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François-Marie Arouet de Voltaire
La Henriada

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Canto primero

Argumento



     

Enrique III unido con Enrique de Borbón, rey de Navarra, contra la Liga,

 

   habiendo comenzado ya el bloqueo de París, envía secretamente Enrique a pedir

 

   socorro a Isabel, reina de Inglaterra. Sufre el Héroe una tempestad. Aporta a una

 

   isla, donde un anciano católico le predice su conversión y su advenimiento al

 

   trono. Descripción de la Inglaterra y de su Gobierno



                              

El héroe canto, que reinó en la Francia

 

Por derechos de sangre, y de conquista;

 

Que a gobernar los hombres aprendiera

 

Por una larga serie de desdichas;

 

Que facciones calmando, vencer fuerte

 

Y a un tiempo perdonar dulce sabía;

 

Y que de confusión en fin cubriendo

 

Al Íbero, a Mayena y a la Liga,

 

De padre y vencedor de sus vasallos

 

Su nombre señaló con la divisa.

 

     Baja, augusta verdad, del alto cielo.

 

Ven; y tu claridad y tu energía

 

Sobre los versos míos vierte grata.

 

De los Reyes el oído facilita

 

De tu escabrosa voz al agrio acento,

 

Y cuanto aprender deban les intima.

 

De tu osado pincel al rasgo toca

 

Pintar de las naciones a la vista

 

El lienzo criminal de hórridos monstruos,

 

Que sus guerras abortan intestinas.

 

, como sediciosa la Discordia

 

De turbación sembró nuestras provincias;

 

Y del Pueblo narrando las desgracias,

 

Los yerros de los Príncipes publica.

 

Llega, tu labio suene; y si es constante,

 

Que contigo de acuerdo un tiempo unida,

 

A tus más fieros tonos su voz dulce

 

La Fábula tal vez mezclar sabía;

 

Si tu altanera frente de ornamentos

 

Sus delicadas manos revestían,

 

Y el arte prodigioso de sus sombras

 

Los rayos de tu luz embellecía;

 

Deja que también hoy a compás marche,

 

Que conmigo tus huellas siempre siga,

 

Y tus gracias no empañe, antes ilustre.

 

     Aún reinaba Valois; aún él hacía 1

 

De un zozobrante Estado el gubernalle

 

Con mano fluctar trémula e indecisa:

 

De su debido honor, sanción y fuerza

 

Las santas leyes todas destituidas,

 

Confusos los derechos y turbados,

 

Más bien en caos tanto se diría,

 

Que en efecto Valois ya no reinaba:

 

Que ya el Príncipe no era, a quien propicia

 

Circundara la gloria de esplendores;

 

A quien desde la infancia a las fatigas

 

Adiestrara y las lides la Victoria;

 

Cuyos faustos progresos sorprendida

 

Y temblando la Europa contemplaba;

 

En pos de quien, al fin, la Patria había

 

De amor y soledad mil tiernos ayes.

 

Despedido, plañendo su partida

 

Un tiempo, en que del Norte, allá admirando

 

Su suprema virtud, las plagas frías

 

En poner a sus plantas sus diademas,

 

Por sufragio común se complacían.

 

En un segundo puesto brilla alguno,

 

Que al primero elevándose se eclipsa.

 

De esta suerte a Valois, al solio alzado,

 

Con sorpresa pasar la Francia mira,

 

De intrépido guerrero a Rey cobarde.

 

Sobre el trono encumbrado se dormía

 

De femenil molicie en hondo seno 2:

 

De la regia corona el peso abisma

 

De su liviana frente las flaquezas

 

Que lúbricos privados mantenían,

 

D' Epernon, San Megrén, Quelús, Joyussa, 3

 

Jóvenes voluptuosos, que a porfía

 

Bajo su augusto nombre, a su albedrío,

 

Del imperio las riendas dirigían:

 

Corruptores políticos de un dueño,

 

Que la afeminación gastado había,

 

En torpes devaneos y placeres

 

Su lánguida existencia sumergían.

 

De los Guisas, en tanto, la fortuna

 

Se elevaba veloz, se engrandecía

 

Sobre su humillación y abatimiento,

 

Levantando en París la santa Liga,

 

De su flaco poder rival soberbia.

 

Roto el freno los pueblos se extravían,

 

Y hechos de la grandeza humildes siervos,

 

Doblan a sus tiranos la rodilla,

 

Y a su dueño legítimo persiguen.

