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- VI -
¿Cómo resistir
aquí a la tentación de encarecer lo mucho que don Juan Fresco se ensoberbece y
ufana, y lo orondo que se pone, y lo por bien pagado que se da de haberse
pelado las cejas descifrando y leyendo las inscripciones y papiros manuscritos
de donde está sacada esta historia? Por ella consta que un bermejino, pues al
cabo bermejino era Mutileder, ya que Vesci era la Villabermeja de entonces,
rivaliza con Salomón y viene a hacer el brillante y extraordinario papel que
verá el que siguiere leyendo.
Mutileder no
se amilanó al saber que Echeloría estaba en el harén salomónico; antes dispuso
quedarse en Jerusalén, espiar ocasión oportuna, y, no bien se presentase,
asirla por el copete, arrebatando a la linda moza de entre las manos del rey
Sabio. No por eso pensó en hacer el más leve daño a Salomón. Mutileder era muy
monárquico, y el rey, por ser rey y por su ciencia infusa y demás virtudes, le
infundía respeto. Salomón, además, no tenía culpa ninguna ni había ofendido a
Mutileder. Había aceptado el presente que le habían traído, y había dado prueba
de buen gusto al aceptarle y guardarle.
A veces
Mutileder concebía cierta halagüeña esperanza. Imaginaba que Echeloría había de
llorar por él y había de decir a Salomón, con todo miramiento y finura, que no
le amaba porque amaba a otro; y daba por cierto que Salomón, que era benigno
con las mujeres, y tan galante y condescendiente que las consentía tener ídolos
de la tierra de cada una de ellas, no debía de ser feroz con Echeloría, sino
que, no bien supiese que su ídolo era Mutileder, había de ceder en sus
pretensiones. Mutileder llegaba a columbrar como probable que el rey le hiciera
buscar para entregarle a la muchacha, y hasta que quizá se allanase a ser
padrino de la boda.
La entereza,
constancia y resistencia de Echeloría habían de mover a todo esto, y a más, el
ánimo generoso de Salomón. ¿Qué le importaba a este gran rey una mujer más o
menos, cuando tenía en su harén setecientas reinas, ochocientas concubinas e
infinito número de princesas? Así, pues, lo natural era que, viendo Salomón a
Echeloría enamorada de otro, afligida y llorosa, y rechazándole por estilo
arisco y montaraz, había de mostrarse desprendido.
Al hacer esta
suposición, muy plausible, Mutileder se ponía colorado de vergüenza. Se
presentaba en su imaginación lo bien que se portaba Echeloría, huraña como un
gato y firme como una roca; veía el desprendimiento regio y la nobilísima
conducta de Salomón, y se consideraba indigno, y quería, al recordar sus infidelidades
con Chemed, que se abriese la tierra y le tragase.
Estos remordimientos, esta compunción y este
sonrojo por la culpa, tenían, sin embargo, bastante de sabroso y de dulce. ¡Ay,
cuán pronto se trocó todo ello en amargura cuando oyó Mutileder lo que en
Jerusalén se decía de público en calles y plazas!
Para saber lo que se decía, conviene tomar las
cosas de atrás y entrar en algunas explicaciones.
El palacio de Salomón era inmenso, y la sociedad
en él muy amena. Multitud de poetas y de tocadores de arpas, tímpanos y
salterios, le regocijaban de continuo. Allí había diestras bailarinas, artistas
ingeniosos que hacían muebles elegantes y otras obras de extremado primor, y
los mejores cocineros que entonces se conocían. Aquello era, en grado
superlativo, en elevación a la quinta potencia, perpetua boda de Camacho. Salomón y sus mujeres y servidumbre
devoraban cada día treinta bueyes cebados, cien ovejas y multitud de ciervos,
búfalos, gacelas y aves. Y no se crea que porque comiesen poco pan. El
consumo diario de harina empleada en hacer pan, tortas, bollos y pasta frolla
o flora era de noventa coros, o sea cuarenta y cinco cahíces, de doce
fanegas se entiende.
