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Amandine-Aurore-Lucile Dupin alias George Sand
Los caballeros de Bois-Doré

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  • Tomo I
    • - XVIII -
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 - XVIII -

   Mientras que el marqués y Adamas cambiaban estas reflexiones, la morisca se había preparado para cantar y Lucilio había acudido a oírla.

 

   Las canciones gustaron tanto al marqués, que rogó a Lucilio que anotase los aires; Lucilio las apreció más todavía diciendo que eran «cosas raras y antiguas de una perfecta belleza».

 

   Estimulada por las alabanzas, Mercedes cantaba cada vez mejor y Mario la acompañaba muy bien.

 

   Estaba tan lindo con su gran guitarra, su aire modoso, su boca entreabierta y sus hermosos cabellos ondulados sobre los hombros, que no se hartaba uno de mirarle. Su traje, compuesto por una ruda camisa blanca, cortas bragas de lana obscura, una cintura roja y calzas grises con bridas de lana encarnada enrolladas alrededor de la pierna, favorecía la gracia de su cuerpo y la elegancia de sus formas delicadas.

 

   El regalo de aquellos juguetes que habían traído de la guardilla le deslumbró, y el marqués vio con gusto que, después de admirar aquellas maravillas, las ordenó en un rincón con una especie de respeto.

 

   El caso es que todo aquello no le entusiasmaba y, cuando la sorpresa se hubo disipado, tornó a pensar en Fleurial, que estaba vivo y que era juguetón y hubiera podido seguirle en su vida errante, mientras que la posesión de los caballos y ciudadelas era tan sólo el sueño de un instante en su existencia de miseria y de tránsito.

 

   El resto del día pasó sin otro disgusto para Alvimar.

 

   Volvió a ver a monsieur Poulain y le dijo que estaba resuelto a entablar el sitio de la gentil Lauriana.

 

   Durante la cena puso todo su cuidado en no enemistarse con el marqués, para que éste no le malquistara con la viudita, y consiguió hasta aparecer amable. No volvió a encontrar en la casa ni a la morisca ni al niño, ni oyó hablar de ellos y se recogió temprano para soñar con sus proyectos.

 

   Toda la servidumbre del marqués se alegró de que Mario permaneciese algunos días en el castillo, según dijo Adamas. Éste le hizo comer con su madre en la segunda mesa, en la que comía él también, en calidad de ayuda de cámara, con el ama de gobierno Belinda, el paje Clindor y maese Jovelin, a quien Bois - Doré hacía con toda intención pasar por un subalterno.

 

   El cochero y los demás criados comían a otras horas y en otro lado; era la tercer mesa.

 

   Había una cuarta mesa para las gentes del cortijo, los transeuntes, los viajeros pobres y los frailes alforjeros; de suerte que, desde el alba hasta la noche cerrada, o sea las ocho o las nueve, se comía en el castillo de Briantes y había incesantemente alguna chimenea que humeaba con olor a guisado, atrayendo de lejos bandadas de golfillos y de mendigos. Estos recibían siempre en la puerta principal buena pitanza con las sobras, e instalaban la quinta mesa sobre el césped de la avenida o sobre el borde de los fosos.

 

   Las rentas del marqués hacían frente a aquella amplia hospitalidad y a aquel numeroso personal, muy poco en relación con lo exiguo del castillo, y aun le sobraba dinero para satisfacer sus inocentes caprichos.

 

   Aunque no se ocupaba de contabilidad alguna, no le robaban; como Adamas y Belinda se aborrecían, se vigilaban mutuamente, y si Belinda no era mujer que se privase de sisar un poco, el temor de dar motivo a las sospechas de su enemigo la hacía ser prudente y forzosamente moderada en cuestión de provechos. Estaba liberalmente pagada y siempre magníficamente vestida a costa del castellano, que no quería ver «ni pingos ni mugre» en torno suyo, y no tenía pretexto alguno para malversar; lo lamentaba, sin embargo, porque era de esas personas que adoran un céntimo robado y desprecian un luis bien adquirido.

 

   En cuanto a Adamas, no era en todas sus relaciones la probidad personificada - había hecho la guerra y usado las costumbres de los guerrilleros - ; pero amaba tanto a su amo que, si desde el puesto eminente de hombre de confianza al que había llegado se hubiera atrevido a saquear y a poner rescate a las gentes de fuera, lo hubiera hecho únicamente en provecho del castillo de Briantes.

 

   Clindor hacía causa con él contra la Belinda, que le odiaba y le trataba de perro disfrazado.

 

   Era un buen muchacho, medio listo y medio tonto, indeciso entre ser un burgués, título que iba adquiriendo cada día mayor importancia, o dárselas de futuro hidalgo, según la vanidad común a toda la burguesía, y que había de mantenerla por mucho tiempo en una actitud equívoca, haciéndola ser, a pesar de su superioridad intelectual, el juguete de los partidos.