 

De mil falsos amigos turba indigna,

 

Que feliz le adorara, ya infelice

 

Le abandona vilmente, y aturdidas

 

Del Luvre le miraron las columnas

 

Por sus pueblos expulso y en huida,

 

Al paso que acogido el extranjero,

 

Al rebelde París ledo corría.

 

Todo marcha en desorden. Por instantes

 

Todo a su fin fatal se precipita,

 

Cuando aparece Enrique. Este virtuoso, 4

 

Este insigne Borbón, que fiero ardía

 

De un guerrero valor en noble llama,

 

A su Príncipe ciego se aproxima,

 

Y a su aspecto Valois la luz recobra:

 

Él su espíritu y fuerzas resucita;

 

Sus pasos endereza, y de la afrenta

 

A la gloria, del juego a la lid guía.

 

De París a las pérfidas murallas

 

Con coligadas huestes y aguerridas

 

Al ver los dos Monarcas avanzados,

 

Allí se alarma Roma, y aquí admira

 

El Español temblando su alianza:

 

La Europa toda ya comprometida

 

En tan grandes reveses y ruidosos,

 

Sobre el muro infeliz clava la vista.

 

     Viose en París entonces la Discordia,

 

Que al sublevado Pueblo enfurecía,

 

Y a la guerra excitando al de Mayena,

 

Y a la Liga y la Iglesia, en hostil grita

 

Del alto de sus torres el socorro

 

Del español soldado requería.

 

Esta fiera impetuosa y sanguinaria,

 

Este inflexible monstruo, infiel respira

 

Un eterno rencor contra los mismos

 

Que su yugo infernal más esclaviza.

 

Su maléfico plan de los mortales

 

A infelices desastres sólo aspira

 

De su mismo partido con frecuencia

 

Su mano deja toda en sangre tinta;

 

Dentro del corazón que despedaza,

 

Cual tirano cruel se domicilia,

 

Y el crimen que él inspira, pena él mismo.

 

     Al lado en que del sol la luz declina,

 

No lejos de las márgenes amenas

 

Por do serpeando el Sena corre, y gira

 

Huyendo de París, hoy sitio amable,

 

Retiro encantador, mansión tranquila,

 

Donde el arte sus triunfos nos ostenta,

 

Y la naturaleza sus delicias;

 

Campo entonces horrísono y sangriento

 

De la más ominosa y mortal riña,

 

Juntando sus soldados acampaba

 

El mísero Valois. Allí se alistan

 

Los valerosos Héroes, que la gloria,

 

Y de Francia el estado sostenían,

 

Y a quienes sectas varias dividiendo,

 

De una común venganza el celo unía.

 

De Borbón en las manos victoriosas,

 

Acordes y contentos todos libran

 

Su causa general y sus destinos;

 

Y él, que de conciliarse el don abriga

 

De todos el amor feliz, ganando

 

Los corazones todos, los reunía:

 

Que estaban los dos campos tan sumisos

 

Dijérase a su voz, que ya no habían

 

Más Jefe que él, ni más Iglesia que una.

 

     Del seno celestial do residía

 

Luis, padre inmortal de los Borbones 5,

 

Sobre el virtuoso Enrique atento fija

 

Sus paternales ojos. De su raza

 

El más claro esplendor en él divisa;

 

Su ardor, su virtud ama; su error llora:

 

Con su corona honrarle, al fin quería,

 

Y quiere más aún, quiere ilustrarle.

 

Avanza en tanto Enrique, y se encamina

 

A la suprema cumbre; más por sendas

 

Que para él mismo ocultas no advertía.

 

Del alto de los cielos sus auxilios

 

Prestábale Luis, pero escondida

 

La mano que en su apoyo le tendiera;

 

Cuidando que del Héroe siendo vista,

 

Ya por demás seguro de sus triunfos,

 

De un peligro menor fuese a medida

 

De sus hechos también menor la gloria.

 

     Del muro que obstinado resistía,

 

Ya finalmente al pie, y en frente puestos,

 

Más de una vez de Marte en tentativas

 

Igual riesgo ensayaran los partidos:

 

De la humana feroz carnicería

 

Ya el mal genio, del campo desolado

 

Al uno y otro mar llevara a prisa

 

Un furor implacable, cuando a Enrique

 

Su atristada palabra, interrumpida

 

De frecuentes suspiros y sollozos,

 

Le endereza Valois en esta guisa.

