Índice | Palabras: Alfabética - Frecuencia - Inverso - Longitud - Estadísticas | Ayuda | Biblioteca IntraText
Juan Pablo II
Ecclesia in Europa

IntraText CT - Texto

Anterior - Siguiente

Pulse aquí para desactivar los vínculos a las concordancias

CAPÍTULO II

EL EVANGELIO DE LA ESPERANZA
 CONFIADO A LA IGLESIA
 DEL NUEVO MILENIO

« Ponte en vela, reanima lo que te queda
y está a punto de morir »
(Ap 3, 2)

 

I. El Señor llama a la conversión

Jesús se dirige a nuestras Iglesias

23. « Esto dice el que tiene las siete estrellas en su mano derecha, el que camina entre los siete candeleros de oro [...], el Primero y el Ultimo, el que estuvo muerto y revivió [...], el Hijo de Dios » (Ap 2, 1.8.18). Jesús mismo es el que habla a su Iglesia. Su mensaje se dirige a cada una de las Iglesias particulares y concierne su vida interna, caracterizada a veces por la presencia de concepciones y mentalidades incompatibles con la tradición evangélica, víctima a menudo de diversas formas de persecución y, lo que es más peligroso aún, afectada por síntomas preocupantes de mundanización, pérdida de la fe primigenia y connivencia con la lógica del mundo. No es raro que las comunidades ya no tengan el amor que antes tenían (cf. Ap 2, 4).

Se observa cómo nuestras comunidades eclesiales tienen que forcejear con debilidades, fatigas, contradicciones. Necesitan escuchar también de nuevo la voz del Esposo que las invita a la conversión, las incita a actuar con entusiasmo en las nuevas situaciones y las llama a comprometerse en la gran obra de la « nueva evangelización ». La Iglesia tiene que someterse constantemente al juicio de la palabra de Cristo y vivir su dimensión humana con una actitud de purificación para ser cada vez más y mejor la Esposa sin mancha ni arruga, engalanada con un vestido de lino puro resplandeciente (cf. Ef 5, 27; Ap 19, 7-8).

De este modo, Jesucristo llama a nuestras Iglesias en Europa a la conversión, y ellas, con su Señor y gracias a su presencia, se hacen portadoras de esperanza para la humanidad.

La acción del Evangelio a lo largo de la historia

24. Europa ha sido impregnada amplia y profundamente por el cristianismo. « No cabe duda de que, en la compleja historia de Europa, el cristianismo representa un elemento central y determinante, que se ha consolidado sobre la base firme de la herencia clásica y de las numerosas aportaciones que han dado los diversos flujos étnicos y culturales que se han sucedido a lo largo de los siglos. La fe cristiana ha plasmado la cultura del Continente y se ha entrelazado indisolublemente con su historia, hasta el punto de que ésta no se podría entender sin hacer referencia a las vicisitudes que han caracterizado, primero, el largo periodo de la evangelización y, después, tantos siglos en los que el cristianismo, aun en la dolorosa división entre Oriente y Occidente, se ha afirmado como la religión de los europeos. También en el periodo moderno y contemporáneo, cuando se ha ido fragmentando progresivamente la unidad religiosa, bien por las posteriores divisiones entre los cristianos, bien por los procesos que han alejado la cultura del horizonte de la fe, el papel de ésta ha seguido teniendo una importancia notable ».45

25. El interés que la Iglesia tiene por Europa deriva de su misma naturaleza y misión. En efecto, a lo largo de los siglos, la Iglesia ha mantenido lazos muy estrechos con nuestro Continente, de tal modo que la fisonomía espiritual de Europa se ha ido formando gracias a los esfuerzos de grandes misioneros y al testimonio de santos y mártires, a la labor asidua de monjes, religiosos y pastores. De la concepción bíblica del hombre, Europa ha tomado lo mejor de su cultura humanista, ha encontrado inspiración para sus creaciones intelectuales y artísticas, ha elaborado normas de derecho y, sobre todo, ha promovido la dignidad de la persona, fuente de derechos inalienables.46 De este modo la Iglesia, en cuanto depositaria del Evangelio, ha contribuido a difundir y a consolidar los valores que han hecho universal la cultura europea.