Así es que, en
el palacio de Salomón, hasta el último pinche se regalaba a pedir de boca y estaba
gordo y lucio.
Las mujeres, tanto por naturaleza cuanto por los
afeites que usaban, parecían celestiales y de variadísimo mérito. En aquella
época no llevaban nombres puestos a la ventura, sino nombres significativos de
sus más egregias cualidades, por donde sólo con mentarlas se puede colegir lo
que valían. Entonces no se llamaba doña Sol una fea, ni Blanca una
negra, ni Dolores una regocijada, ni Rosa la que olía mal o era áspera como
cardo ajonjero.
Las favoritas de Salomón lo habían sido y llevaban
los nombres que llevaban porque lo merecían. La hija del Faraón, que
fue, a no dudarlo, Meneftá II, se llamaba Uom-anhet, esto es,
Destroza-corazones. Ella inspiró a Salomón el primer amor, profundo y suave.
Salomón era muy muchacho cuando se casó con ella, y ella le trajo en dote a
Gezer y doce mil caballos para la remonta de su caballería. Después amó Salomón
con locura a Anahid, Lucero de la mañana, hija del rey de Armenia. Se refiere
que, repudiada ésta, hubo de volver a su patria, donde tuvo un hijo de Salomón,
de quien procede el famoso Abagaro, a quien Cristo escribió una carta y envió
su efigie. Después amó Salomón con no menor locura a Leliti, la Noche, princesa
de Etiopía. Luego amó
apasionadamente a Vahar, a quien trajeron de la India las primeras naves
tirio-hebreas que fueron por allí. Esta Vahar, o dígase Primavera, era de la
familia de los Sakias, reyes de Kapilavastu, y, por consiguiente, parienta del
ilustre Sakiamuni, que había de ser Budha y fundar una religión en que creyese
cerca de la mitad del humano linaje.
Por último, pasión más durable que todas había
concebido, alimentado y guardado Salomón por la Sulamita, en cuya alabanza dejó
compuestas las poesías amatorias más bellas que habían sonado hasta entonces en
lengua humana.
Pero Salomón, en medio de tantos deleites y
triunfos, estaba hastiado. Nada le satisfacía. Todo era para él vanidad de
vanidades y aflicción de espíritu. Ni siquiera tenía el goce del amor
propio y del orgullo, porque sostenía que su grandeza se debía al acaso y no a
su carácter ni a su entendimiento y prudencia. Salomón había recapacitado y había visto que, debajo del sol, ni la carrera
era de los ligeros, ni la guerra era de los fuertes, ni el bienestar de los
listos, ni de los prudentes la riqueza, ni de los elocuentes el favor, sino que
todo era caprichoso resultado de la ciega fortuna.
Y hallándose
su alma en tan doloroso estado, fue cuando Adherbal le presentó a Echeloría.
El pueblo de Jerusalén afirmaba que Salomón la
había conocido y la había amado. Y que la había hallado rosa de Sarón y lirio
de los valles. Y que había comparado su cabeza rubia, por la majestad, con el
Carmelo; y el olor de sus vestidos al olor del almizcle y al de las silvestres
flores que crecen en el Líbano.
La ternura de Salomón por Echeloría se aseguraba
que excedía a la de Jacob por Raquel y a la de Isaac por Rebeca. Se daba por
cierto que la amaba mil veces más que había amado a las otras mujeres; que
sentía por ella todo género de afecto; que con el espíritu puro la estimaba y quería,
como su padre David había estimado y querido a Jonatás, muerto en las alturas
de Gelboé por los filisteos; y que de un modo tempestuoso la idolatraba, como
el príncipe de Siquen había idolatrado a Dina.
Todos estos rumores llegaban cada vez con más consistencia
a los oídos de Mutileder y le iban dando mucho que sentir y no poco que
sospechar; le iban dando, permítaseme lo vulgar de la frase en gracia de lo
gráfico, muy mala espina.
¿Cómo era
posible que Echeloría resistiese a tantas seducciones? ¿Cómo había de entenderse el amor de Salomón, si
la muchacha, en vez de estar amable, estuviese zahareña y cogotuda?
