Escena I
LUISA. ALFREDO.
(LUISA sale apresurada y ALFREDO la persigue.)
LUISA. No sea
usía terco y déjeme en paz. En tan continuo sobresalto yo no
puedo vivir. Si no se enmienda, si en adelante no es
juicioso, tendré que decírselo todo a mi tío, me iré a vivir con él y dejaré
sola a la señora condesa.
ALFREDO.
Luisa, no seas tan arisca conmigo ni me amenaces de ese modo. ¿Qué pretexto
podríais [304]
dar, tu tío y tú, para irte del lado de
mi madre que te ha cobrado tanto cariño? ¿Seríais capaces de delatarme a mamá
por el inocente delito que yo cometo, imitándola en quererte como ella te quiere?
LUISA. Si
usía me quisiera como me quiere su mamá, yo no diría nada; pero usía me quiere
de otro modo. ¿Dónde ha visto usía que su mamá corra detrás de mí, me persiga, intente abrazarme... Vamos, vamos, los tales
quereres son muy diversos.
ALFREDO. El
mío es más tierno, más vehemente.
LUISA. Yo no
sé lo que será; sólo sé que el de usía pudiera ser peligroso, si no fuese yo,
aunque me esté mal el decirlo, tan poco aficionada a devaneos, tan desconfiada
de los hombres, tan prevenida contra sus maldades y tan instruida por las
madres en el catecismo y en la moral cristiana.
ALFREDO. Pero
muchacha, ¿qué disparates estás ensartando? El santo
temor de Dios guárdalo para no pecar en otras cosas... En quererme a mí no pecas ni le
ofendes. Nada tan natural como que tú me quieras. ¿En qué se opone esto a tu moral y
a tu catecismo? ¿No podemos querernos con buen fin?
LUISA. ¡Huy,
huy, señorito Alfredo! Usía delira. Eso es pasar de Herodes a Pilatos.
Líbreme [305]
Dios de
caer en tentación; líbreme Dios de enamorarme de usía y de ser su víctima. Sólo de pensarlo la cara se me pone roja
de vergüenza. Pero líbreme Dios también
de aparecer como seductora y de que la Condesa de Pozo-Dulce pueda acusarme con
razón de haber entrado en su casa y ganado su confianza para levantarle a usía de cascos y para moverle a emplear seriamente su voluntad
en persona de clase tan inferior como yo soy. ¡Dios mío! Bonita se pondría mi
señora la condesa, si entendiese que usía estaba enamorado de mí! Sería muy mal avío y muy
pícaro medio para salir de las dificultades en que ustedes se hallan. Pues qué,
¿imagina usía que ignoro yo los proyectos y planes de su mamá?
ALFREDO. Pues
si no los ignoras, sabes más que yo. Yo los ignoro por completo.
LUISA. ¡Ay,
señorito Alfredo!, ¡ay, señorito Alfredo! No se haga usía de
nuevas, no se empeñe en hacerme comulgar con ruedas de molino. ¿Quién no está enterado en el lugar de que la condesa trata de que
usía se case con la nieta de Don Tadeo? ¡Y vaya si
estaría bien esta boda! La señorita es una alhaja por
todos estilos: con una cara como un sol, con un cuerpo como un pino de oro,
sabiendo más que Lepe; elegante, discreta y modosa, y con un potosí por dote. Huerfanita de padre y madre y
heredada por consiguiente. [306] Suyas son las mejores fincas que hay en el término
de este lugar. Con dinero que el papá de la señorita envió desde Buenos Aires a
Don Tadeo, éste sacó no pocas veces de apuros a su papá de usía, el señor
conde... Y como el señor conde no pudo nunca pagar ni el capital ni los
intereses de cuanto Don Tadeo le había prestado, éste se quedó con las fincas,
que estaban hipotecadas. O mejor dicho, el hijo de Don Tadeo fue quien se quedó
con las fincas, que hoy, por su muerte, son de la señorita doña Ramona. Ésta sí, y no yo, es una novia
pintiparada para usía. Casándose usía con ella, vuelve
a su casa cuanto se fue de su casa, y además usía adquiere la mar de rentas y
de fondos o de no sé cómo se llaman; en fin, muchísimos miles de duros. Y todo
ello a muy poca costa. Por no hacerse de pencas y por
decir que sí a una linda moza que, según aseguran, está muertecita por esos
pedazos y rabiandito porque usía le diga que la quiere. Yo sé
de buena tinta que doña Ramona se pirra por ser condesa y porque sea su cuyo un
condecito tan apañado.
ALFREDO. No
sigas con esa tarabilla, porque me da rabia. Yo no gusto de la señorita doña
Ramona. Me parece ordinaria. No la
tomaría por mujer aunque me la diesen enconfitada; aunque tuviera dos veces más
millones y aunque mi madre y yo estuviéramos más perdidos de lo que
estamos. [307]
No, yo no quiero venderme. Prefiero quedarme en este lugar toda mi vida o entrar de mozo en un
café, sentar plaza de soldado o ser cualquiera otra cosa. Y no creas que
estoy tan desesperado. Pues qué, ¿no tengo yo
porvenir? Puedo ir a Madrid, obtener un empleo, ser abogado, ser periodista
¿quién sabe si llegaré a Ministro de la Corona o Embajador en París?
LUISA. Todo
eso es posible: pero es mucho más fácil con dinero que sin dinero. Usía puede
saltar y encaramarse hasta donde se le antoje, pero los millones de Doña Ramona
son un buen trampolín para dar el salto, y sería necedad que usía los desdeñase
cuando le brindan con ellos.
ALFREDO. No
me atormentes. O he de saltar sin ese trampolín o no he de
saltar. Aunque entre Doña Ramona y yo no te hubieras tú interpuesto, no me casaría yo con esa india brava.
LUISA. Nadie
diga de este agua no beberé. No maldiga usía de
su futura. Quien
habla mal de la pera es quien se la lleva. Ya
se ablandará el señorito. Su mamá se lo rogará. ¿Será usía tan duro de
entrañas que no ceda a los ruegos maternales?
ALFREDO. ¿Te burlas de mí y me
provocas? Pues he de vengarme: voy a sellar los labios que tales blasfemias
profieren. (Persigue a LUISA para abrazarla y ella huye, corriendo
alrededor de la mesa y butacas que puede haber en el centro de la sala.)
[308]
LUISA. (Huyendo y
esquivándose de ALFREDO.) Ea,
no sea usía atrevido. Mire que chillo. Mire que doy un
escándalo. Mire que me pone en la dura necesidad de
irme de su casa.
(Suena un fuerte
campanillazo.)
ALFREDO.
¡Llaman a la puerta!
LUISA. Es la señora condesa que
vuelve de misa. Váyase usía y tenga juicio si
quiere que me calle y no le acuse.
(Sale ALFREDO.)
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