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Juan Pablo II
Ecclesia in Europa

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II. Testimoniar en la unidad y en el diálogo

Comunión entre las Iglesias particulares

53. La fuerza del anuncio del Evangelio de la esperanza será más eficaz si se une al testimonio de una profunda unidad y comunión en la Iglesia. Las Iglesias particulares no pueden estar solas a la hora de afrontar el reto que se les presenta. Se necesita una auténtica colaboración entre todas las Iglesias particulares del Continente, que sea expresión de su comunión esencial; colaboración exigida también por la nueva realidad europea.95 En este contexto se debe situar la contribución de los organismos eclesiales continentales, comenzando por el Consejo de las Conferencias Episcopales Europeas. Éste es un instrumento eficaz para buscar juntos vías idóneas para evangelizar Europa.96 Mediante el « intercambio de dones » entre las diversas Iglesias particulares, se ponen en común las experiencias y las reflexiones de Europa del Oeste y del Este, del Norte y del Sur, compartiendo orientaciones pastorales comunes; por tanto, representa cada vez más una expresión significativa del sentimiento colegial entre los Obispos del Continente, para anunciar juntos, con audacia y fidelidad, el nombre de Jesucristo, única fuente de esperanza para todos en Europa.

Junto con todos los cristianos

54. Al mismo tiempo, el deber de una fraterna y sincera colaboración ecuménica es un imperativo irrenunciable.

El destino de la evangelización está estrechamente unido al testimonio de unidad que den los discípulos de Cristo: « Todos los cristianos están llamados a cumplir esta misión de acuerdo con su vocación. La tarea de la evangelización exige que todos los cristianos nos acerquemos unos a otros y avancemos juntos, con el mismo espíritu; evangelización y unidad, evangelización y ecumenismo están indisolublemente vinculados entre sí ».97 Por eso hago mías las palabras escritas por Pablo VI al Patriarca ecuménico Atenágoras I: « Que el Espíritu Santo nos guíe por el camino de la reconciliación, para que la unidad de nuestras Iglesias llegue a ser un signo cada vez más luminoso de esperanza y de consuelo para toda la humanidad ».98

En diálogo con las otras religiones

55. Como en toda la tarea de la « nueva evangelización », para anunciar el Evangelio de la esperanza es necesario también que se establezca un diálogo interreligioso profundo e inteligente, en particular con el hebraísmo y el islamismo. « Entendido como método y medio para un conocimiento y enriquecimiento recíproco, no está en contraposición con la misión ad gentes; es más, tiene vínculos especiales con ella y es una de sus expresiones ».99 En el ejercicio de este diálogo no se trata de dejarse llevar por una « mentalidad indiferentista, ampliamente difundida, desgraciadamente, también entre cristianos, enraizada a menudo en concepciones teológicas no correctas y marcada por un relativismo religioso que termina por pensar que “una religión vale la otra” ».100

56. Se trata más bien de tomar mayor conciencia de la relación que une a la Iglesia con el pueblo judío y del papel singular desempeñado por Israel en la historia de la salvación. Como ya se hizo notar en la I Asamblea Especial para Europa del Sínodo de los Obispos y se ha reiterado también en este Sínodo, se han de reconocer las raíces comunes existentes entre el cristianismo y el pueblo judío, llamado por Dios a una alianza que sigue siendo irrevocable (cf. Rm 11, 29) 101 y que ha alcanzado su plenitud definitiva en Cristo.

