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Amandine-Aurore-Lucile Dupin alias George Sand
Los caballeros de Bois-Doré

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  • Tomo I
    • - XXI -
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 - XXI -

   Volvieron al jardín, siendo acogidos con aire burlón por monsieur de Beuvre.

 

   La actitud seria y tranquila que adoptó Lauriana, y el aire enternecido y resplandeciente que el marqués no podía disimular, le causaron tal sorpresa, que no pudo menos de interrogarles delante de Alvimar, con términos velados, pero bastante transparentes.

 

   Lauriana contestó que estaba perfectamente de acuerdo con el marqués, y Alvimar, no pudiendo creer lo que oía, tomó esta declaración como una nueva coquetería hacia él.

 

   Entonces la inquietud de monsieur de Beuvre se aguzó, y llevándose a su hija aparte le preguntó si hablaba en serio y si era tan loca o ambiciosa para aceptar un galán nacido en el reinado de Enrique II.

 

   Lauriana le contó de qué modo había evitado su respuesta aplazando toda explicación hasta dentro de siete años.

 

   Después que Beuvre se hubo reído hasta hacer estallar su cinturón, Lauriana lo recomendó el secreto; pero le costó trabajo hacerle comprender su delicada bondad.

 

   Beuvre se hubiera divertido mucho con la decepción del marqués, y le parecía que el reírse de él en sus barbas hubiera sido darle una buena lección.

 

   - No, padre - contestó Lauriana - ; sería causarle una gran pena, y nada más. No está en edad para corregirse de sus defectos, y no veo lo que ganaríamos con ultrajar a un hombre tan bueno, cuando nos es tan fácil adormecerle en sus ensueños. Creed que la coquetería de las mujeres con tales ancianos es inocente, y no deja de ser una buena acción el dejarles con sus ilusiones. Tened la seguridad de que el día que le diga que siento inclinación hacia alguien se alegrará, mientras que si le hubiera desengañado puede que a estas horas estuviese enfermo, no tanto por mi crueldad como por la de su vejez, que yo le habría hecho sentir sin miramiento ni piedad.

 

   Lauriana ejercía algún ascendente sobre su padre. Consiguió que se abstuviera de burlar al marqués sobre sus bellos amores con ella, y Alvimar, a pesar de su penetración, no adivinó lo que pasaba.

 

   Lauriana acababa de hacer realmente una buena acción, y como hay una cuenta abierta entre nosotros y la Providencia, fue recompensada en el acto, recibiendo el invisible auxilio, que es la remuneración, a veces inmediata, de todo acto generoso de nuestras almas.

 

   Era muy niña; pero tenía el espíritu de una mujer fuerte, y si era capaz, como toda hija de Eva, de sufrir una fascinación peligrosa, también lo era de reaccionar y encontrar en su conciencia una sólida defensa.

 

   El resto del día pasó sin que las insinuaciones galantes de Alvimar la conmoviesen, y hasta le pareció que al dar aquel puñal al marqués en prenda de generosa amistad, se había deshecho de algo que la turbaba y la abrasaba. Además tuvo mucho cuidado en no volver a encontrarse a solas con el español y en no alentar ninguno de los esfuerzos que él hacía para volver a llevar la conversación hacia las delicadas banalidades del amor.

 

   Por último, un incidente vino a impedir toda conversación particular y distraer a la reunión.

 

   Un joven gitano se presentó solicitando regocijar a la ilustre concurrencia con sus ejercicios y su talento; hasta creo que el granuja decía «su genio».

 

   Apenas le introdujeron, Alvimar reconoció al vagabundo que había servido de intérprete entre monsieur de Ars y la morisca, en los brazos de Champillé, y que había declarado ser francés y llamarse La Fleche.

 

   Era un mozo de unos veinte años, bastante guapo, aunque ya marchito por el libertinaje; su mirada era penetrante y descarada; su boca aplastada y pérfida; sus discursos eran insulsos, imprudentes y burlones. Era de pequeña estatura, pero bien formado, con la agilidad corporal de un mono y la agilidad manual de un ratero; inteligente para todas las cosas que sirven para el mal y cretino para todo trabajo útil o todo buen razonamiento.

 

   Este personaje, como todos los de su oficio, poseía algunos harapos, con los que se componía un traje fantástico para realizar sus ejercicios.

 

   Se presentó con una especie de capa genovesa forrada de rojo y con uno de esos sombreros extravagantes, erizados de pluma de gallo, sin nombre, sin forma, sin razón de ser; ruinas arrogantes de las que Callot ha inmortalizado en sus grotescos italianos la espléndida inverisimilitud.

 

   Botas hasta media pierna, dentadas, la una demasiado larga, la otra demasiado corta, dejaban ver las calzas de un rojo avinado. Un enorme escapulario cubría su pecho impío, como cartel de salvaguardia contra la acusación, constantemente suspendida sobre su cabeza, de paganismo y de magia negra. Una cabellera intensamente larga y de un rubio soso caía lacia sobre su faz delgada, pintada con ocre rojo; y un bigote naciente iba a reunirse a dos mechones de pelo blancuzco que surgía bajo el mentón liso y reluciente.

