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- IV -
Luego que
Mutileder echó sapos y culebras por la boca y se desahogó cuanto pudo, acudió a
dar a su presunto suegro la mala noticia del rapto y a consolarle, si cabía
consuelo en tamaño dolor.
Para evitar
prolijidad no se ponen aquí las lamentaciones que hicieron ambos a dúo. Lo que
importa saber es que Mutileder y su suegro, después de maduro examen,
reconocieron que era inútil quejarse del rapto a las autoridades de Málaga, las
cuales no les harían caso, o si les hacían caso nada podrían contra un marino
tan mimado en Tiro como Adherbal lo era. A cualquiera exhorto que los sufetes o
jueces de Málaga enviasen contra Adherbal, era evidente que los sufetes tirios
habían de dar carpetazo, haciendo la vista gorda. No había más recurso que
resignarse y aguantarse, o tomar la venganza y la satisfacción por la propia
mano. Esto último fue lo que decidió Mutileder con varonil energía.
Se despidió de
su presunto suegro, y sin pensar en recursos pecuniarios ni en nada que lo
valiese, se fue a Málaga a tomar lenguas, a cerciorarse de que era Adherbal el
raptor, como ya lo sospechaba, y a buscar modo de irse a Tiro en la primera
nave que para Tiro saliese; a fin de arrancar a Echeloría del cautiverio o
secuestro en que estaba y de hacer en Adherbal un ejemplar y justo castigo.
En medio de
todo, Mutileder sentía cierto consuelo. Pensaba en que Echeloría había jurado
serle fiel o morir, y daba por seguro que moriría antes que faltar a su
promesa. Él mismo había hecho igual juramento, y se sentía con la suficiente
firmeza para cumplirle.
Con estas ideas
en la mente y con el bizarro propósito de irse a Tiro cuanto antes, recorrió
Mutileder las calles de Málaga hasta que empezó a anochecer. Todas las noticias que adquirió le confirmaron en
que era Adherbal el raptor de Echeloría. En lo que no adelantó mucho fue en
concertarse con algún patrón de buque que saliese pronto y le llevase para
Fenicia.
Llegó la noche,
como queda apuntado, y ya Mutileder se retiraba a su posada, cuando sintió que
le tiraban suavemente de la capa por detrás. Volvió el rostro y vio a un
pajecillo egipcio que le dijo:
-Señor
Mutileder, sígame vuestra merced, que hay persona que desea hablarle sobre
asuntos que le interesan.
-¿Y quién puede
ser esa persona? - contestó él -. Yo, en Málaga, no conozco a nadie.
Entonces replicó
el pajecillo:
-Aunque vuestra
merced, no conozca a esta persona, esta persona le conoce. Hoy, de mañana, pasó
junto al lugar del rapto protervo, y oyó y vio a vuestra merced cuando de él se
lamentaba. La persona es compasiva y excelente, y se enterneció. Ha tomado
informes sobre todo lo ocurrido, y su enternecimiento se ha hecho mayor. Desea
remediar el mal de vuestra merced, con quien le importa conferenciar en
seguida. ¿Quiere vuestra merced seguirme?
Mutileder no
halló motivo razonable para decir que no, y siguió al pajecillo.
Siguiéndole por
calles y callejuelas, que atravesaron rápidamente, llegó nuestro héroe
protobermejino a una puertecilla falsa y cerrada, en el extremo de un callejón
sin salida.
El paje aplicó
una llave a la cerradura, le dio dos vueltas y la puerta se abrió sin ruido. Entró el paje y le siguió Mutileder.
Cerró el paje la puerta de nuevo, y quedaron él y
nuestro amigo en la más completa obscuridad. El paje asió de la mano a
Mutileder y le guió por las tinieblas. Al cabo de poco tiempo vieron luz
y una linterna que estaba en el suelo. La tomó el paje, y ya con ella alumbró a
Mutileder, y mostrándole el camino, le dijo que le siguiera. Subieron ambos por
una estrecha y larga escalera de caracol, llegaron luego a otra puertecilla, la
abrió el paje, levantó un tapiz que había detrás, y él y Mutileder penetraron
en una sala espaciosa y bien iluminada.
El paje
entonces se escabulló sin saber cómo, y Mutileder se encontró frente a frente
de una anciana y venerable dueña, la cual, con voz meliflua, le dijo:
-Sígueme,
hermoso.
Y Mutileder la
siguió, algo ruborizado del intempestivo requiebro.
No refiero
aquí, porque estoy de prisa, y no debo ni puedo pararme en dibujos, los
primores estupendos, las alhajas rarísimas, los lindos objetos de arte y los
cómodos asientos y divanes que había en varias salas por donde iban pasando la
dueña y nuestro héroe, que atortolado la seguía. Baste saber que allí se veía
reunido de cuanto había podido inventar el lujo asiático de entonces y de cuanto
la activa solicitud de los navegantes fenicios había podido traer de todas las
comarcas a que solían ellos aportar, desde las bocas del Indio hasta las bocas
del Rhin, puntos extremos de sus periplos o navegaciones.
Lo que sí diré
es que, si una sala era lujosa, otra lo era más, y que el primor iba en aumento
conforme se pasaban salas. Maravilloso
silencio y sosiego apacible reinaban en todas ellas. No se veía ni un alma. Soledad
y dulce misterio. Rica y leve fragancia de perfumes sabeos impregnaba el tibio
ambiente.
-¿Qué será
esto? - decía Mutileder para su coleto -. ¿Dónde me llevará esta buena señora?
Y la admiración y la duda se pintaban en su
candoroso y bello semblante.
