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Amandine-Aurore-Lucile Dupin alias George Sand
Los caballeros de Bois-Doré

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  • Tomo I
    • - XIV -
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 - XIV -

   Monsieur Poulain empezó hablando bien del castellano.

 

   Era un hombre excelente; tenía muy buenas intenciones; no podía negarse que daba mucho a los pobres; desgraciadamente, tenía poco discernimiento y distribuía sus limosnas al azar, sin consultar al intermediario natural entre el castillo y la cabaña, o sea el párroco. Era algo chiflado, inofensivo personalmente, pero peligroso por su posición, por su fortuna y por los ejemplos de sensualidad refinada, de ligereza y de indiferencia religiosa que daba a los que le rodeaban.

 

   Además, había en su casa un personaje bastante sospechoso: ese gaitero, que podía no ser tan mudo como fingía serlo; algún hereje o falso sabio que se ocupaba de astronomía, acaso de astrología.

 

   El viejo Adamas no valía mucho más; era un vil adulador y un hipócrita, y el paje, tan ridículamente ataviado como un gentilhombre, ¡él, que, como burgués, no tenía derecho a gastar raso, y que los domingos iba a misa con una especie de sobrevesta adamascada!

 

   Toda aquella chusma no valía nada. Apenas eran corteses con monsieur Poulain; no le manifeistaban ninguna consideración señalada; todavía no le habían invitado a comer de un modo particular e insistente. Se habían limitado a decirle una vez que tenía su cubierto puesto. Eso era portarse con muy pocos cumplidos, y era sorprendente por parte de un hombre que había vivido mucho tiempo en la corte. Bien es verdad que la corte del Bearnés no brillaba por su urbanidad, y allí se mimaba escandalosamente a gentes de poco más o menos; en fin, en el castillo la única persona que tenía buen sentido era Belinda.

 

   Alvimar comprendió que monsieur Poulain era hombre de juicio. Volvió a pensar que el gaitero, sobre todo, era sospechoso.

 

   Sin embargo, no se interesó mucho tiempo por tales menudencias.

 

   Tan pronto como se hubo cerciorado de que no debía demostrar confianza al marqués, ascendió en sus preocupaciones y quiso saber lo que debía pensar de los personajes de la provincia.

 

   Monsieur Poulain estaba al corriente de todos los secretos del Gobierno de Bourges. Entendía la política a la manera de Alvimar: apoderarse de la vida privada de cada persona para llegar a tener ascendiente sobre los asuntos generales.

 

   Este mal sacerdote comprendió que podía hablar; confesó que se encontraba muy a disgusto en aquella pequeña aldea, pero que tenía paciencia con la esperanza de que un día u otro monsieur de Bois - Doré o su vecino monsieur de Beuvre provocasen alguna persecución que él prefería sufrir a ejercer.

 

   - Comprendedme bien; más vale estar en el terreno de la defensiva que en la brecha de la agresión. En la brecha no se está nunca seguro; si estos calvinistas del bajo Berry llegasen a amenazarme hasta hacerme algún pequeño daño, yo metería bastante ruido y saldría de estas funciones ínfimas y de este país desierto. No vayáis a suponerme ambicioso; no tengo más ambición que la de servir a la Iglesia, y, para ser útil, hay que admitir la necesidad de estar en candelero.

 

   «Este curilla es más listo que yo - pensó Alvimar - ; sabe esperar y colocarse convenientemente para disparar sobre el enemigo; yo he sido siempre agresivo, y es lo que me ha perdido. Pero nunca es tarde para aprovechar los buenos consejos; vendré a menudo a pedírselos a este hombre.»

 

   Efectivamente; aquel hombre, que parecía no ocuparse más que de comadreos de pueblo y que en el fondo no se preocupaba de ellos más que por el partido que les podía sacar, era más listo que Alvimar; tanto es así, que en una hora le adivinó ¡a él, tan desconfiado!, y se enteró, si no de los secretos de su vida, al menos de los de su carácter, de sus decepciones, sus desdichas, sus deseos y sus necesidades.

 

   Cuando le hubo sonsacado cuanto quiso, pareciendo ser él el que hacía confidencias, fue derecho al grano y le habló en la forma siguiente:

 

   - Tenéis más probabilidades que yo para triunfar, dado que la fortuna es la mayor condición para el poderío. Un sacerdote no puede hacer fortuna tan fácilmente como un seglar. Tiene que caminar lentamente, sin más fuerzas que las de su espíritu y su celo. No debe olvidar que la riqueza no es su finalidad, y no la puede desear más que como un medio. Pero vos estáis en disposición de hacer fortuna de la noche a la mañana. Basta con que os caséis.

