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| Juan Pablo II Ecclesia in Europa IntraText CT - Texto |
EL EVANGELIO DE LA ESPERANZA
PARA UNA NUEVA EUROPA
« Vi la Ciudad Santa, la nueva
Jerusalén,
que bajaba del cielo » (Ap 21, 2)
El Resucitado está siempre con nosotros
106. El Evangelio de la esperanza que resuena en el Apocalipsis abre el corazón a la contemplación de la novedad realizada por Dios: « Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva – porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar no existe ya » (Ap 21, 1). Dios mismo la proclama con una palabra que explica la visión apenas descrita: « Mira que hago un mundo nuevo » (Ap 21, 5).
La novedad de Dios – plenamente comprensible sobre el fondo de las cosas viejas, llenas de lágrimas, luto, lamentos, preocupación y muerte (cf. Ap 21, 4) – consiste en salir de la condición de pecado y sus consecuencias en que se encuentra la humanidad; es el nuevo cielo y la nueva tierra, la nueva Jerusalén, en contraposición a un cielo y una tierra viejos, a un orden de cosas anticuado y a una Jerusalén decrépita, atormentada por sus rivalidades.
Para la construcción de la ciudad del hombre no es indiferente la imagen de la nueva Jerusalén que baja « del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo » (Ap 21, 2), y que se refiere directamente al misterio de la Iglesia. Es una imagen que habla de una realidad escatológica: va más allá de todo lo que el hombre puede hacer; es un don de Dios que se cumplirá en los últimos tiempos. Pero no es una utopía: es una realidad ya presente. Lo indica el verbo en presente usado por Dios –« Mira que hago un mundo nuevo » (Ap 21, 5)–, el cual precisa aun: « Hecho está » (Ap 21, 6). En efecto, Dios ya está actuando para renovar el mundo; la Pascua de Jesús es ya la novedad de Dios. Ella hace nacer la Iglesia, anima su existencia y renueva y transforma la historia.
107. Esta novedad empieza a tomar forma ante todo en la comunidad cristiana, que ya ahora « es la morada de Dios con los hombres » (Ap 21, 3), en cuyo seno Dios ya actúa, renovando la vida de los que se someten al soplo del Espíritu. Para el mundo la Iglesia es signo e instrumento del Reino que se hace presente ante todo en los corazones. Un reflejo de esta misma novedad se manifiesta también en cada forma de convivencia humana animada por el Evangelio. Se trata de una novedad que interpela a la sociedad en cada momento de la historia y en cada lugar de la tierra, y particularmente a la sociedad europea, que desde hace tantos siglos escucha el Evangelio del Reino inaugurado por Jesús.