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Escena V
El PADRE CLEMENTE. LUISA.
LUISA. ¿Qué
me quiere usted, tío?
PADRE
CLEMENTE. Que
me digas cómo van tus asuntos.
LUISA. A
escape; más a escape de lo que yo pensaba. El Conde detesta a Ramona. A mí me tiene más enamorada cada día. Es un dije. No puede usted figurarse cuán desatinadamente está prendado
de mí. No me deja un instante de sosiego. ¡Cómo me acosa, cielos! Tengo que andar siempre corriendo,
escabulléndome, escapando. Es gran fatiga. Y es gran peligro, además. Cuando
estoy más descuidada, me lo encuentro de manos a boca,
ya en la escalera, ya en un corredor, ya en un pasillo obscuro. Esto no puede
seguir. Tengo que apelar a la fuga. Esta noche me fugaré entre
nueve y diez y me iré a casa de usted. Como
usted no tendrá nada preparado para alojarme, quedará
explicado y justificado el que me lleve al punto a vivir a casa de Don Tadeo,
al lado de Ramona. Veremos entonces si Alfredito persiste en acosarme con la
decisión firme y honrada que yo deseo. Por lo pronto,
estoy segura que no se rendirá al interés y de que seguirá desdeñando a Ramona.
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PADRE
CLEMENTE. Sé todo esto y sé, además, que a Ramona le ha salido otro
novio.
LUISA. ¿Cómo
otro novio? Por mi cuenta le han salido dos.
PADRE
CLEMENTE. Yo sé de uno. El marqués anda por ella que bebe los vientos. ¿Quién es el otro?
LUISA. El
otro no se hubiera atrevido nunca, sin provocación y estímulo, a poner tan alta
la mira; pero Ramona le alienta y le alborota con miradas incendiarias, con
algunos solapados favores y con indirectas del Padre Cobos.
PADRE
CLEMENTE. ¿Y quién es ese feliz mortal?
LUISA. ¿Quién
ha de ser sino su ahijado de usted Currito, cuya sana robustez, bríos y
gallardía han cautivado el corazón de Ramona, inclinadísimo a los valientes y a
los briosos?
PADRE CLEMENTE. ¿Qué me dices,
mujer? Me dejas maravillado. Y ¿qué piensa de todo esto Currito?
LUISA. ¿Qué
ha de pensar, sino triunfos? Está encantado. Está enamoradísimo. Ramona cree, y
yo lo creo también, que se casaría con ella, aunque en
lugar de ser millonaria estuviese, por pobre, en el hospicio.
PADRE CLEMENTE. ¿Qué presumes tú
que resultará de este enredo?
LUISA.
Resultará... resultará... Ya lo verá usted. Todo ha de arreglarlo la chacha
Jacintica, el ama [320] de llaves de
Don Tadeo. Es muy lista, y, como viuda de un sargento de la
guardia civil, se pinta sola para policías y tramoyas. En buenas manos está el
pandero. Lo que ha de sonar, sonará dentro de poco. Conque, adiós. Y si no nos vemos
durante el día, no se olvide usted de mí y aguárdeme en su casa entre nueve y
diez de la noche.
PADRE
CLEMENTE. Adiós, hija. Pronto volveré a comer aquí. Te
aseguro que tengo la conciencia atribulada por haberme metido, por amor tuyo,
en estas intrigas, tan impropias de mi estado. Adiós. (Sale el PADRE
CLEMENTE.)
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