 

   - No lo creo - dijo Alvimar - . Las mujeres de nuestra época corrompida hacen la fortuna de sus amantes con más gusto que la de sus maridos.

 

   - Lo he oído decir - contestó monsieur de Poulain - ; pero conozco el remedio.

 

   - ¿Ah, sí? ¡Pues poseéis un gran secreto!

 

   - Muy sencillo y muy fácil. No hay que apuntar tan alto como puede que lo hayáis hecho. No es necesario casarse con una mujer del gran mundo. Hay que buscar una buena dote y una mujer sencilla en el fondo de una provincia. ¿Me comprendéis bien? Hay que gastar el dinero en la corte sin llevar allí a la mujer.

 

   - ¡Cómo! ¿Casarse con una burguesa?

 

   - Hay damiselas nobles que son más ricas que las burguesas y no menos modestas.

 

   - No conozco a ninguna.

 

   - La hay en este país, sin ir más lejos... ¿Y la viudita de la Motte Seuilly?

 

   - No tiene gran fortuna.

 

   - Juzgáis por las apariencias. Aquí no hay costumbres de lujo. Exceptuando a ese loco marqués, la nobleza sedentaria vive sin ostentación; pero hay dinero. El contrabando de sal y los saqueos de los conventos han enriquecido a los hidalgos. Cuando queráis, yo os probaré que con las rentas de madame de Beuvre llevaréis en París una vida de las más holgadas. Además, está emparentada con las primeras familias de Francia y no todas verían con gusto la alianza con un español.

 

   - ¿Pero no es calvinista como su padre?

 

   - ¡La convertiríais!... Al menos que su calvinismo os sirviese de pretexto fácil paxa dejarla vivir en su castillo.

 

   - ¡Veis muy lejos, señor rector! Pero si un día u otro declaráis la guerra a esa familia...

 

   - Con tal que no haga que la despojen de sus bienes, esta guerra puede, en ciertos casos, seros útil. Fijaos bien en que no os aconsejo que maltratéis o abandonéis a vuestra esposa, sino que tengáis la libertad de alejaros de ella por las necesidades de vuestra condición. Si su carácter se agriase o si se rebelase, se la podría dominar por su herejía. La libertad de conciencia concedida a estas gentes está sujeta a restricciones que ellos quebrantan a menudo. Por lo tanto, están siempre bajo nuestra dependencia, y la prueba es que esa viudita no encuentra con quien volverse a casar. Los jóvenes del país están hartos de la guerra de castillos y temen casarse con la guerra. En estos momentos me tendríais más rival que acaso monsieur de Ars, que es un moderado y un asiduo de la Motte. Pero ya se le sabría retener en Bourges con otros lazos. Es un mozo fácil de distraer. Además, con el tipo que tenéis, y tratándose de una viuda que debe de aburrirse en la soledad, tendríais que ser muy poco hábil para fracasar. Veo en vuestra sonrisa que no dudáis mucho del éxito.

 

   - Pues bien; confieso que no estáis equivocado - contestó Alvimar, que recordó de pronto la emoción que la damita no había logrado ocultarle y acerca de la que él se había podido equivocar fácilmente. - Creo que si yo quisiera...

 

   - Hay que querer... Pensad en ello... - respondió monsieur de Poulain, levantándose - . Si estáis decidido, escribiré confidencialmente a gentes que pueden mucho.

 

   Se refería a los jesuitas, que ya habían empezado a conmover la firmeza de monsieur de Beuvre, amenazándole con impedir que su hija se volviese a casar. Podían devolver al hidalgo su tranquilidad al precio de este enlace. Alvimar comprendió a medias palabras, y prometió al rector que lo pensaría seriamente y que le daría la contestación a los dos días, puesto que precisamente tenía que pasar el día siguiente en casa de monsieur de Beuvre.

 

   La campana del castillo anunciaba la comida; Alvimar se despidió del curilla, que le auguraba tan risueños destinos, y emprendió de nuevo el camino hacia el castillo.

 

   Se sentía más fuerte y más alegre que lo había estado desde hacía muchos días, porque se sentía en comunicación con un espíritu activo, capaz de ayudarle llegado el caso. El valor le volvía. Su fuga al Berry, su refugio inquietante en casa del enemigo de sus creencias y de sus opiniones, y la especie de aislamiento, que dos horas antes se presentaban a su pensamiento con un tinte sombrío, le sonreía ahora como una aventura feliz.

