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Amandine-Aurore-Lucile Dupin alias George Sand
Los caballeros de Bois-Doré

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  • Tomo I
    • - XIX -
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 - XIX -

   Al día siguiente fueron a la Motte Seuilly; llegaron a eso de las nueve.

 

   El lector no habrá olvidado que en aquella época la comida se servía a las diez de la mañana y la cena a las seis de la tarde.

 

   El marqués, firmemente resuelto a declarar sus proyectos matrimoniales, pensó que esta vez debía emplear un medio de locomoción más ligero que su magnífica y enorme carroza.

 

   Montó, sin esfuerzos excesivos, sobre su lindo caballo andaluz, llamado Floridor - también un nombre de la Astrée - , un excelente animal, de ademanes dulces y carácter tranquilo, pero algo aparatoso, a propósito para que el jinete se luciese; es decir, que al menor aviso de la pierna o de la mano sabía poner ojos feroces, encabritarse, dilatar las narices como un mal demonio, hasta hacer corvetas bastante altas; en fin, dárselas de malo.

 

   «En realidad, era de lo más inocente del mundo.»

 

   Al poner pie en tierra, el marqués ordenó a Clindor que pasease su caballo durante un cuarto de hora alrededor del patio, so pretexto de que estaba demasiado sudoroso para entrar en seguida en la cuadra; pero en realidad con la idea de que todos se enterasen a fondo de que seguía cabalgando su brillante corcel.

 

   Pero antes de aparecer delante de Lauriana, el buen monsieur Silvain entró en la habitacíón que le estaba reservada en la casa de su vecino, para componerse, perfumarse y ataviarse lo más airosa y elegantemente posible.

 

   Por su parte, Sciarra de Alvimar, vestido completamente de terciopelo y de raso negro, a la moda española, con los cabellos cortas y la gola de ricos encajes, no necesitó más que cambiar sus botas por calzas de seda y zapatos cubiertos de cintas para ofrecer su aspecto más ventajoso.

 

   A pesar de que su traje severo, y ya anticuado en Francia, fuese más adecuado a la edad de Bois - Doré que a la suya, le daba cierto aire de diplomático y de sacerdote, que hacía resaltar doblemente su juventud, extraordinariamente conservada, y la elegancia fácil de su persona.

 

   Monsieur de Beuvre parecía haber presentido un día de petición de mano, pues estaba menos hugonote, es decir, menos austero que de costumbre en su indumentaria, y encontrando a su hija demasiado sencilla, la había persuadido para que se pusiese un vestido más hermoso.

 

   Lauriana se vistió con toda la elegancia que le permitía el luto de viuda, que debía llevar hasta que se volviese a casar. Los usos de entonces no transigían.

 

   Se puso un vestido de seda blanca, con la sobrefalda recogida sobre un fondo de un tono blanco grisáceo, que se llamaba entonces color bazo.

 

   Se puso una chorrera y puños de encaje, y como su caperucita de viuda - el gorrito de María Estuardo - la dispensaba de someterse a la moda de la horrible peluca empolvada, que reinaba todavía, pudo lucir sus hermosos cabellos rubios, ondulados y enrollados en forma que descubrían su linda frente y encuadraban sus sienes, en las que las venas se transparentaban delicadamente.

 

   Para no parecer demasiado provinciana, se echó sobre el pelo una nube de polvos de Chipre, que le hacían parecer de un rubio aún más aniñado.

 

   Aunque los dos pretendientes estaban resueltos a mostrarse amables entre sí, hubo, sin embargo, durante el almuerzo alguna tirantez, como si les hubiese ocurrido la sospecha de que se hacían mutuamente competencia.

 

   El hecho es que Belinda había contado al ama de monsieur de Poulain la conversación que había sorprendido la víspera entre Adamas y el marqués. El ama se lo había participado al rector, quien había avisado a Alvimar por medio del siguiente billete:

 

   «Tenéis en la persona de vuestro huésped un rival que os puede servir de contraste cómico; sacad partido de la circunstancia.»

 

   Alvimar se rió interiormente de tal rivalidad; su plan consistía en atacar antes que nada el corazón de la dama.