 

     «Ya ves hasta que punto de mi suerte

 

El rigor me abatió. No es mi desdicha,

 

Ni solo mi interés el que va hablarte;

 

Tuya es ¡o Borbón! la injuria mía.

 

Contra su Rey osando sediciosa

 

Su frente al cielo alzar esa infiel Liga,

 

A los dos en su rabia nos confunde,

 

Y a los dos nos persigue y abomina.

 

Del pueblo de París enajenado

 

El rebelde rencor de que le animan,

 

Nos desconoce a entrambos, pretendiendo

 

Precipitarme a mí del trono en vida,

 

Y de su herencia a ti, que en pos te toca.

 

No ignoran los Ligados, no, no olvidan

 

Que la voz imperiosa de la sangre

 

De nuestra anciana augusta dinastía,

 

El mérito, las leyes, y en fin todo

 

Te aclaman a mi muerte de justicia

 

Al trono de la Francia, en que vacilo,

 

Y del cual darte piensan la exclusiva,

 

Ya de hoy mismo temblando a la grandeza

 

De tu fortuna y gloria sucesivas.

 

La Religión terrible en sus enojos,

 

Ambiciosa y colérica, fulmina

 

Contra la independencia de tus sienes

 

Su fatal anatema. Roma erguida,

 

Que a do quiera transporta sin soldados

 

De la guerra el azote, deposita

 

De su cruda venganza el sacro trueno

 

Del Español en manos. Ya vendida

 

De vasallos, de deudos y de amigos

 

Veo, amigo, la fe. Ya se retira,

 

Ya de mí huye todo y me abandona,

 

O se arma contra mí. Con tropelía

 

El avariento Hispano enriquecido

 

Por mis pérdidas, fiero se avecina

 

A inundar de sus huestes destructoras

 

Mis desiertas ya míseras campiñas.

 

     Contra enemigos tantos, que en su furia

 

Tal ansia de ultrajarnos acreditan,

 

A nuestra vez traigamos a la Francia

 

Una extranjera fuerza más benigna:

 

En secreto ganad de los Britanos

 

Esa ínclita Reina, esa heroína.

 

Bien el odio inmortal, que una alianza

 

Permite rara vez franca y sencilla

 

Entre el Francés y el Anglo. En todos tiempos

 

Émula de París, Londres la envidia.

 

Más ¿que importa, Borbón? si desde el punto

 

En que mi antigua gloria vi marchita,

 

Y por ellos mi nombre amancillado,

 

Ya ni patria, otros tiempos tan querida,

 

Ni vasallos conozco. Yo les odio;

 

A castigar anhelo sus perfidias

 

Y a mis ojos Francés es quien me vengue.

 

En tal negociación, poco confía

 

Mi supremo interés en las funciones

 

De ordinarios agentes inactivas;

 

Tu eres solo Borbón, el que yo imploro;

 

De promediar tu voz es solo digna

 

En que a los Reyes mueva mi infortunio:

 

Parte a Albión, y allí la causa mía

 

Patrono tan feliz logre en tu fama,

 

Que un ejército aliado me consiga.

 

Mis enemigas huestes por tu brazo

 

Quiero, Enrique, abatir, y otras amigas

 

Por tu sola virtud ganar espero

 

     Dijo, y el Héroe, que de gloria hervía

 

En codicioso celo, y en más manos

 

Teme ver que las suyas repartida

 

Del triunfo la palma, un dolor vivo

 

Al oírle sintió. Pasados dios

 

A su gran alma caros echa menos,

 

En que él solo y Condé sin más intrigas,

 

Ni otro extranjero auxilio que la fuerza

 

De su virtud, temblar la Liga hacían;

 

Más era necesario ardientes votos

 

Satisfacer de un dueño. Se resigna:

 

Los golpes de su brazo ya suspende,

 

Y los laureles, que cogido había

 

Del Sena en la ribera, abandonando,

 

Su valor a partir violento instiga.

 

Atónito el soldado, que ignoraba

 

Sus arcanas empresas, se contrista;

 

Y de uno y otro campo los guerreros

 

Sus destinos pendientes suponían

 

Del regreso feliz del Héroe ausente.

 

Ya marchaba: aún empero le imagina

 

El pueblo criminal siempre delante,

 

Y pronto a fulminar sobre él sus iras.

 

Su nombre, que del trono la columna

 

Más sólida y más firme se apellida,

 

De todo el bando alzado su enemigo

 

El terror en las almas infundía,

 

Y por él en su ausencia peleaba.

