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Amandine-Aurore-Lucile Dupin alias George Sand
Los caballeros de Bois-Doré

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  • Tomo I
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   Era un hombre de unos cuarenta años, a quien el marqués saludó con el nombre de Jovelin, y que, sin decir una palabra, se sentó en una silla de cuero dorado, en un ángulo de la sala, para no entorpecer el servicio de los criados. Llevaba un saquito de sarga encarnada, que dejó sobre sus rodillas, y se puso a mirar a los comensales con un aire dulce y sonriente.

 

   Su cara era hermosa, aunque de facciones vulgares. Tenía la nariz gruesa y la boca grande, el mentón huído y la frente baja.

 

   A pesar de estos defectos, no era posible mirarte sin interés, y por poco que contemplase su hermosa cabellera negra, muy descuidada, pero fina y naturalmente rizada; sus magníficos dientes blancos, ostentados por una sonrisa triste, pero franca, y sus ojos negros, de una inteligencia tan viva y de una bondad tan simpática que iluminaban su cara amarillenta, todo hombre leal había de sentirse como obligado a quererle y respetarle.

 

   Estaba vestido de paño gris azulado, como un burgués modesto, pero con mucha pulcritud; llevaba medias de lana, una casaca larga y abotonada, un gran cuello vuelto, liso y cortado en cuadro sobre el pecho; mangas abiertas, al estilo flamenco, y un chambergo de gran tamaño, sin plumas.

 

   Monsieur de Bois - Doré le preguntó muy cortésmente cómo se encontraba y dio orden de que se le sirviese un vaso de vino de Chipre, que él rechazó con un gesto de la mano; luego no volvió a hablarle, ocupándose exclusivamente de su huésped.

 

   La urbanidad de la época exigía que un noble no demostrase demasiadas consideraciones a un inferior, so pena de ofender a sus iguales.

 

   Pero Alvimar se dio perfecta cuenta de que las miradas de los dos hombres se cruzaban a menudo y de que a cada palabra pronunciada por el marqués cambiaban una sonrisa de buen acuerdo, como si monsieur de Bois - Doré hubiese querido asociar al desconocido a todos sus pensamientos, bien fuese para lograr su aprobación o para distraerle de algún secreto sufrimiento.

 

   Ciertamente, no había en todo esto nada que pudiese alarmar al señor Sciarra. Pero acaso no tenía la conciencia muy tranquila, pues la hermosa y honrada fisonomía de aquel testigo, lejos de serle agradable, le produjo una gran turbación y desconfianza repentina.

 

   Sin embargo, el marqués no dijo una palabra ni hizo la menor pregunta que se relacionase con los motivos de la huída del español al fondo del Berry. No habló más que de sí mismo, dando así prueba de urbanidad, pues Alvimar no parecía todavía dispuesto a hacer ninguna confidencia, y su huésped se las arreglaba para darle conversación sin interrogarle nunca.

 

   - Encontráis que estoy bien alojado, bien amueblado y bien servido - le decía - ; todo esto es verdad. Ya hace varios años - no decía cuántos - que me he retirado del mundo para descansar un poco y para reponerme de las fatigas de la guerra, en espera de los acontecimientos. Os confieso que, desde la muerte del gran rey Enrique, ya no me gusta ni la corte ni la ciudad. No soy un llorón, y tomo las cosas según vienen; sin embargo, he tenido tres grandes dolores en mi vida: el primero, cuando perdí a mi madre; el segundo, cuando perdí a mi hermano; el tercero, cuando perdí a mi noble y buen rey. Mi historia tiene esto de particular: que aquellos tres seres queridos murieron de muerte violenta. Mi rey, asesinado; mi madre, de una caída de caballo, y mi hermano... Pero son historias demasiado tristes, y, por la primer noche que pasáis bajo mi techo, no quiero contaros cosas desagradables en la velada. Sólo os diré lo que me ha hecho perezoso y casero. Después de haber visto expirar a mi rey Enrique, me dije así: «Has perdido todo lo que amabas; ya no te queda por perder más que a ti mísmo; y si quieres que tu vez no llegue pronto, te conviene huir de estos lugares de disturbios y de intrigas y marchar a tu país a cuidar de tu persona afligida y cansada.» Por lo tanto, teníais razón al creer que poseo toda la felicidad que cabe, puesto que he podido tomar el partido que me convenía y preservarme de toda contrariedad; sin embargo, os equivocaríais al creer que no me falta nada, porque si bien no deseo nada, en cambio no puedo decir que no añoro a nadie. Pero ya he hablado bastante de mis penas, y no soy de los que se alimentan con ellas, sin querer consuelo ni distracción. ¿Os gustaría oír, a la vez que probáis estas jaleas de cidra, un músico más hábil que el pajecito de antes? Escuchad vos también, mi bello amigo - añadió, dirigiéndose al paje - , que no os vendrá mal.

