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|
Mientras
Felipe y Sixto, con descanso,
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Sus secretos discursos
prolongaban;
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|
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Mientras
que allá, entre sí, de los estados
|
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Intereses midiendo tan
grandiosos,
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|
De hacer la guerra al mundo, de
turbarlo,
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De
vencerlo, y al fin, su ley dictarle
|
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|
Toda la hondable ciencia apuran
ambos;
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De
la funesta Liga los pendones,
|
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|
A discreción del viento
desplegados,
|
|
|
Sobre
sus tristes márgenes sangrientas,
|
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|
Mirando estaba el Sena con
espanto.
|
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Lejos Valois de Enrique, de
inquietudes
|
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Sobrecogido todo y agitado,
|
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|
Con
flaca indecisión, de los combates
|
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|
Sobradamente teme inciertos
hados.
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|
|
A
sus fluctantes votos y designios,
|
|
|
Era siempre un apoyo necesario.
|
|
|
Esperaba a Borbón, de la
victoria
|
|
|
Sobre él únicamente asegurado.
|
|
|
La inacción, entre tanto, y la
tardanza,
|
|
|
Atrevimiento dan a los Ligados.
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|
De
París salir osan sus legiones;
|
|
|
Y del soberbio Aumale bajo el
mando,
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|
El
feroz de San-Pól, Namur y Chatre, 36
|
|
|
Brisác y Canillác, del bando
alzado
|
|
|
Delincuentes e intrépidos apoyos,
|
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|
Al sitiador ejército cargando,
|
|
|
Con
frecuentes y rápidos progresos,
|
|
|
De
Valois el espíritu asombraron;
|
|
|
Y
al arrepentimiento en demasía
|
|
|
Propenso
el débil Rey, de haber enviado
|
|
|
De
sí lejos al Héroe, le pesaba.
|
|
|
Entre estos combatientes, declarados
|
|
|
Émulos
de su Rey, ya largo tiempo,
|
|
|
De
Joyeuse un ligero y feble hermano 37
|
|
|
Osara parecer. Carácter débil,
|
|
|
A quien viera París pasar
voltario
|
|
|
Desde el siglo, de un claustro
al fondo obscuro,
|
|
|
Y del claustro a la corte.
Relajado,
|
|
|
Y luego penitente. Anacoreta,
|
|
|
Y no menos de pronto cortesano,
|
|
|
Toma,
deja, y recobra en un instante
|
|
|
El cilicio y coraza. Del
santuario,
|
|
|
Que
sus devotas lágrimas inundan,
|
|
|
A
animar va las furias de su bando,
|
|
|
Y
en el seno a clavar de nuestra Francia
|
|
|
Colmada de aflicción, la misma
mano,
|
|
|
Que consagrado había al Ser
Eterno.
|
|
|
Más
de tanto adalid, el más bizarro,
|
|
|
Aquel,
cuyo valor en las legiones
|
|
|
Infundía del Rey más miedo y
pasmo;
|
|
|
Aquel, que un corazón más fiero
tiene,
|
|
|
Y
más fuerte también y fatal brazo,
|
|
|
Vos
sois ¡Príncipe joven impetuoso!
|
|
|
¡Vos,
De Aumale, nacido y animado
|
|
|
De
la Lorena sangre, en héroes fértil!
|
|
|
¡Vos, el émulo siempre y el
contrario
|
|
|
De
los Reyes, las leyes y el reposo!
|
|
|
De jóvenes guerreros alentados
|
|
|
La flor, en todo tiempo le
acompaña;
|
|
|
Y sin cesar, con ella, sobre el
campo
|
|
|
Lanzábase enemigo; ya en
silencio,
|
|
|
Ya con enorme ruido, ya a lo
claro
|
|
|
De
los cielos abiertos, ya a la sombra
|
|
|
De la cerrada noche; y atacando
|
|
|
Al sitiador, do quiera sorprendido,
|
|
|
De su sangre infeliz deja
inundado
|
|
|
Su mano atroz el suelo. Así en
la frente
|
|
|
Del Caúcaso, o la cima allá del
Athos,
|
|
|
Do los ojos divisan a lo lejos
|
|
|
Del cielo, mar y tierra los
espacios,
|
|
|
Las
águilas y buitres, suelta el ala,
|
|
|
Con un rápido vuelo,
atravesando,
|
|
|
En un momento hendiendo densas
nubes,
|
|
|
De la atmósfera inmensa por los
campos,
|
|
|
Las peregrinas aves arrebatan;
|
|
|
En
los amenos bosques y los prados
|
|
|
Las reses despedazan y
aprisionan;
|
|
|
Y
de sangrientas rocas, do bajaron,
|
|
|
A las entrañas fétidas
volviendo,
|
|
|
En
sus garras opresos y gritando,
|
|
|
Aún
vivientes transportan sus despojos.