 

     Ya del Neustrio saltaba las campiñas,

 

Sin que de sus privados otro alguno

 

Formase que Morné su comitiva: 6

 

Éste su siempre digno confidente,

 

Más nunca adulador, fiel le asistía;

 

Éste sobrado fuerte y grave apoyo

 

Del bando del error y su doctrina,

 

Éste, a quien en prudencia como en celo

 

Señalándose siempre, a par movían

 

La causa de su Iglesia y de su Patria;

 

Censor del cortesano, y todavía

 

En la corte querido, a quien de Roma

 

Fiero enemigo, Roma propia estima.

 

     Al través de dos rocas, donde viene

 

La cólera del mar rugiendo altiva

 

Sus olas a estrellar entre alba espuma,

 

A los ojos del Héroe se ofrecía

 

De Diepe el feliz puerto. Y fogoso

 

A bordo el diestro nauta jarcias iza;

 

El bajel, que a favor de su maniobra

 

Con fiera majestad la mar domina,

 

Ya de volar a punto sobre el llano

 

Del undoso cristal, sus alas infla:

 

Amarrado del viento en las regiones

 

El furibundo Bóreas se mitiga,

 

Y del céfiro al soplo la mar cede.

 

Levada el ancla ya, dél impelida,

 

Surcaba el vasto piélago la nave

 

Lejos ya de la tierra fugitiva,

 

Y de la Gran Bretaña las riberas

 

Descubríanse ya, cuando del día

 

Eclípsase el gran astro en un instante,

 

Regaña airado el cielo, el aire silba,

 

Brama el onda a lo lejos, y los vientos

 

Desenfrenados más y más irritan

 

Las encrespadas olas; centellando

 

Entre la negra nube el rayo brilla;

 

Del relámpago el fuego, y de las olas

 

El abismo profundo do quier pintan

 

Al navegante pálido la muerte:

 

Y aún el Héroe, a quien furias envolvían

 

Del undoso elemento, los peligros

 

De su propia persona no sentía;

 

Sus ojos sólo vuelve hacia la Patria,

 

Y en su empresa su mente siempre fija,

 

Por la sola tardanza en sus destinos,

 

A increpar a los vientos se limita.

 

No tan patriota, no, ni generoso

 

Allá César del Epiro a la orilla,

 

Cuando del mundo el cetro disputaba,

 

Al furioso Aquilón sobre el mar fía

 

Del Romano la suerte y de la tierra,

 

Y a Pompeyo y Neptuno, que se ligan,

 

A un tiempo desafiando, su fortuna

 

A la borrasca impávido oponía.

 

     En este instante el Dios del universo,

 

Que sobre el viento vuela, que las iras

 

Subleva de los mares, o las calma,

 

Y de cuya eternal sabiduría

 

La profunda inefable providencia,

 

Forma imperios, los alza, o los derriba,

 

Desde el trono inflamado, do preside

 

A la vida y la muerte, y que allá brilla

 

Del celestial empíreo en las alturas,

 

Sus ojos abatir al fin se digna

 

Sobre el Héroe Francés, y en riesgo tanto

 

El mismo es quien le alienta, quien le guía,

 

Y cuya voz excelsa a la borrasca

 

Mandando que a la playa más vecina

 

Al punto el bajel lleve, donde Jersei

 

Del seno de las ondas parecía

 

Ir alzándose: el Héroe ya del cielo

 

Conducido por fin, aporta a la isla.

 

     No lejos de su orilla, espeso bosque

 

Bajo sus frescas sombras y tranquilas

 

Dulce asilo ofrecía. Una gran roca,

 

De las airadas olas fronteriza,

 

A su rigor encúbrela, vedando

 

Del regañón a furias que la embistan,

 

Y jamás su reposo turbar puedan,

 

De esta roca una gruta cerca había.

 

Cuya simple estructura de su ornato

 

Sólo a la mano rústica y sencilla

 

De la naturaleza fue deudora:

 

En mansión tan obscura y escondida,

 

Un anciano habitaba venerable,

 

Que lejos de la corte, do otros días

 

Engolfado anduviera, allí buscaba

 

La dulce y santa paz; allí vivía

 

Del resto de los hombres ignorado;

 

Y de inquietudes libre, se ejercita

 

En el sublime estudio de sí mismo;

 

Con lagrimas allí se arrepentía

 

De horas en los placeres abismadas,

 

Y de amor en delirios consumidas.

