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Amandine-Aurore-Lucile Dupin alias George Sand
Los caballeros de Bois-Doré

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  • Tomo I
    • - XXIX -
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 - XXIX -

   El marqués se quedó atónito ante aquella salida imprevista; hasta aquel momento, el culpable había conservado toda su sangre fría y dado una apariencia de naturalidad a sus frecuentes interrupciones.

 

   Bois - Doré fue el primero en reponerse, como era natural, y estrujando con su largo mano nerviosa la muñeca convulsa de Alvimar, le dijo con desprecio abrumador:

 

   - ¡Desdichado! Dad las gracias al cielo por ser mi huésped; porque si yo no hubiera dado mi palabra de protegeros, palabra que os protege contra mí mismo, os estamparía contra la pared de este cuarto.

 

   Lucilio, temiendo una lucha, se había apoderado del cuchillo que estaba encima de la mesa.

 

   Alvimar vio este gesto y sintió miedo. Se desasió del marqués y llevó la mano a la guarda de su espada.

 

   - ¡Estaos quieto y no temáis nada aquí! - le dijo Bois - Doré con calma - . ¡Nosotros no somos asesinos!

 

   - Ni yo tampoco, señor - contestó Alvimar, al que pareció vencer un proceder tan digno - ; y ya que no queréis violar las leyes del honor, consentiré en justificarme.

 

   - ¿En justificaros? ¿Vos? ¡Pero si estáis convencido y condenado por el mentís que me habéis dado, y la prueba es que os desprecio el insulto!

 

   - Guardad vuestro desprecio para las que aguantan el ultraje en silencio. Si yo lo hubiera hecho, no sospecharíais de mí. He rechazado la injuria. La vuelvo a rechazar.

 

   - ¡Ah! ¿Ahora pretendéis negar?

 

   - ¡No! He matado a vuestro hermano... o a quien sea. Ignoro el nombre del hombre a quien maté... o dejé matar. ¿Pero sabéis los motivos que me impulsaron a aquel homicidio? ¿Sabéis si yo ejercía una venganza legítima? ¿Qué sabéis si aquella mujer..., cuyo nombre ignoráis, no era mi hermana, y si al vengar el honor de mi familia yo no recuperaba como bien propio el oro y las alhajas robadas par un seductor?

 

   - ¡Callad, señor! ¡No insultéis la memoria de mi hermano!

 

   - Vos mismo habéis confesado que no era rico. ¿De dónde hubiera sacado las mil pistolas para huir con una mujer?

 

   Bois - Doré sintió vacilar su convicción. Su hermano no había querido nunca, a causa de la diferencia de sus opiniones, aceptar de él la menor parte de una fortuna que, con razón, consideraba que provenía del despojo de sus propios partidarios.

 

   Se limitó a alegar que la mujer de su hermano había tenido derecho a llevarse lo que le pertenecía. Pero Alvimar repuso que la familia tenía también el derecho de considerarlo como suyo. Por lo tanto, rechazaba con energía la acusación de robo.

 

   - No por eso dejáis de ser un traidor - le dijo el marqués - , por haber apuñalado cobardemente a un hidalgo, en lugar de pedirle una reparación.

 

   - De ello tiene la culpa el disfraz de vuestro hermano - contestó Alvimar fogosamente - . Pensad que al verle con los trajes de un villano he creído que como a tal podía dejar que lo matase mi criado.

 

   - ¿Por qué no le mandasteis detener en aquella hostería, donde debisteis reconocer a vuestra hermana, en lugar de seguirle para asesinarle a traición?

 

   - Comprenderéis - contestó Alvimar, siempre altivo y agitado - que no quería armar un escándalo y comprometer a mi hermana ante una muchedumbre.

 

   - ¿Y por qué, en lugar de apoderaros de ella y devolverla a su familia, la abandonasteis en aquel camino, donde murió una hora después? ¿Y por qué nadie, más tarde, la ha reclamado?

 

   - ¿Podía yo seguirla, ignorando que estuviese cerca de mí? Vuestro testigo no ha podido oír todas mis palabras; lo que yo tenía que preguntar al seductor no podía hacerlo a voz en grito. ¿Qué sabéis si no me contestó que mi hermanase había quedado en Urdoz y si lo que tomaron por una huída no era la prisa de correr tras ella?

 

   - ¿Y al no hallarla en Urdoz no os interesasteis por su deplorable muerte? ¿No os preocupasteis siquiera del lugar de su sepultura?

