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|
El
héroe canto, que reinó en la Francia
|
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Por
derechos de sangre, y de conquista;
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Que
a gobernar los hombres aprendiera
|
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Por una larga serie de
desdichas;
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Que facciones calmando, vencer
fuerte
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|
Y a un tiempo perdonar dulce
sabía;
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|
|
Y
que de confusión en fin cubriendo
|
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Al Íbero, a Mayena y a la Liga,
|
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|
De
padre y vencedor de sus vasallos
|
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|
Su nombre señaló con la divisa.
|
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Baja,
augusta verdad, del alto cielo.
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Ven;
y tu claridad y tu energía
|
|
|
Sobre los versos míos vierte
grata.
|
|
|
De
los Reyes el oído facilita
|
|
|
De tu escabrosa voz al agrio
acento,
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|
|
Y cuanto aprender deban les
intima.
|
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|
De tu osado pincel al rasgo toca
|
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|
Pintar de las naciones a la
vista
|
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|
El lienzo criminal de hórridos
monstruos,
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|
Que
sus guerras abortan intestinas.
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Dí, como sediciosa la Discordia
|
|
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De
turbación sembró nuestras provincias;
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|
Y del Pueblo narrando las desgracias,
|
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Los
yerros de los Príncipes publica.
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|
Llega, tu labio suene; y si es
constante,
|
|
|
Que contigo de acuerdo un tiempo
unida,
|
|
|
A
tus más fieros tonos su voz dulce
|
|
|
La
Fábula tal vez mezclar sabía;
|
|
|
Si tu altanera frente de
ornamentos
|
|
|
Sus delicadas manos revestían,
|
|
|
Y
el arte prodigioso de sus sombras
|
|
|
Los
rayos de tu luz embellecía;
|
|
|
Deja
que también hoy a compás marche,
|
|
|
Que conmigo tus huellas siempre
siga,
|
|
|
Y
tus gracias no empañe, antes ilustre.
|
|
|
Aún
reinaba Valois; aún él hacía 1
|
|
|
De un zozobrante Estado el
gubernalle
|
|
|
Con mano fluctar trémula e
indecisa:
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|
|
De
su debido honor, sanción y fuerza
|
|
|
Las santas leyes todas
destituidas,
|
|
|
Confusos
los derechos y turbados,
|
|
|
Más
bien en caos tanto se diría,
|
|
|
Que
en efecto Valois ya no reinaba:
|
|
|
Que ya el Príncipe no era, a
quien propicia
|
|
|
Circundara la gloria de
esplendores;
|
|
|
A quien desde la infancia a las
fatigas
|
|
|
Adiestrara
y las lides la Victoria;
|
|
|
Cuyos faustos progresos
sorprendida
|
|
|
Y temblando la Europa
contemplaba;
|
|
|
En
pos de quien, al fin, la Patria había
|
|
|
De amor y soledad mil tiernos
ayes.
|
|
|
Despedido, plañendo su partida
|
|
|
Un tiempo, en que del Norte,
allá admirando
|
|
|
Su suprema virtud, las plagas
frías
|
|
|
En
poner a sus plantas sus diademas,
|
|
|
Por sufragio común se
complacían.
|
|
|
En un segundo puesto brilla
alguno,
|
|
|
Que al primero elevándose se
eclipsa.
|
|
|
De esta suerte a Valois, al
solio alzado,
|
|
|
Con sorpresa pasar la Francia
mira,
|
|
|
De intrépido guerrero a Rey
cobarde.
|
|
|
Sobre el trono encumbrado se
dormía
|
|
|
De femenil molicie en hondo seno 2:
|
|
|
De la regia corona el peso
abisma
|
|
|
De
su liviana frente las flaquezas
|
|
|
Que lúbricos privados mantenían,
|
|
|
D' Epernon, San Megrén, Quelús,
Joyussa, 3
|
|
|
Jóvenes
voluptuosos, que a porfía
|
|
|
Bajo su augusto nombre, a su
albedrío,
|
|
|
Del imperio las riendas
dirigían:
|
|
|
Corruptores
políticos de un dueño,
|
|
|
Que la afeminación gastado
había,
|
|
|
En
torpes devaneos y placeres
|
|
|
Su lánguida existencia
sumergían.
|
|
|
De
los Guisas, en tanto, la fortuna
|
|
|
Se elevaba veloz, se engrandecía
|
|
|
Sobre
su humillación y abatimiento,
|
|
|
Levantando en París la santa
Liga,
|
|
|
De su flaco poder rival
soberbia.
|
|
|
Roto el freno los pueblos se
extravían,
|
|
|
Y
hechos de la grandeza humildes siervos,
|
|
|
Doblan a sus tiranos la rodilla,
|
|
|
Y a su dueño legítimo persiguen.
|
|
|
De mil falsos amigos turba
indigna,
|
|
|
Que feliz le adorara, ya
infelice
|
|
|
Le abandona vilmente, y
aturdidas
|
|
|
Del Luvre le miraron las
columnas
|
|
|
Por
sus pueblos expulso y en huida,
|
|
|
Al paso que acogido el
extranjero,
|
|
|
Al rebelde París ledo corría.