 

De aquellas toscas fuentes a los bordes,

 

Sobre el florido esmalte, que matiza

 

De aquella soledad los verdes prados,

 

A sus pies arrojaba y sometía

 

Las humanas pasiones, y sereno,

 

De sus votos aguardaba que a medida,

 

Viniese, en fin, la muerte para siempre

 

A unirle con el Dios a quien servía;

 

Aquel Dios, que con gracia y bondad tanta

 

Su vejez honrar quiso, y su fe viva;

 

Que descender mandando a su desierto

 

La misma celestial sabiduría,

 

Y con él prodigando los tesoros,

 

De divinos arcanos, a su vista

 

Le agradara exponer de los destinos

 

El misterioso libro en que se cifran.

 

     Este favorecido, grave anciano,

 

A quien Dios revelado el Héroe había,

 

Cerca de un onda pura, agreste mesa

 

Al gran Príncipe ofrece, a quien no admira

 

Lo nuevo del convite. Veces varias

 

Bajo un humilde techo, y en faz misma

 

Del simple labrador todo encantado,

 

Del cortesano estrépito en huida,

 

Y en busca solamente de sí propio,

 

Del diadema depuesto alegre había

 

El majestuoso fausto y fiero orgullo.

 

     La turbación ruidosa difundida

 

Por el orbe cristiano, vasto asunto

 

Del coloquio más útil ofrecía

 

Al huésped venerable y peregrinos.

 

El virtuoso Morné, que en la doctrina

 

Vivía de su secta imperturbable,

 

¡Cuán terribles apoyos suministra

 

De Calvino al error! Dudoso Enrique,

 

De su luz solo al cielo le suplica,

 

Que sus ojos ilustre un feliz rayo.

 

«En todos tiempos, dijo, combatida

 

Entre febles y míseros mortales,

 

Siempre de error cercada y de mentira,

 

La divina verdad se vio en la tierra.

 

¿Fuerza será por tanto al alma mía,

 

En Dios solo fundando su esperanza,

 

De sendas, que hasta él mismo la dirijan,

 

Vivir en la ignorancia tenebrosa,

 

Que la humana razón jamás disipa?

 

Un Dios ¡ha! tan benéfico, y del hombre

 

El árbitro y Señor, ya dél habría

 

Servídose a este fin, si le pluguiera.

 

     Adoremos, el viejo les replica,

 

Los designio de Dios. No le acusemos

 

Por faltas de los hombres. Yo vi un día

 

De Calvino el error nacer en Francia.

 

Humilde en sus principios, débil iba

 

Arrastrando entre sombras. Desterrado,

 

En nuestros muros sin sostén camina

 

Por mil lóbregas vueltas y rodeos,

 

Avanzándose astuto hacia sus miras

 

Con un rastrero giro y lento paso;

 

Y del seno del polvo y la inmundicia

 

Atónitos mis ojos advirtieron

 

Como su altiva frente se atrevía

 

El hórrido fantasma a alzar osado;

 

Como al trono abalanza, y sin medida

 

Insultando a los hombres, nuestras aras

 

Con planta a trastornar se arroja impía.

 

     Huyendo al punto entonces de la corte,

 

En esta obscura cueva la ignominia

 

De mi sagrado culto a llorar vine.

 

Plácidas esperanzas todavía

 

Mis postrimeros años lisonjean;

 

Un culto tan moderno mal podría

 

Ser de duranza eterna. De los hombres

 

Al capricho su ser deudor se mira.

 

Morir se le verá como ha nacido;

 

Las obras de los hombres de la misma

 

Fragilidad serán, que sus autores.

 

A su supremo arbitrio Dios abisma

 

Sus facciosas empresas. Él es sólo

 

El inmudable Ser. Mientras registra

 

De unas sectas sin número, la tierra,

 

Las implacables guerras, que la agitan,

 

Del Eterno a los pies en paz reposa

 

La celestial verdad, que no ilumina

 

Sino muy rara vez al orgulloso,

 

Y que solo por fin, podrá ser vista

 

Del que de corazón la busque y ame.

 

Escuchad, Gran Enrique. Dios me inspira:

 

Ser queréis ilustrado. Habréis de serlo.

 

Elegiros por fin mi Dios se digna

 

Al trono de Valois. Su excelsa mano

 

Por sangrientos combates premedita,

 

Encaminar triunfante vuestra planta;

 

Terrible a la victoria su voz dicta,

 

Que las sendas os abra de la gloria

 

De laureles ornándolas y olivas.