|
|
|
Lleno ya de esperanzas, y embriagado
|
|
|
De
gloriosos sucesos, a las tiendas
|
|
|
Penetraba del Rey; y redoblando
|
|
|
Las sorpresas y alarmas con la
noche,
|
|
|
Toda cedía ya, todo de espanto
|
|
|
Replegaba temblando ante sus
armas;
|
|
|
Cual de una tempestad torrente
inflado,
|
|
|
De desbordarse a punto, con un
choque
|
|
|
Feroz y tenebroso, ya a
inundarlo
|
|
|
Iba todo de un golpe el fiero
Aumale;
|
|
|
Y del alba el lucero, ya rayando
|
|
|
De la noche rasgaba el negro
velo;
|
|
|
Cuando el grave Morné, que breve
espacio
|
|
|
De Borbón el regreso precediera,
|
|
|
Y
que de cerca estaba ya mirando
|
|
|
Del soberbio París las altas
torres,
|
|
|
De un confuso rumor, de horror
mezclado,
|
|
|
Sorprendida su oreja, mira, y
nota
|
|
|
En
extremo desorden los soldados
|
|
|
De
Valois, y aun con ellos los de Enrique.
|
|
|
«¡Que
veo justos Cielos! ¿Así, bravos,
|
|
|
Así
nos aguardáis? Ya Enrique viene,
|
|
|
Ya llega a defenderos, y
entregados
|
|
|
A la fuga os encuentro ¡Camaradas!
|
|
|
A la fuga!...» A este acento de
su labio,
|
|
|
No de distinto modo, que allá un
tiempo,
|
|
|
Del Capitolio al pié, cuando
apretado
|
|
|
De Roma el fundador por los
Sabinos,
|
|
|
La
fuga refrenó de sus Romanos
|
|
|
De
Júpiter en nombre; así al de Enrique,
|
|
|
De vergüenza rehácense
inflamados
|
|
|
Sus dispersos franceses, y al
combate
|
|
|
Revolviendo de nuevo, exclaman
alto:
|
|
|
Que venga el Héroe: llegue; que
a su vista,
|
|
|
Nada nos desalienta, que a su
mando
|
|
|
Nuestra será sin duda la
victoria.
|
|
|
Súbito se aparece a todo el
campo
|
|
|
Tan refulgente Enrique, como en
medio
|
|
|
Del temporal más negro suele el
rayo.
|
|
|
A las primeras filas corre,
avanza;
|
|
|
A su frente combate denodado;
|
|
|
Siguen
todos su ejemplo, y los destinos
|
|
|
De
repente por él vense trocados.
|
|
|
Contra el campo su mano muertes
lanza,
|
|
|
Rayos
sobre él sus ojos fulminando.
|
|
|
Siguiéndole
sus jefes en contorno,
|
|
|
Con ánimo se empeñan esforzado;
|
|
|
Retorna la victoria, y a su
aspecto,
|
|
|
Desaparecen ya los coligados;
|
|
|
Al modo, que del día, que
amanece,
|
|
|
Los
rayos, que se avanzan, de los astros
|
|
|
De
la noche disipan los fulgores.
|
|
|
Sobre aquellas riberas, ha
logrado,
|
|
|
Sus
huestes, que asombradas van huyendo,
|
|
|
Detener el de Aumale; pero en
vano.
|
|
|
Su grito animador algún momento
|
|
|
A
la lid las ordena, más sus pasos
|
|
|
La voz del gran Enrique
precipita.
|
|
|
Su amenazante frente, con
espanto
|
|
|
Las trastorna y deslumbra; y si
su jefe
|
|
|
Aplegarlas consigue, un pronto
pasmo
|
|
|
Las
aturde y dispersa, y en su fuga
|
|
|
Revuelto el mismo Aumale va
arrastrando;
|
|
|
Al modo, que de un monte allá en
la cumbre,
|
|
|
De cristalina escarcha coronado,
|
|
|
En
medio de mil nieves derretidas,
|
|
|
Y
de témpanos mil, un gran peñasco,
|
|
|
Que a las nubes altivo
amenazaba,
|
|
|
Cayendo va rodando y tropezando.