|
|
|
Todo marcha en desorden. Por
instantes
|
|
|
Todo a su fin fatal se
precipita,
|
|
|
Cuando aparece Enrique. Este
virtuoso, 4
|
|
|
Este insigne Borbón, que fiero
ardía
|
|
|
De
un guerrero valor en noble llama,
|
|
|
A su Príncipe ciego se aproxima,
|
|
|
Y a
su aspecto Valois la luz recobra:
|
|
|
Él
su espíritu y fuerzas resucita;
|
|
|
Sus
pasos endereza, y de la afrenta
|
|
|
A la gloria, del juego a la lid
guía.
|
|
|
De
París a las pérfidas murallas
|
|
|
Con
coligadas huestes y aguerridas
|
|
|
Al ver los dos Monarcas
avanzados,
|
|
|
Allí se alarma Roma, y aquí
admira
|
|
|
El Español temblando su alianza:
|
|
|
La Europa toda ya comprometida
|
|
|
En
tan grandes reveses y ruidosos,
|
|
|
Sobre el muro infeliz clava la
vista.
|
|
|
Viose en París entonces la
Discordia,
|
|
|
Que al sublevado Pueblo
enfurecía,
|
|
|
Y a la guerra excitando al de
Mayena,
|
|
|
Y a la Liga y la Iglesia, en
hostil grita
|
|
|
Del alto de sus torres el
socorro
|
|
|
Del español soldado requería.
|
|
|
Esta fiera impetuosa y
sanguinaria,
|
|
|
Este inflexible monstruo, infiel
respira
|
|
|
Un eterno rencor contra los
mismos
|
|
|
Que su yugo infernal más
esclaviza.
|
|
|
Su
maléfico plan de los mortales
|
|
|
A infelices desastres sólo
aspira
|
|
|
De su mismo partido con
frecuencia
|
|
|
Su mano deja toda en sangre
tinta;
|
|
|
Dentro del corazón que despedaza,
|
|
|
Cual tirano cruel se domicilia,
|
|
|
Y
el crimen que él inspira, pena él mismo.
|
|
|
Al lado en que del sol la luz declina,
|
|
|
No
lejos de las márgenes amenas
|
|
|
Por do serpeando el Sena corre,
y gira
|
|
|
Huyendo
de París, hoy sitio amable,
|
|
|
Retiro encantador, mansión
tranquila,
|
|
|
Donde
el arte sus triunfos nos ostenta,
|
|
|
Y la naturaleza sus delicias;
|
|
|
Campo entonces horrísono y
sangriento
|
|
|
De
la más ominosa y mortal riña,
|
|
|
Juntando sus soldados acampaba
|
|
|
El mísero Valois. Allí se
alistan
|
|
|
Los
valerosos Héroes, que la gloria,
|
|
|
Y de Francia el estado
sostenían,
|
|
|
Y a
quienes sectas varias dividiendo,
|
|
|
De una común venganza el celo
unía.
|
|
|
De
Borbón en las manos victoriosas,
|
|
|
Acordes
y contentos todos libran
|
|
|
Su causa general y sus destinos;
|
|
|
Y él,
que de conciliarse el don abriga
|
|
|
De todos el amor feliz, ganando
|
|
|
Los corazones todos, los reunía:
|
|
|
Que
estaban los dos campos tan sumisos
|
|
|
Dijérase a su voz, que ya no
habían
|
|
|
Más
Jefe que él, ni más Iglesia que una.
|
|
|
Del seno celestial do residía
|
|
|
Luis,
padre inmortal de los Borbones 5,
|
|
|
Sobre el virtuoso Enrique atento
fija
|
|
|
Sus
paternales ojos. De su raza
|
|
|
El más claro esplendor en él
divisa;
|
|
|
Su ardor, su virtud ama; su
error llora:
|
|
|
Con su corona honrarle, al fin
quería,
|
|
|
Y quiere más aún, quiere
ilustrarle.
|
|
|
Avanza en tanto Enrique, y se
encamina
|
|
|
A la suprema cumbre; más por
sendas
|
|
|
Que para él mismo ocultas no
advertía.
|
|
|
Del
alto de los cielos sus auxilios
|
|
|
Prestábale Luis, pero escondida
|
|
|
La mano que en su apoyo le
tendiera;
|
|
|
Cuidando que del Héroe siendo
vista,
|
|
|
Ya
por demás seguro de sus triunfos,
|
|
|
De un peligro menor fuese a
medida
|
|
|
De
sus hechos también menor la gloria.
|
|
|
Del muro que obstinado resistía,
|
|
|
Ya finalmente al pie, y en
frente puestos,
|
|
|
Más
de una vez de Marte en tentativas
|
|
|
Igual riesgo ensayaran los
partidos:
|
|
|
De
la humana feroz carnicería
|
|
|
Ya el mal genio, del campo
desolado
|
|
|
Al uno y otro mar llevara a
prisa
|
|
|
Un
furor implacable, cuando a Enrique
|
|
|
Su atristada palabra, interrumpida
|
|
|
De
frecuentes suspiros y sollozos,
|
|
|
Le
endereza Valois en esta guisa.
|
|
|
«Ya ves hasta que punto de mi suerte
|
|
|
El rigor me abatió. No es mi
desdicha,
|
|
|
Ni solo mi interés el que va
hablarte;
|
|
|
Tuya es ¡o Borbón! la injuria
mía.
