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Amandine-Aurore-Lucile Dupin alias George Sand
Los caballeros de Bois-Doré

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  • Tomo I
    • - XVI -
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 - XVI -

   La morisca habló así:

 

   - Mario, mi bien amado, di a este bondadoso señor que yo hablo poco el español, y menos todavía el francés; contaré mi historia a su escribiente y él la leerá:

 

   Soy hija de un pobre granjero de Cataluña, donde los pocos moriscos perdonados por la Inquisición vivían aún tranquilos, con la esperanza de que les dejarían ganar su vida trabajando, puesto que no habían tomado parte alguna en las guerras de los últimos tiempos, tan desdichadas para nuestros hermanos de las demás provincias de España.

 

   Mi padre se llamaba Yesid en árabe y Juan en español; yo, bautizada por aspersión como los demás, era la cristiana Mercedes, pero la morisca Ssobyha.

 

   Ahora tengo treinta años; tenía trece cuando nos avisaron secretamente que íbamos a ser, a nuestra vez, despojados y echados.

 

   Antes de mi nacimiento, el terrible rey Felipe II había ordenado «que en un plazo de tres años todos los moriscos tenían que saber la lengua castellana y no hablar, ni leer, ni escribir en árabe pública o seeretamente; que todos los contratos en árabe serían nulos; que todos nuestros libros serían quemados; que abandonaríamos nuestros trajes y llevaríamos los de los cristianos; que las moriscas saldrían sin velo, con la cara descubierta; que no tendríamos ni fiestas, ni danzas, ni cantos nacionales; que perderíamos nuestros apellidos y nuestros nombres para tomar nombres cristianos; que ya ni moriscos ni moriscas podrían bañarse nunca, y que nuestros baños serían destruídos en nuestras casas».

 

   Y así nos insultaron hasta en el pudor de nuestras costumbres y en la salud de nuestros cuerpos. Mis padres se habían sometido. Cuando vieron que la sumisión no les servía para nada, y que en realidad los perseguían para apoderarse de su dinero, no se ocuparon más que en reunir y esconder todo lo que pudieron para huir cuando volviese a presentarse el peligro de la muerte.

 

   A fuerza de trabajos y de paciencia reunieron un pequeño tesoro. Decían que era para evitarme el tener que pordiosear como tantos otros que se habían dejado sorprender. Pero estaba escrito que yo pediría limosna como los demás.

 

   A pesar de las humillaciones con las que nos agobiaban, nos considerábamos bastante felices. Nuestros señores, los españoles, no nos querían; pero como veían que éramos los únicos en España que sabían y querían cultivar sus tierras, pedían al rey que nos perdonase.

 

   Tenía yo diez y siete años cuando el rey Felipe II dictó de pronto un nuevo decreto contra todos los moriscos catalanes. Nos expulsaba del reino con todos los bienes nobiliarios que pudiésemos llevar con nosotros. So pena de muerte, teníamos que abandonar en tres días nuestras casas e ir escoltados hasta el lugar del embarque. Todo cristiano que ocultase un moro, sería castigado con seis años de galeras.

 

   Estábamos arruinados. Sin embargo, mi padre y yo cogimos todo el oro que nos era posible llevar, y nos marchamos sin proferir una queja. Nos prometían conducirnos a África, país de nuestros antepasados.

 

   Entonces pedimos al Dios de nuestros padres que nos aceptase de nuevo como hijos fieles.

 

   Durante el viaje nos dejaron vestir nuestros antiguos trajes, que desde hacía un siglo se conservaban en las famillas, y cantar nuestras oraciones en nuestro idioma, que no habíamos olvidado, porque, a despecho de los edictos, lo hablábamos siempre entre nosotros.

 

   Nos amontonaron como bestias en las galeras del Estado; pero apenas nos habíamos embarcado, nos pidieron el precio de la travesía. La mayor parte no tenían nada. Se exigió que los ricos pagasen por los pobres.

 

   Mi padre, viendo que arrojaban al mar a los que no encontraban fianza, pagó sin sentimiento por todos los que estaban en nuestra embarcación; pero cuando vieron que no le quedaba nada, le arrojaron al mar como a los otros.

 

   La morisca se paró. No lloraba, pero tenía el pecho oprimido.

