|
Escena VII
LUISA. El MARQUÉS. Después CURRITO
y ALFREDO.
LUISA. Señor
marqués, modere usía sus ímpetus y no sea tan agresivo. ¿Qué pensaría y que
diría la señora condesa si tan alborotado le viese a
causa de ésta su casi sirvienta? ¿Qué pensaría y qué diría la señorita doña Ramona, a
quien el marqués hace también la corte?
MARQUÉS. ¿Qué disparates dices,
muchacha? Yo no gusto más que de ti en este lugar. Las amabilidades que digo a
Doña Ramona y a la Condesa son finuras propias de un caballero galante, que
debe ser así, según es uso en la corte.
[322]
LUISA. ¿Qué empecatados usos
cortesanos son esos? ¿Acaso está bien que engría el señor marqués, que engañe y
tal vez seduzca a tres pobrecitas mujeres, causando a la postre un terrible
desengaño a cada una de ellas, que sabe Dios si después de desengañadas se
morirían de desesperación?
MARQUÉS. No
te burles de mí, Luisita, que no lo merezco. No es mi intención
engañarte; pero, aunque lo intentara, no lo conseguiría. Más sabes tú que las culebras. No
fueron malas las teologías que en el convento de Cádiz te enseñaron las
benditas madres.
LUISA. Como me enseñaron el
santo temor de Dios, me quitaron todo el miedo que pueden inspirar las más
tremendas de sus criaturas. Aunque fuese usía
el mismísimo diablo estaría yo tan fresca y tan confiada, y no
tendría el menor recelo de que usía me llevase. Con todo, aunque usía no me amedrenta, puede cansarme de sus requiebros. Cállese, pues, y no me canse,
a fin de que yo me calle también y no revele, ni a doña Ramona ni a la señora
condesa, los atrevimientos de usía y sus repetidos conatos de infidelidad.
MARQUÉS. ¿A
quién no sería yo infiel por ti, hermosa Luisa? Te aseguro que ni en Madrid, ni en
París, ni en Londres, he tratado y admirado más gentil y elegante dama que tú. (Entra
CURRITO con el ramo en la mano, mientras que el MARQUÉS sigue
hablando a LUISA [323] con el mayor entusiasmo.) Yo te admiro, Luisa.
Compadécete de mí; quiéreme. ¿No ves que me tienes hecho un volcán?
CURRITO.
¡Fuego, Dios mío, fuego! El Marqués es una fragua. Aléjate de él, muchacha,
no sea que te derritas.
MARQUÉS.
¿Cómo se ha colado usted aquí, sin decir oste ni moste? ¿Cómo interviene usted
en nuestra conversación?
CURRITO. Me
he colado porque la puerta estaba de par en par, y tomo parte en la
conversación porque soy el sacristán y cuido de todos los santos y santas que
hay en la iglesia, y Luisa es santa de mi devoción, es muy milagrosa y merece
todo el cuidado que yo pongo en ella, por ella y por el señor cura.
MARQUÉS. (Aparte.)
Más vale no contestar a este mostrenco insolente y rústico. Ahí viene Alfredito
y me importa que de nada se entere.
ALFREDO. (Entrando
por el foro.) Buenos días, señor marqués.
MARQUÉS. Señor conde, muy buenos
días.
ALFREDO. Mi
madre creo que anda todavía ocupada y no podrá salir en seguida. En vez de
aguardarla aquí véngase usted a mi cuarto y allí
aguardaremos hasta que vengan don Tadeo y su nieta.
MARQUÉS. Estoy a las órdenes de
usted. (ALFREDO y el MARQUÉS salen por el foro.)
[324]
|