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| Amandine-Aurore-Lucile Dupin alias George Sand Los caballeros de Bois-Doré IntraText CT - Texto |
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- XXV - Bois - Doré lloró mucho al escuchar esta carta, que, leída por Mario, conmovía aún más hondamente su corazón.
- ¡Ay! - exclamó - . Yo le acusaba a menudo de olvidadizo, y él pensaba en mí desde el primer día que tuvo alegría y seguridad. Sin duda se disponía a venir para confiarme su mujer y su hijo, y yo no hubiera vivido solo y sin familia, ¡Descansa en paz en el seno de Dios, pobre amigo mío! ¡Tu hijo será el mío, y en mi dolor, por haberte perdido tan cruelmente, tengo al menos el consuelo de besar tu viva imagen! Porque este niño tiene su aire y su gracia, amigo Jovelin, y desde el primer momento en que le vi he sentido conmoverse mi corazón. Y ahora, Mario, besémonos como tío y sobrino que somos o, mejor dicho, como padre e hijo que debemos ser.
Esta vez el marqués no se preocupó de su peluca, y besó a su hijo adoptivo con tal efusión, que cambió en alegría los dolorosos recuerdos evocados por la carta de Florimond.
Pero Mercedes, desesperada por la sospecha de Lucilio, tenía empeño en hacer comprobar la verdad en todos sus detalles.
- Dale esa sortija - dijo a Mario - ; acaso puedan abrirla, y así conoceremos el nombre de tu madre.
El marqués cogió el grueso anillo de oro y lo volvió en todos sentidos; pero él, el hombre de los inventos y de los secretos, no logró encontrar el medio de abrirlo.
Ni Jovelin ni Adamas fueron más hábiles, y tuvieron que renunciar provisionalmente.
- ¡Bah! - dijo el marqués a Mario - . No nos preocupemos. De lo que no puedo dudar es de que eres el hijo de mi hermano. Según su carta, perteneces a una familia más noble que la nuestra; pero necesitamos conocer a tus antepasados españoles para quererte y alegrarnos por tenerte a nuestro lado.
Mercedes seguía llorando.
- ¿Qué lo pasa a esa pobre morisca? - preguntó el marqués a Adamas.
- Señor - contestó - , no comprendo lo que dice a maese Jovelin, pero veo que teme no poderse quedar junto a su niño.
- ¿Y quién se lo impediría? No seré yo, después de deberle tanta alegría y tanto agradecimiento. Venid acá, buena morisca, y pedidme lo que queráis. Si no deseáis más que una casa, fincas y rebaños, y servidores, incluso un buen marido a vuestro gusto, ¡lo tendréis todo o perderé mi nombre!
La morisca, a quien Mario tradujo estas palabras, contestó que no deseaba más que trabajar para vivir, pero en un lugar en el que pudiera ver todos los días a su querido Mario.
- ¡Concedido! - dijo el marqués, tendiéndole las manos, que ella cubrió de besos - . Os quedaréis en casa, y si os place ver a mi hijo a todas horas, me alegraré; porque, ya que le queréis tanto, no le cuidará otra mujer que vos. Vaya, amigos míos, felicitadme por el gran consuelo que me llega, y que, según sabéis, maese Jovelin, está en todo conforme con la predicción.
Dicho esto, abrazó a Lucilio, e incluso, por la primera vez en su vida, al fiel Adamas, que apuntó este hecho glorioso con letras de oro en sus Memorias.
Después el marqués cogió a Mario en sus brazos, le colocó sobre la mesa, en medio de la habitación, y alejándose unos pasos se puso a contemplarle como si no le hubiese visto nunca.
Era su bien, su heredero, su hijo, la mayor alegría de su vida.
Le examinaba de pies a cabeza, como si hubiera sido un cuadro o un mueble magnífico, y sonreía con una mezcla de ternura, de orgullo y de puerilidad, y como ya se sentía padre y no quería inspirar a la noble criatura una vanidad ridícula, se tragaba sus exclamaciones, contentándose con hacer brillar sus hermosos ojos negros, enseñar sus enormes dientes blancos y volver con satisfacción la cabeza a derecha e izquierda, como para decir a Adamas y a Lucilio: «¡Eh! ¡Vaya un mozo! ¡Qué aire, qué ojos, qué talle, qué gentileza, qué hijo!»
