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- V -
Cuatro días
después de la conferencia primera entre Chemed y Mutileder, salían ambos de
Málaga para Tiro en una magnífica nave. Mutileder iba en calidad de secretario
privado de la dama para llevarle la correspondencia en lengua ibérica.
La amistad de
ambos era íntima, y Mutileder, siempre que se veía en presencia de Chemed,
estaba contento y como orgulloso de tener tan elegante y discreta amiga. Chemed
tenía además mucho chiste y felicísimas ocurrencias; decía mil graciosos
disparates, y Mutileder se regocijaba y reía sin poderlo remediar; pero cuando
estaba solo, amarga melancolía se apoderaba de su alma, pensamientos crueles le
atormentaban y algo parecido a remordimientos le arañaba el corazón, como si
fueran las uñas de un gato o, digamos mejor, de un tigre.
Mutileder
hablaba entre dientes, lanzaba desconsolados suspiros, manoteaba y hasta se
golpeaba y pellizcaba sin compasión, y solía exclamar:
-¡Qué diablura! ¡Qué diablura!
En presencia de Chemed, o se olvidaba de su dolor,
o le refrenaba y disimulaba. Ésta, a no dudarlo, era la diablura a que
su exclamación aludía.
Mutileder
había tenido ya tiempo para meditar y reflexionar y hacer severo examen de
conciencia, y no se absolvía, sino que se condenaba por débil, perjuro y
desleal en grado superlativo.
A veces quería
disculparse consigo mismo, y no lo lograba.
-Yo - decía -
sigo amando a Echeloría, y Chemed no obsta para ello. Voy a buscar a Echeloría,
a libertarla y a vengarla, y Chemed me ayuda en mi empresa. El cariño de Chemed tiene algo de maternal. ¡Es
tan buena conmigo! ¡Es tan alegre y chistosa! ¡Qué tonterías tan saladas
se le ocurren! ¿Cómo no he de reírme al oírlas? ¿He de estar siempre llorando?
No; no es menester llorar; no es menester negarse a todo consuelo, como una
bestia feroz, para demostrar que es uno fiel y consecuente. Ya veremos cuando
me encuentre con Adherbal si amo a Echeloría o si no la amo.
Estas y otras
sutilezas y quintas esencias alambicaba, fraguaba y se representaba Mutileder
para justificarse; pero, como hemos dicho, no lo lograba nunca.
De aquí su
pena cuando estaba solo; y no sé de dónde, el olvido de su pena cuando de
Chemed estaba acompañado. ¡Contradicciones
inexplicables, raras antinomias de los corazones de los mortales!
De esta suerte, en soliloquios románticos, acerbos
y dignos de Hamlet, siempre que estaba sin Chemed; y en coloquios amenos, en
pláticas tiernas y en juegos y risas, cuando Chemed aparecía, vivió Mutileder;
y así se pasó el tiempo, caminó la nave, se detuvo en varios puntos de África y
en algunas islas del archipiélago de Grecia, y llegó al fin a Tiro, capital
entonces de Fenicia desde la ruina de Sidón, cuando los filisteos, rubios
descendientes de Jafet, vinieron de Creta por mar, mientras que del lado del
desierto de Arabia entraban los israelitas en la tierra de Canaán y lo llevaban
todo a sangre y fuego. Tiro había hecho después renacer el poder cananeo o
fenicio y estaba en toda su gloria y florecimiento. Sobre el trono de Tiro
resplandecía el rey Hiram, amigo de Salomón, hijo de David. Israelitas y
fenicios eran estrechos y felices aliados.
Muy largo sería describir aquí la grandeza de
Tira. Dejémoslo para mejor ocasión. Lo que importa es decir que
Mutileder buscó a Adherbal en seguida, y no le halló. Pronto supo con rabia que
el infatigable marino, sin reposar casi, se había encargado del mando de la
flota que Hiram y Salomón expedían con frecuencia a la India, desde el puerto
de Aziongaber, en el mar Rojo. Tres
días antes de la llegada de Mutileder y de Chemed, Adherbal se había puesto en
marcha para tomar el mando referido.
