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Juan Valera
Amor puesto a prueba

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  • Acto I
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Escena II

LUISA. La CONDESA. El PADRE CLEMENTE.

PADRE CLEMENTE.  ¡Hola, hola sobrinita! Dios te bendiga. Estás colorada como una amapola... jadeante. ¿Qué diablos estabas haciendo?

 

LUISA.  Pues... planchaba, y como hace mucho calor y había tanta lumbre en el anafe...

 

CONDESA.  Ya te he dicho, hija mía, que no quiero que trabajes demasiado. Al fin no estoy yo tan pobre que no pueda mantener cuantas criadas sean indispensables para que planchen y cosan y se empleen en otros menesteres. Tú no estás aquí como mi criada, sino como mi compañera y amiga.

 

PADRE CLEMENTEMil gracias por tantas bondades, señora condesa. Entre correr y estar parado   [309]   hay un medio... Yo no he sacado a mi sobrina del convento de Cádiz para que sirva como criada; pero no quiero tampoco que sea completamente inútil... Por otra parte, a las mocitas solteras les conviene andar ocupadas y no estar mano sobre mano. La ociosidad es madre de los vicios, y contra las niñas que no trabajan suelen acudir algunos diablillos traviesos y suelen asaltarlas con empecatadas imaginaciones y peores pensamientos. Soy, pues, de parecer, que Luisa debe trabajar; pero no con tanta fuga ni sofocándose tanto como, por lo visto, trabajaba y se sofocaba hace poco. De seguro que en el convento no trabajaba con tanta vehemencia. Vete, hija, trabaja moderadamente y déjanos solos, porque la señora condesa y yo tenemos que hablar de asuntos que requieren cierto sigilo.

 

 

(LUISA se va por la izquierda.)

Escena III

La CONDESA. El PADRE CLEMENTE.

PADRE CLEMENTE.  Ya se fue mi sobrina; ya estamos solos. Grande es mi curiosidad de oír lo que tiene que decirme la señora condesa.

 

CONDESA.  Con sobrada razón se dice: bien vengas mal si vienes solo. ¡Ay, querido Padre   [310]   Clemente! Siéntese usted y óigame. Las desazones caen sobre mí como llovidas. Todo se lo confío a usted; usted es mi paño de lágrimas. No hay día en que no nazca en mi mente un temor y en que no me mueva una esperanza. Poco me importa a mí la pobreza. Resignada estoy a vivir modestísimamente en este lugar todo el resto de mi vida, con los poquísimos bienes que me quedan. Pero, ¿cómo condenar a Alfredo a encerrarse aquí para siempre? Y enviarle a Madrid sin un ochavo me repugna y me parece indigno... ¿Qué va a hacer en Madrid de condecito perdido? ¿Ha de ir de antesala en antesala pordioseando un empleo? ¿Podrá y sabrá ser pasante en el bufete de un abogado, o entrar en la redacción de un periódico? Estos humildes recursos se avienen mal con un título tan ilustre como el suyo.

 

PADRE CLEMENTE.  En efecto, no va bien el Don con el tiruleque; pero señora, ¿por qué ha de ser tan testarudo Alfredito? ¿No ve el cielo abierto? ¿Por qué no se cuela en él de rondón? No lo dude usted, la nietecita de Don Tadeo está (entiéndase esto en sentido espiritual), más blanda que una fresa. Si el señorito apechuga con ella, habrá bodorrio. Y entonces que le pinchen ratas. Alfredito será un Creso, un Fúcar, un Rothschild, y lo que es el sacrificio yo no lo veo. La señorita doña Ramona es un primor. Cualquier joven, por soberbio   [311]   y descontentadizo, que sea, podría con gusto casarse con ella sin millones... Conque... con millones... no digamos... Miel sobre hojuelas.

 

CONDESA.  Cuanto dice usted es cierto. Conozco que mi hijo podría y debería casarse con la señorita doña Ramona, y sin embargo, yo casi desisto de hacerle entrar por el aro. El chico es muy apegado a su opinión y muy autónomo. Cuando una vez dice que no, no hay fuerza humana que le haga decir que sí. Me parece que no tendré nunca por nuera a Doña Ramona. Confieso que esto me apesadumbra, pero ahora ocurre algo que me apesadumbra más y que me sobresalta y me tiene llena de miedo. Voy a revelárselo a usted para que, ya que no me remedie y ampare, al menos me consuele.

