|
- II -
Vesci era una
ciudad importante de la confederación de los túrdulos. En el tiempo a que nos
referimos, los vescianos tenían ya la misma calidad que a sus descendientes del
día les ha valido el dictado de bermejinos: casi todos eran rubios como unas
candelas. Descollaba entre todos, así por lo rubio como por lo buen mozo y
gallardo, el elegante y noble mancebo Mutileder. Disparaba la honda con
habilidad extraordinaria y mataba a pedradas los aviones que pasaban volando;
montaba bien a caballo; guiaba como pocos un carro de guerra; sabía de memoria
los mejores versos turdetanos y los componía también muy regulares; con un
garrote en la poderosa diestra era un hombre tremendo; con las mujeres era más
dulce que una arropía y más sin hiel que una paloma; corría como un gamo; luchaba
a brazo partido como los osos, y poseía otra multitud de prendas que le hacían
recomendable. Casi se puede asegurar que su único defecto era el de ser pobre.
Mutileder,
huérfano de padre y madre, no tenía predios urbanos y rústicos; vivía como de
caridad en casa de unos tíos suyos, y en Vesci no sabía en qué emplearse para
ganarse la vida. Era un señor, como vulgarmente se dice, sin oficio ni
beneficio.
Frisaba ya en
los veinticuatro años, y harto de aquella vida, y ansiando ver mundo, pidió la
bendición a sus tíos, quienes se la dieron acompañada de algún dinero, y
tomando además armas y caballos, salió de Vesci a buscar aventuras y modo de
mejorar de condición.
Como Mutileder
tenía tan hermosa presencia, y era además simpático y alegre, por todas partes
iba agradando mucho. Los sujetos de posición y campanillas le convidaban a
bailes y fiestas, y las damas más graciosas y encopetadas le ponían ojos
amorosos; pero él era bueno, pudibundo e inocentón, y nada útil sacaba de todo
esto. El dinero que le dieron sus tíos se iba consumiendo, y no acudía nuevo
dinero a reemplazarle.
Así,
deteniéndose en diferentes poblaciones como, por ejemplo, en Igabron; pasando
luego el Síngilis, hoy Genil; entrando en la tierra de los turdetanos, y
parando también en Ventipo, llegó a un lugar de los bástulos que se llamaba
entonces Aratispi, y que yo sospecho que ha de ser la Alora de nuestros
tiempos, tan famosa por sus juegos llanos. Allí tenía Mutileder un
prima, que era un sol de belleza, con dieciocho años de edad, y más rubia que
él, si cabe. Esta prima se llamaba Echeloría. Su padre, viudo y muy rico, la
idolatraba.
Mutileder y
Echeloría eran de casta ibera purísima, sin mezcla alguna de celtas ni de
fenicios. Sus familias, o mejor diré, su familia, pues era una misma la de
ambos, se jactaba, no sin fundamento, de descender de los primitivos atlantes,
que habían emigrado muchos siglos hacía, cuando se hundió en el mar la
Atlántida, y que, yendo unos por mar siempre, habían llevado a Egipto la
cultura, mucho antes de la civilizadora expedición de Osiris, mientras que
otros, conocidos después con el nombre de hiperbóreos, desembarcando en
Francia, habían difundido la luz y fundado florecientes Estados, caminando
hacia Oriente hasta más allá de las montañas Rifeas, e influyendo, por último,
en el despertar a la vida política y culta de los arios y de los semitas.
En suma, Echeloría y Mutileder eran dos personas
ilustres y dignas de serlo por su mérito.
Apenas se vieron, se amaron... ¿Qué digo se
amaron? Se enamoraron perdidamente el uno de la otra y el otro de la una.
El padre de
Echeloría, que no tenía nada de lerdo, notó en seguida el amor de la muchacha y
procuró acabar con él, porque el primito no poseía otro patrimonio que su
apasionado corazón; pero Echeloría estaba prendada de veras, y el padre, que en
el fondo era un bendito, se avino y se resignó al cabo a que Mutileder aspirase
a ser su yerno.
Ambos amantes se juraron eterna fidelidad. «Antes
morir que ser de otro», dijo ella. «Antes morir que ser de otra», respondió él.