|
|
|
Pero
¿qué digo? Aumale aún se detiene:
|
|
|
Aumale aún hace cara, y muestra
osado,
|
|
|
Y aún a su sitiador la frente
muestra,
|
|
|
Que dél temida fuera tiempo
largo.
|
|
|
Despréndese
fogoso de los suyos,
|
|
|
Que
tras sí le arrastraban, y afrentado
|
|
|
De
vivir todavía, entre el degüello
|
|
|
Aún la muerte otra vez vuelve buscando,
|
|
|
Y al vencedor un rato admira y
para:
|
|
|
Más
de un tropel confuso de mil bravos
|
|
|
Comprimido al momento, la audaz
furia
|
|
|
De
su imprudente arrojo y despechado
|
|
|
A refrenar la Parca a vengar
iba;
|
|
|
Cuando en riesgo de vida tan
cercano
|
|
|
La Discordia le ve, y al verle,
tiembla.
|
|
|
Por bárbara que fuese, sabe
cuanto
|
|
|
Sus días necesita. Presurosa
|
|
|
Se
remonta en el aire; y a su amparo
|
|
|
Arrójase veloz. Llega, y opone
|
|
|
Al tropel, de que a Aumale ve
cercado,
|
|
|
De hierro el broquel vasto e
impenetrable,
|
|
|
Que acompaña al horror, que
impera infracto
|
|
|
Sobre la misma muerte, y cuya
vista
|
|
|
El terror y la rabia va
inspirando.
|
|
|
¡O hija inexorable del infierno!
|
|
|
Éste ¡o Discordia! ha sido el
primer caso,
|
|
|
En
que de dar socorro capaz fuiste.
|
|
|
Un
héroe salvas, pérfida, y sus hados
|
|
|
Con la mano prolongas formidable
|
|
|
De la muerte ministra, con tu
mano
|
|
|
Tan
bárbara y en crímenes experta,
|
|
|
Que hasta esta vez, jamás perdón
ha dado
|
|
|
A sus víctimas propias. Ella
arrastra
|
|
|
De
París a las puertas, en un baño
|
|
|
De
su sangre al de Aumale, y de unos golpes
|
|
|
Que no sintió cubierto. Ella
reparos
|
|
|
A
sus males aplica saludables:
|
|
|
Ella su sangre estanca,
prodigado
|
|
|
Por complacerla solo; pero
mientras,
|
|
|
Que a su cuerpo vigor va
recobrando,
|
|
|
Su espíritu, con pócimas
mortales
|
|
|
Deja míseramente envenenado;
|
|
|
No de distinto modo que pudiera
|
|
|
La alevosa indulgencia de un
tirano,
|
|
|
Que
cruel en su lástima, de un triste
|
|
|
Tal vez suspender quiere el
mortal fallo,
|
|
|
Porque
en útiles crímenes secretos
|
|
|
Aprovecharse pueda de su brazo,
|
|
|
Y aquellos consumados, al
suplicio
|
|
|
Tórnale a abandonar pérfido e
ingrato.
|
|
|
Supo
Enrique, entretanto, aprovecharse
|
|
|
De la insigne ventaja, con que
al hado
|
|
|
De
los combates plugo, en aquel día,
|
|
|
Su
valor coronar y sus cuidados.
|
|
|
Conocía Borbón, y precio daba
|
|
|
Del
tiempo a los instantes en los campos.
|
|
|
Al absorto enemigo, de sorpresa,
|
|
|
Busca, ataca y acosa sin
descanso.
|
|
|
A
campales batallas, que ganara,
|
|
|
Que sucedan ordena los asaltos,
|
|
|
Y hace trazar su pérdida en
contorno
|
|
|
De
sus muros, trincheras avanzando.
|
|
|
De
Valois el espíritu, a este tiempo,
|
|
|
Del de su hermano Enrique
confortado
|
|
|
Lleno ya de esperanzas en su
auxilio,
|
|
|
El ejemplo presenta a sus
soldados,
|
|
|
Que
de aquél recibía. Los ataques,
|
|
|
Las alarmas sereno despreciando,
|
|
|
No descuida del campo las
acciones,
|
|
|
Y del sitio sostiene los
trabajos.