|
|
|
Contra su Rey osando sediciosa
|
|
|
Su frente al cielo alzar esa
infiel Liga,
|
|
|
A
los dos en su rabia nos confunde,
|
|
|
Y a
los dos nos persigue y abomina.
|
|
|
Del pueblo de París enajenado
|
|
|
El
rebelde rencor de que le animan,
|
|
|
Nos desconoce a entrambos,
pretendiendo
|
|
|
Precipitarme a mí del trono en
vida,
|
|
|
Y
de su herencia a ti, que en pos te toca.
|
|
|
No ignoran los Ligados, no, no
olvidan
|
|
|
Que la voz imperiosa de la
sangre
|
|
|
De nuestra anciana augusta
dinastía,
|
|
|
El
mérito, las leyes, y en fin todo
|
|
|
Te
aclaman a mi muerte de justicia
|
|
|
Al trono de la Francia, en que
vacilo,
|
|
|
Y del cual darte piensan la
exclusiva,
|
|
|
Ya de hoy mismo temblando a la
grandeza
|
|
|
De
tu fortuna y gloria sucesivas.
|
|
|
La
Religión terrible en sus enojos,
|
|
|
Ambiciosa y colérica, fulmina
|
|
|
Contra la independencia de tus
sienes
|
|
|
Su fatal anatema. Roma erguida,
|
|
|
Que a do quiera transporta sin
soldados
|
|
|
De la guerra el azote, deposita
|
|
|
De su cruda venganza el sacro
trueno
|
|
|
Del
Español en manos. Ya vendida
|
|
|
De
vasallos, de deudos y de amigos
|
|
|
Veo, amigo, la fe. Ya se retira,
|
|
|
Ya
de mí huye todo y me abandona,
|
|
|
O se arma contra mí. Con
tropelía
|
|
|
El avariento Hispano enriquecido
|
|
|
Por mis pérdidas, fiero se
avecina
|
|
|
A
inundar de sus huestes destructoras
|
|
|
Mis
desiertas ya míseras campiñas.
|
|
|
Contra
enemigos tantos, que en su furia
|
|
|
Tal ansia de ultrajarnos
acreditan,
|
|
|
A nuestra vez traigamos a la
Francia
|
|
|
Una extranjera fuerza más
benigna:
|
|
|
En
secreto ganad de los Britanos
|
|
|
Esa ínclita Reina, esa heroína.
|
|
|
Bien sé el odio inmortal, que
una alianza
|
|
|
Permite rara vez franca y
sencilla
|
|
|
Entre
el Francés y el Anglo. En todos tiempos
|
|
|
Émula
de París, Londres la envidia.
|
|
|
Más ¿que importa, Borbón? si
desde el punto
|
|
|
En que mi antigua gloria vi
marchita,
|
|
|
Y
por ellos mi nombre amancillado,
|
|
|
Ya
ni patria, otros tiempos tan querida,
|
|
|
Ni
vasallos conozco. Yo les odio;
|
|
|
A castigar anhelo sus perfidias
|
|
|
Y a
mis ojos Francés es quien me vengue.
|
|
|
En tal negociación, poco confía
|
|
|
Mi supremo interés en las
funciones
|
|
|
De ordinarios agentes inactivas;
|
|
|
Tu
eres solo Borbón, el que yo imploro;
|
|
|
De promediar tu voz es solo
digna
|
|
|
En que a los Reyes mueva mi
infortunio:
|
|
|
Parte a Albión, y allí la causa
mía
|
|
|
Patrono
tan feliz logre en tu fama,
|
|
|
Que un ejército aliado me
consiga.
|
|
|
Mis
enemigas huestes por tu brazo
|
|
|
Quiero,
Enrique, abatir, y otras amigas
|
|
|
Por tu sola virtud ganar
espero.»
|
|
|
Dijo, y el Héroe, que de
gloria hervía
|
|
|
En
codicioso celo, y en más manos
|
|
|
Teme
ver que las suyas repartida
|
|
|
Del triunfo la palma, un dolor
vivo
|
|
|
Al oírle sintió. Pasados dios
|
|
|
A su gran alma caros echa menos,
|
|
|
En
que él solo y Condé sin más intrigas,
|
|
|
Ni otro extranjero auxilio que
la fuerza
|
|
|
De
su virtud, temblar la Liga hacían;
|
|
|
Más era necesario ardientes
votos
|
|
|
Satisfacer de un dueño. Se resigna:
|
|
|
Los
golpes de su brazo ya suspende,
|
|
|
Y
los laureles, que cogido había
|
|
|
Del Sena en la ribera,
abandonando,
|
|
|
Su valor a partir violento
instiga.
|
|
|
Atónito el soldado, que ignoraba
|
|
|
Sus arcanas empresas, se
contrista;
|
|
|
Y de uno y otro campo los
guerreros
|
|
|
Sus destinos pendientes suponían
|
|
|
Del regreso feliz del Héroe
ausente.
|
|
|
Ya marchaba: aún empero le
imagina
|
|
|
El pueblo criminal siempre
delante,
|
|
|
Y
pronto a fulminar sobre él sus iras.
|
|
|
Su nombre, que del trono la
columna
|
|
|
Más
sólida y más firme se apellida,
|
|
|
De todo el bando alzado su
enemigo
|
|
|
El terror en las almas infundía,
|
|
|
Y
por él en su ausencia peleaba.
