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Escena II
LUISA. La CONDESA. El PADRE CLEMENTE.
PADRE
CLEMENTE. ¡Hola, hola sobrinita! Dios te
bendiga. Estás colorada como una amapola... jadeante. ¿Qué diablos estabas haciendo?
LUISA. Pues... planchaba, y como
hace mucho calor y había tanta lumbre en el anafe...
CONDESA. Ya te he dicho, hija
mía, que no quiero que trabajes demasiado. Al fin no estoy yo tan pobre que no
pueda mantener cuantas criadas sean indispensables para que planchen y cosan y
se empleen en otros menesteres. Tú no estás aquí como mi criada, sino como mi compañera y
amiga.
PADRE
CLEMENTE. Mil gracias por tantas bondades, señora condesa. Entre correr y
estar parado [309]
hay un medio... Yo no he sacado a mi
sobrina del convento de Cádiz para que sirva como criada; pero no quiero
tampoco que sea completamente inútil... Por otra parte, a las mocitas solteras
les conviene andar ocupadas y no estar mano sobre mano. La ociosidad
es madre de los vicios, y contra las niñas que no trabajan suelen acudir
algunos diablillos traviesos y suelen asaltarlas con empecatadas imaginaciones
y peores pensamientos. Soy, pues, de parecer, que Luisa debe trabajar; pero no
con tanta fuga ni sofocándose tanto como, por lo
visto, trabajaba y se sofocaba hace poco. De seguro que en el convento no trabajaba con tanta vehemencia. Vete,
hija, trabaja moderadamente y déjanos solos, porque la señora condesa y yo
tenemos que hablar de asuntos que requieren cierto sigilo.
(LUISA se va por la izquierda.)
Escena III
La CONDESA. El PADRE
CLEMENTE.
PADRE CLEMENTE. Ya se fue mi
sobrina; ya estamos solos. Grande es mi
curiosidad de oír lo que tiene que decirme la señora
condesa.
CONDESA. Con
sobrada razón se dice: bien vengas mal si vienes solo. ¡Ay, querido Padre
[310] Clemente! Siéntese usted y óigame. Las desazones caen sobre mí como llovidas. Todo se lo confío a usted; usted es mi paño de lágrimas. No hay día
en que no nazca en mi mente un temor y en que no me
mueva una esperanza. Poco me importa a mí la pobreza. Resignada estoy a vivir modestísimamente en este lugar todo el
resto de mi vida, con los poquísimos bienes que me quedan. Pero, ¿cómo
condenar a Alfredo a encerrarse aquí para siempre? Y
enviarle a Madrid sin un ochavo me repugna y me parece
indigno... ¿Qué va a hacer en Madrid de condecito perdido? ¿Ha de ir de
antesala en antesala pordioseando un empleo? ¿Podrá y sabrá ser pasante en el
bufete de un abogado, o entrar en la redacción de un
periódico? Estos humildes recursos se avienen mal con un
título tan ilustre como el suyo.
PADRE
CLEMENTE. En efecto, no va bien el Don con el
tiruleque; pero señora, ¿por qué ha de ser tan testarudo Alfredito? ¿No ve el
cielo abierto? ¿Por qué no se cuela en él de rondón? No lo
dude usted, la nietecita de Don Tadeo está (entiéndase esto en sentido
espiritual), más blanda que una fresa. Si el señorito
apechuga con ella, habrá bodorrio. Y entonces que le pinchen ratas. Alfredito
será un Creso, un Fúcar, un Rothschild, y lo que es el
sacrificio yo no lo veo. La señorita doña Ramona es un
primor. Cualquier joven, por soberbio [311] y
descontentadizo, que sea, podría con gusto casarse con ella sin millones...
Conque... con millones... no digamos... Miel sobre hojuelas.
CONDESA.
Cuanto dice usted es cierto. Conozco que mi hijo podría y debería casarse con
la señorita doña Ramona, y sin embargo, yo casi desisto
de hacerle entrar por el aro. El chico es muy apegado a su
opinión y muy autónomo. Cuando una vez dice que no, no hay fuerza humana que le
haga decir que sí. Me parece que no tendré nunca por
nuera a Doña Ramona. Confieso que esto me apesadumbra,
pero ahora ocurre algo que me apesadumbra más y que me sobresalta y me tiene
llena de miedo. Voy a revelárselo a usted para que, ya
que no me remedie y ampare, al menos me consuele.