 

   No le importaba que el padre estuviese o no de su parte; pensaba que, una vez dueño de los sentimientos de Lauriana, lo demás le sería fácil.

 

   Bois - Doré razonaba de otra manera.

 

   No podía poner en duda la estimación y el afecto que tenían por él. No esperaba ni deslumbrar ni enloquecer a Lauriana. Hubiera deseado encontrarse solo con el padre y la hija para exponer con toda sencillez las ventajas de su rango y de su fortuna; luego esperaba, por medio de humildes galanterías, darse ingeniosa y honradamente a comprender.

 

   En fin, quería portarse como hombre bien educado, mientras que su rival hubiera preferido conquistar la plaza en héroe de aventuras.

 

   Beuvre, al ver que Alvimar se ponía tierno, dio un disgusto a su viejo amigo, llevándole aparte a lo largo del riachuelo, para hacerle infinidad de preguntas acerca de la fortuna y del rango de su huésped; lo único que Bois - Doré podía contestar era que monsieur de Ars, se lo había recomendado como un noble por quien tenía singular aprecio.

 

   - Guillermo es joven - decía monsieur de Beuvre - , pero nos tiene demasiada consideración para presentarnos un hombre indigno de nuestra buena acogida. Sin embargo, me sorprende el que no os haya dicho nada más; pero monsieur de Villarreal ha debido exponeros los motivos de su venida. ¿Cómo es que no ha ido con Guillermo a los festejos de Bourges?

 

   Bois - Doré no podía contestar a estas preguntas. Pero en el fondo de sus pensamientos, Beuvre se persuadía de que aquel misterio no ocultaba más designio que el de agradar a su hija.

 

   - La habrá visto en algún sitio - pensaba - , sin que Lauriana haya reparado en él, y aunque me parece ser muy católico, también me parece estar muy enamorado de ella.

 

   Y pensaba también que, dado el estado actual de las cosas, un yerno español y católico levantaría la fortuna de su casa y borraría el perjuicio que había causado a su hija al convertirse a la religión reformada.

 

   Aunque sólo hubiera sido por llevar la contraria a los jesuitas, que le habían amenazado, deseaba que el español, aun siendo medianamente rico, tuviera un abolengo bastante alto para pretender a la mano de Lauriana.

 

   Monsieur de Beuvre razonaba en escéptico.

 

   Aunque no hiciera con los Ensayos, de Montaigne, los mismos aspavientos que hacía Bois - Doré con la Astrée, los leía con asiduidad, y hasta no leía más libro que aquél.

 

   Bois - Doré era más honrado en política que su vecino y, de ser padre, no hubiera razonado como él. No era más religioso que Beuvre; pero de las creencias de otros tiempos había guardado la de la patria, y el espíritu de la Liga no le hubiera hecho transigir.

 

   Estaba tan absorto con sus propias preocupaciones, que no adivinó las de su amigo, y durante un cuarto de hora hablaron con frases sueltas, sin comprenderse, de la urgencia de un buen matrimonio para Lauriana.

 

   Al fin, la cuestión se aclaró.

 

   - ¡Vos! - exclamó Beuvre estupefacto de sorpresa cuando el marqués se hubo declarado - . ¡Él! ¿Quién diablos podía esperar una cosa así? Yo me imaginaba que me hablabais a medias palabras de vuestro español, ¿y ahora resulta que se trata de vos mismo? ¡Vamos! ¡Mi vecino! ¿Habláis cuerdamente o es que os tomáis por vuestro nieto?

 

   Bois - Doré se mordió el bigote; pero como estaba acostumbrado a las bromas de su amigo, se repuso en seguida y se esforzó en persuadirle de que la gente se equivocaba acerca de su edad y añadió que su padre se había vuelto a casar con buen éxito a dos, sesenta años, o sea siendo más viejo que lo era él actualmente.

 

   Mientras así perdía el tiempo, Alvimar se esforzaba en aprovecharlo.

 

   Había sabido detener a madame de Beuvre bajo el enorme árbol, cuyas ramas, colgando hasta el suelo, formaban como un recinto de verdura sombría, en el que se hallaban aislados en medio del jardín.