Al recordar todo esto, la Iglesia de hoy siente, con nueva responsabilidad, el deber apremiante de no disipar este patrimonio precioso y ayudar a Europa a construirse a sí misma, revitalizando las raíces cristianas que le han dado origen.47

Para dar una verdadera imagen de Iglesia

26. Que toda la Iglesia en Europa sienta como dirigida a ella la exhortación y la invitación del Señor: arrepiéntete, conviértete, « ponte en vela, reanima lo que te queda y está a punto de morir » (Ap 3, 2). Es una exigencia que nace también de la consideración del tiempo actual: « La grave situación de indiferencia religiosa de numerosos europeos; la presencia de muchos que, incluso en nuestro Continente, no conocen todavía a Jesucristo y su Iglesia, y que todavía no están bautizados; el secularismo que contagia a un amplio sector de cristianos que normalmente piensan, deciden y viven “como si Cristo no existiera”, lejos de apagar nuestra esperanza, la hacen más humilde y capaz de confiar sólo en Dios. De su misericordia recibimos la gracia y el compromiso de la conversión ».48

27. A pesar de que a veces, como en el episodio evangélico de la tempestad calmada (cf. Mc 4, 35- 41; Lc 8, 22-25), pueda parecer que Cristo duerme y deja su barca a merced de las olas encrespadas, se pide a la Iglesia en Europa que cultive la certeza de que el Señor, por el don de su Espíritu, está siempre presente y actúa en ella y en la historia de la humanidad. Él prolonga en el tiempo su misión, haciendo que la Iglesia fuera una corriente de vida nueva, que fluye dentro de la vida de la humanidad como signo de esperanza para todos.

En un contexto en el que la tentación del activismo llega fácilmente también al ámbito pastoral, se pide a los cristianos en Europa que sigan siendo transparencia real del Resucitado, viviendo en íntima comunión con Él. Hacen falta comunidades que, contemplando e imitando a la Virgen María, figura y modelo de la Iglesia en la fe y en la santidad,49 cuiden el sentido de la vida litúrgica y de la vida interior. Ante todo y sobre todo, han de alabar al Señor, invocarlo, adorarlo y escuchar su Palabra. Sólo así asimilarán su misterio, viviendo totalmente dedicadas a Él, como miembros de su fiel Esposa.

28. Ante las insistentes tentaciones de división y contraposición, la diversas Iglesias particulares en Europa, bien unidas al Sucesor de Pedro, han de esforzarse en ser verdaderamente lugar e instrumento de comunión de todo el Pueblo de Dios en la fe y en el amor.50 Cultiven, por tanto, un clima de caridad fraterna, vivida con radicalidad evangélica en el nombre de Jesús y de su amor; desarrollen un ambiente de relaciones de amistad, de comunicación, corresponsabilidad, participación, conciencia misionera, disponibilidad y servicialidad; estén animadas por actitudes recíprocas de estima, acogida y corrección (cf. Rm 12, 10; 15, 7-14), de servicio y ayuda (cf. Ga 5, 13; 6, 2), de perdón mutuo (cf. Col 3, 13) y edificación de unos con otros (cf. 1 Ts 5, 11); se esfuercen en realizar una pastoral que, valorando todas las diversidades legítimas, fomente una colaboración cordial entre todos los fieles y sus asociaciones; promuevan los organismos de participación como instrumentos preciosos de comunión para una acción misionera armónica, impulsando la presencia de agentes de pastoral adecuadamente preparados y cualificados. De este modo, las Iglesias mismas, animadas por la comunión, que es manifestación del amor de Dios, fundamento y razón de la esperanza que no defrauda (cf. Rm 5, 5), serán un reflejo más brillante de la Trinidad, además de un signo que interpela e invita a creer (cf. Jn 17, 21).

29. Para vivir de manera plena la comunión en la Iglesia, hace falta valorar la variedad de carismas y vocaciones, que confluyen cada vez más en la unidad y pueden enriquecerla (cf. 1 Co 12). En esta perspectiva, es necesario también que, de una parte, los nuevos movimientos y las nuevas comunidades eclesiales « abandonando toda tentación de reivindicar derechos de primogenitura y toda incomprensión recíproca », avancen en el camino de una comunión más auténtica entre sí y con todas las demás realidades eclesiales, y « vivan con amor en total obediencia a los Obispos »; por otro lado, es necesario también que los Obispos, « manifestándoles la paternidad y el amor propios de los pastores »,51 sepan reconocer, discernir y coordinar sus carismas y su presencia para la edificación de la única Iglesia.

En efecto, gracias al crecimiento de la colaboración entre los numerosos sectores eclesiales bajo la guía afable de los pastores, la Iglesia entera podrá presentar a todos una imagen más hermosa y creíble, transparencia más límpida del rostro del Señor, y contribuir así a dar nueva esperanza y consuelo, tanto a los que la buscan como a los que, aunque no la busquen, la necesitan.

Para poder responder a la llamada del Evangelo a la conversión, « debemos hacer todos juntos un humilde y valiente examen de conciencia para reconocer nuestros temores y nuestros errores, para confesar con sinceridad nuestras lentitudes, omisiones, infidelidades y culpas ».52 En vez de adoptar actitudes huidizas de desaliento, el reconocimiento evangélico de las propias culpas suscitará en la comunidad la experiencia que vive cada bautizado: la alegría de una profunda liberación y la gracia de comenzar de nuevo, que permite proseguir con mayor vigor el camino de la evangelización.