 

Más no ignoréis también, sabed, que en tanto

 

Que a vuestro espíritu, propicia

 

La verdad, de su luz que le ilumine

 

Algún rayo benéfico no envía,

 

De París por las puertas será en balde

 

Que presumáis entrar. Tened bien fija

 

La atención, sobre todo, en preservaros

 

De la común flaqueza, en que se abisman

 

Aun las más grandes almas. Atractivos

 

Hechiceros huid; huid insidias

 

Del más dulce veneno. Precaveos,

 

Y de vuestras pasiones enemigas

 

Habed tan solo miedo, Gran Enrique.

 

Sabed al ocio blando y las delicias

 

Resistir con vigor, y al amor mismo

 

Combatir y vencer. Allá algún día,

 

Cuando de tal valor, de virtud tanta

 

Por una fuerza heroica y divina,

 

Gloriosa y felizmente ya llegaréis,

 

A triunfar de vos mismo y de la Liga;

 

Cuando en un sitio horrible, cuya fama

 

La más remota edad oiga afligida,

 

Todo un inmenso pueblo confundido,

 

Por vuestros beneficios sólo exista;

 

De vuestro Estado entonces las desgracias,

 

Las funestas miserias que lo atristan,

 

Acabadas veréis. De vuestros padres

 

Al Dios entonces vuestra fe rendida

 

Los ojos alzará, y verá entonces,

 

Cuan bien, cuan dignamente en él confía

 

Un sano corazón. Partid Enrique;

 

Adiós y no dudéis que él os asista;

 

El virtuoso varón, que le asemeja,

 

De su apoyo seguro es justo viva

 

     Dardos fueran de fuego estas palabras,

 

Que del sensible Enrique el alma herían,

 

Hasta su noble fondo penetrando.

 

Transportado, creíase al oírlas,

 

A aquella edad del mundo tan dichosa

 

En que al hombre mortal la Deidad misma

 

Con su palabra honrara, y prodigando

 

Prodigios, la virtud simple y sencilla

 

A los Reyes magníficos mandaba,

 

Sus oráculos santos profería.

 

Llegando al cabo el hora, en que era fuerza

 

Que ya del justo anciano se despida,

 

Con dolor estrechándole en los brazos

 

De sus ojos las lágrimas corrían.

 

Desde aquellos instantes, ya entreviera

 

De un día, cuyo sol aún no divisa,

 

El precursor lucero. Sorprendido,

 

Más no tocado aún Morné partía:

 

Al árbitro supremo de estas gracias

 

Dél pluguiera ocultarse. Vana estima

 

En la tierra de sabio el nombre diera

 

Al que, de mil virtudes con mancilla,

 

Hiciera del error su amado fuerte;

 

En tanto que el buen viejo así platica

 

De Dios iluminado, disponiendo

 

El corazón del Príncipe, sumisa

 

Del viento la violencia a su voz calma.

 

De nuevo se aparece el sol, y brilla,

 

Sosiéganse las ondas, y bien presto

 

Conducido Borbón a las orillas,

 

Parte el Héroe volando por las aguas

 

De la soberbia Albión a sus marinas.

 

     Cuando en medio del mar de la Inglaterra,

 

Aquel flotante imperio Enrique avista,

 

La rápida mudanza venturosa

 

Reflexivo contempla, atento admira

 

De tan ilustre Estado y tan potente,

 

En que la acción violenta y desmedida

 

De tantas sabias leyes, y el abuso

 

Que la licencia eterno hacer solía,

 

Harto tiempo del Príncipe y vasallo

 

Labraran la recíproca desdicha.

 

Sobre el sangriento teatro, en que cien héroes

 

Catástrofe tan triste hallado habían;

 

Sobre el solio fatal resbaladizo,

 

Del que, de cien Monarcas abatida

 

La majestad augusta ya se viera,

 

Una mujer, al fin, el cetro afirma;

 

Y a sus pies los destinos sujetando,

 

Nuestro sexo confunde; y ya la rica

 

Brillantez de su reino al mundo entero

 

Sirve de admiración, terror y envidia.

 

Era aquella Isabel singular hembra,

 

De su esfera y su sexo maravilla,

 

Cuyos sabios manejos, de la Europa

 

Inclinar a su arbitrio conseguían

 

De la balanza el fiel. La que al Britano

 

De indómita cerviz, que no podía

 

Servir ni vivir libre, al fin su yugo

 

Llevar, y aún amar hizo. Grato olvida

 

Bajo su sagaz mando el Inglés pueblo

 

Pérdidas, que jamás sufrir creería.