 

   - ¡Detestables granujas españoles! ¡Pobres moriscos! - murmuró el marqués.

 

   Luego, como advertido por una triste mirada de Lucilio, añadió:

 

   - Francia, ¡ay!, no se ha portado mejor, y la regente los ha tratado absolutamente igual.

 

   Mercedes prosiguió:

 

   - Al verme sola en el mundo, sin un céntimo y privada de todo lo que amaba, quise seguir a mi pobre padre; no me dejaron. Era bonita. El patrón de la galera me quería por esclava. Pero Dios desencadenó una tempestad y fue menester luchar contra ella. Varias embarcaciones naufragaron y miles de moriscos perecieron con sus verdugos.

 

   La galera que nos conducía fue lanzada por una tempestad contra las costas de Francia y se estrelló en un lugar cuyo nombre no he sabido nunca.

 

   Fui arrojada sobre la playa entre los muertos y los moribundos; estaba salvada. Me arrastré entre las rocas, y, no teniendo fuerzas para ir más lejos, me escondí cuidadosamente, y, empapada y rendida, dormí por primera vez desde hacía muchos días y muchas noches.

 

   Cuando me desperté, la tempestad había cesado. Hacía calor; estaba sola. El buque, destrozado, se hallaba sobre la costa; los muertos, sobre la playa. Tenía hambre, pero me quedaban bastantes fuerzas para andar.

 

   Me alejé lo más de prisa que pude del ribazo, donde temía encontrar españoles, y me encaminé por las montañas, mendigando el pan, el agua y el albergue. Me recibían muy mal; mi traje me hacía sospechosa a los aldeanos.

 

   Por fin encontré algunas mujeres de mi raza que estaban establecidas en un pueblo y que me dieron un vestido; me aconsejaron que ocultase mi religión y mi origen, porque los hombres del país no querían a los extranjeros y aborrecían especialmente a los moriscos. Por lo visto ¡ay! los aborrecen en todas partes, pues más tarde me han dicho que, en lugar de acoger como hermanos a los que habían logrado llegar a África, los bereberes los han degollado o reducido a una esclavitud peor que la de España.

 

   ¿Cómo podía yo seguir el consejo de ocultar mi origen? No sabía bastante bien el idioma catalán para ello. A lo primero me dieron alguna limosna; pero cuando pasaba un español decía a la gente del país:

 

   - Tenéis entre vosotros una morisca.

 

   Y me echaban de todas partes. Iba de valle en valle.

 

   Un día en que me hallaba en una carretera, que según he sabido más tarde era la de Pau, el cielo hizo que encontrara a una mujer todavía más desdichada que yo. Era la madre del niño que veis, y que he adoptado como hijo mío...

 

   - Seguid - dijo el marqués.

 

   Pero Mercedes volvió a detenerse; pareció reflexionar y dijo a Lucilio:

 

   - No puedo contar la historia de los padres del niño más que a vos solo..., que le habéis salvado la vida y me parecéis un ángel en la tierra. Si consienten en tenernos aquí unos días y veo que no hay para Mario peligro alguno, juro decirlo todo; pero temo al español, y he visto a este noble señor poner su mano en la de él después de haberle reprendido por su dureza hacia nosotros. Lo he sorprendido todo con mis ojos; los señores son los señores, y los pobres esclavos no deben esperar que ni aun los mejores se pongan de su parte en contra de sus iguales.

 

   - ¡No hay iguales que valgan! - exclamó el marqués cuando Lucilio le hubo traducido por escrito la contestación de Mercedes. Juro por mi fe de cristiano y mi honor de caballero proteger al débil contra todos.

 

   La morisca contestó que diría la verdad, aunque ocultando ciertos detalles inútiles.

 

   Luego prosiguió en la forma siguiente:

 

   - Me hallaba en la carretera de Pau; pero en medio de las montañas, en un lugar muy desierto. Mientras descansaba, ocultándome por miedo a las malas gentes que se encuentran en todas partes, vi pasar a un hombre que viajaba con su mujer.

 

   La mujer iba un poco delante; unos bandidos llegaron por detrás y mataron y robaron al viajero con tal rapidez, que su mujer no lo notó, y al retroceder le vio ya muerto a través del camino.