 

   - ¿Quién os dice que no conozco mejor que vos, señor, todos los detalles de aquella triste historia? En mi lugar, no pudiendo ya remediar nada, ¿hubierais dado un escándalo en un país en el que nadie conocía el nombre de vuestra hermana ni la deshonra de vuestra familia?

 

   El marqués, anonadado por la aparente lógica de aquellas explicaciones, guardó silencio.

 

   Parecía pensativo y tan absorto en sus reflexiones, que apenas oyó que anunciaban una visita. Acababan de introducir a Guillermo de Ars en el salón contiguo.

 

   Lucilio vio brillar un relámpago de alegría en los ojos de Alvimar, causado acaso por el placer de ver a un amigo, o acaso solamente por la esperanza de huír de una situación peligrosa.

 

   Alvimar se precipitó fuera del gabinete, y la tapizada puerta se cerró por un momento entre él y sus huéspedes.

 

   Lucilio, al ver al marqués absorto en dolorosas reflexiones, le tocó como para interrogarle.

 

   - ¡Ay, amigo mío! - exclamó Bois - Doré - . ¡Pensar que no se qué resolver y que acaso soy víctima del mayor traidor del mundo! He sido inhábil. He expuesto a la buena morisca y acaso también a mi hijo a la venganza y a los ardides de un enemigo peligroso. He sido torpe. Al confesar que ignoraba el nombre de la dama le he proporcionado medios de defensa, y ahora, sea verdad, sea mentira la disculpa del asesino, ya no me creo con derecho a quitarle la vida. ¡Dios mío! ¡Señor! ¿Es posible que los buenos estén condenados a ser burlados por los granujas y que en toda guerra sean éstos los más listos y, en definitiva, los más fuertes?

 

   Al hablar en esta forma, el marqués, indignado contra sí mismo, pegó sobre la mesa un fuerte puñetazo; luego se levantó para recibir a Guillermo de Ars, cuya voz alegre y despreocupada se oía en la habitación contigua.

 

   Pero el mudo le asió vivamente del brazo, lanzando una exclamación inarticulada.

 

   Tenía en la mano un objeto sobre el que llamaba la atención de Bois - Doré con un balbuceo de sorpresa y de alegría.

 

   Era el anillo que el marqués se había puesto en el dedo meñique, aquel anillo misterioso que no había podido abrir y, que el vigoroso puñetazo aplicado sobre la mesa acababa de separar en dos circulos. No había en la sortija secreto de ninguna clase; pero las dos partes se juntaban tanto, que había sido necesaria una gran sacudida para separarlas.

 

   En un instante leyeron los dos nombres grabados en los círculos. Eran los de Florimond y de su mujer. Con una seguridad espontánea comprendieron que poseían al fin la verdad.

 

   El marqués dio rápidamente una orden a Lucilio, y con el corazón alegrado y la faz risueña fue a estrechar las manos de Guillermo.

 

   Alvimar y monsieur de Ars no habían tenido tiempo más que para cambiar algunas frases sobre el buen viaje de uno y la agradable sorpresa del otro. Pero Guillermo había advertido cierta alteración en las facciones de su amigo, y éste alegó como explicación la jaqueca de la víspera.

 

   Después de prodigar las primeras demostraciones de amistad a su joven pariente, el marqués quiso dar órdenes para la cena.

 

   - No, gracias - dijo Guillermo - ; he tomado un piscolabis en el camino, mientras que mis caballos descansaban, porque debo partir en este mismo instante. Ya veis que he vuelto más pronto de lo que pensaba. Ayer, en Saint - Amand, donde había ido con otros jóvenes de la provincia a hacer una escolta de honor a monseñor de Condé, he recibido el aviso de que mi intendente estaba muy enfermo. Temiendo morir, este buen hombre me ha enviado un mensajero para que regrese cuanto antes y para poderme poner al corriente de lo más esencial de mis asuntos, de los que confieso no saber la menor palabra. Sin embargo, he venido aquí primero para saber si le conviene a monsieur de Villarreal venirse conmigo esta noche o si está encadenado en vuestros jardines de la Astrée y desea pasar una noche más entre los encantos.

 

   - ¡No! - contestó vivamente Alvimar - . He abusado bastante de la cortesía del señor marqués; estoy indispuesto y acabaría por hacerme desagradable. Deseo marcharme con vos en el acto, y voy a encargar que preparen mis caballos a toda prisa.