Adherbal debía pasar por Jerusalén. Mutileder no
pensó más que en perseguirle y alcanzarle antes de que se embarcara para tan
larga navegación, de la que sabe Dios cuándo volvería.
Temiendo que le faltasen las fuerzas y el valor
para despedirse de Chemed, Mutileder preparó su viaje con el mayor sigilo,
aprovechando la salida de una caravana; y montado en un ligero dromedario,
salió para Jerusalén, cuando Chemed menos lo sospechaba.
Chemed lo supo
y lo lloró al leer una carta que él escribió antes de partir y que entregó a
Chemed una persona de toda confianza. La carta decía como sigue:
«Mi querida
Chemed: Yo soy el más débil y el más malvado de los hombres. Debí huir de ti
desde el primer momento y no entregarte nunca un corazón que no te pertenecía,
que era de otra mujer y que jamás podía ser tuyo. Todo el afecto, toda la
ternura que te he dado ha sido falsía, perjurio e infamia. Y no porque yo
fingiese esa ternura y ese afecto, que, al contrario, brotaban a borbotones, con
toda sinceridad y con vehemente efusión, del fondo de mi pecho, sino porque, al
consagrártelos faltaba a la fe jurada, rompía el sello de la fidelidad que
había puesto Echeloría sobre mi alma, y me rebajaba hasta la vileza. De aquí mi lucha interior; de aquí mis
contradicciones y extravagancias. A veces reía yo, jugaba y me deleitaba
contigo, pero cuando más contento estaba, surgía como espectro, como aterrador
fantasma, de las profundidades de mi ser, el mismo amor ultrajado, el cual me
azotaba rudamente con el azote de los remordimientos. Otros amantes, mientras
más aman, se hacen más dignos del amor, porque el amor hermosea y sublima los
espíritus; pero yo, amándote, me degradaba en vez de elevarme, porque pisoteaba
juramentos y promesas; y no amándote, me degradaba también, porque recibía de
ti inmensos e inestimables tesoros de cariño que no acertaba a pagar. Si
olvidaba a Echeloría para amarte, era yo un perjuro; y si no te amaba para
seguir amando a Echeloría, un falso, un estafador y un ingrato. Situación tan
horrible y poco digna no podía durar. El cielo ha estado benigno conmigo,
aunque no lo merezco, proporcionándome ocasión de dejarte con razonable motivo,
sin que puedas tú tildarme de galán sin entrañas. Adherbal no está en Tiro. Mi
deber es perseguirle. La ofensa que me ha hecho no puede quedar impune. Tú
misma me tendrías por vil y cobarde si yo no me vengara. No extrañes, pues, que
te deje para cumplir con esta obligación. Adiós, adiós para siempre, ¡oh
generosa y dulce amiga!».
Tal era la carta
que escribió Mutileder, en buen fenicio, sin ninguna falta de gramática ni de
ortografía. Chemed la leyó con
lágrimas en los ojos y haciendo otros mil extremos de amoroso sentimiento.
Mutileder, entre tanto, caballero en su dromedario
y lleno de impaciencia, iba trotando y galopando hacia Jerusalén. Harto de la
pausa con que la caravana marchaba, tomó un guía, poseedor de otro dromedario
tan ligero como el suyo, y se adelantó al resto de sus compañeros de viaje. Así
llegó en pocas jornadas a la ciudad que casi había creado David y que Salomón
acababa de fortificar y hermosear con admirables monumentos. La había ceñido de
altas torres almenadas y de fuertes y gruesos muros; había edificado, sobre
gigantescos y firmes sillares, en la cumbre del monte Moria, donde fue el
sacrificio de Abraham, el maravilloso y único templo del Dios único, y había
coronado las alturas de Sión con inexpugnable ciudadela y con alcázar suntuoso.