 

   Ante tal espectáculo, cayó moribunda; vi que estaba embarazada.

 

   No sabía cómo aliviarla y consolarla. Arrodillada junto a ella, oraba y lloraba, cuando apareció un hombre de barba gris, vestido de negro, que iba a caballo y se acercó a preguntarme por qué lloraba. Le mostré la mujer echada sobre el cuerpo de su marido. Le habló en varios idiomas, porque era un sabio; pero no tardó en darse cuenta de que ella no estaba en estado de contestar.

 

   La sacudida que acababa de sufrir precipitaba su alumbramiento.

 

   Pasaban unos pastores con sus rebaños; los llamó, y como vieron que aquel hombre era un sacerdote de su religión cristiana, le obedecieron y llevaron a la mujer a su casa, donde murió una hora más tarde, después de haber dado a luz a Mario y de haber entregado al cura el anillo de matrimonio que llevaba en el dedo, sin poder explicar nada, pero designando al niño y al cielo.

 

   El cura se detuvo en casa de los pastores para dar sepultura a los pobres muertos, y como creyó que yo era la esclava de la señora, me confió el niño y me dijo que le siguiera. Pero yo, al ver que era sabio y humano, no le quise engañar. Le conté mi historia y le dije cómo había presenciado por casualidad el asesinato del buhonero.

 

   - ¿Era un buhonero? - preguntó el marqués.

 

   - O un hidalgo disfrazado - contestó Mercedes - ; porque su mujer llevaba debajo de su pobre capa vestidos de señora, y cuando a él le desnudaron para enterrarle, vieron que tenía una camisa fina y calzas de seda debajo de su traje grosero. Sus manos eran blancas, y también le encontraron un sello con armas.

 

   - ¡Enseñadme el sello! - exclamó Bois - Doré, hondamente conmovido.

 

   La morisca movió la cabeza y dijo:

 

   - No le tengo.

 

   - Esta mujer desconfía de nosotros - prosiguió el marqués, dirigiéndose a Lucilio - ; sin embargo, esta historia me interesa más de lo que se figura. ¿Quién sabe si...? Vamos, mi buen amigo, intentad al menos hacerle decir la época precisa en que ocurrió la aventura que nos relata.

 

   Lucilio hizo seña al marqués de que interrogase al niño, quien contestó sin vacilar:

 

   - He nacido una hora después de la muerte de mi padre, una hora antes de la muerte del buen rey de Francia Enrique IV. Me lo ha dicho el señor cura Anjorrant, recomendándome que no lo olvidase nunca, y mi madre Mercedes no me prohíbe que os lo diga con la condición de que el español no se entere.

 

   - ¿Por qué? - preguntó Adamas.

 

   - No sé - contestó Mario.

 

   - Entonces ruega a tu madre que continúe su historia - dijo monsieur de Bois - Doré - , y tened la seguridad de que os guardaré el secreto, según os lo hemos prometido.

 

   La morisca prosiguió su relato en esta forma:

 

   - El buen cura pidió que le diesen una cabra para amamantar al niño, y nos llamó, diciéndome:

 

   «Más tarde hablaremos de religión. Sois desgraciados, y debo tener piedad de vosotros.»

 

   Vivía bastante lejos de allí, en plena montaña. Nos alojó en una cabañita, hecha con piedras de mármol y revestida con otras piedras grandes, negras y aplastadas; dentro no había más que hierba seca. Aquel santo no podía ofrecernos más que un albergue y la palabra de Dios. La casa donde vivía no era mejor que la casita donde nos encontrábamos.

 

   Pero a los ocho días de estar allí, el niño estaba aseado y cuidado, y la casa bien cerrada. Los pastores y los aldeanos no me rechazaban, porque su sacerdote les había enseñado la dulzura y la caridad. Yo les enseñé, para el cuidado de sus rebaños y para el cultivo de sus tierras, cosas que ignoraban y que saben todos los labradores moriscos. Me escucharon y, considerándome útil, ya no me dejaron carecer de nada.