 

   Se guardó el secreto sobre el origen de la morisca, para no exponerla a la intolerancia recelosa de la Belinda, que hacía grandes aspavientos de devoción; Adamas la hizo pasar por española.

 

   No se traslució una sola palabra de su historia ni de la de Mario.

 

   - Señor marqués - dijo Adamas al desnudar a su amo - , estamos en la infancia en cuanto se refiere a los artificios del tocado. La morisca, con quien durante la velada he hablado de cosas serias, me ha enseñado más en una hora que lo que saben todos vuestros engalanadores de París. Posee secretos admirables acerca de todo, y sabe extraer de las plantas jugos maravillosos.

 

   - ¡Está bien, está bien, Adamas! Háblame de otra cosa. Recítame algún poema mientras me arreglas la barba, porque me siento triste y estoy por decir, como monsieur de Urfé, hablando de Astrée, que el «recuerdo de mis pesares enturbia el reposo de mi pecho y el respirar de mi vida».

 

   - ¡Numes celestes!, señor - exclamó el fiel Adamas, que gustaba de usar las fórmulas de su amo - , ¿siempre el recuerdo de vuestro hermano?

 

   - ¡Ay!, me ha vuelto hoy a dominar, no sé por qué. Hay días así, amigo mío, en los que un dolor adormecido se despierta. Es como las heridas hechas en la guerra. ¿Sabes lo que me ha recordado hace un momento la gracia de este huérfano? ¡Que me voy haciendo viejo, mi pobre Adamas!

 

   - ¡El señor bromea!

 

   - No; nos hacemos viejos, amigo mío, y mi nombre se extinguirá conmigo. Tengo algunos primos lejanos que no me interesan y que perpetuarán si pueden, el nombre de mi padre; pero yo seré el primero y el último Bois - Doré, y nadie heredará mi marquesado, puesto que es honorífico y proviene de un capricho regio.

 

   - Lo he pensado a menudo, y lamento que el señor no haya querido poner fin a su vida de soltero, casándose con alguna bella ninfa de estos contornos.

 

   - Indudablemente he hecho mal en no pensar en ella. He corrido demasiado de bella en bella, y aunque no haya conocido a monsieur de Urfé, apuesto que él ha oído hablar de mí en algún lugar, y que me ha querido representar en el personaje del pastor Hylas.

 

   - ¿Y aunque eso fuera, señor? Ese pastor es un hombre muy amable, infinitamente ingenioso y el más gracioso, para mí, de todos los héroes del libro.

 

   - Sí, pero es joven, y te repito que empiezo a dejar de serlo y a lamentar amargamente el no tener familia. ¿Sabes que mil veces he tenido la idea o el deseo de adoptar algún niño?

 

   - Ya lo sé, señor; cada vez que veis un nene, bonito y gracioso, volvéis a la misma idea. Y bien: ¿quién os lo impide?

 

   - La dificultad de encontrar uno que tenga una fisonomía hermosa y un buen natural y no tenga padres dispuestos a quitármelo después de que yo le haya educado; porque eso de encariñarse con un niño para que se lo lleven a la edad de veinte o veinticinco años...

 

   - Hasta entonces, señor...

 

   - ¡Oh! El tiempo camina tan de prisa! No se le siente pasar. Ya sabes que había pensado traer a mi casa a algún pariente pobre; pero en mi familia son todos unos viejos ligueros y, además, sus niños son feos, traviesos o sucios.

 

   - Cierto es, señor, que los segundones de Bouron no tienen nada de hermosos. Os habéis llevado la estatura, todo el atractivo y toda la valentía de la familia, y vos solamente sois capaz de daros un heredero digno de vos.

 

   - ¡Yo! - dijo Bois - Doré, algo asombrado por tal aserción.

 

   - Sí, señor; hablo en serio. Puesto que vuestra libertad os pesa, puesto que por décima vez os oigo decir que queréis ordenaros...

 

   - ¡Pero, Adamas, hablas de mí como de un perdido! Me parece que desde la triste muerte de Enrique he vivido según conviene a un hombre agobiado por el dolor, y a un hidalgo sedentario, obligado a dar buen ejemplo.

 

   - Cierto, cierto, señor; podéis decirme sobre este particular todo lo que gustéis. Mi deber es no contradeciros. No tenéis la obligación de contarme todas las aventuras que os acontecen en los castillos o en los bosquecillos de los alrededores, ¿verdad, señor? Eso no importa más que a vos. Un fiel servidor no debe espiar a su amo, y no creo haber hecho nunca al señor preguntas indiscretas.

 

   - Hago justicia a tu delicadeza, mi querido Adamas - contestó Bois - Doré confuso, preocupado y halagado a la vez por las suposiciones quiméricas de su idólatra criado - . Hablemos de otra cosa - prosiguió sin atreverse a insistir sobre un asunto tan delicado y queriendo figurarse que Adamas sabía de él aventuras que él mismo ignoraba.