|
|
|
Ya del Neustrio saltaba las campiñas,
|
|
|
Sin
que de sus privados otro alguno
|
|
|
Formase
que Morné su comitiva: 6
|
|
|
Éste su siempre digno
confidente,
|
|
|
Más nunca adulador, fiel le
asistía;
|
|
|
Éste sobrado fuerte y grave
apoyo
|
|
|
Del bando del error y su
doctrina,
|
|
|
Éste,
a quien en prudencia como en celo
|
|
|
Señalándose siempre, a par
movían
|
|
|
La causa de su Iglesia y de su
Patria;
|
|
|
Censor del cortesano, y todavía
|
|
|
En la corte querido, a quien de
Roma
|
|
|
Fiero enemigo, Roma propia
estima.
|
|
|
Al través de dos rocas,
donde viene
|
|
|
La cólera del mar rugiendo
altiva
|
|
|
Sus olas a estrellar entre alba
espuma,
|
|
|
A los ojos del Héroe se ofrecía
|
|
|
De Diepe el feliz puerto. Y
fogoso
|
|
|
A bordo el diestro nauta jarcias
iza;
|
|
|
El
bajel, que a favor de su maniobra
|
|
|
Con fiera majestad la mar
domina,
|
|
|
Ya de volar a punto sobre el
llano
|
|
|
Del undoso cristal, sus alas
infla:
|
|
|
Amarrado del viento en las
regiones
|
|
|
El furibundo Bóreas se mitiga,
|
|
|
Y del céfiro al soplo la mar
cede.
|
|
|
Levada el ancla ya, dél
impelida,
|
|
|
Surcaba el vasto piélago la nave
|
|
|
Lejos ya de la tierra fugitiva,
|
|
|
Y de la Gran Bretaña las riberas
|
|
|
Descubríanse ya, cuando del día
|
|
|
Eclípsase el gran astro en un
instante,
|
|
|
Regaña airado el cielo, el aire
silba,
|
|
|
Brama el onda a lo lejos, y los
vientos
|
|
|
Desenfrenados
más y más irritan
|
|
|
Las encrespadas olas;
centellando
|
|
|
Entre la negra nube el rayo
brilla;
|
|
|
Del relámpago el fuego, y de las
olas
|
|
|
El abismo profundo do quier
pintan
|
|
|
Al navegante pálido la muerte:
|
|
|
Y
aún el Héroe, a quien furias envolvían
|
|
|
Del undoso elemento, los
peligros
|
|
|
De su propia persona no sentía;
|
|
|
Sus ojos sólo vuelve hacia la
Patria,
|
|
|
Y en su empresa su mente siempre
fija,
|
|
|
Por la sola tardanza en sus
destinos,
|
|
|
A increpar a los vientos se
limita.
|
|
|
No tan patriota, no, ni generoso
|
|
|
Allá César del Epiro a la
orilla,
|
|
|
Cuando del mundo el cetro
disputaba,
|
|
|
Al furioso Aquilón sobre el mar
fía
|
|
|
Del Romano la suerte y de la
tierra,
|
|
|
Y a
Pompeyo y Neptuno, que se ligan,
|
|
|
A un tiempo desafiando, su
fortuna
|
|
|
A la borrasca impávido oponía.
|
|
|
En
este instante el Dios del universo,
|
|
|
Que
sobre el viento vuela, que las iras
|
|
|
Subleva de los mares, o las
calma,
|
|
|
Y
de cuya eternal sabiduría
|
|
|
La profunda inefable
providencia,
|
|
|
Forma imperios, los alza, o los
derriba,
|
|
|
Desde el trono inflamado, do
preside
|
|
|
A
la vida y la muerte, y que allá brilla
|
|
|
Del celestial empíreo en
las alturas,
|
|
|
Sus
ojos abatir al fin se digna
|
|
|
Sobre
el Héroe Francés, y en riesgo tanto
|
|
|
El mismo es quien le alienta,
quien le guía,
|
|
|
Y cuya voz excelsa a la borrasca
|
|
|
Mandando que a la playa más
vecina
|
|
|
Al punto el bajel lleve, donde
Jersei
|
|
|
Del seno de las ondas parecía
|
|
|
Ir alzándose: el Héroe ya del
cielo
|
|
|
Conducido por fin, aporta a la
isla.
|
|
|
No
lejos de su orilla, espeso bosque
|
|
|
Bajo
sus frescas sombras y tranquilas
|
|
|
Dulce asilo ofrecía. Una gran
roca,
|
|
|
De
las airadas olas fronteriza,
|
|
|
A su rigor encúbrela, vedando
|
|
|
Del regañón a furias que la
embistan,
|
|
|
Y jamás su reposo turbar puedan,
|
|
|
De esta roca una gruta cerca
había.
|
|
|
Cuya simple estructura de su
ornato
|
|
|
Sólo a la mano rústica y
sencilla
|
|
|
De la naturaleza fue deudora:
|
|
|
En
mansión tan obscura y escondida,
|
|
|
Un anciano habitaba venerable,
|
|
|
Que
lejos de la corte, do otros días
|
|
|
Engolfado anduviera, allí
buscaba
|
|
|
La dulce y santa paz; allí vivía
|
|
|
Del resto de los hombres
ignorado;
|
|
|
Y
de inquietudes libre, se ejercita
|
|
|
En el sublime estudio de sí
mismo;
|
|
|
Con lagrimas allí se arrepentía
|
|
|
De
horas en los placeres abismadas,
|
|
|
Y
de amor en delirios consumidas.