Sus dos amigos compartían su alegría y Mario soportaba el examen con un aire tierno y tranquilo, que parecía decir: «Podéis mirame, no encontraréis nada malo en mí.» Pero parecía decir especialmente al anciano: «Puedes quererme con toda tu alma, que yo sabré corresponderte.»
Y cuando el examen hubo terminado, se abrazaron de nuevo, como si se hubieran querido devolver en un beso todos los besos de que se habían visto privadas la infancia del uno y la vejez del otro.
- Ya veis, mi gran amigo - dijo en su alegría el marqués a Lucilio - , que no hay que burlarse de los adivinos, cuando nos predicen nuestros destinos por los astros. Sin embargo, creéis que nuestro planeta...
El buen marqués hubiera querido exponer cualquier sistema a su manera, en el que la astronomía, que le encantaba, se hubiese unido a la astrología, que le encantaba aún más. Pero Lucilio le interrumpió con un billete, en el que le instigaba a concertar con él los medios para descubrir a los asesinos de su hermano.
- Tenéis mucha razón - dijo Bois - Doré - ; y, sin embargo, en este día de alegría incomparable me duele pensar en castigos; pero es mi deber, y, si queréis, vamos a hablar de ello. Ve, Adamas; corre a decir a monsieur de Villarreal que le ruego disculpe un momento de retraso en la cena; y, sobre todo, no hagamos todavía que se sepa nada del advenimiento ocurrido en la casa... Vamos, ve, amigo... ¿Qué estás haciendo? - añadió, al ver que Adamas se miraba en un espejo de gran tamaño, encuadrado con un marco con rejilla de oro, y se hacía a sí mismo muecas extrañas.
- Nada, señor - contestó Adamas - ; estudio mi sonrisa.
- ¿Y puede saberse con qué objeto?
- ¿No es oportuno, señor, que estudie una expresión traidora para hablar con ese traidor?
- No, amigo mío; porque antes de creerle tal, hay que examinar mejor las cosas, y esto es lo que vamos a hacer.
En aquel momento Clindor llamó a la puerta.
Anunciaba que monsieur de Villarreal se hallaba indispuesto y deseaba no abandonar su habitación.
- Tanto mejor - dijo el marqués a Adamas - ; iré a visitarle. Después instruiremos su proceso entre nosotros.
- No iréis solo, señor - dijo Adamas - . ¿Quién sabe si su enfermedad no es fingida, y si, advertido por su conciencia, ese granuja no os quiere hacer caer en alguna trampa?
- Estás divagando, mi querido Adamas. Si ha matado a mi pobre hermano, seguramente ignora su nombre, puesto que está sin inquietud en mi casa.
- ¡Pero mirad el puñal, mi querido amo! Todavía no habéis examinado esta prueba...
- ¡Ay! - dijo Bois - Doré - . ¿Crees tú que le puedo examinar fríamente?
Lucilio aconsejó al marqués que viese a su huésped antes de haber esclarecido nada, a fin de hallarse bastante sosegado para ocultarle las sospechas que de él tenía.
Adamas dejó pasar al marqués; pero se deslizó tras de él hasta la puerta de la habitación del español.
Alvimar estaba, efectivamente, enfermo. Era propenso a jaquecas nerviosas muy fuertes, provocadas por cualquier acceso de ira, y aquel día había tenido más de uno.
Dio las gracias al marqués por su solicitud y le suplicó que no se ocupase de él. No necesitaba más que dieta, silencio y reposo hasta el día siguiente.
Bois - Doré se retiró, después de recomendar a Belinda que cuidase discretamente de que su huésped no careciese de nada, y aprovechó la visita para examinar la cara del viejo Sancho, al que aun no habían prestado atención.