|
|
|
El
afán sus placeres, y el peligro
|
|
|
Tiene también a veces sus
encantos.
|
|
|
Todos
los jefes se unen, y sucede
|
|
|
Según sus votos todo. En breve
espacio,
|
|
|
El terror, que marchaba a su
vanguardia,
|
|
|
Las consternadas huestes
disipando,
|
|
|
Del trémulo sitiado ya a los
ojos,
|
|
|
De un lánguido despecho
perturbados,
|
|
|
Las puertas a romper, a abatir
iba.
|
|
|
Y en tan grave peligro, aprieto
tanto,
|
|
|
¿Que
puede hacer Mayenne? Sus legiones,
|
|
|
Un pueblo son hundido en duelo
amargo.
|
|
|
Con lágrimas, aquí, le pide un
hijo
|
|
|
El padre, que la muerte le ha
robado.
|
|
|
De un hermano infeliz sobre la
tumba,
|
|
|
Allí se ve plañir al triste
hermano.
|
|
|
Gime por lo presente sin
consuelo,
|
|
|
Desfallece abatido el ciudadano.
|
|
|
Teme, en fin, cada cual por lo
futuro.
|
|
|
Alarmado aquel cuerpo grande y
vasto,
|
|
|
Reunirse no puede. Se hacen
juntas;
|
|
|
Se consulta y se agita el duro
caso
|
|
|
De entregarse a la fuga o al
enemigo.
|
|
|
Perplejos
se hallan todos y embargados;
|
|
|
Y nadie resistir osa más tiempo:
|
|
|
Así el ligero vulgo suele vario,
|
|
|
De la temeridad más altanera
|
|
|
Al temor más rastrero dar un
salto.
|
|
|
Mayenne, que sus haces
desmayadas
|
|
|
Está viendo, de cólera bramando,
|
|
|
Entre opuestos designios
vacilante,
|
|
|
Revolvía en su mente planes
varios;
|
|
|
Cuando allí la Discordia al
héroe absorto
|
|
|
De
repente se acerca; entre sus manos
|
|
|
Silbar
hace irritadas sus serpientes,
|
|
|
Y
de agrado en un tono aleve y falso,
|
|
|
Su acento le dirige en esta
forma.
|
|
|
«¡O
tú, digno heredero procreado
|
|
|
De
un nombre a los Franceses formidable!
|
|
|
¡Tú, a quien de tu venganza el
cruel conato
|
|
|
Unió conmigo siempre; tú, que
fuiste
|
|
|
A
mis ojos nutrido, y que formado
|
|
|
Has sido por mis leyes! oye,
escucha
|
|
|
Tu
protectora fiel, y de mi labio
|
|
|
Conoce el bronco acento. Nada
temas
|
|
|
De aquese pueblo imbécil y
voltario,
|
|
|
Cuyo reciente ardor, en un
momento,
|
|
|
Una leve desgracia ha congelado.
|
|
|
Poseo sus espíritus ¡Mayenne!
|
|
|
Sus
corazones tengo entre mis manos.
|
|
|
Bien presto observarás con cuanto
celo
|
|
|
Nuestros designios todos
ayudando,
|
|
|
De
mi hiel embriagados, y hechos presa
|
|
|
De mi horrible furor, van
denodados
|
|
|
A
combatir audaces, y a la muerte
|
|
|
Alegres a arrojarse por tus
lauros.»
|
|
|
Esto habló la Discordia: y al
momento,
|
|
|
Más pronta que el relámpago,
cortando
|
|
|
Con
vuelo firme y rápidos los aires,
|
|
|
Gira de toda Francia los
espacios;
|
|
|
Y
el rencor, el estruendo, y las alarmas,
|
|
|
Que
sus ciudades turban y sus campos,
|
|
|
De la Discordia ofrecen a los
ojos,
|
|
|
Objetos
de delicia y de regalo.
|
|
|
Su pestífero aliento, en mil
lugares
|
|
|
Inspira la aridez. Inficionado
|
|
|
En su germen el fruto, al nacer
muere.
|
|
|
Abatida la mies, mustio su
grano,
|
|
|
Yace
lánguida en tierra. El sol se eclipsa;
|
|
|
Vélense al verla pálidos los
astros;
|
|
|
Y
el rayo, entre relámpagos, que truena
|
|
|
Bajo
sus pies, de muerte mil presagios
|
|
|
A los pueblos ofrece
confundidos.