|
|
|
De
aquellas toscas fuentes a los bordes,
|
|
|
Sobre el florido esmalte, que
matiza
|
|
|
De
aquella soledad los verdes prados,
|
|
|
A sus pies arrojaba y sometía
|
|
|
Las
humanas pasiones, y sereno,
|
|
|
De
sus votos aguardaba que a medida,
|
|
|
Viniese, en fin, la muerte para
siempre
|
|
|
A unirle con el Dios a quien
servía;
|
|
|
Aquel
Dios, que con gracia y bondad tanta
|
|
|
Su vejez honrar quiso, y su fe
viva;
|
|
|
Que descender mandando a su
desierto
|
|
|
La misma celestial sabiduría,
|
|
|
Y con él prodigando los tesoros,
|
|
|
De divinos arcanos, a su vista
|
|
|
Le
agradara exponer de los destinos
|
|
|
El misterioso libro en que se
cifran.
|
|
|
Este
favorecido, grave anciano,
|
|
|
A quien Dios revelado el Héroe
había,
|
|
|
Cerca de un onda pura, agreste
mesa
|
|
|
Al gran Príncipe ofrece, a quien
no admira
|
|
|
Lo nuevo del convite. Veces
varias
|
|
|
Bajo
un humilde techo, y en faz misma
|
|
|
Del simple labrador todo
encantado,
|
|
|
Del cortesano estrépito en
huida,
|
|
|
Y
en busca solamente de sí propio,
|
|
|
Del diadema depuesto alegre
había
|
|
|
El majestuoso fausto y fiero
orgullo.
|
|
|
La
turbación ruidosa difundida
|
|
|
Por el orbe cristiano, vasto
asunto
|
|
|
Del coloquio más útil ofrecía
|
|
|
Al huésped venerable y
peregrinos.
|
|
|
El virtuoso Morné, que en la
doctrina
|
|
|
Vivía
de su secta imperturbable,
|
|
|
¡Cuán terribles apoyos
suministra
|
|
|
De Calvino al error! Dudoso
Enrique,
|
|
|
De su luz solo al cielo le
suplica,
|
|
|
Que
sus ojos ilustre un feliz rayo.
|
|
|
«En
todos tiempos, dijo, combatida
|
|
|
Entre
febles y míseros mortales,
|
|
|
Siempre de error cercada y de
mentira,
|
|
|
La divina verdad se vio en la
tierra.
|
|
|
¿Fuerza será por tanto al alma
mía,
|
|
|
En Dios solo fundando su
esperanza,
|
|
|
De sendas, que hasta él mismo la
dirijan,
|
|
|
Vivir en la ignorancia
tenebrosa,
|
|
|
Que
la humana razón jamás disipa?
|
|
|
Un Dios ¡ha! tan benéfico, y del
hombre
|
|
|
El árbitro y Señor, ya dél
habría
|
|
|
Servídose a este fin, si le
pluguiera.
|
|
|
Adoremos,
el viejo les replica,
|
|
|
Los designio de Dios. No le
acusemos
|
|
|
Por
faltas de los hombres. Yo vi un día
|
|
|
De
Calvino el error nacer en Francia.
|
|
|
Humilde
en sus principios, débil iba
|
|
|
Arrastrando entre sombras.
Desterrado,
|
|
|
En
nuestros muros sin sostén camina
|
|
|
Por
mil lóbregas vueltas y rodeos,
|
|
|
Avanzándose astuto hacia sus
miras
|
|
|
Con un rastrero giro y lento
paso;
|
|
|
Y del seno del polvo y la
inmundicia
|
|
|
Atónitos mis ojos advirtieron
|
|
|
Como su altiva frente se atrevía
|
|
|
El hórrido fantasma a alzar
osado;
|
|
|
Como al trono abalanza, y sin
medida
|
|
|
Insultando
a los hombres, nuestras aras
|
|
|
Con planta a trastornar se
arroja impía.
|
|
|
Huyendo
al punto entonces de la corte,
|
|
|
En esta obscura cueva la
ignominia
|
|
|
De mi sagrado culto a llorar
vine.
|
|
|
Plácidas esperanzas todavía
|
|
|
Mis postrimeros años lisonjean;
|
|
|
Un culto tan moderno mal podría
|
|
|
Ser
de duranza eterna. De los hombres
|
|
|
Al capricho su ser deudor se
mira.
|
|
|
Morir se le verá como ha nacido;
|
|
|
Las
obras de los hombres de la misma
|
|
|
Fragilidad
serán, que sus autores.
|
|
|
A su supremo arbitrio Dios
abisma
|
|
|
Sus
facciosas empresas. Él es sólo
|
|
|
El
inmudable Ser. Mientras registra
|
|
|
De
unas sectas sin número, la tierra,
|
|
|
Las
implacables guerras, que la agitan,
|
|
|
Del Eterno a los pies en paz
reposa
|
|
|
La celestial verdad, que no ilumina
|
|
|
Sino muy rara vez al orgulloso,
|
|
|
Y que solo por fin, podrá ser
vista
|
|
|
Del
que de corazón la busque y ame.