 

Sus fecundos rebaños, sus llanuras

 

Sus montañas y bosques ya cubrían;

 

De la esfera los mares, sus bajeles;

 

Y sus copiosas mieses, las campiñas.

 

Monarca es en la mar, temido en tierra;

 

Sus flotas imperiosas, que esclavizan

 

Por do quier a Neptuno, la fortuna

 

Del uno al otro polo se atraían.

 

Londres, bárbara un tiempo, centro es culto

 

De las útiles artes en el día.

 

De las gentes del mundo más remotas

 

Con frecuencia sus plazas concurridas,

 

Emporio es a Mercurio, a Marte templo.

 

Los muros de Westminster domicilian

 

Tres distintos poderes, que del lazo

 

Que los une entre sí, los tres se admiran.

 

Diputados del Pueblo, Rey y Grandes,

 

A quienes intereses dividían

 

Y reunía la ley. Los tres sagrados,

 

Y miembros inviolables, que organizan

 

Su invicta institución, tan peligrosa

 

A sí misma tal vez, y a sus vecinas

 

De tanta alarma siempre, y tan terrible.

 

Feliz, mientras el Pueblo en la medida

 

De su deber instruido y limitado,

 

Al supremo poder respetos rinda

 

Cuantos le debe fiel; y aún más dichosa,

 

Cuando al Pueblo también a su vez rijan

 

Reyes justos, políticos y dulces,

 

Que acaten cuando deben, y no opriman

 

Su libertad civil. ¡Ha! cuando, cuando,

 

Así exclamó Borbón, cuando podrían

 

Unir como vosotros los Franceses

 

La gloria con la paz! ¡Testas altivas,

 

Príncipes de la Europa cuanto ejemplo

 

Tenéis aquí patente a vuestra vista!

 

Las puertas de la guerra en sus estados

 

Una mujer cerrando, la paz fija;

 

En tanto, que a los vuestros, con desdoro

 

Del pecho varonil que los domina,

 

El horror y discordia relegando,

 

De un pueblo que la adora, hace la dicha.

 

     Va entretanto arribando, y tierra toma

 

En la inmensa Metrópoli, do brilla,

 

Y por do quiera reina la abundancia,

 

Que de la libertad tan solo es hija.

 

Del vencedor aquí de los Ingleses

 

La célebre y antigua torre mira,

 

Y allí más a lo lejos de la Reina

 

El alcázar augusto ya registra.

 

De su amigo Morné sólo seguido,

 

A encontrar a Isabela se encamina,

 

Sin nada de aquel fausto y pompa vana,

 

Que encanta en su interior la fantasía

 

De los Grandes, por grandes que ser puedan,

 

Más que héroes verdaderos no codician,

 

Antes desdeñan siempre. Borbón habla,

 

Y en sola su franqueza el fondo cifra

 

De su elocuencia toda. De la Francia

 

Las cuitas en secreto a Isabel fía:

 

Y si es, que de su patria en fiel obsequio,

 

Su corazón y lengua al ruego humilla,

 

Su elevación a un tiempo y su grandeza

 

En la sumisión misma descubría.

 

«¡Pues qué! ¿a Valois servís?» la Reina dice

 

¿Es Valois, le repite sorprendida

 

Quien a Borbón envía, quien le manda

 

Del Támesis venir a las orillas?

 

Qué! ¿De sus implacables enemigos

 

Tornado en protector, por ellos lidia,

 

Y con tanta eficacia Enrique viene

 

A emplear hoy sus ruegos y fatigas

 

Por el Príncipe aquel, que aún ayer mismo

 

Perseguirle de muerte parecía?

 

Aun desde las riberas del poniente

 

Hasta las puertas de la aurora, grita

 

De vuestros largos choques y discordias

 

La voladora fama peregrina;

 

¡Y en favor de Valois armada veo

 

Esa mano, esa mano dél temida

 

Tan repetidas veces!»... «Sus desgracias

 

Sofocaron ¡o Reina! le replica,

 

Nuestros antiguos odios. No era libre

 

Valois; se hallaba esclavo. Ya en el día

 

Sus cadenas rompió. Otro su estado,

 

Otra fuera su gloria, otra su dicha

 

Si siempre de mi fe más bien seguro,

 

Otro arriesgado apoyo y otras ligas

 

Que su valor y el mio no buscase;

 

Pero usó de artificio e hipocresía:

 

Por flaqueza y temor fue mi enemigo:

 

Más, en fin de sus riesgos a la vista

 

Sus faltas se me olvidan y mi injuria.