PADRE
CLEMENTE. Diga usted, señora condesa. Lo que me diga
será como si cayese en un pozo. Yo lo callaré
como secreto de confesión.
CONDESA. Pues
bien: desecharé la vergüenza y se lo confesaré a usted todo. Siempre he amado
en extremo a mi difunto marido. Hubo, no obstante, o mejor diré, por lo mismo, una época en los
últimos años de nuestro matrimonio en que el Conde me tenía desesperada,
humillada, celosa y furiosa con sus públicos galanteos y con las indignas
rivales por quien me había abandonado. Tuve entonces el perverso propósito de
vengarme o de [312]
trocar al menos su desprecio en ira y
hacerle pagar celos con celos. (El PADRE CLEMENTE se cala las
gafas, fijando más la atención en la CONDESA.)
PADRE
CLEMENTE. Peligroso y resbaladizo propósito. Qui amat periculum in
illo perit.
CONDESA. No
hay para qué me eche usted latines, Padre. Dios me
tuvo de su mano, y si resbalé un poco, no caí, ni tropecé siquiera. Sólo he
flirteado.
PADRE
CLEMENTE. (Con extrañeza.) ¿Flirteado?... ¿Y qué significa eso?
CONDESA.
Flirtear significa... timarse, poner y tomar varas...
PADRE
CLEMENTE. Pues, hija mía, ahora lo entiendo menos. Esos parecen términos de tauromaquia.
CONDESA. No, Padre. Son términos
que están de moda en Madrid y valen tanto como coquetear, dar esperanzas a los
enamorados, provocarlos con miraditas lánguidas o recibir bien las que ellos
nos dirijan, etcétera.
PADRE
CLEMENTE. Si he de hablar con sinceridad, eso me
parece detestable, y casi casi tan pecaminoso como lo otro, porque si no se
comete el pecado se finge la voluntad o la disposición de cometerlo, y sólo se
evita incurriendo en otros pecados graves también, aunque algo menores, como
son el engaño y la excitación de las malas pasiones en el alma del prójimo.
[313]
CONDESA. ¡Por
amor de Dios, Padre Clemente! No sea usted tan severo.
No sabe usted lo que es estar humillada y celosa. A mí
me pretendía, me perseguía, pugnaba por enamorarme uno
de los hombres más guapos y más a la moda de cuantos hay en Madrid, un elegante
de primera magnitud, celebrado de valiente, discreto y dichoso en amores. Y esto era cuando el Conde
hacía gala de otros amores suyos y me convertía en blanco de las burlas o de la
humillante compasión de las gentes. ¿Cómo
quería usted que pudiese yo resistir por completo a la
tentación de mostrar que también era amada y obsequiada? ¿Cómo rechazar
ásperamente a quien se me mostraba rendido? Alguna disculpa tiene mi falta.
PADRE
CLEMENTE. Dios es misericordioso y todo lo perdona; pero para conseguir
el perdón lo mejor es no disculparse, sino confesarse
culpada.
CONDESA. Pues
bien: confieso sin disculpa que coqueteé y no poco con el Marqués del Majano.
Él, que está muy engreído y mimado, se las prometió felices. Esperaba de mí... lo que yo no creo haberle prometido. Se
interrumpieron aquellos coqueteos sin compromiso ni disgusto, porque mi marido
enfermó de su última enfermedad y murió poco después. Ya viuda yo, el
Marqués ha vuelto a perseguirme con encarnizamiento. Su audacia ha llegado
hasta el punto de venirse a este [314] lugar
en mi busca; aquí está desde hace cuatro o cinco días. No
puede usted figurarse cuánto me compromete. Alfredito tiene el genio poco
sufrido; puede enfadarse con el Marqués y tener un lance,
y el Marqués es un espadachín de siete suelas. ¿Qué haremos, Dios mío?
PADRE
CLEMENTE. Lo que es ahora no veo dificultad en
lo que hay que hacer. Todo depende de los sentimientos de usted. Si el Marqués no le parece saco de paja, ya no hay ley
humana ni divina que se oponga a que usted acepte y tome el saco.