|
|
|
Escuchad,
Gran Enrique. Dios me inspira:
|
|
|
Ser
queréis ilustrado. Habréis de serlo.
|
|
|
Elegiros por fin mi Dios se
digna
|
|
|
Al trono de Valois. Su excelsa
mano
|
|
|
Por sangrientos combates
premedita,
|
|
|
Encaminar triunfante vuestra
planta;
|
|
|
Terrible a la victoria su voz
dicta,
|
|
|
Que
las sendas os abra de la gloria
|
|
|
De
laureles ornándolas y olivas.
|
|
|
Más
no ignoréis también, sabed, que en tanto
|
|
|
Que a vuestro espíritu, propicia
|
|
|
La
verdad, de su luz que le ilumine
|
|
|
Algún rayo benéfico no envía,
|
|
|
De
París por las puertas será en balde
|
|
|
Que
presumáis entrar. Tened bien fija
|
|
|
La atención, sobre todo, en
preservaros
|
|
|
De
la común flaqueza, en que se abisman
|
|
|
Aun las más grandes almas.
Atractivos
|
|
|
Hechiceros huid; huid insidias
|
|
|
Del más dulce veneno. Precaveos,
|
|
|
Y
de vuestras pasiones enemigas
|
|
|
Habed tan solo miedo, Gran
Enrique.
|
|
|
Sabed al ocio blando y las
delicias
|
|
|
Resistir con vigor, y al amor
mismo
|
|
|
Combatir
y vencer. Allá algún día,
|
|
|
Cuando de tal valor, de virtud
tanta
|
|
|
Por una fuerza heroica y divina,
|
|
|
Gloriosa y felizmente ya
llegaréis,
|
|
|
A
triunfar de vos mismo y de la Liga;
|
|
|
Cuando en un sitio horrible,
cuya fama
|
|
|
La más remota edad oiga
afligida,
|
|
|
Todo un inmenso pueblo
confundido,
|
|
|
Por vuestros beneficios sólo exista;
|
|
|
De
vuestro Estado entonces las desgracias,
|
|
|
Las
funestas miserias que lo atristan,
|
|
|
Acabadas
veréis. De vuestros padres
|
|
|
Al Dios entonces vuestra fe rendida
|
|
|
Los
ojos alzará, y verá entonces,
|
|
|
Cuan
bien, cuan dignamente en él confía
|
|
|
Un sano corazón. Partid Enrique;
|
|
|
Adiós
y no dudéis que él os asista;
|
|
|
El virtuoso varón, que le
asemeja,
|
|
|
De su apoyo seguro es justo
viva.»
|
|
|
Dardos fueran de fuego estas
palabras,
|
|
|
Que
del sensible Enrique el alma herían,
|
|
|
Hasta su noble fondo penetrando.
|
|
|
Transportado, creíase al oírlas,
|
|
|
A aquella edad del mundo tan
dichosa
|
|
|
En que al hombre mortal la
Deidad misma
|
|
|
Con su palabra honrara, y
prodigando
|
|
|
Prodigios,
la virtud simple y sencilla
|
|
|
A los Reyes magníficos mandaba,
|
|
|
Sus oráculos santos profería.
|
|
|
Llegando al cabo el hora, en que
era fuerza
|
|
|
Que ya del justo anciano se
despida,
|
|
|
Con
dolor estrechándole en los brazos
|
|
|
De
sus ojos las lágrimas corrían.
|
|
|
Desde
aquellos instantes, ya entreviera
|
|
|
De un día, cuyo sol aún no
divisa,
|
|
|
El precursor lucero.
Sorprendido,
|
|
|
Más no tocado aún Morné partía:
|
|
|
Al árbitro supremo de estas
gracias
|
|
|
Dél pluguiera ocultarse. Vana
estima
|
|
|
En
la tierra de sabio el nombre diera
|
|
|
Al que, de mil virtudes con
mancilla,
|
|
|
Hiciera del error su amado
fuerte;
|
|
|
En tanto que el buen viejo así
platica
|
|
|
De Dios iluminado, disponiendo
|
|
|
El corazón del Príncipe, sumisa
|
|
|
Del viento la violencia a su voz
calma.
|
|
|
De
nuevo se aparece el sol, y brilla,
|
|
|
Sosiéganse
las ondas, y bien presto
|
|
|
Conducido Borbón a las orillas,
|
|
|
Parte el Héroe volando por las
aguas
|
|
|
De la soberbia Albión a sus
marinas.
|
|
|
Cuando
en medio del mar de la Inglaterra,
|
|
|
Aquel flotante imperio Enrique
avista,
|
|
|
La rápida mudanza venturosa
|
|
|
Reflexivo contempla, atento
admira
|
|
|
De
tan ilustre Estado y tan potente,
|
|
|
En
que la acción violenta y desmedida
|
|
|
De
tantas sabias leyes, y el abuso
|
|
|
Que la licencia eterno hacer
solía,
|
|
|
Harto tiempo del Príncipe y
vasallo
|
|
|
Labraran la recíproca desdicha.