Por último, la
dueña tocó a una puerta, que no estaba abierta como las demás que habían dado
paso de un salón a otro salón, sino que estaba cerrada.
La dueña la
abrió un poco, lo suficiente para que cupiese por ella una persona; empujó a
Mutileder, le hizo entrar, y, quedándose fuera, cerró otra vez la puerta,
dejándole solo.
Mutileder, que
venía de salones donde había mucha luz, nada veía al principio, e imaginó que
el salón en que acababa de entrar estaba a obscuras; pero sus pupilas se
dilataron muy pronto, y notó que una luz velada y dulce iluminaba aquella
estancia, difundiéndose desde el seno de tres lámparas de alabastro.
Aún no había
tenido vagar para ver todo lo que le circundaba, cuando oyó Mutileder una voz
blanda y argentina, que parecía salir de una garganta humana nueva y de una
boca fresca, colorada y sana, porque todo esto se conoce en la voz, la cual le
decía:
-Perdóname,
amigo, que te haya hecho venir hasta aquí, deseosa de hablarte.
Dirigió
Mutileder la vista hacia el punto de donde la voz procedía, y vio, recostada
lánguidamente en un ancho sofá, a una dama morena y majestuosa como una
emperatriz, vestida de blanca y flotante vestidura, con una cabellera
abundante, lustrosa y negra como la endrina, y con unos ojos que parecían dos
soles de luto, así por el fuego y los rayos que despedían como por su obscuro color
y por el color, no menos obscuro, de las cejas, de las largas y rizadas
pestañas, y aun de los párpados suaves, cuyas sombras acrecentaban el
resplandor fulmíneo de los referidos ojos. En los brazos desnudos, casi junto
al hombro, tenía la dama brazaletes de oro de prolija y costosa labor; sobre el
pecho y en las orejas, collar y zarcillos de esmeraldas, y sendas ajorcas, por
el estilo de los brazaletes, en las gargantas de sus pequeños pies, calzados
por coturnos de seda roja. Lazos de idéntica seda adornaban la falda y el
corpiño y ceñían el airoso talle. Sobre el negrísimo cabello lucía, prendido
con gracia, un ramo de flores de granado.
En todo esto
reparó en conjunto Mutileder, pero sin analizar, como nosotros, porque estaba
algo cortado y sin saber lo que le sucedía. La cosa no era para menos, sobre
todo tratándose de un mozuelo que, si bien despejado y audaz, carecía de
experiencia y jamás se había visto en lances de aquel género.
Absorto, mudo,
con la boca abierta, estaba Mutileder, cuando la dama se levantó y mostró de
pie su gallarda estatura, esbelta y cimbreante como las palmas de Tadmor; y
vino a él, y tomándole la mano, en la que él sintió como una conmoción
eléctrica, le llevó a sí y le dijo:
-Siéntate.
¿Qué te asusta?
Y Mutileder se
sentó, al lado de la dama, en un taburete bajito.
Luego que
Mutileder se hubo serenado, oyó a la dama con la debida atención y le respondió
con concierto.
Ella le dijo
que se llamaba Chemed, que era viuda y rica y natural de Tiro, que había sabido
su dolor, que se interesaba por él, a causa de una súbita e irresistible
simpatía, y que anhelaba dar consuelo y remedio a sus males.
Aunque Chemed
lo había averiguado todo, quiso que Mutileder le refiriese su historia.
Mutileder la refirió con elocuencia. Al hablar de Echeloría, aunque era hombre
recio, se le saltaron las lágrimas. Con las lágrimas sobre sus mejillas y
velando sus ojos azules, estaba el muchacho lo más bonito que puede imaginarse.
Chemed no se hartaba de mirarle; pero ¡con qué miradas! Vamos, no es posible
explicar cómo eran.
Chemed tenía
cerca de treinta y cinco años. Mutileder no había conocido a su madre. No sabía
lo que era la amistad y el cariño de la mujer.
-¡Pobrecito
mío! - exclamaba Chemed -. ¡Pícaro Adherbal! No paga con la vida el mal que te
ha hecho. Haces bien en querer
vengarte y salvar a Echeloría de las garras de ese monstruo. Mira,
Mutileder: dentro de cuatro días debo yo salir para Tiro, donde tengo que
arreglar mis asuntos, muy desordenados desde que mi marido murió. Tú vendrás en
mi compañía. Considérame como a tu amiga más leal.
Y
sencillamente Chemed tomaba la mano del inocente mozo, y la estrechaba entre
las suyas y la retenía en cautividad, equilibrando el calor superior que había
en las de ella con el calor que él tenía en su mano.
Todavía se
puso más interesante y bonito Mutileder cuando habló con efusión del eterno
amor y de la fidelidad que él y Echeloría se habían jurado. Chemed celebraba
todo esto y lo hallaba muy a su gusto.
-Sí, hijo mío
- decía a Mutileder -, así debe ser. Dichosa Echeloría, que encontró en ti un
modelo de amantes. No suelen ser como tú los demás hombres, sino volubles y
perjuros. Todas mis riquezas, toda mi posición daría yo si hubiese encontrado
un amante tan resuelto y fino como tú.
En suma, esta
conversación siguió largo rato, y yo tengo notas y apuntes que me ha
suministrado don Juan Fresco y que me harían muy fácil referirla con todos sus
pormenores; pero como mi historia tiene que ir en un Almanaque sin
excitar a nadie a que los haga, y no puede extenderse mucho, sino ser a modo de
breve compendio, me limitaré a lo más esencial, deslizándome algunas veces, con
rapidez y como quien patina, en aquellos pasajes que más se presten a ello por
lo resbaladizos.
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