En vista de estas y de otras reflexiones, y de no
pocos indicios y pruebas que vinieron después, el pobre Mutileder tuvo al fin
que abrir los ojos y que reconocer que Echeloría se había dejado querer, y
hasta que pagaba a Salomón su cariño queriéndole, y siendo infiel y perjura a
su Mutileder y a los juramentos hechos en Aratispi y en Churriana.
Por falta de
elocuencia dejo de pintar aquí el furor de Mutileder cuando de esto se hubo
cerciorado. Ni Otelo ni el Tetrarca estuvieron después más celosos y furiosos.
Pero nuestro
bermejino no se limitaba a lamentos estériles. Siempre tomaba resoluciones y
procuraba darles cima. La que ahora tomó fue la de matar a puñaladas a
Echeloría y matarse él a renglón seguido con el propio puñal. Lo difícil era
ver a Echeloría para matarla.
Chemed,
ocupada en Tiro con sus asuntos, se había consolado de la ausencia de
Mutileder; pero le conservaba buena amistad, y le había enviado cartas de
recomendación para Adoniram, que era el mayordomo de Salomón, y para otros
personajes de la corte. Con estas cartas y con su hermoso rostro, gentil
presencia y gallardo cuerpo, que más que nada le recomendaban, Mutileder pretendió
y consiguió sin dificultad entrar en la guardia personal del rey.
Componíase
dicha guardia de sujetos de no poco fuste; de señores y hasta de príncipes de
las dinastías destronadas, cuyos reinos se habían anexionado Salomón y su
padre, y de cuyos bienes habían ido incautándose. Allí había heteos, amorreos y
jebuseos; caballeros de la casa de Abinadab, rey de Kiriath-Yarín; dos
sobrinitos de Og, rey de Basán, a quienes apenas apuntaba el bozo y tenían ocho
codos de estatura; varios nietos de Hamnón, rey de los amonitas; y para
complemento de hermosura, como dice Ezequiel, hablando de los pigmeos de
Tiro, una pequeña tropa de idénticos pigmeos, que no se levantaban un codo de
la tierra, pero que eran certeros y terribles disparando ponzoñosos dardos.
Encubriendo
siempre en los abismos obscuros del alma su terrible propósito de matar a
Echeloría y de matarse él, Mutileder se ingenió de suerte que se ganó la
voluntad de sus jefes inmediatos y hasta del general Benaya, tan ágil para
cortar cabezas, según lo demostró a principios de aquel reinado, enviando al
otro mundo, a fin de cimentar bien el trono, a Adonia, hermano mayor del rey, y
a otros personajes.
Con este
favor, pronto subió Mutileder a capitán de una compañía de filisteos, rubios
casi tanto como él, y que formaban parte de la guardia real.
Lo que no pudo
conseguir fue ver a Echeloría. Lo que no pudo inspirar fue la absoluta e
indispensable confianza para llegar a ser uno de aquellos sesenta valientes,
los más probados y selectos, que rodeaban el tálamo de Salomón por la noche
(algo parecido a nuestros Monteros de Espinosa), y que andaban siempre con la
espada sobre el muslo, por temor de los duendes y vestiglos, que eran
traviesos, traían revuelto el alcázar y no hubieran dejado, sin la citada precaución,
un instante de sosiego a las reinas y demás señoras.
¿Quién sabe si
la misma gentileza de Mutileder sería óbice para que entrase él en el número de
los sesenta, no hiciera el diablo que inquietase a las damas en vez de
aquietarlas? Lo cierto es que su
gentileza ya mencionada, su discreción, despejo y buen trato se hicieron
notorios en Jerusalén, y que las damas le ponían en las nubes. Hasta un no sé
qué de torvo, de melancólico y de trágicamente distraído que había en su lindo
semblante le hacía más grato a las damas.
Así las cosas, cuando ocurrió una novedad
grandísima, que contribuyó a glorificar el reinado de Salomón más todavía
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