|
|
|
Sobre el sangriento teatro, en
que cien héroes
|
|
|
Catástrofe tan triste hallado
habían;
|
|
|
Sobre el solio fatal
resbaladizo,
|
|
|
Del
que, de cien Monarcas abatida
|
|
|
La majestad augusta ya se viera,
|
|
|
Una mujer, al fin, el cetro
afirma;
|
|
|
Y a
sus pies los destinos sujetando,
|
|
|
Nuestro sexo confunde; y ya la
rica
|
|
|
Brillantez de su reino al mundo
entero
|
|
|
Sirve
de admiración, terror y envidia.
|
|
|
Era aquella Isabel singular
hembra,
|
|
|
De
su esfera y su sexo maravilla,
|
|
|
Cuyos
sabios manejos, de la Europa
|
|
|
Inclinar a su arbitrio
conseguían
|
|
|
De la balanza el fiel. La que al
Britano
|
|
|
De indómita cerviz, que no podía
|
|
|
Servir
ni vivir libre, al fin su yugo
|
|
|
Llevar, y aún amar hizo. Grato
olvida
|
|
|
Bajo su sagaz mando el Inglés
pueblo
|
|
|
Pérdidas,
que jamás sufrir creería.
|
|
|
Sus
fecundos rebaños, sus llanuras
|
|
|
Sus
montañas y bosques ya cubrían;
|
|
|
De
la esfera los mares, sus bajeles;
|
|
|
Y
sus copiosas mieses, las campiñas.
|
|
|
Monarca
es en la mar, temido en tierra;
|
|
|
Sus
flotas imperiosas, que esclavizan
|
|
|
Por do quier a Neptuno, la
fortuna
|
|
|
Del uno al otro polo se atraían.
|
|
|
Londres, bárbara un tiempo,
centro es culto
|
|
|
De
las útiles artes en el día.
|
|
|
De
las gentes del mundo más remotas
|
|
|
Con
frecuencia sus plazas concurridas,
|
|
|
Emporio es a Mercurio, a Marte
templo.
|
|
|
Los muros de Westminster
domicilian
|
|
|
Tres
distintos poderes, que del lazo
|
|
|
Que
los une entre sí, los tres se admiran.
|
|
|
Diputados del Pueblo, Rey y
Grandes,
|
|
|
A quienes intereses dividían
|
|
|
Y
reunía la ley. Los tres sagrados,
|
|
|
Y
miembros inviolables, que organizan
|
|
|
Su invicta institución, tan
peligrosa
|
|
|
A sí misma tal vez, y a sus
vecinas
|
|
|
De tanta alarma siempre, y tan
terrible.
|
|
|
Feliz, mientras el Pueblo en la
medida
|
|
|
De
su deber instruido y limitado,
|
|
|
Al supremo poder respetos rinda
|
|
|
Cuantos
le debe fiel; y aún más dichosa,
|
|
|
Cuando al Pueblo también a su
vez rijan
|
|
|
Reyes
justos, políticos y dulces,
|
|
|
Que acaten cuando deben, y no
opriman
|
|
|
Su libertad civil. ¡Ha! cuando,
cuando,
|
|
|
Así exclamó Borbón, cuando
podrían
|
|
|
Unir como vosotros los Franceses
|
|
|
La gloria con la paz! ¡Testas
altivas,
|
|
|
Príncipes
de la Europa cuanto ejemplo
|
|
|
Tenéis aquí patente a vuestra
vista!
|
|
|
Las
puertas de la guerra en sus estados
|
|
|
Una mujer cerrando, la paz fija;
|
|
|
En tanto, que a los vuestros,
con desdoro
|
|
|
Del pecho varonil que los
domina,
|
|
|
El horror y discordia relegando,
|
|
|
De un pueblo que la adora, hace
la dicha.
|
|
|
Va
entretanto arribando, y tierra toma
|
|
|
En la inmensa Metrópoli, do
brilla,
|
|
|
Y por do quiera reina la
abundancia,
|
|
|
Que
de la libertad tan solo es hija.
|
|
|
Del vencedor aquí de los
Ingleses
|
|
|
La célebre y antigua torre mira,
|
|
|
Y
allí más a lo lejos de la Reina
|
|
|
El alcázar augusto ya registra.
|
|
|
De su amigo Morné sólo seguido,
|
|
|
A encontrar a Isabela se
encamina,
|
|
|
Sin nada de aquel fausto y pompa
vana,
|
|
|
Que encanta en su interior la
fantasía
|
|
|
De
los Grandes, por grandes que ser puedan,
|
|
|
Más que héroes verdaderos no codician,
|
|
|
Antes desdeñan siempre. Borbón
habla,
|
|
|
Y en sola su franqueza el fondo
cifra
|
|
|
De su elocuencia toda. De la
Francia
|
|
|
Las cuitas en secreto a Isabel
fía:
|
|
|
Y
si es, que de su patria en fiel obsequio,
|
|
|
Su corazón y lengua al ruego
humilla,
|
|
|
Su elevación a un tiempo y su
grandeza
|
|
|
En la sumisión misma descubría.
|
|
|
«¡Pues
qué! ¿a Valois servís?» la Reina dice
|
|
|
¿Es Valois, le repite
sorprendida
|
|
|
Quien
a Borbón envía, quien le manda
|
|
|
Del Támesis venir a las orillas?
|
|
|
Qué!
