|
Escena VIII
LUISA y CURRITO.
CURRITO. ¿Dónde pongo este ramo de flores, que de parte del señor Cura traigo para
la señora Condesa?
LUISA.
Pues ponlo aquí, en este vaso de porcelana, preparado ya con agua para que se
mantenga fresco.
(Currito coloca el
ramo en el vaso.)
CURRITO.
Estaba deseando hablarte. Has de saber que estoy tan
inquieto, aunque sea mala comparación, como burro a quien echan azogue en las
orejas. Doña Ramona es muy retrechera. Es más mala que la quina. ¿Por
qué se ha complacido en sacarme de mis casillas, para burlarse de mí y no
hacerme caso? Su casa está cerrada y bien guardada. Allí no me cuelo como me
cuelo aquí. No puedo verla; no me recibe. Y, entretanto, ese Marqués la visita,
la pretende y quizás la enamora. Yo voy a perder los estribos y no voy a saber
contenerme, y voy a agarrar un garrote, y casi involuntariamente, sin saber lo
que hago, le voy a deslomar.
LUISA.
Hombre, no seas bárbaro, no deslomes a nadie. Yo te ayudaré y triunfarás. Voy a ponerte en mi secreto. Te lo diré con todo sigilo.
Esta noche, [325] a las diez, estaré yo en casa de doña Ramona. Ve por
allí. Canta una copla de fandango para que yo te oiga, y en seguida te abriré
la puerta. Entrarás, y yo te prometo que hablarás con doña Ramona. Ya ves a lo
que me allano por ti.
CURRITO.
Mi gratitud será eterna.
LUISA.
La señora condesa llama. Ea, lárgate. Hasta la vuelta.
CURRITO.
Hasta la noche.
FIN DEL ACTO PRIMERO
[326] [327]
|