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Juan Pablo II
Ecclesia in Europa

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II. Volver a Cristo, fuente de toda esperanza

Confesar nuestra fe

18. En la Asamblea sinodal se ha consolidado la certeza, clara y apasionada, de que la Iglesia ha de ofrecer a Europa el bien más precioso y que nadie más puede darle: la fe en Jesucristo, fuente de la esperanza que no defrauda,30 don que está en el origen de la unidad espiritual y cultural de los pueblos europeos, y que todavía hoy y en el futuro puede ser una aportación esencial a su desarrollo e integración. Sí, después de veinte siglos, la Iglesia se presenta al principio del tercer milenio con el mismo anuncio de siempre, que es su único tesoro: Jesucristo es el Señor; en Él, y en ningún otro, podemos salvarnos (cf. Hch 4, 12). La fuente de la esperanza, para Europa y el mundo entero, es Cristo, y « la Iglesia es el canal a través del cual pasa y se difunde la ola de gracia que fluye del Corazón traspasado del Redentor ».31

En base a esta confesión de fe brota de nuestro corazón y de nuestros labios « una alegre confesión de esperanza: ¡tú, Señor, resucitado y vivo, eres la esperanza siempre nueva de la Iglesia y de la humanidad; tú eres la única y verdadera esperanza del hombre y de la historia; tú eres entre nosotros “la esperanza de la gloria” (Col 1, 27) ya en esta vida y también más allá de la muerte! En ti y contigo podemos alcanzar la verdad, nuestra existencia tiene un sentido, la comunión es posible, la diversidad puede transformarse en riqueza, la fuerza del Reino ya está actuando en la historia y contribuye a la edificación de la ciudad del hombre, la caridad da valor perenne a los esfuerzos de la humanidad, el dolor puede hacerse salvífico, la vida vencerá a la muerte y lo creado participará de la gloria de los hijos de Dios ».32

Jesucristo nuestra esperanza

19. Jesucristo, el Verbo eterno de Dios que está en el seno del Padre desde siempre (cf. Jn 1, 18), es nuestra esperanza porque nos ha amado hasta el punto de asumir en todo nuestra naturaleza humana, excepto el pecado, participando de nuestra vida para salvarnos. La confesión de esta verdad está en el corazón mismo de nuestra fe. La pérdida de la verdad sobre Jesucristo, o su incomprensión, impiden ahondar en el misterio mismo del amor de Dios y de la comunión trinitaria.33

Jesucristo es nuestra esperanza porque revela el misterio de la Trinidad. Éste es el centro de la fe cristiana, que puede ofrecer todavía una gran aportación, como lo ha hecho hasta ahora, a la edificación de estructuras que, inspirándose en los grandes valores evangélicos o confrontándose con ellos, promuevan la vida, la historia y la cultura de los diversos pueblos del Continente.

Múltiples son las raíces ideales que han contribuido con su savia al reconocimiento del valor de la persona y de su dignidad inalienable, del carácter sagrado de la vida humana y el papel central de la familia, de la importancia de la educación y la libertad de opinión, de palabra, de religión, así como también a la tutela legal de los individuos y los grupos, a la promoción de la solidaridad y el bien común, al reconocimiento de la dignidad del trabajo. Tales raíces han favorecido que el poder político esté sujeto a la ley y al respeto de los derechos de la persona y de los pueblos. A este propósito se han de recordar el espíritu de la Grecia antigua y de la romanidad, las aportaciones de los pueblos celtas, germanos, eslavos, ugrofineses, de la cultura hebrea y del mundo islámico. Sin embargo, se ha de reconocer que estas influencias han encontrado históricamente en la tradición judeocristiana una fuerza capaz de armonizarlas, consolidarlas y promoverlas. Se trata de un hecho que no se puede ignorar; por el contrario, en el proceso de construcción de la « casa común europea », debe reconocerse que este edificio ha de apoyarse también sobre valores que encuentran en la tradición cristiana su plena manifestación. Tener esto en cuenta beneficia a todos.