 

Le he vencido, Señora, e ya de prisa

 

A vengarle tan solo corro ahora.

 

Vuestra bondad, gran Reina, bien podría

 

En tan alta querella, en lid tan justa,

 

Labrar un nombre eterno a la gran Isla,

 

Y a un tiempo coronar vuestras virtudes,

 

Si de nuestros derechos grata auxilia

 

Vuestra potente mano la defensa,

 

Y conmigo vengar tal vez se digna

 

Esta de los Monarcas común causa

 

     Con impaciencia entonces la heroína,

 

Que la historia le cuente, pide a Enrique

 

De tanta turbación como afligía,

 

Y la Francia asolaba. Los resortes,

 

El encadenamiento y las intrigas,

 

Que en el triste París causar pudieran

 

Tanta revolución, saber quería;

 

Y a este fin, su palabra dirigiendo

 

Al augusto enviado, así le invita:

 

     «Ya con frecuencia ¡Príncipe! la fama

 

Voladora y parlante me tenía,

 

De esos sangrientos lances e infortunios

 

Dada muy de antemano la noticia;

 

Pero en su ligereza, siendo siempre

 

Tan necia e infiel su lengua, que prodiga

 

Con la verdad mil veces el engaño,

 

Sus vagas relaciones de fe indignas

 

Desechado hube siempre. Vos Enrique,

 

Que de tan prolongadas, fieras lidias

 

Célebre parte fuisteis y testigo;

 

Y vos, que de Valois la alternativa

 

De apoyo, o vencedor seguisteis siempre,

 

Explicadme ese nudo que ya os liga:

 

Tan extrema mudanza descifradme.

 

Vos tan solo, Borbón, sois quien podría

 

De voz mismo tratar de un digno modo.

 

Vuestras faustas proezas y desdichas

 

Que me pintéis, os ruego, y creed Enrique,

 

Que es lección de los Reyes vuestra vida

 

«¡Ha! replica Borbón ¿y será fuerza

 

Que vuelva a renovar la lengua mía

 

De días tan funestos y menguados

 

La infanda narración, la atroz herida?

 

Pluguiese al cielo airado, ilustre Reina,

 

Al cielo, que testigo de allá arriba

 

De mi acerbo dolor fue veces tantas,

 

Que de un eterno olvido la cortina

 

Para siempre escondiese a nuestros ojos

 

Cuadros de tanto horror ¿Porqué me obliga

 

Vuestra bondad, Princesa, a que mi labio,

 

De Reyes de la sangre que me anima,

 

Cuente el furor y afrenta? Se estremece

 

Mi corazón aún, cuando se excita

 

Su recuerdo cruel: más lo mandasteis;

 

A obedeceros voy. Quizá sabría

 

De algún otro la astucia, al daros cuenta,

 

Sus enormes delitos, sus perfidias

 

Disfrazaros aún. Con labio diestro

 

Aún tal vez sus flaquezas cubriría;

 

Pero en mi franco pecho al artificio,

 

A la doble cautela no hay cabida.

 

Oíd, Señora, pues. Es el soldado,

 

Más que el embajador, el que se explica



FIN DEL CANTO PRIMERO




1.      [Reinaba Valois.] Así es nombrado en el Poema Enrique III de la real rama de Valois.



2.      [La femenil molicie.] Llegaba esta al extremo de dormir con una mascarilla, preparada de cierta pasta, y con un género de guantes que le conservasen la belleza de sus manos.



3.      [De Epergnon.] Estos jóvenes, y otros varios, de los cuales muchos tuvieron una desastrada muerte, eran llamados los queridos o favoritos del Rey, cuya amistad para con ellos, y especialmente para con Quelús y Maugirón, fue notada de la más torpe mancha.



4.      [Cuando.] Enrique IV, Héroe del Poema, es llamado alternativamente en él, Enrique, y Borbón, de cuya real casa era.



5.      [Luís.] San Luis, IX del nombre, tronco de los Borbones.



6.      [Fórmase.] Duplessis Mornay. El hombre más grande y virtuoso del partido protestante, y sabio en su tiempo. Defendió a su Rey con la pluma y con la espada.






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