 

   Empezó torpemente con piropos exagerados.

 

   Lauriana no estaba prevenida contra el veneno de la linsonja; estaba poco enterada de las bellas maneras de las jóvenes nobles y no hubiera sabido distinguir la mentira de la verdad; pero, afortunadamente para ella, su corazón no había sentido todavía el hastío de la soledad y era mucho más niña de lo que parecía. El lenguaje hiperbólico de Alvimar le hizo mucha gracia y se echó a reír de su galanteo con una animación que le desconcertó.

 

   Él comprendió que sus frases no surtían efecto yse esforzó en hablar de amor con más naturalidad.

 

   Acaso hubiera logrado su propósito, llevando alguna turbación a aquella alma virginal; pero de pronto Lucilio, como si hubiera sido enviado por la Providencia, llegó a interrumpir el peligroso coloquio con las dulces notas de su sordina.

 

   No había querido ir con Bois - Doré, porque sabía que le harían comer con los criados y que no vería a Lauriana hasta las doce.

 

   Ni Lauriana ni su padre ignorabanla trágica historia del discípulo de Bruno, y, siguiendo el ejemplo del marqués, los de la Motte Seuilly afectaban tratarle como simple artista para no comprometerle; pero le guardaban la consideración que se merecía.

 

 

   Lucilio era el único que no había pensado en acicalarse en aquella ocasión. No tenía esperanza alguna de llamar la atención, ni siquiera tenía el menor deseo de que se fijasen en su persona, porque sabía que sólo podía pretender a la unión misteriosa de las almas.

 

   Por lo tanto, se acercó al árbol sin vana timidez ni falsa discreción y, contando con la verdad y la belleza de lo que iba a decir con su música, se puso a tocar, con gran desagrado y despecho de Alvimar.

 

   Por un momento, Lauriana también se sintió contrariada por la interrupción; pero se lo reprochó al ver sobre el hermoso rostro del músico la intención ingenua de serle agradable.

 

   «No sé por qué - pensó la joven - hay sobre este rostro como un resplandor de afecto sincero y de confianza sana que no se encuentra sobre el del otro.»

 

   Y volviendo a mirar a Alvimar, que estaba contrariado, adusto y altivo, sintió como un escalofrío de terror, acaso por él, acaso por ella misma.

 

   Quizá también porque fuese muy sensible a la música, o porque su espíritu estuviese dispuesto a cierta exaltación, se imaginó oír las palabras de los hermosos aires que tocaba Lucilio, y aquellas palabras imaginarias le decían:

 

   «¡Mira el claro Sol que brilla en el dulce cielo y las aguas vivas que reciben sus rayos sobre sus facetas tornadizas!

 

   ¡Mira los hermosos árboles inclinados, formando negras cunas, sobre el fondo de oro pálido, de las praderas, y las praderas mismas, ya risueñas como en la primavera, bajo el bordado de las rosadas flores del otoño, y el cisne gracioso, parece navegar con ritmo a tus pies, y las aves viajeras que cruzan allá lejos las nubes diapreadas!

 

   ¡Todo eso es lo que te digo con mi música: ¡es la juventud, la pureza, la fe, la amistad, la dicha!

 

   No escuches la voz extranjera que no comprendes. Es dulce, pero engañadora. Apagaría el Sol sobre tu cabeza, secaría la tierra bajo tus pies, marchitaría las flores en los prados y troncharía las alas de los pájaros; haría descender en torno tuyo la sombra, el frío, el miedo, la muerte, y agotaría para siempre el manantial de las armonías divinas que te canto.»

 

   Lauriana ya no veía a Alvimar; sumida en un dulce ensueño, tampoco veía a Lucilio. Estaba transportada al pasado y, pensando en Carlota de Albret, se decía:

 

   «¡No, no! ¡Jamás escucharé la voz del demonio!»

 

   - Amigo - dijo levantándose cuando el músico hubo terminado, me has hecho mucho bien y te doy las gracias; no te puedo ofrecer nada digno de pagar los bellos pensamientos que sabes hacer comprender; por eso te ruego que aceptes estas dulces violetas, que son el emblema de tu modestia.