 

   - Es inútil - dijo el marqués - ; voy a tocar la campana. Pronto tendré el gusto de volver a veros, monsieur de Villarreal.

 

   - Soy yo quien vendré mañana a tomar vuestras órdenes, señor marqués, y a daros todas las explicaciones que deseéis... sobre la partida que acabamos de jugar.

 

   - ¿Qué partida? - preguntó Guillermo.

 

   - Una partida de ajedrez muy hábil - contestó el marqués.

 

   Adamas acudió, llamado por el campanillazo.

 

   - Los caballos y las maletas de monsieur de Villarreal - dijo Bois - Doré.

 

   Mientras ejecutaban esta orden, el marqués, con una tranquilidad que dio a Alvimar la esperanza de que todo se había apaciguado entre ellos, dio cuenta a Guillermo del empleo del tiempo en Briantes, durante su ausencia. Luego le hizo preguntas sobre los hermosos festejos de Bourges.

 

   El joven estaba encantado de hablar; contó las emociones del tiro, o, mejor dicho, según lo llamaban entonces, del «honorable juego del arcabuz».

 

   Habían colocado los blancos en los prados Fichaux, con un gran pabellón adornado con tapices y follajes para las damas y damiselas de la ciudad. Los tiradores se colocaron sobre un tablado, a ciento cincuenta pasos del blanco. Se habían presentado seiscientos cincuenta y tres arcabuceros El único que mereció el premio fue Triboudet, de Sancerre; pero se vio obligado a repartirlo con Boiron, de Bourges, por haber tomado un nombre supuesto, a fin de adelantar su turno. Los de Sancerre protestaron mucho, porque tenían en gran honor probar que sus tiradores eran los mejores del reino, y la división del premio les parecía una injusticia. Seguramente, aquel mal fallo había sido pronunciado para satisfacer a los de Bourges.

 

   - En efecto - decía Guillermo, narrando con la animación de su juventud - , o Triboudet ha ganado o ha perdido. Si ha ganado, tiene derecho al honor y al provecho completos. Concedo que es culpable por haber tomado un nombre supuesto; pues bien: que le castiguen por ese delito con una multa o con unos días de cárcel, pero que no deje por eso de ser el vencedor del juego; porque el honor del talento es cosa sagrada, y, a pesar de que no tengamos en mucha simpatía a los viejos brujos de Sancerre, no hay un hidalgo que no haya protestado contra la injusticia hecha a Triboudet. Pero, ¡qué se lo va a hacer! Las grandes ciudades se comerán siempre a las pequeñas, y los ricachones de Bourges se imponen descaradamente a toda la burguesía de la provincia. ¡También se impondrían a la nobleza, si se les consintiese! Me sorprende que Issoudun haya tomado parte en el concurso; Argenton se ha abstenido diciendo que el premio estaba otorgado de antemano y que para los jueces de Bourges nada igualaba a los campeones de su comarca.

 

   - ¿Y no creéis que el príncipe haya tomado parte en esta injusticia? - preguntó el marqués.

 

   - ¡No lo juraría! Halaga cuanto puede a las habitantes de su buena ciudad; hasta tal punto, que ha hecho grandes gastos, aunque le gusta poco gastar su dinero para la diversión de los demás. En estos momentos mantiene a dos compañías de comedia, una francesa y la otra italiana, que dan sus funciones en unos frontones muy bien decorados.

 

   - ¡Cómo! - dijo Bois - Doré - . ¿Habéis vuelto a ver a los «trágicos historiadores de monsieur de Belleroze»? ¡Son más aburridos que cuarenta días de lluvia!

 

   - No, no; esta vez la compañía se llama «Los comediantes franceses de monsieur de Lambour», y hay entre ellos artistas de gran habilidad. Pero el tiempo pasa y he aquí al fiel Adamas que viene a decirnos que los caballos están preparados, ¿verdad? Vámonos pronto, mi querido Villarreal, y ya que habéis prometido al marqués venir mañana a darle las gracias, me invito con vos.

 

   - ¡Cuento con ello! - repuso Bois - Doré.

 

   - Y también podéis contar, señor - le dijo Alvimar haciéndole un profundo saludo - , con todas las pruebas de lo que he dicho.

 

   Bois - Doré no contestó más que con otro saludo.

 

   Guillermo, presuroso de ponerse en camino, no advirtió que el marqués, a pesar de su cortesía, se abstenía de tender la mano al español, y que éste no se atrevía a ofrecerle la suya.

 

 

 




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