Dilatando Salomón sus conquistas al sur del mar
Muerto; domeñando a los hijos de Edom, de Amalec y de Madián, y enseñoreándose
de Elath y de Aziongaber, abrió puertos para comerciar con el Hadramauth y el
Yemen, con el alto Egipto, con la Nubia y con las Indias orientales. Cortando
luego las corpulentas hayas y los pinos y cedros seculares del Líbano;
haciéndolos llevar en hombros de los más robustos varones de las naciones
vencidas, como de los refaim, por ejemplo, raza descomedida de gigantes,
que casi ladraban en vez de hablar, y trabando entre sí los leños con arte y
maestría, hizo formar Salomón flotantes castillos que resistiesen el ímpetu de
los huracanes y el furor de las olas. En medio del desierto, Salomón había
fundado a Tadmor, célebre después con el nombre de Palmira, en un oasis lleno
de palmas, a fin de que fuese emporio riquísimo y lugar de reposo de las
caravanas que iban desde las orillas del Jordán a las del Eúfrates y del
Tigris, a Damasco, a Nínive y a Babilonia. Estaba, por último, interesado
Salomón en el comercio de los fenicios con Tarsis o Iberia, patria de Mutileder,
y aun de más allá, hacia el Occidente y Norte del mundo; bastante más allá,
porque las naves tirias llegaban hasta el Báltico. Por todo lo cual
refluía sobre Jerusalén cuanto Dios crió de bienes temporales. La plata era tan
común, que se miraba con desprecio. Todo se fabricaba de oro purísimo, hasta
los trastos de cocina. De Arabia
venían perfumes; de Egipto, telas de lino, caballos y carros; esclavos negros y
marfil, de Nubia; y especierías, y madera de sándalo, y perlas, y diamantes, y
papagayos y jimios y pavos reales, y telas de algodón y de seda, de allá de la
desembocadura del Indo. Oro venía de todas partes, ya de Tíbar, ya de Ofir;
ámbar y estaño, del norte de Europa; cobre y hierro, de España. De esta suerte
abundaba todo en Jerusalén. La fama del rey volaba por el mundo, porque el rey
excedió a los demás reyes, habidos y por haber, en ciencia y en riqueza, y no
había persona de buen gusto que no desease ver su cara, y sobre todo los hijos
de Israel, a quienes las naciones extranjeras respetaban y temían, por donde
vivieron ellos tranquilos y venturosos a la sombra de sus parras y de sus
higueras, desde Dan hasta Beersebá, durante todos los días de aquel reinado.
Pues, como
íbamos diciendo, a esta espléndida ciudad de Jerusalén llegó nuestro bermejino
prehistórico, acompañado de su guía, pero más confiado en su fiero garrote y en
la primorosa honda que le había regalado Echeloría, y con la cual, según suele
decirse, no se le cocía el pan hasta que vengase a su primer amor,
descalabrando al raptor injusto de una violenta y certera pedrada.
Preocupado con
estos pensamientos de venganza, y como hombre que va a su negocio y que no
viaja a lo touriste, Mutileder no quiso visitar las curiosidades de
Jerusalén ni enterarse de nada de lo que allí sucedía, a no ser el paradero de
Adherbal.
Imagine el pío
lector qué desesperación no sería la de Mutileder cuando en seguida supo de
buena tinta que Adherbal, viendo que urgía darse a la vela y llegar pronto al
Océano para no desperdiciar la monzón, favorable entonces a los que iban a la
India, había salido en posta, con dromedarios que de trecho en trecho estaban
ya preparados y escalonados en el camino, a fin de verse cuanto antes en el
puerto de Aziongaber, orillas del mar Bermejo.
Imposible de
toda imposibilidad era ya que Mutileder llegase adonde estaba el marino
fenicio, quien se substraía así a su venganza. Tiempo había de pasar,
pampanitos había de haber, antes de que dicho marino se pusiese a tiro de su
honda o al alcance de su garrote.
Creyó entonces
Mutileder que Adherbal se había llevado consigo a Echeloría para que fuese
ornamento principal de la nave capitana, desde donde había de mandar la flota,
y su rabia rayó en tal extremo, que pateó, juró, bufó, blasfemó y hasta hubo de
arrancarse a tirones algunos de los rizos hermosos y rubios que coronaban su
cabeza.
En medio de
todo, fue grande su consolación cuando logró saber que el pícaro y cortesano
marino, rastrero adulador de príncipes, había hecho presente a Salomón de la
preciosa Echeloría.
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