¿De sus implacables enemigos
|
|
|
Tornado en protector, por ellos
lidia,
|
|
|
Y con tanta eficacia Enrique
viene
|
|
|
A emplear hoy sus ruegos y
fatigas
|
|
|
Por
el Príncipe aquel, que aún ayer mismo
|
|
|
Perseguirle de muerte parecía?
|
|
|
Aun desde las riberas del
poniente
|
|
|
Hasta las puertas de la aurora,
grita
|
|
|
De
vuestros largos choques y discordias
|
|
|
La voladora fama peregrina;
|
|
|
¡Y
en favor de Valois armada veo
|
|
|
Esa mano, esa mano dél temida
|
|
|
Tan
repetidas veces!»... «Sus desgracias
|
|
|
Sofocaron ¡o Reina! le replica,
|
|
|
Nuestros antiguos odios. No era
libre
|
|
|
Valois; se hallaba esclavo. Ya
en el día
|
|
|
Sus cadenas rompió. Otro su
estado,
|
|
|
Otra fuera su gloria, otra su
dicha
|
|
|
Si siempre de mi fe más bien
seguro,
|
|
|
Otro arriesgado apoyo y otras
ligas
|
|
|
Que su valor y el mio no
buscase;
|
|
|
Pero usó de artificio e
hipocresía:
|
|
|
Por flaqueza y temor fue mi
enemigo:
|
|
|
Más,
en fin de sus riesgos a la vista
|
|
|
Sus
faltas se me olvidan y mi injuria.
|
|
|
Le he vencido, Señora, e ya de
prisa
|
|
|
A vengarle tan solo corro ahora.
|
|
|
Vuestra bondad, gran Reina, bien
podría
|
|
|
En tan alta querella, en lid tan
justa,
|
|
|
Labrar un nombre eterno a la
gran Isla,
|
|
|
Y a un tiempo coronar vuestras
virtudes,
|
|
|
Si
de nuestros derechos grata auxilia
|
|
|
Vuestra potente mano la defensa,
|
|
|
Y
conmigo vengar tal vez se digna
|
|
|
Esta
de los Monarcas común causa.»
|
|
|
Con impaciencia entonces la heroína,
|
|
|
Que
la historia le cuente, pide a Enrique
|
|
|
De tanta turbación como afligía,
|
|
|
Y la Francia asolaba. Los
resortes,
|
|
|
El
encadenamiento y las intrigas,
|
|
|
Que
en el triste París causar pudieran
|
|
|
Tanta revolución, saber quería;
|
|
|
Y a este fin, su palabra
dirigiendo
|
|
|
Al augusto enviado, así le
invita:
|
|
|
«Ya
con frecuencia ¡Príncipe! la fama
|
|
|
Voladora y parlante me tenía,
|
|
|
De
esos sangrientos lances e infortunios
|
|
|
Dada muy de antemano la noticia;
|
|
|
Pero en su ligereza, siendo
siempre
|
|
|
Tan necia e infiel su lengua,
que prodiga
|
|
|
Con la verdad mil veces el
engaño,
|
|
|
Sus
vagas relaciones de fe indignas
|
|
|
Desechado
hube siempre. Vos Enrique,
|
|
|
Que
de tan prolongadas, fieras lidias
|
|
|
Célebre parte fuisteis y
testigo;
|
|
|
Y
vos, que de Valois la alternativa
|
|
|
De apoyo, o vencedor seguisteis
siempre,
|
|
|
Explicadme
ese nudo que ya os liga:
|
|
|
Tan extrema mudanza descifradme.
|
|
|
Vos
tan solo, Borbón, sois quien podría
|
|
|
De voz mismo tratar de un digno
modo.
|
|
|
Vuestras
faustas proezas y desdichas
|
|
|
Que
me pintéis, os ruego, y creed Enrique,
|
|
|
Que
es lección de los Reyes vuestra vida.»
|
|
|
«¡Ha! replica Borbón ¿y será
fuerza
|
|
|
Que vuelva a renovar la lengua
mía
|
|
|
De
días tan funestos y menguados
|
|
|
La infanda narración, la atroz
herida?
|
|
|
Pluguiese al cielo airado, ilustre
Reina,
|
|
|
Al cielo, que testigo de allá
arriba
|
|
|
De mi acerbo dolor fue veces
tantas,
|
|
|
Que de un eterno olvido la
cortina
|
|
|
Para siempre escondiese a
nuestros ojos
|
|
|
Cuadros
de tanto horror ¿Porqué me obliga
|
|
|
Vuestra bondad, Princesa, a que
mi labio,
|
|
|
De
Reyes de la sangre que me anima,
|
|
|
Cuente el furor y afrenta? Se
estremece
|
|
|
Mi corazón aún, cuando se excita
|
|
|
Su recuerdo cruel: más lo
mandasteis;
|
|
|
A obedeceros voy. Quizá sabría
|
|
|
De algún otro la astucia, al
daros cuenta,
|
|
|
Sus
enormes delitos, sus perfidias
|
|
|
Disfrazaros aún. Con labio
diestro
|
|
|
Aún
tal vez sus flaquezas cubriría;
|
|
|
Pero en mi franco pecho al
artificio,
|
|
|
A la doble cautela no hay
cabida.
|
|
|
Oíd, Señora, pues. Es el
soldado,
|
|
|
Más
que el embajador, el que se explica.»
|