CONDESA. ¡No
faltaba más! Ni yo gusto del saco ni quiero tomarlo.
PADRE
CLEMENTE. Pues entonces no siga usted siendo
retrechera. Desengáñele y despídale.
CONDESA. ¿Y
cómo? Es tan atrevido como testarudo. ¡Ay! Abomino de mi flirteo.
PADRE
CLEMENTE. Sin duda que el flirteo ha sido la causa de este mal.
Pongámosle como remedio el bronquis.
CONDESA. ¿Y
qué significa el bronquis?
PADRE
CLEMENTE. El bronquis es un vocablo andaluz, tan ignorado de usted como
el flirteo era ignorado de mí. Bronquis viene de abroncar. Para evitar
desazones y escándalos, tal vez sea lícito y hasta meritorio abroncar al
Marqués, a fin de que se largue y no turbe la paz
inocente de nuestro campestre retiro.
[315]
CONDESA.
Todavía estoy a obscuras. ¿Qué entiende usted por abroncar al Marqués?
PADRE
CLEMENTE. Un chiste andaluz algo salado. Mi ahijado
Currito, el sacristán, sabe de este oficio como nadie. Él abroncó a un joven coadjutor que yo tuve, y es capaz de abroncar al
lucero del alba.
CONDESA. ¿Y
qué hizo para abroncarle?
PADRE
CLEMENTE. Poco o nada de muy terrible. El coadjutor era
un teólogo, gallardo mozo, muy fino y atildado, y para predicar tenía un
pico de oro. De
aquí que las mujeres anduviesen algo alborotadas y más devotas de lo justo. Los
padres, maridos y hermanos se mostraban inquietos. Currito se prestó a remediar
el mal; abroncó al coadjutor, y el coadjutor traspuso.
CONDESA.
Pero, ¿de qué medio se valió?
PADRE CLEMENTE. De un medio muy sencillo: oculto con
mucha maña, se entretuvo en disparar de vez en cuando, con pólvora sola,
algunos tiritos contra el teólogo
cuando éste más descuidado estaba. Se dice que Currito, si el aviso hubiese sido
insuficiente, había pensado en echar en la escopeta, además de la pólvora,
algunos granos de sal, que bien aplicados en las espaldas, y sin producir
lesión orgánica, mortificasen la carne pecadora. Pero no fue menester tanto; a
los pocos días del tiroteo, el coadjutor se dio por avisado y tomó [316] la del humo y se fue a
otro lugar donde los hombres fuesen más cachazudos y pacientes. ¿Cree usted, señora condesa, que convenga abroncar al
Marqués?
CONDESA. ¡Ave
María Purísima! Padre Clemente, usted se chancea. ¿Cómo había de aplaudir yo
semejante barbaridad?
PADRE CLEMENTE. Entonces, no hay otro recurso que
aguantar al Marqués y hartarle de desdenes y desengaños hasta que se canse y se
vaya.
CONDESA. Eso
haré. Dios me dé valor para ello.
PADRE
CLEMENTE. Dejemos ya los asuntos graves o tristes y regocijémonos para
celebrar los días de la señora condesa. He sabido que Don Tadeo y el Marqués han
enviado a la señora condesa sendos ramos de flores. Ambos son hermosísimos. (Se
acerca a los ramos y los mira y los huele.) Pero yo no quiero ser menos. Currito, que además de ser sacristán es mi jardinero, debe aparecer
pronto con un ramo cogido en mi huerto. Yo espero que vencerá a esos dos.
CONDESA. Mil
gracias. Para celebrar mis días tengo convidados a comer, a
la una, al uso de estos lugares, que es la hora en que en Madrid se
almuerza, a Don Tadeo y a su nietecita... y... no he podido evitarlo, también
al Marqués. Hónreme usted, comiendo igualmente conmigo, y así bendecirá la
mesa.
[317]
PADRE
CLEMENTE. Acepto con mucho gusto. Falta poco más de una
hora. Me voy, porque tengo que hacer en casa, y volveré pronto; pero
antes tengo que decir cuatro palabras a Luisa.
CONDESA. Voy
a enviársela a usted. Adiós, hasta ahora. (Sale la CONDESA.)
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