Para progresar hacia la unidad de los cristianos

30. Finalmente, el Evangelio de la esperanza es también fuerza y llamada a la conversión en el campo ecuménico. En la certeza de que la unidad de los cristianos corresponde al mandato del Señor, « para que todos sean uno » (cf. Jn 17, 11), y que hoy se presenta como una necesidad para que sea más creíble la evangelización y la contribución a la unidad de Europa, es necesario que todas las Iglesias y Comunidades eclesiales « sean ayudadas e invitadas a interpretar el camino ecuménico como un “ir juntos” hacia Cristo » 53 y hacia la unidad visible querida por Él, de tal modo que la unidad en la diversidad brille en la Iglesia como don del Espíritu Santo, artífice de comunión.

Para lograr esto hace falta un paciente y constante empeño por parte de todos, animado por una auténtica esperanza y, al mismo tiempo, por un sobrio realismo, orientado a la « valoración de lo que ya nos une, a la sincera estima recíproca, a la eliminación de los prejuicios, al conocimiento y al amor mutuo ».54 En esta perspectiva, el esfuerzo por la unidad ha de incluir, si quiere apoyarse en fundamentos sólidos, la búsqueda apasionada de la verdad, a través de un diálogo y una confrontación que, mientras reconoce los resultados hasta ahora alcanzados, los considere un estímulo para seguir avanzando en la superación de las divergencias que todavía dividen a los cristianos.

31. Sin rendirse ante dificultades y cansancios, es preciso continuar con determinación el diálogo, que se ha entablar « bajo muchos aspectos (doctrinal, espiritual y práctico), siguiendo la lógica del intercambio de dones que el Espíritu suscita en cada Iglesia y educando a las comunidades y los fieles, sobre todo a los jóvenes, a vivir momentos de encuentro, haciendo del ecumenismo rectamente entendido una dimensión ordinaria de la vida y de la acción eclesial ».55

Este diálogo es una de las principales preocupaciones de la Iglesia, sobre todo en esta Europa que en el milenio pasado ha visto surgir demasiadas divisiones entre los cristianos y que hoy se encamina hacia una mayor unidad. ¡No podemos detenernos ni volver atrás! Hemos de continuar este camino y vivirlo con confianza, porque la estima recíproca, la búsqueda de la verdad, la colaboración en la caridad y, sobre todo, el ecumenismo de la santidad, con la ayuda de Dios, no dejarán de producir sus frutos.

32. A pesar de las dificultades inevitables, invito a todos a reconocer y valorar, con amor y fraternidad, la contribución que las Iglesias Católicas Orientales pueden ofrecer para una edificación más real de la unidad, con su presencia misma, la riqueza de su tradición, el testimonio de su « unidad en la diversidad », la inculturación realizada por ellas en el anuncio del Evangelio o la diversidad de sus ritos.56 Al mismo tiempo, quiero asegurar una vez más a los pastores y a los hermanos y hermanas de las Iglesias ortodoxas, que la nueva evangelización en modo alguno debe ser confundida con el proselitismo, quedando firme el deber de respetar la verdad, la libertad y la dignidad de toda persona.




45 Motu proprio Spes aedificandi (1 octubre 1999), 1: AAS 92 (2000), 220.



46 Cf. Discurso al Parlamento polaco, Varsovia (11 junio 1999), 6: L'Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 25-26 junio 1999, p. 6.



47 Cf. Discurso durante la ceremonia de despedida en el aeropuerto de Cracovia (10 junio 1997), 4: L'Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 26-27 junio 1997, p. 17.



48 II Asamblea especial para Europa del Sínodo de los Obispos, Mensaje final, 5: L'Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 29 octubre 1999, pp. 10-11.



49 Cf. Propositio 15,1; Catecismo de la Iglesia Católica, 773; Carta ap. Mulieris dignitatem (15 agosto 1988), 27: AAS 80 (1988), 1718.



50 Cf. Propositio 15, 1.



51 Propositio 21.



52 II Asamblea especial para Europa del Sínodo de los Obispos, Mensaje final, 5: L'Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 29 octubre 1999, p. 10.



53 Propositio 9.



54 Ibíd.



55 Ibíd.



56 Cf. Propositio 22.






Anterior - Siguiente

Índice | Palabras: Alfabética - Frecuencia - Inverso - Longitud - Estadísticas | Ayuda | Biblioteca IntraText

Best viewed with any browser at 800x600 or 768x1024 on Tablet PC
IntraText® (V89) - Some rights reserved by EuloTech SRL - 1996-2007. Content in this page is licensed under a Creative Commons License