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- VIII -
Años atrás, en
los últimos del reinado de David, había venido a Jerusalén un príncipe
hiperbóreo, a quien de fama conocen sin duda mis lectores. Hablo del
sapientísimo Abaris, que caminaba montado en una flecha. Si era la aguja de
marear aplicada a la navegación aérea o algo por el mismo orden, no acertaré yo
a decirlo en este momento. Lo que hace al caso es saber que Abaris viajaba con
facilidad prodigiosa.
David estaba
viejísimo, y los sabios de Israel resolvieron que, para aliviar sus dolencias y
hacer menos crueles los postreros años de su vida, era menester casarle con una
jovencita bella e inocente, la flor de las doce tribus. Eligieron para esto los
sabios a Abisag de Sunam, de quien, por una maldita coincidencia, Abaris, muy
joven entonces, andaba perdidamente enamorado.
Abaris hizo
esfuerzos inauditos para disuadir a Abisag de sacrificarse a aquel viejo; pero
ella, teniéndolo a mucha honra, y creyendo que cumplía con un deber en ser útil
al rey Profeta, desdeñó a Abaris y se unió con el rey.
Abaris, montó en su flecha y se fue de Jerusalén
hecho un veneno. A fin de vengarse del desdén de Abisag, ya que no en ella, en
otras mujeres, se convirtió en seductor desaforado, en el don Juan Tenorio o
Lovelace de aquel siglo. Los medios de que disponía eran enormes. Era
guapísimo, ágil y divertido en la conversación; y desde que, siglos antes,
había venido su compatriota Olén a civilizar a tracios y pelasgos, no se había
visto hiperbóreo de más doctrina en el Mediodía de Europa. Con esto, con su
astucia, con sus chistes y con su atrevimiento, Abaris iba por todas partes
haciendo estragos en los corazones femeninos.
Entre tanto, murió David, subió Salomón al trono,
y Abisag quedó en palacio como una de las reinas viudas, aunque en realidad no
se día decir que hubiese sido esposa del santo rey.
Sabido es, no
obstante, que Salomón quería que la tuviesen por tal y que asimismo viviese
ella consagrada sólo a la memoria de David, cuyo último suspiro había recogido.
Por esto se enfadó tanto Salomón cuando Adonia se atrevió a pedirle por mujer a
Abisag. Y habiéndole perdonado que conspirase contra él, no le perdonó aquella
insolencia, e hizo que Benaya le matase, sin que pudiera valerle el haberse
asido al cuerno del altar, en el templo mismo.
Abaris, que
tuvo noticia de todo esto, y que aún estaba enojado contra Abisag, tardó en
volver a Jerusalén; pero volvió al cabo y precisamente en los días en que
Salomón y la reina de Sabá andaban más afligidos con la dolencia de Echeloría y
de Mutileder.
Ignorábase qué
proyectos traía Abaris; pero Salomón le recibió bien, porque Salomón apreciaba
mucho la ciencia. Además, como Abaris era hombre de mundo, lo que se llama un
rodaballo muy corrido, Salomón le puso al corriente de todo, a ver si él
hallaba remedio para aquel mal.
Abaris aseguró que curaría a los dos jóvenes
iberos; pero que, en cambio, deseaba que Salomón le prometiese que había de
otorgarle un don que intentaba pedirle. Salomón se lo prometió.
Pasaron después tres días, durante los cuales
Abaris pareció como que estaba estudiando. Al terminar los tres días, fue
Abaris al regio alcázar, hizo que Salomón le presentase a Echeloría, y, no bien
la hubo visto, Abaris dio un grito y se echó en los brazos de la joven,
exclamando:
-¡Gracias, gracias, benignos cielos: al fin he
hallado a mi hija!
Explicó entonces Abaris que él había estado en
Aratispi; que allí había tenido amores con la madre de Echeloría, y que
Echeloría era el fruto de dichos amores. Añadió luego que como entonces
era él tan peregrino seductor, había tenido también amores en Vesci con la
madre de Mutileder, y, por lo tanto, Mutileder era su hijo. En prueba de esto
dio no pocos datos y razones, y la más sorprendente fue la de afirmar que ambos
jóvenes iberos estaban sellados por él, en la espalda, desde el día en que
nacieron, con una salamandra azul.
Con la alegría
que produjo tan fausto descubrimiento, se prescindió de la etiqueta de palacio.
Vino Guadé y trajo consigo a Mutileder. Desnudaron las espaldas de ambos jóvenes y se vieron estampadas en ellas
las salamandras. No cabía duda: eran hijos de Abaris, y, por
consiguiente, hermanos.
Todo se
aclaraba y se justificaba así. El amor que se habían tenido era fraternal:
nacido de la fuerza del parentesco. En vez de afligirse de haber sido ella robada
por Adherbal y enamorada luego de Salomón, y él de sus infidelidades con Chemed
y con Guadé, dieron gracias a los propicios hados que de aquella manera y por
tan ocultos caminos los habían salvado de un crimen feísimo, que tal le
hubieran cometido si llegan a casarse.
Se disiparon, pues, las melancolías de Echeloría y
de Mutileder; se abrazaron fraternalmente y más contentos que unas pascuas, y
se encontraron muy a gusto de ser ella favorita de Salomón y él príncipe
consorte en el reino sabeo, para donde se fue con su Guadé, cuatro días después
de saber que era hijo de Abaris y de haber descubierto que tenía una salamandra
azul en la espalda.
Echeloría se quedó en Jerusalén, ya sin
remordimientos y muy alegre.
Abaris fue a ver a Salomón y a pedirle el don que
había prometido otorgarle; pero, como era hombre de mundo y precavido, llevaba
preparada la flecha debajo del manto filosófico, poniéndose cerca del balcón
abierto para hacer su petición, no fuera caso que Salomón se enfadase y tuviese
él que salir volando, antes de que Benaya le hiciese pasar a mejor vida.
La petición no
era otra que la mano de Abisag.
Salomón estaba
de tan buen talante con la radical curación de Echeloría, que en seguida
consintió en que Abisag se casara. Además, Abisag iba ya pasando de la juventud
a la edad madura, y, como la mayoría de las solteras algo pasadas, estaba tan
jaquecosa, que Salomón no la podía aguantar, y se alegró de salir de ella.
Todos, pues,
fueron felices.
Salomón tuvo
una curiosidad y quiso que Abaris, con el mayor sigilo, la satisficiese.
-¿Hay algo de
verdad - le dijo - en lo que afirmas de que eres padre de Echeloría y de
Mutileder?
-En mi vida
estuve en Iberia - contestó riendo Abaris -. Confiesa que mi remedio ha sido
ingenioso y eficaz. Sin él no se hubieran curado los chicos y hubieran sido
capaces de morirse. Para hacer más verosímil la historia, puse yo mismo por
arte mágica en las espaldas de ambos las salamandras. Todo ha sido lo que allá
en los tiempos venideros, dentro de cerca de tres mil años, llamarán los sabios
y pulidos un mito, y los ignorantes y rudos un camelo o una filfa.
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