor padre, por haber reconocido en monsieur de La Châtre el valor y el ingenio; a vos, monsieur de Villarreal, por haber abogado en pro de un hombre que ya no puede defenderse.

 

   - ¡Bien juzgado! - exclamó Bois - Doré - , y hablemos de otra cosa.

 

   - Eso es; no hablemos más de aquel tirano - repuso el viejo hidalgo - ; no hablemos más de aquel fanático.

 

   - Vos podréis tratarle de fanático - prosiguió Alvimar, que no sabía ceder - ; en cuanto a mí, habiéndole conocido mucho en la corte, el único reproche que me hubiera podido atrever a dirigirle hubiera sido el de no amar bastante la verdadera religión y no considerarla más que como un medio de dominar la rebelión.

 

   - Es verdad, es verdad - dijo Bois - Doré, que detestaba las discusiones y deseaba concluir, mientras que monsieur de Beuvre, agitándose en su silla, demostraba claramente que la cosa no había terminado para él.

 

   - Después de todo - concluyó Alvimar, esperando acabar - , ¿no ha servido con todo celo y fidelidad la causa del rey Enrique, a cuya memoria me parecéis todos completamente adictos aquí?

 

   - ¡Y con razón, señor! - exclamó monsieur de Beuvre - . ¡Con razón, pardiez! ¿Dónde hallaréis rey mas sabio y más humano? ¿Pero cuánto tiempo le ha estado combatiendo vuestro fanático liguero La Châtre? ¿Y cuántas veces le han hecho traición? ¿Y cuántos escudos ha habido que darle para que se estuviese quieto? Vos sois joven y sois un hombre de mundo; no conocisteis más que al cortesano y al hombre de bellas palabras; pero nosotros, los viejos provincianos, conocemos muy bien a nuestros tiranuelos de provincia. Quisiera que monsieur de Bois - Doré os contase de qué modo aquel gran guerrero hizo, con embustes y traiciones, la gloriosa conquista de Sancerre.

 

   - ¡Pobre de mí! - exclamó Bois - Doré algo malhumorado - .¿Cómo queréis que recuerde semejante cosa?

 

   - ¿Y por qué no habéis de poderla recordar? - repuso Beuvre, sin prestar atención al despecho del marqués - . ¡No supongo que estuvierais en mantillas!

 

   - Al menos, era tan joven que no me acuerdo de nada - dijo Bois - Doré.

 

   - Pues yo sí me acuerdo - exclamó Beuvre impacientado por la defección de su amigo - , y, sin embargo, tenía diez años menos que vos, y no estaba presente; era paje del valiente Condé, el abuelo del actual, y que os juro que valía bastante más que éste.

 

   - Vamos - dijo Lauriana, que aventuró una malicia para sosegar a su padre y desviar la disputa de su motivo principal - , nuestro marqués tiene que confesar que asistió al sitio de Sancerre y que se portó valientemente en él, porque eso lo sabe todo el mundo; es por modestia por lo que no quiere acordarse.

 

   - Bien sabéis que no estaba - prosiguió Bois - Doré - , puesto que me hallaba aquí con vos.

 

   - ¡Oh!, no hablo del último sitio, el del mes de mayo último, el que no duró más que veinticuatro horas y no fue más que el golpe de gracia; hablo del grande, del famoso sitio del año 1572.

 

   Bois - Doré aborrecía las fechas; tosió, se agitó, arregló en la chimenea el fuego, que no estaba desarreglado; pero Lauriana se hallaba resuelta a inmolarle bajo las flores de la lisonja.

 

   - Ya sé - dijo - que erais muy joven, pero ya os batíais como un león.

 

   - La verdad - prosiguió Bois - Doré es que mis amigos realizaron proezas maravillosas y que el asunto fue rudo; pero, a pesar de mi buena voluntad, no pude hacer gran cosa a la edad que tenía.

 

   - ¡Pardiez! ¡Vos mismo hicisteis dos prisioneros! - exclamó Beuvre golpeando el suelo con el pie - . En verdad que siento rabia cuando veo un hombre de guerra y de corazón, como vos, negar sus buenas proezas antes de confesar su edad.

 

   Bois - Doré se sintió hondamente herido y su cara se entristeció; era su única manera de manifestar enojo a sus amigos.

 

   Lauriana vio que había ido demasiado lejos; quería sinceramente a su viejo vecino, y cuando él dejaba de reírse de sus malicias, se le quitaban a ella también las ganas de reír.

 

   - No, señor - dijo a su padre - ; permitid que vuestra hija os diga que bromeáis. El marqués estaba lejos de los veinte años y su acto fue, por lo tanto, más hermoso.

 

   - ¡Cómo! ¿No tenía veinte años? - tornó a exclamar monsieur de Beuvre - . ¿Es que yo me he vuelto de pronto el más viejo?

 

   - No se tiene más edad que la que se representa - repuso Lauriana - , y basta con mirar al marqués...

 

   Se detuvo, sintiéndose sin valor para pronunciar tal mentira a guisa de consuelo; pero la intención bastó, pues Bois - Doré se contentaba con poco.

 

   Le dio las gracias con una mirada, y su frente se esclareció; Beuvre se echó a reír; Alvimar admiró la gentileza de Lauriana, y la borrasca quedó desviada.

 

 

 




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