 

PADRE CLEMENTEDiga usted, señora condesa. Lo que me diga será como si cayese en un pozo. Yo lo callaré como secreto de confesión.

 

CONDESA.  Pues bien: desecharé la vergüenza y se lo confesaré a usted todo. Siempre he amado en extremo a mi difunto marido. Hubo, no obstante, o mejor diré, por lo mismo, una época en los últimos años de nuestro matrimonio en que el Conde me tenía desesperada, humillada, celosa y furiosa con sus públicos galanteos y con las indignas rivales por quien me había abandonado. Tuve entonces el perverso propósito de vengarme o de   [312]   trocar al menos su desprecio en ira y hacerle pagar celos con celos.  (El PADRE CLEMENTE se cala las gafas, fijando más la atención en la CONDESA.) 

 

PADRE CLEMENTEPeligroso y resbaladizo propósito. Qui amat periculum in illo perit.

 

CONDESA.  No hay para qué me eche usted latines, Padre. Dios me tuvo de su mano, y si resbalé un poco, no caí, ni tropecé siquiera. Sólo he flirteado.

 

PADRE CLEMENTE (Con extrañeza.) ¿Flirteado?... ¿Y qué significa eso?

 

CONDESAFlirtear significa... timarse, poner y tomar varas...

 

PADRE CLEMENTE.  Pues, hija mía, ahora lo entiendo menos. Esos parecen términos de tauromaquia.

 

CONDESA.  No, Padre. Son términos que están de moda en Madrid y valen tanto como coquetear, dar esperanzas a los enamorados, provocarlos con miraditas lánguidas o recibir bien las que ellos nos dirijan, etcétera.

 

PADRE CLEMENTE.  Si he de hablar con sinceridad, eso me parece detestable, y casi casi tan pecaminoso como lo otro, porque si no se comete el pecado se finge la voluntad o la disposición de cometerlo, y sólo se evita incurriendo en otros pecados graves también, aunque algo menores, como son el engaño y la excitación de las malas pasiones en el alma del prójimo.

  [313]  

 

CONDESA.  ¡Por amor de Dios, Padre Clemente! No sea usted tan severo. No sabe usted lo que es estar humillada y celosa. A mí me pretendía, me perseguía, pugnaba por enamorarme uno de los hombres más guapos y más a la moda de cuantos hay en Madrid, un elegante de primera magnitud, celebrado de valiente, discreto y dichoso en amores. Y esto era cuando el Conde hacía gala de otros amores suyos y me convertía en blanco de las burlas o de la humillante compasión de las gentes. ¿Cómo quería usted que pudiese yo resistir por completo a la tentación de mostrar que también era amada y obsequiada? ¿Cómo rechazar ásperamente a quien se me mostraba rendido? Alguna disculpa tiene mi falta.

 

PADRE CLEMENTEDios es misericordioso y todo lo perdona; pero para conseguir el perdón lo mejor es no disculparse, sino confesarse culpada.

 

CONDESA.  Pues bien: confieso sin disculpa que coqueteé y no poco con el Marqués del Majano. Él, que está muy engreído y mimado, se las prometió felices. Esperaba de mí... lo que yo no creo haberle prometido. Se interrumpieron aquellos coqueteos sin compromiso ni disgusto, porque mi marido enfermó de su última enfermedad y murió poco después. Ya viuda yo, el Marqués ha vuelto a perseguirme con encarnizamiento. Su audacia ha llegado hasta el punto de venirse a este   [314]   lugar en mi busca; aquí está desde hace cuatro o cinco días. No puede usted figurarse cuánto me compromete. Alfredito tiene el genio poco sufrido; puede enfadarse con el Marqués y tener un lance, y el Marqués es un espadachín de siete suelas. ¿Qué haremos, Dios mío?

 

PADRE CLEMENTE.  Lo que es ahora no veo dificultad en lo que hay que hacer. Todo depende de los sentimientos de usted. Si el Marqués no le parece saco de paja, ya no hay ley humana ni divina que se oponga a que usted acepte y tome el saco.