La Iglesia « no posee título alguno para expresar preferencias por una u otra solución institucional o constitucional » de Europa y coherentemente, por tanto, quiere respetar la legítima autonomía del orden civil.34 Sin embargo, tiene la misión de avivar en los cristianos de Europa la fe en la Trinidad, sabiendo que esta fe es precursora de auténtica esperanza para el Continente.

Muchos de los grandes paradigmas de referencia antes indicados, que son la base de la civilización europea, hunden sus raíces últimas en la fe trinitaria. Ésta contiene un extraordinario potencial espiritual, cultural y ético, capaz, entre otras cosas, de iluminar algunas grandes cuestiones que hoy se debaten en Europa, como la disgregación social y la pérdida de una referencia que sentido a la vida y a la historia. De ello se desprende la necesidad de una renovada meditación teológica, espiritual y pastoral sobre el misterio trinitario.35

20. Las Iglesias particulares en Europa no son meras entidades u organizaciones privadas. En realidad, actúan con una dimensión institucional específica que merece ser valorada jurídicamente, en el pleno respeto del justo ordenamiento civil. Al reflexionar sobre sí mismas, las comunidades cristianas han de reconocerse como un don con el que Dios enriquece a los pueblos que viven en el Continente. Éste es el anuncio gozoso que han de llevar a todas las personas. Profundizando su propia dimensión misionera, deben dar constantemente testimonio de que Jesucristo « es el único mediador y portador de salvación para la humanidad entera: sólo en Él la humanidad, la historia y el cosmos encuentran su sentido positivo definitivamente y se realizan totalmente; Él tiene en sí mismo, en sus hechos y en su persona, las razones definitivas de la salvación; no sólo es un mediador de salvación, sino la fuente misma de la salvación ».36

En el contexto del pluralismo ético y religioso actual que caracteriza cada vez más a Europa, es necesario, pues, confesar y proponer la verdad de Cristo como único Mediador entre Dios y los hombres y único Redentor del mundo. Por tanto –como he hecho al final de la asamblea sinodal–, con toda la Iglesia, invito a mis hermanos y hermanas en la fe a abrirse constantemente con confianza a Cristo y a dejarse renovar por Él, anunciando con el vigor de la paz y el amor a todas las personas de buena voluntad, que quien encuentra al Señor conoce la Verdad, descubre la Vida y reconoce el Camino que conduce a ella (cf. Jn 14, 6; Sal 16 [15], 11). Por el tenor de vida y el testimonio de la palabra de los cristianos, los habitantes de Europa podrán descubrir que Cristo es el futuro del hombre. En efecto, en la fe de la Iglesia « no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que debamos salvarnos » (Hch 4, 12).37

21. Para los creyentes, Jesucristo es la esperanza de toda persona porque da la vida eterna. Él es « la Palabra de vida » (1 Jn 1, 1), venido al mundo para que los hombres « tengan la vida y la tengan en abundancia » (Jn 10, 10). Así nos enseña cómo el verdadero sentido de la vida del hombre no queda encerrado en el horizonte mundano, sino que se abre a la eternidad. La misión de cada Iglesia particular en Europa es tener en cuenta la sed de verdad de toda persona y la necesidad de valores auténticos que animen a los pueblos del Continente. Ha de proponer con renovada energía la novedad que la anima. Se trata de emprender una articulada acción cultural y misionera, enseñando con obras y argumentos convincentes cómo la nueva Europa necesita descubrir sus propias raíces últimas. En este contexto, los que se inspiran en los valores evangélicos tienen un papel esencial que desempeñar, relacionado con el sólido fundamento sobre el cual se ha de edificar una convivencia más humana y más pacífica porque es respetuosa de todos y de cada uno.

Es preciso que las Iglesias particulares en Europa sepan devolver a la esperanza su dimensión escatológica originaria.38 En efecto, la verdadera esperanza cristiana es teologal y escatológica, fundada en el Resucitado, que vendrá de nuevo como Redentor y Juez, y que nos llama a la resurrección y al premio eterno.