 

   Comenzó con una voz de trompeta cascada:

 

   - Que la ilustrísima compañía se digne excusar el descaro con que me atrevo a precipitarme a sus pies pidiendo indulgencia. En efecto, ¿le cuadra a un pícaro de mi condición, con su cabellera erizada, las cicatrices de su justillo y su sombrero que desde ha tiempo hace oposiciones a espantajo, comparecer ante una dama cuyos ojos avergüenzan la luz del sol, para venir a recitar una sarta de sandeces? Acaso se me diga, para darme valor, que no soy un mal bastero, ni un bandido, ni un lacayo molido a palos, pues se dice de los lacayos que son como los nogales que «cuanto más se apalean más producen»; también puede que se me diga que no soy ni un pillo, ni un ratero, ni un mequetrefe, ni un fierabrás, ni un sabihondo, ni un pisaverde, ni un rajabroqueles, ni un bárbaro, y que tengo bastante buen semblante, a posar de mi fisonomía algo subalterna; pero ante un mérito como el de la dama que veo - no se ofende a una diosa porque se la mire - y ante una reunión de señores que más parece una reunión de monarcas que una carretada de terrenos de feria, el hombre más valiente del mundo pierde la chaveta y queda reducido a un pozo de ignorancia, una sentina de estupideces y la fuente de todas las impertinencias...

 

   Maese La Fleche hubiera podido hablar durante dos horas en este tono y con una volubilidad insoportable, si no le hubieran interrumpido para preguntarle qué sabía hacer.

 

   - ¡Todo! - exclamó el pillo - . Puedo bailar con los pies, con las manos, con la cabeza y con la espalda; sobre una cuerda, sobre una escoba, sobre la punta de un campanario y sobre la de una lanza; sobre huevos, sobre botellas, sobre un caballo al galope, sobre un aro, sobre un tonel, hasta sobre agua corriente; pero esto con la condición de que una persona de la sociedad consienta en servirme de pareja. Puedo cantar y rimar en treinta y siete idiomas y medio, con tal de que una persona de la sociedad me quiera contestar sin hacer una falta en los mismos treinta y siete idiomas y medio. Puedo comer ratas, cáñamo, espadas, lumbre...

 

   - ¡Basta!, ¡basta! - dijo Beuvre impacientado - ; ya conocemos tu letanía; es la misma que emplean los charlatanes como tú. Pretendéis saberlo todo y no sabéis más que una cosa: decir la buenaventura.

 

   - Para decir la verdad - contestó La Fleche - , en eso es en lo que sobresalgo, y si Vuestras resplandecientes Altezas lo desean, echaré a suertes para saber por quién debo empezar; porque el Destino es un espíritu adusto, que no conoce ni el sexo ni el rango de las personas.

 

   - Anda, echa a suertes; ahí va mi prenda - dijo monsieur de Beuvre arrojándole una moneda de plata - . Vos, hija mía.

 

   Lauriana echó una moneda algo mayor; - el marqués, un escudito de oro; Lucilio, una moneda de cobre, y Alvimar, una piedrecita, diciéndole:

 

   - Como veo que las prendas se regalarán al adivino, opino que éste no merece más que ser lapidado.

 

   - Tened cuidado - dijo Lauriana sonriendo - ; no os predecirá más que disgustos; ya sabéis que los horóscopos corresponden siempre al precio que se les ha pagado.

 

   - No lo creáis; el Destino manda - dijo La Fleche mientras mezclaba las prendas en una especie de hucha - . De pronto afectó hablar sin fraseología y con aire misterioso.

 

   Volvió su indescriptible sombrero, que amenazaba el cielo como un torreón insolente y se lo coló hasta los ojos como un lúgubre apagavelas; hizo varias muecas, pronunció palabras desprovistas de sentido que pretendían ser fórmulas cabalísticas, y después de limpiarse a hurtadillas el grosero colorete, mostró su faz empalidecida por la inspiración profética.

 

   Entonces trazó en la arena la gran esfera de los nigrománticos ignaros con todos los signos de la astrología callejera; luego colocó una piedra en medio y tiró la hucha contra el suelo. Ésta se rompió y las prendas se esparcieron sobre los diferentes signos trazados en las divisorias.

 

   En aquel momento Alvimar se inclinó para recoger su piedra.

 

   - ¡No!, ¡no! - exclamó el gitano precipitándose sobre su conjuro con la agilidad de un mono y poniendo la punta de un pie sobre la prenda de Alvimar sin borrar ninguno de los signos que la rodeaban - . ¡No, señor! Ya no podéis poner trabas al Destino; está sobre vos y sobre mí.

 

   - Ciertamente - dijo Lauriana, interponiendo su bastoncito entre Alvimar y La Fleche - . El adivino es el amo en su círculo mágico, y al desbaratar vuestro Destino podéis también desbaratar los nuestros.

 

   Alvimar se sometió; pero su cara denunció una agitación singular, que refrenó en seguida.

 

 

 




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