Es necesario, pues, favorecer el diálogo con el hebraísmo, sabiendo que éste tiene una importancia fundamental para la conciencia cristiana de sí misma y para superar las divisiones entre las Iglesias, y esforzarse para que florezca una nueva primavera en las relaciones recíprocas. Esto comporta que cada comunidad eclesial debe ejercitarse, en cuanto las circunstancias lo permitan, en el diálogo y la colaboración con los creyentes de religión hebrea. Dicho ejercicio implica, entre otras cosas, que « se recuerde la parte que hayan podido desempeñar los hijos de la Iglesia en el nacimiento y difusión de una actitud antisemita en la historia, y que pida perdón a Dios por ello, favoreciendo toda suerte de encuentros de reconciliación y de amistad con los hijos de Israel ».102 En este contexto, por lo demás, habrá que recordar también a los numerosos cristianos que, a veces a costa de la propia vida, sobre todo en periodos de persecución, han ayudado y salvado a estos « hermanos mayores » suyos.

57. Se trata también de sentirse interesados en conocer mejor las otras religiones, para poder entablarse un coloquio fraterno con las personas que se adhieren a ellas y viven en la Europa de hoy. En particular, es importante una correcta relación con el Islam. Esto, como han notado varias veces en estos años los Obispos europeos, « debe llevarse a cabo con prudencia, con ideas claras sobre sus posibilidades y límites, y con confianza en el designio salvífico de Dios con respecto a todos sus hijos ».103 Es necesario, además, ser conscientes de la notable diferencia entre la cultura europea, con profundas raíces cristianas, y el pensamiento musulmán.104

A este respecto, hay que preparar adecuadamente a los cristianos que viven cotidianamente en contacto con musulmanes para que conozcan el Islam de manera objetiva y sepan confrontarse con él; dicha preparación debe propiciarse particularmente en los seminaristas, los presbíteros y todos los agentes de pastoral. Por lo demás, es comprensible que la Iglesia, así como pide que las Instituciones europeas promuevan la libertad religiosa en Europa, reitere también que la reciprocidad en la garantía de la libertad religiosa se observe en Países de tradición religiosa distinta, en los cuales los cristianos son minoría.105

En este sentido, se comprende « la extrañeza y sentimiento de frustración de los cristianos que acogen, por ejemplo en Europa, a creyentes de otras religiones y les dan la posibilidad de ejercer su culto, y a ellos se les prohíbe todo ejercicio del culto cristiano » 106 en los Países donde estos creyentes mayoritarios han hecho de su religión la única admitida y promovida. La persona humana tiene derecho a la libertad religiosa y todos, en cualquier parte del mundo, « deben estar libres de coacción, tanto por parte de personas particulares como de los grupos sociales y de cualquier poder humano ».107




95 Cf. Propositio 22.



96 Cf. Discurso a los Presidentes de las Conferencias Episcopales Europeas (16 abril 1993), 1: AAS 86 (1994), 227.



97  Discurso en la celebración ecuménica en la Catedral de Paderborn (22 junio 1996), 5: L'Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 28 junio 1996, p. 9.



98 Carta del 13 de enero de 1970: Tomos agapis, Roma- Estanbul 1971, pp. 610-611; cf. Carta enc. Ut unum sint (25 mayo 1995), 99: AAS 87 (1995), 980.



99 Carta enc. Redemptoris missio (7 diciembre 1990), 55: AAS 83 (1991), 302.



100 Ibíd., 36, l.c., 281.



101 Declaración final (13 diciembre 1991), 8: Ench. Vat., 13, nn. 653-655; II Asamblea especial para Europa del Sínodo de los Obispos, Instrumentum laboris, 62: L'Oss. Rom., 6 agosto 1999 - Suppl., p. 13; Propositio 10.



102  Propositio 10; cf. Comisión para las Relaciones religiosas con el hebraísmo, Noi ricordiamo: una riflessione sulla Shoah, 16 marzo 1998, Ench. Vat. 17, 520-550.



103 I Asamblea especial para Europa del Sínodo de los Obispos, Declaración final (13 diciembre 1991), 9: Ench. Vat., 13, n. 656.



104 Cf. Propositio 11.



105 Cf. ibíd.



106 Discurso al Cuerpo Diplomático (12 enero 1985), 3: AAS 77 (1985), 650



107 Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Dignitatis humanae, sobre la libertad religiosa, 2.






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