Jesucristo vivo en la Iglesia

22. Mirando a Cristo, los pueblos europeos podrán hallar la única esperanza que puede dar plenitud de sentido a la vida. También hoy lo pueden encontrar, porque Jesús está presente, vive y actúa en su Iglesia: Él está en la Iglesia y la Iglesia está en Él (cf. Jn 15, 1ss; Ga 3, 28; Ef 4, 15-16; Hch 9, 5). En ella, por el don del Espíritu Santo, continúa sin cesar su obra salvadora.39

Con los ojos de la fe podemos ver la misteriosa acción de Jesús en los diversos signos que nos ha dejado. Está presente, ante todo, en la Sagrada Escritura, que habla de Él en todas sus páginas (cf. Lc 24, 27.44-47). Pero de una manera verdaderamente única está presente en las especies eucarísticas. Esta « presencia se llamareal”, no por exclusión, como si las otras no fueran “reales”, sino por antonomasia, ya que es sustancial, ya que por ella ciertamente se hace presente Cristo, Dios y hombre, entero e íntegro ».40 En efecto, en la Eucaristía « se contiene verdadera, real y sustancialmente, el Cuerpo y la Sangre, juntamente con el alma y la divinidad, de nuestro Señor Jesucristo y, por ende, Cristo entero ».41 « Verdaderamente la Eucaristía es mysterium fidei, misterio que supera nuestro pensamiento y puede ser acogido sólo en la fe ».42 También es real la presencia de Jesús en las otras acciones litúrgicas que, en su nombre, celebra la Iglesia. Así ocurre en los Sacramentos, acciones de Cristo, que Él realiza a través de los hombres.43

Jesús está verdaderamente presente también en el mundo de otros modos, especialmente en sus discípulos que, fieles al doble mandamiento de la caridad, adoran a Dios en espíritu y en verdad (cf. Jn 4, 24), y testimonian con la vida el amor fraterno que los distingue como seguidores del Señor (cf. Mt 25, 31-46; Jn 13, 35; 15, 1-17).44

 




30 Cf. Propositio 4, 1.



31 Homilía durante la misa de clausura de la II Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos (23 octubre 1999), 2: AAS 92 (2000), 178.



32 II Asamblea especial para Europa del Sínodo de los Obispos, Mensaje final, 2: L'Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 29 octubre 1999, p. 10.



33 Cf. Propositio 4, 2.



34 Cf. Carta enc. Centesimus annus (1 mayo 1991), 47: AAS 83 (1991), 852.



35 Cf. Propositio 4, 1.



36 II Asamblea especial para Europa del Sínodo de los Obispos, Instrumentum laboris, n. 30: L'Osservatore Romano, 6 de agosto de 1999 - Suppl., p. 8.



37 Cf. Homilía durante la misa de clausura de la II Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos (23 octubre 1999), 3: AAS 92 (2000), 178; Congregación para la Doctrina de la Fe, Decl. Dominus Iesus (6 agosto 2000), 13: AAS 92 (2000), 754.



38 Cf. Propositio 5.



39 Carta. enc. Dominum et vivificantem (18 mayo 1986), 7: AAS 78 (1986), 816; Congregación para la Doctrina de la Fe, Decl. Dominus Iesus (6 agosto 2000), 16: AAS 92 (2000), 756-757.



40 Pablo VI, Carta enc. Mysterium fidei (3 septiembre 1965): AAS 57 (1965) 762-763. Cf. S. Congregación de ritos, Instr. Eucharisticum mysterium (25 mayo 1967), 9: AAS 59 (1967) 547; Catecismo de la Iglesia Católica, 1374.



41 Concilio Ecum. Tridentino, Decr. De SS. Eucharistia, can. 1: DS, 1651; cf. cap. 3: DS, 1641.



42 Carta enc. Ecclesia de Eucharistia (17 abril 2003), 15: L'Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 18 abril 2003, p. 9.



43 Cf. San Agustín, In Ioannis Evangelium, Tractatus VI, cap. I, n. 7: PL 35,1428; San Juan Crisóstomo, Sobre la traición de Judas, 1, 6: PG 49, 380C.



44 Cf. Conc. ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 7; Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 50; Pablo VI, Carta. enc. Mysterium fidei (3 septiembre 1965): AAS 57 (1965) 762-763; S. Congregación de ritos, Instr. Eucharisticum mysterium (25 mayo 1967), 9: AAS 59 (1967) 547; Catecismo de la Iglesia Católica, 1373-1374.






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