 

   Había negado aquellas flores a Alvimar y afectaba dárselas al pobre músico delante de él.

 

   Alvimar tuvo una sonrisa de triunfo, creyéndose provocado por una coquetería más incitadora que una confesión de amor; pero tal no era el pensamiento de Lauriana; fingiéndose atar el ramillete al sombrero del músico, le dijo en voz baja:

 

   - Maese Giovellino: os pido que seáis para mí como un padre y no os separéis ni un paso hasta que yo os lo diga.

 

   Merced a la agudeza de su penetración italiana, Lucilio comprendió.

 

   - Sí, sí; ya comprendo - contestó con una mirada expresiva - ; contad conmigo.

 

   Y se sentó sobre las raíces del antiguo árbol, a distancia respetuosa, como un criado que esperase las órdenes que le quisieran dar; pero lo bastante cerca para que Alvimar no pudiese decir una palabra sin que él la oyese.

 

   Alvimar lo adivinó todo. Le tenía miedo; tanto mejor. Sentía un desdén tan profundo hacia el tocador de cornamusa, que se puso de nuevo a hacer su corte delante de él, como si hubiera estado delante de un madero.

 

   Pero su poderoso magnetismo perdió todo su poder.

 

   Lauriana tenía la sensación de que la apacible presencia de un hombre de bien como Lucilio era una defensa. Se hubiera avergonzado de ser coqueta delante de él. Se sentía bajo su mirada, y aquella era una protección. Vio al español picarse e irritarse poco a poco. Ensayó sus fuerzas haciéndole frente.

 

   Alvimar quería que despidiese al importuno, y se lo decía con la intención de que el otro lo oyese.

 

   Lauriana se negó rotundamente, declarando que deseaba oír más música.

 

   Entonces Lucilio preparó su gaita.

 

   Alvimar llevó la mano a su jubón, sacó un cuchillo español bien afilado y, después de desenvainarlo, se puso a jugar con él como por distracción; a ratos fingía querer escribir con el cuchillo sobre el árbol, y a ratos parecía querer lanzarlo, como haciendo alardes de habilidad.

 

   Lauriana no comprendió la amenaza.

 

   Lucilio permanecía impasible; sin embargo, era muy italiano para no conocer la ira fría de un español y para no saber hasta dónde puede ir la punta de un estilete lanzado como al azar.

 

   En otra ocasión se hubiera preocupado por un instrumento que la mirada de Alvimar parecía acechar, como para atravesarlo. Pero obedecía a Lauriana y combatía por la inocencia, como Orfeo por el amor, con su lira victoriosa; atacó violentamente uno de los aires moriscos que había oído y anotado la víspera.

 

   Alvimar se sintió desafiado y el fuego que ardía en él comenzó a abrasarlo.

 

   Tenía la habilidad de un chino para lanzar el cuchillo y, resuelto a asustar al impertinente músico, comenzó a lanzar en torno suyo la hoja brillante, que trazaba relámpagos más cercanos a medida que Lucilio proseguía su canto lastimero y tierno. Lauriana se había alejado unos pasos, y en aquel momento volvía la espalda a la horrible escena.

 

   «He desafiado las torturas y la suerte - pensaba Giovellino - ; desafiémoslas de nuevo sin dar al español la alegría de verme palidecer.»

 

   Volvió los ojos hacia otro lado y tocó con el mismo recogimiento y la misma perfección que si hubiera estado en la mesa de Bois - Doré.

 

   Entretanto, Alvimar, yendo y viniendo, se divertía colocándose delante de él y apuntándole, como si hubiera sentido la tentación de tomarle por blanco; y por una de esas extrañas fascinaciones que son el castigo de las malas bromas, empezaba a sentir realmente aquella monstruosa tentación.

 

   Tenía sudores, frío y vértigos.

 

   Lucilio lo sentía más que lo veía; pero prefería arriesgarlo todo a dejar ver un instante de temor al enemigo de su patria y al insultador de su dignidad.

 

 

 




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