 

   El marqués no era abiertamente ni fanfarrón ni jactancioso. Tenía demasiado mundo para contar las conquistas que había hecho y para inventar las que ya no hacía. Pero le encantaba el que se las siguieran suponiendo, y con tal de no comprometer a ninguna mujer en particular, dejaba decir que podía pretender a todas. Sus amigos se prestaban a su modesta fatuidad, y la gran diversión de los jóvenes, especialmente de Guillermo de Ars, era el embromarle sobre este punto, sabiendo cuán agradable le era tal género de broma.

 

   Pero Adamas no andaba con tantos rodeos; aunque no era excesivamente meridional por su propia cuenta, lo era para las cosas de su amo, porque había confundido su personalidad en el resplandor de la de Bois - Doré.

 

   Por lo tanto, prosiguió hablando con aplomo sobre el mismo tema y declaró que el señor hacía bien en pensar en el matrimonio.

 

   Esta conversación volvía a menudo entre ellos, y ni el uno ni el otro se cansaba de ella, a pesar de que, desde hacía treinta años, no tuviera nunca más resultado que esta reflexión de Bois - Doré:

 

   - Sin duda, sin duda; ¡pero estoy tan tranquilo así! No corre prisa; ya volveremos a hablar de ello.

 

   Sin embargo, esta vez pareció escuchar con más interés que de costumbre las habladurías de Adamas a su propósito.

 

   - Si no creyera casarme con una mujer estéril - dijo a su confidente - , ¡en verdad que lo haría! Acaso me conviniera una viuda con hijos.

 

   - ¡Quitad allá, señor! - exclamó Adamas - . Tomad a una damisela joven y hermosa, que os dará una descendencia que perpetúe vuestra imagen.

 

   - Adamas - dijo el marqués después de haber vacilado un rato - , tengo alguna duda de que el cielo me conceda tal dicha. Pero me sugieres una idea agradable: la de casarme con una joven a quien poder considerar como una hija y querer como si fuera un padre. ¿Qué te parece?

 

   - Me parece que tomándola muy joven, muy joven, acaso el señor se pudiera imaginar que había adoptado un niño. Entonces, si el señor quisiera, no habría necesidad de ir muy lejos. La damita de la Motte Seuilly es precisamente la que conviene al señor. Es hermosa, buena, honesta y risueña; es lo que hace falta para alegrar nuestro castillo, y estoy seguro de que su padre lo ha pensado más de una vez.

 

   - ¿Tú crees, Adamas?

 

   - ¡Claro! ¡Y ella también! ¿Creéis que cuando vienen aquí ella no hace comparaciones entre su viejo castillo y el vuestro, que es una mansión de hadas? ¿Creéis que, aun siendo tan jovencita y tan inocente como es, no habrá pensado en lo que sois comparándoos con todos los demás pretendientes que pueda tener?

 

   Bois - Doré se durmió pensando, precisamente, en la ausencia de pretendientes alrededor de la bella Lauriana, en los rencores de los vecinos contra el sincero y rudo Beuvre y en el dolor que le causaba a este último tal estado de cosas, pasajero sin duda, pero del que él exageraba la posible duración.

 

   El marqués se persuadió de que su proposición sería aceptada como una gran merced de la Fortuna.

 

   La cuestión religiosa era sencilla entre ellos, y en caso de que Lauriana le reprochase el haber abjurado el calvinismo, no tendría gran inconveniente en volver a él por segunda vez.

 

   La fatuidad no le permitía detener su pensamiento en la objeción que le pudieran hacer respecto a su edad. Adamas tenía el don de alejar cada noche, con sus lisonjas, un recuerdo tan desagradable.

 

   Aquella noche el buen Silvio se durmió más ridículo que nunca; pero quien hubiera podido leer en su corazón el sentimiento verdaderamente paternal que le guiaba, la gran tolerancia filosófica de que estaba dotado, «en previsión de infidelidades» y los proyectos de mimos, de sumisión y de cariño que formaba para su esposa, le hubiera seguramente perdonado, aun burlándose de él.

 

   Cuando Adamas pasó a su cuarto le pareció oír en la escalera excusada un roce de vestido.

 

   Se precipitó todo lo de prisa que pudo; pero no alcanzó a Belinda, quien tuvo tiempo de huir después de haber oído, según ocurría a menudo, toda la conversación de los solterones.

 

   Adamas sabía que era capaz de aquel espionaje. Sin embargo, creyó haberse equivocado y atrancó todas las puertas cuando ya no quedaba más secreto por sorprender que los ronquidos del marqués y los ladridos ahogados de Fleurial, echado al pie de la cama y soñando con cierta gata negra, que era para él lo que Belinda era para Adamas.

 

 

 




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