 

   «Sí, sí; este hombre tiene razón - pensaba - . Este casamiento me salvará. No tengo más que querer. Cuando haya enamorado a esta provincianita, podré confesarle mi desgracia en la corte. Será para ella una cuestión de honor el ofrecerme compensaciones. Además, si es menester dármelas de moderado durante unos días... ¡pues lo intentaré! ¡Vaya, valor! Mi horizonte se aclara y acaso brille el fin la estrella de mi fortuna.»

 

   Al hacer estas reflexiones levantó la cabeza y vio ante él, sobre el puente levadizo del patio, al niño de la marisca montando valientemente uno de los caballos de la carroza del marqués.

 

   Mercedes había pedido permiso a Adamas para pasar el día en el castillo, y el buen hombre se lo había concedido en nombre de su amo, a quien la quería presentar en cuanto éste estuviese visible.

 

   Al jugar en el patio, el niño le había hecho gracia al cochero, que había consentido en mantarle sobre Squilindre, mientras que él, montando Pimante - el otro caballo de la carroza - , tenía la brida y conducía los caballos al río para que tomasen su baño cotidiano.

 

   La figura de aquel niño llamó la atención de Alvimar; la víspera le había visto abalanzarse pordioseando entre las patas de su caballo y huir ante su látigo, y ahora el mismo niño, encaramado sobre el monumental corcel Squilindre, le miraba de arriba abajo con aire de triunfo benévolo.

 

   Era imposible ver una cara más interesante y más conmovedora que la del pequeño vagabundo; su belleza no era vistosa: era pálido, quemado por el sol y parecía endeblucho; acaso sus facciones no eran irreprochables; pero en la expresión de sus ojos, de un negro dulcemente aterciopelado, y en la sonrisa bondadosa y fina de su boca delicada, había algo irresistible para todo el que no tuviera el corazón cerrado al encanto divino de la infancia.

 

   Instintivamente Adamas había sentido su dulce poderío y hasta los criados más groseros del corral los sentían también. ¡Estas naturalezas rudas son a veces tan buenas! ¿No ha dicho de ellas madame de Sevigné que se encuentran «almas de campesinos completamente rectas que aman la virtud con la misma naturalidad con que los caballos galopan»?

 

   Pero Alvimar no amaba el candor, no amaba a los niños, y éste en particular le causó un desagrado que no logró explicarse.

 

   Tuvo una sensación de vértigo y de frío, como si en el momento en que volvía más sosegado y menos triste al castillo de Briantes, el rastrillo le hubiese caído sobre la cabeza.

 

   Desde hacía algunos años sufría vértigos repentinos, y solía atribuir a las personas que en aquellos momentos le llamaban la atención el fenómeno que le ocurría. Creía en influencias misteriosas, y para desviarlas se apresuraba, por si acaso, a renegar y a maldecir interiormente de los seres que le parecían revestidos de este poder oculto.

 

   - ¡Así te rompa la cabeza ese caballo! - murmuró, mientras que debajo de su capa levantaba los dedos de la mano izquierda para conjurar el mal de ojo.

 

   Al ver que la morisca venía hacia él por el patio, repitió el gesto cabalístico. La mujer se detuvo un momento y, como la víspera, le miró con una atención que le irritó.

 

   - ¿Qué me queréis? - le preguntó bruscamente, adelantándose hacia ella.

 

   La morisca no contestó; le saludó y corrió a reunirse con su hijo, preocupada por verle a caballo.

 

   El marqués venía con Lucilio Giovellino al encuentro de su huésped.

 

   - ¡Venid a comer! - le dijo. ¡Debéis de estar muerto de hambre! La Belinda se desespera porque, como no os ha visto salir esta mañana, no ha podido impedir que os marchéis en ayunas.

 

   Alvimar no creyó deber hablar de su visita y de su comida en casa del cura. Habló de la belleza agreste de los arrabales y del tiempo dulce y risueño de la mañana otoñal.

 

   - Sí - dijo Bois - Doré - ; durará todavía unos días, porque el sol...

 

   Un grito estridente le interrumpió, y, corriendo con toda la velocidad que le fue posible, para enterarse de lo que ocurría, llegó al puente con Alvimar y Lucilio; uno le había precedido y el otro le seguía maquinalmente.

 

   Vieron entonces que la morisca, desde el borde del foso, extendía con angustia los brazos hacia el niño, que era arrastrado río adentro por el caballo que montaba; la mujer parecía dispuesta a arrojarse al agua desde el escarpado sitio en que se encontraba.

 

 

 




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