Y esta promesa se hizo repetidas veces y se solemnizó y corroboró con los
juramentos más terribles.
Después de esto, ¿qué remedio había sino casar
cuanto antes a los primos novios? Así lo resolvió el padre, y se empezaron a
hacer los preparativos para la boda, que debía verificarse en el próximo otoño.
Era ya el fin
de primavera, y en aquellas edades antiquísimas sucedía lo propio que ahora:
que a la primavera seguía el verano.
Aratispi era
lugar más bonito que lo es Alora al presente. En torno habla, como hay aún,
fértiles huertas y frondosos y siempre verdes bosques de naranjos y limoneros;
pero los cerros que limitaban aquel valle amenísimo, en vez de estar pelados,
como ahora, estaban cubiertos de encinas, alcornoques, algarrobos, castaños y
otros árboles, entre cuyos troncos y a cuya sombra crecían brezos, helechos,
tomillo, mejorana, mastranzo y otras plantas y hierbas olorosas.
Era tal
entonces la generosidad de aquel suelo, que las palmas enanas que hoy suelen
cubrirle y que apenas sirven para más que para hacer escobas y esportillas, se
alzaban a grande altura, mientras que las crestas más empinadas de los montes,
calvas ahora, se veían cubiertas de una verde diadema de abetos, de pinos y de
cipreses.
A pesar de
todo, fuerza es confesar que en verano hacía entonces en Aratispi un calor de
todos los demonios.
Echeloría
quiso, con razón, tomar algunos baños de mar, y su padre la llevó a un puerto
muy bonito, cerca de Málaga, que don Juan Fresco y yo calculamos que debió de
ser Churriana.
Naturalmente,
Mutileder fue a Churriana también, acompañando a su futura.
Los primos
estaban como dos tortolitos, arrullándose siempre. Mientras más miraba él a
Echeloría, más linda y angelical la encontraba y más melifluo se ponía con
ella. Y mientras más miraba Echeloría a Mutileder, mayor número de perfecciones
y de excelencias hallaba en él.
Pues no digamos
nada, porque sería cuento de nunca acabar, de la mutua admiración que nacía en
ambas almas al considerar el talento o la habilidad del objeto de su amor. Cada
pedrada que tiraba Mutileder mataba un pajarillo y partía el corazón de
Echeloría, a fuerza de entusiasmo. Y Echeloría, por su parte, a más de encantar
a Mutileder con los cantares que sabía entonar, le había hecho una honda de
pita, tan llena de sutiles y primorosas labores, que él se quedaba horas
enteras embobado contemplando la honda.
Los dos
enamorados gozaban de la más completa libertad y se iban solos de paseo por
aquellos vericuetos y andurriales, ya por la orilla de resonante mar, ya por
los encinares y olivares que vestían aquellos alcores, ya por los vergeles,
sotos y alamedas del valle, regado por riachuelo cristalino. Pero uno y otro
eran tan como Dios manda, que a pesar de lo mucho que se querían no se
propasaron nunca a otra cosa sino a estrecharse afectuosamente las manos, y una
o dos veces a lo más a consentir ella en recibir un casto beso en la tersa y
cándida frente, y a lograr él estamparle.
La suma virtud
y exquisita delicadeza de estos primos lo ponía todo en reserva para el día
dichoso en que la religión y las leyes consagrasen su unión indisoluble.
Entre tanto se
decían doscientas mil ternuras a cada momento. «Tu nombre es un sello que he
puesto sobre mi corazón», exclamaba Echeloría. «Mi corazón es tuyo para
siempre: antes dejará de latir que de amarte a ti sola», contestaba Mutileder.
En estos
coloquios se pasaban las horas, y de continuo estaban juntos ambos amantes,
menos cuando Echeloría se retiraba a dormir al lado de su anciana nodriza y en
estancia muy resguardada, o bien cuando iba a la playa a bañarse; pues
entonces, a fin de evitar el qué dirán y las murmuraciones, Mutileder no se
bañaba con ella, tal vez por no usarse aún trajes de baño tan complicados y
encubridores de las formas como los que se llevan ahora en Biarritz y en otros
sitios.
|