 

   Al hablar a Alvimar, había lanzado al hambre, a quien llamaba maese Jovelin, una de aquellas miradas cariñosas que más parecían súplicas que órdenes.

 

   El hombre del traje gris desabrochó su ancha manga, que cubría una manga más estrecha de color de herrumbre, y se la echó al hombro; luego sacó de su bolso una de esas pequeñas cornamusas, de caña corta e historiada, que se llamaban entonces sordinas, y que se utilizaban en la música de cámara.

 

   Este instrumento, tan suave y velado como ruidosas y chillonas son las gaitas de nuestros músicos ambulantes, estaba muy de moda, y apenas maese Jovelin hubo preludiado, se apoderó, no sólo de la atención, sino del alma de sus auditores, porque tocaba admirablemente y hacía cantar la sordina como una voz humana.

 

   Alvimar era entendido, y la buena música ejercía sobre él la influencia de llevar su ánimo a una tristeza menos amarga que de costumbre. Se entregó a esta especie de alivio con tanto más agrado cuanto que se sintió tranquilizado al comprender que el personaje silencioso y atento, que en un principio había tomado por una especie de espia dulzón, era un artista hábil e inofensivo.

 

   En cuanto al marqués, amaba el arte y al artista, y siempre escuchaba a su músico con una emoción religiosa.

 

   Alvimar expresó graciosamente su admiración. Luego, habiendo terminado la cena, pidió permiso para retirarse.

 

   El marqués se levantó al momento, hizo seña a maese Jovelin de que le esperase, al paje de que tomase una antorcha, y quiso conducir él mismo a su huésped a la habitación que tenía preparada; luego volvió a sentarse a la mesa, se quitó el sombrero, lo que en aquella época, y contrariamente a la costumbre posteriormente establecida, era señal de que se ponía uno a gusto con toda confianza; se hizo servir una especie de ponche, mezcla de vino blanco, de miel, de almizcle, de azafrán y de clavo, que llamaban entonces clarete, e invitó a maese Jovelin a que se sentase enfrente de él, en el sitio que Alvimar acababa de dejar.

 

   - Bueno, maese Clindor - dijo el marqués, sonriendo con bondad al muchacho, a quien, según costumbre, había dado un nombre sacado de la Astrée - ; ya podéis ir a cenar con la Belinda. Decidle que os atienda y dejadnos. Esperad - añadió, en el momento en que el paje se disponía a retirarse - ; tenéis un modo de andar que he resuelto corregir hoy mismo. He advertido, mi lindo amigo, que tomáis unas maneras que sin duda creéis marciales, pero que sólo son villanas. No olvidéis que, si no sois noble, estáis en camino de serlo, y que un gentil burgués al servicio de un noble está abocado a adquirir un pequeño castillo y tomar su nombre. Pero ¿de qué os servirá el que os ayude a pulir vuestro natural si os esforzáis en envilecer vuestras maneras? Pensad, señor, en dárosla de hidalgo y no de patán. Por lo tanto, tener soltura, esforzaros en pisar con el pie y no en empezar el paso por el tacón y terminarlo por los dedos, con lo que vuestros andares y el ruido de vuestros zapatos se asemejan a la ambladura de un caballo de molinero. Y ahora, id en paz, comed bien y dormid mejor, y si no, ojo con las disciplinas.

 

   Clindor, cuyo verdadero nombre era Juan Fachot - su padre era boticario en Saint - Amand - , recibió la filípica de su amo y señor con el mayor respeto, saludó y salió de puntillas como un bailarín, a fin de probar que no pisaba con los tacones ni aa principio ni al final de sus pasos.

 

   El viejo criado, que solía quedarse el último, se había ido también a cenar, y el marqués dijo a su músico:

 

   - Y bien, mi gran amigo, quitaos también ese enorme chambergo y comed, sin temor a los criados, un buen trozo de este pastel y otro de este jamón, como hacéis todas las noches cuando nos quedamos solos.