 

   Hubiera sido muy dichosa junto a aquel hombre de paz, en aquel país de perdón, si hubiera podido olvidar a mi pobre padre, la casa donde habían nacido mis parientes y mis amigos, a los que ya no volvería a ver. Pero tomé tanto cariño al pobre huérfano, que poco a poco me consoló de todo.

 

   El cura le educó y le enseñó el francés y el español, mientras que yo le enseñaba mi idioma para tener a alguien en el mundo con quien hablarlo. Y, sin embargo, no creáis que al enseñarle oraciones árabes le haya desviado de la religión que le enseñaba el sacerdote.

 

   No creáis que rechazo vuestro Dios. ¡No! ¡No! Cuando vi que aquel hombre tan sincero, tan misericordioso, tan sabio y tan casto, me hablaba bien de su profeta Issa y de los hermosos preceptos del Engil, que no mandan hacer lo que el Corán nos prohíbe, pensé que la religión más hermosa debía de ser la que practicaba; y como a pesar de la aspersión de los curas españoles no había recibido el bautizo - me había protegido con las manos para que ni una gota de agua cristiana cayese sobre mi cabeza - , consentí en ser bautizada de nuevo por aquel hombre virtuoso y juré a Alá que no negaría jamás el culto de Issa y de Paracleto.

 

   Esta ingenua declaración causó vivo placer al marqués, quien, a pesar de sus nuevas nociones de Filosofía, era tan poco partidario, como Adamas, de la idolatría pagana atribuida a los moriscos de España.

 

   - Entonces - dijo acariciando la morena cabeza de Mario - no tenemos que habérnoslas con demonios, sino con seres de nuestra especie. ¡Numes celestes! Me alegro mucho, porque esta pobre mujer me interesa y este huérfano me conmueve el corazón. ¿De modo, mi bello amiguito, que has sido educado por un cura de los Pirineos, sabio y bueno? ¡Y tú también eres un pequeño sabio! No podré hablarte en árabe; pero si tu madre te quiere dejar conmigo, juro hacer que te eduquen como a un noble.

 

   Mario no sabía lo que era la nobleza.

 

   Indudablemente tenía una cultura prodigiosa en relación con su edad y con la época y el ambiente en que había sido educado; mas, para todo lo que no era religión, moral e idiomas, era un verdadero salvaje y no tenía la menor idea de la sociedad en la que el marqués le invitaba a entrar.

 

   No vio en la oferta más que cintas, bombones, perritos y lindas habitaciones llenas de aquellos bibelots que a él le parecían juguetes. Sus ojos brillaron de codicia ingenua, y Bois - Doré, que era, en su género, tan ingenuo como él, exclamó:

 

   - ¡Vive Dios! Maese Jovelin, este niño es de buena estirpe. ¿Habéis visto cómo le han brillado los ojos al oír la palabra noble? Vamos, Mario, pide a Mercedes que te deje con nosotros.

 

   - ¡Los dos! - exclamó el niño.

 

   - Los dos - contestó Bois - Doré - ; ya sé que el separaros sería una crueldad.

 

   Mario, loco de alegría, se apresuró a decir a la morisca en árabe, cubriéndola de caricias:

 

   - ¡Madre! ¡Ya no andaremos por los caminos! Este buen señor nos tendrá aquí, en su hermosa casa.

 

   Mercedes dio las gracias suspirando:

 

   - El niño no es mío - dijo - ; es de Dios, que me lo ha confiado; tengo que buscar y encontrar a su familia. Si no existen ya o no le quieren, volveré aquí y os diré de rodillas: «Guardadle y echadme a mí, si queréis. Yo prefiero llorar sola a la puerta de la casa donde él sea feliz, que verle pordiosear otra vez por los caminos.»

 

   - Esta mujer tiene un alma grande - dijo el marqués - . Pues bien: la ayudaremos con nuestro dinero y nuestra influencia a encontrar lo que busca. ¿Pero por qué no nos dice lo que sabe? Acaso conociendo el nombre de la familia del niño la podríamos ayudar en seguida.

 

   - Ese nombre no lo sé - contestó la morisca.

 

   - Entonces, ¿por qué abandonasteis vuestras montañas?

 

   - Diles lo que quieren saber - dijo Mercedes a Mario en árabe - ; pero no les digas nada de lo que todavía deben ignorar.

 

 

 




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