El antiguo porquero era alto, delgado y pálido, huesudo y fuerte; se hallaba sentado en el ancho alféizar de la ventana y, aprovechando los últimos calores de la tarde, leía un libro ascético, del que no se separaba nunca y que no comprendía. Su principal ocupación, y al parecer su único placer, era articular con los labios las palabras de aquel libro y recitar maquinalmente el rosario.
Bois - Doré observaba con el rabillo del ojo, ora al amo, echado sobre su cama con aire abatido, ora al servidor apacible, austero y piadoso, cuyo perfil monacal se dibujaba sobre la vidriera.
- ¡No pueden ser salteadores de caminos! - pensaba - . ¡Qué demontres! Este joven pálido y fino con la mirada dulce como la de una damisela... Bien es verdad que hace un rato, cuando se enfadó con los gitanos, y ayer, cuando clamaba contra los moriscos, no tenía el aire tan benigno como de costumbre. Pero este viejo escudero con barba de capuchino, leyendo su libro de devoción con tanto recogimiento... Bien es verdad que nada se parece tanto a un hombre honrado como un granuja conocedor de su oficio, ¡Vaya! Mi penetración resulta insuficiente, y es menester pesar los hechos.
Regresó al pabellón destinado a sus habitaciones y en el que cada piso se componía de una pieza espaciosa y otra más pequeña: en la planta baja estaba el comedor y un cuarto para el servicio de la mesa; en el primero, la sala y un saloncitco; en el segundo, la alcoba del castellano y otro saloncito; en el tercero, la sala principal, llamada Sala de Verduras y que Adamas llamaba a veces Sala de Justicia; en el cuarto, habitaciones vacías y todavía sin terminar.
En el edificio reciente, adosado al flanco de este pabellón, se hallaban las alcobas de Adamas, de Clindor y de Jovelin, comunicando con las habitaciones de la gran casa. Este era el nombre que, sin intención irónica, daban en el pueblo al pabelloncito del marqués.
Bois - Doré encontró a su gente reunida en la Sala de Verduras, y sólo entonces recordó que, en medio de la emoción general, la morisca había entrado en su alcoba. Agradeció a Adamas el haber trasladado la conferencia fuera de su santuario. Vio a Jovelin, ocupado en escribir, y, sin querer molestarle, se sentó y leyó la carta dirigida por el abate Anjorrant a monsieur de Sully con objeto de facilitarle el descubrimiento de la familia de Mario.
Aquella carta había sido escrita poco tiempo después de la muerte de Florimond, e ignorando monsieur Anjorrant la muerte de Enrique IV y la desgracia de Sully, no había llegado a su destino. La que tenía el marqués era una copia que el abate había conservado y legado a Mario con la carta sin terminar de Florimond. Esta carta del abate o, mejor dicho, esta Memoria contenía detalles precisos sobre el asesinato del falso buhonero que Mercedes había relatado al abate y que, por varios indicios, habían confirmado.
En todo aquello nada revelaba la supuesta culpabilidad de Alvimar y de su criado. Los asesinos no habían sido descubiertos. Bien es verdad que los dos estaban descritos bastante fielmente en las declaraciones de la morisca, consignadas en la Memoria; pero esta mujer, que aseguraba ahora reconocerles, podía muy bien equivocarse y su acusación no bastaba para condenarles.
El cuchillo catalán, instrumento del crimen, confrontado con el que había entregado Lauriana, era una prueba más categórica. Las dos armas eran, si no idénticas, tan parecidas, que a primera vista era difícil distinguir una de la otra. Las iniciales y la divisa habían sido grabadas por el mismo punzón y las hojas salido de la misma fábrica.
Pero Florimond podía haber sido muerto por una arma robada a monsieur de Villarreal o perdida por él.
Nada probaba que la que Lauriana había entregado al marqués proviniese del español.
En fin, las iniciales, vistas por Mercedes, Mario y Adamas, sobre las otras armas de Alvimar, podían no ser las suyas, puesto que, en suma, él se había hecho presentar por Guillermo con el nombre de Antonio de Villarreal.
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