 

   Maese Jovelin lanzó unos sonidos inarticulados, en señal de agradecimiento, y se puso a comer mientras que el marqués beborroteaba su clarete, más que por golosina, por cortesía, para acompañarle, porque debemos decir que si aquel anciano tenía muchas ridiculeces, no tenía un solo vicio.

 

   Luego, mientras que el pobre mudo comía, el buen castellano le dio conversación, lo cual era para el músico una gran dulzura, pues nadie se tomaba el trabajo de hablar con un hombre que no podía responder; se habían acostumbrado a tratarle como a un sordomudo, en el sentido de que, sabiendo que era incapaz de repetir lo que oía, no se privaban de mentir o maldecir delante de él.

 

   El marqués era el único que le hablaba con deferencia por su noble carácter, sus grandes conocimientos y sus desgracias, de las que he aquí el breve relato:

 

   Lucilio Giovellino, natural de Florencia, era amigo y discípulo del ilustre y desdichado Giordano Bruno. Educado en las altas ciencias y las vastas ideas de su maestro, tenía además una gran aptitud para las bellas artes, la poesía y los idiomas. Era amable, elocuente y persuasivo y había propagado con éxito las atrevidas doctrinas de la pluralidad de los mundos.

 

   El día en que Giordano murió entre las llamas con la tranquilidad de un mártir, Giovellino había sido desterrado para siempre de Italia.

 

   Aquello había ocurrido en Roma dos años antes de nuestra historia.

 

   Bajo las manos de los atormentadores, Giovellino no había querido aceptar la solidaridad con todos los principios de Giordano. A pesar de su cariño por su maestro, había desechado algunos de sus errores, y como no habían podido convencerle más que de la mitad de su herejía, no le habían aplicado más que la mitad del suplicio: le habían cortado la lengua.

 

   Arruinado, desterrado, destrozado por las torturas, Giovellino había venido a Francia, donde, por un pedazo de pan, tocaba su dulce cornamusa de puerta en puerta; la Providencia le condujo ante el marqués, que le recogió, le cuidó, le curó, le alimentó y, lo que valía aún más, le trató con cariño y consideración. El mudo le contó por escrito sus desventuras.

 

   Bois - Doré no era ni sabio ni filósofo; al principio se había interesado por un hombre perseguido por la intolerancia católica, como él mismo lo había sido largo tiempo. Sin embargo, no hubiera simpatizado con un sectario fantástico y violento, como lo eran no pocos hugonotes de entonces, tan feroces como sus adversarios. Conocía vagamente las blasfemias imputadas a Giordano Bruno; se hizo explicar sus dogmas. Giovellino escribía con rapidez y con aquella claridad elegante que los grandes espíritus empezaban a apreciar, queriendo iniciar al vulgo mismo en las altas cuestiones que Galileo perseguía ya en el reino de la ciencia pura.

 

   El marqués gustó de aquella conversación por escrito, que resumía con sobriedad y sin las digresiones de la palabra los puntos esenciales. Poco a poco se entusiasmó y se apasionó por las nuevas definiciones, que eran para él un descanso, suprimiendo las insoportables controversias. Quiso leer la exposición de las ideas de Giordano y también las de su predecesor, Vanini. Lucilio supo ponerlas a su alcance, señalándole los puntos débiles o falsos, para conducirle con él a las únicas conclusiones que la inteligencia humana proclama hoy con certeza: la creación, infinita como el Creador; los astros infinitos poblando el espacio infinito, no para servir de luminaria y de distracción a nuestro pequeño planeta, sino de fuego vivificador para la vida universal.

 

   Esto era fácil de comprender, y los hombres lo habían comprendido desde el primer fulgor de genio que se manifestó en la humanidad. Pero las doctrinas de la Iglesia de la Edad Media habían achicado a Dios y al cielo a la medida de nuestro pequeño mundo, y el marqués creyó sonar al enterarse de que la existencia de un verdadero universo, «cosa - decía - que siempre había supuesto» no era una quimera de poeta.

 

   No paró hasta que se hubo proporcionado un telescopio, y el buen hombre tenía la imaginación tan exaltada, que esperaba distinguir los habitantes de la luna. Fue necesario aminorar las teorías; pero empleaba todas las veladas en hacerse explicar los movimientos de los astros y el admirable mecanismo celeste, del que unos años más tarde Galileo había de ser condenado a abjurar la herejía, torturado, de rodillas y con la antorcha en la mano.

 




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