 

CONDESA.  ¡No faltaba más! Ni yo gusto del saco ni quiero tomarlo.

 

PADRE CLEMENTE.  Pues entonces no siga usted siendo retrechera. Desengáñele y despídale.

 

CONDESA.  ¿Y cómo? Es tan atrevido como testarudo. ¡Ay! Abomino de mi flirteo.

 

PADRE CLEMENTE.  Sin duda que el flirteo ha sido la causa de este mal. Pongámosle como remedio el bronquis.

 

CONDESA.  ¿Y qué significa el bronquis?

 

PADRE CLEMENTE.  El bronquis es un vocablo andaluz, tan ignorado de usted como el flirteo era ignorado de mí. Bronquis viene de abroncar. Para evitar desazones y escándalos, tal vez sea lícito y hasta meritorio abroncar al Marqués, a fin de que se largue y no turbe la paz inocente de nuestro campestre retiro.

  [315]  

 

CONDESATodavía estoy a obscuras. ¿Qué entiende usted por abroncar al Marqués?

 

PADRE CLEMENTE.  Un chiste andaluz algo salado. Mi ahijado Currito, el sacristán, sabe de este oficio como nadie. Él abroncó a un joven coadjutor que yo tuve, y es capaz de abroncar al lucero del alba.

 

CONDESA.  ¿Y qué hizo para abroncarle?

 

PADRE CLEMENTE.  Poco o nada de muy terrible. El coadjutor era un teólogo, gallardo mozo, muy fino y atildado, y para predicar tenía un pico de oro. De aquí que las mujeres anduviesen algo alborotadas y más devotas de lo justo. Los padres, maridos y hermanos se mostraban inquietos. Currito se prestó a remediar el mal; abroncó al coadjutor, y el coadjutor traspuso.

 

CONDESA.  Pero, ¿de qué medio se valió?

 

PADRE CLEMENTE.  De un medio muy sencillo: oculto con mucha maña, se entretuvo en disparar de vez en cuando, con pólvora sola, algunos tiritos contra el teólogo cuando éste más descuidado estaba. Se dice que Currito, si el aviso hubiese sido insuficiente, había pensado en echar en la escopeta, además de la pólvora, algunos granos de sal, que bien aplicados en las espaldas, y sin producir lesión orgánica, mortificasen la carne pecadora. Pero no fue menester tanto; a los pocos días del tiroteo, el coadjutor se dio por avisado y tomó   [316]   la del humo y se fue a otro lugar donde los hombres fuesen más cachazudos y pacientes. ¿Cree usted, señora condesa, que convenga abroncar al Marqués?

 

CONDESA.  ¡Ave María Purísima! Padre Clemente, usted se chancea. ¿Cómo había de aplaudir yo semejante barbaridad?

 

PADRE CLEMENTE.  Entonces, no hay otro recurso que aguantar al Marqués y hartarle de desdenes y desengaños hasta que se canse y se vaya.

 

CONDESA.  Eso haré. Dios me valor para ello.

 

PADRE CLEMENTEDejemos ya los asuntos graves o tristes y regocijémonos para celebrar los días de la señora condesa. He sabido que Don Tadeo y el Marqués han enviado a la señora condesa sendos ramos de flores. Ambos son hermosísimos.  (Se acerca a los ramos y los mira y los huele.)  Pero yo no quiero ser menos. Currito, que además de ser sacristán es mi jardinero, debe aparecer pronto con un ramo cogido en mi huerto. Yo espero que vencerá a esos dos.

 

CONDESAMil gracias. Para celebrar mis días tengo convidados a comer, a la una, al uso de estos lugares, que es la hora en que en Madrid se almuerza, a Don Tadeo y a su nietecita... y... no he podido evitarlo, también al Marqués. Hónreme usted, comiendo igualmente conmigo, y así bendecirá la mesa.

  [317]  

 

PADRE CLEMENTEAcepto con mucho gusto. Falta poco más de una hora. Me voy, porque tengo que hacer en casa, y volveré pronto; pero antes tengo que decir cuatro palabras a Luisa.

 

CONDESAVoy a enviársela a usted. Adiós, hasta ahora.  (Sale la CONDESA.) 

 

 




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