|
|
|
Llévala
un torbellino, voltejeando,
|
|
|
A
las orillas fértiles, que baña
|
|
|
Con sus ondas el rápido Erídano.
|
|
|
Ya
su vista cruel a Roma alcanza:
|
|
|
Roma, un día su templo; Roma,
pasmo,
|
|
|
Terror
de los mortales, cuya suerte,
|
|
|
Hala en todas edades exaltado
|
|
|
A
ser en paz, no menos que en la guerra,
|
|
|
Del mundo la señora, y cuyo
brazo,
|
|
|
Si
triunfante en los campos, entre hierros,
|
|
|
Sobre tronos sangrientos vio
temblando
|
|
|
Todos los fieros Reyes, y
abatidas,
|
|
|
Bajo
el sacro estandarte, en que volaron
|
|
|
Sus
águilas terribles por el orbe,
|
|
|
Las fuerzas todas dél, otro más
blando
|
|
|
Más apacible imperio ejerce hoy día,
|
|
|
En
que a su yugo rinde y poder sacro
|
|
|
Sus
mismos más airados vencedores:
|
|
|
En
que con un poder de Dios vicario,
|
|
|
Gobierna
los espíritus y tiene
|
|
|
Los corazones todos a su mando.
|
|
|
Sus
dictámenes solos, son sus leyes
|
|
|
Y
sus solos diplomas sus soldados.
|
|
|
Cerca del Capitolio, donde alarmas,
|
|
|
Otros
tiempos tan grandes dominaron,
|
|
|
Sobre
pomposas ruinas de Belona,
|
|
|
Y
de Marte, un Pontífice, sentado
|
|
|
De
Césares se ve en augusto solio.
|
|
|
Sacerdotes no menos fortunados,
|
|
|
Con planta huellan firme y faz
serena,
|
|
|
Las
cenizas, aquí, de Emilios Paulos,
|
|
|
Y
allí, de los Catones los sepulcros.
|
|
|
Sobre el altar el trono
levantado,
|
|
|
De un Señor, ya celeste, ya
terreno,
|
|
|
En la misma profana y sacra
mano,
|
|
|
El poder absoluto, a un tiempo
mismo,
|
|
|
El cetro colocó y el incensario.
|
|
|
Allí
fundó Dios mismo su sagrada
|
|
|
Su primitiva Iglesia, en tiempos
varios
|
|
|
Perseguida y triunfante. Allí
condujo
|
|
|
Aquel primer su Apóstol, con lo
santo
|
|
|
De la verdad, lo cándido y
sencillo.
|
|
|
Felices sucesores le imitaron
|
|
|
Cierta dichosa edad, en que
respetos
|
|
|
Y
elogios de los hombres han captado,
|
|
|
Cuanto más se humillaban.
Revestida
|
|
|
Aun no estaba su frente de algún
vano
|
|
|
Frívolo resplandor. Su humildad
sola,
|
|
|
Su rígida pobreza, preservaron
|
|
|
La
santa austeridad de sus costumbres,
|
|
|
Y celosos tan solo del estado,
|
|
|
De
las glorias, honores y riquezas,
|
|
|
A
que votos aspiran de un cristiano,
|
|
|
Del
fondo de las chozas que habitaban,
|
|
|
Simplemente al martirio van
volando.
|
|
|
El tiempo, que lo altera y gasta
todo,
|
|
|
Bien presto estas costumbres ha
cambiado.
|
|
|
Para castigo nuestro, ya
grandezas
|
|
|
Diole el cielo, y potente a lo
profano,
|
|
|
Desde este tiempo, Roma,
abandonada
|
|
|
A
consejos se vio de los malvados.
|
|
|
De
su nuevo poder, bases horribles
|
|
|
Traición, eran, veneno,
asesinato.
|
|
|
Los
que de Cristo fueron sucesores,
|
|
|
En el fondo interior del
santuario,
|
|
|
Sin pudor ni vergüenza, el
adulterio
|
|
|
Y el incesto, insolentes,
colocaron,
|
|
|
Y Roma, que cansaran finalmente,
|
|
|
Roma, que han oprimido y
abismado
|
|
|
De su execrable imperio con el
peso,
|
|
|
De
sus sacros tiranos bajo el mando,
|
|
|
A
echar menos llegó sus falsos Dioses.
|
|
|
Máximas
más prudentes se escucharon
|
|
|
En
la edad posterior, en que se supo
|
|
|
El crimen excusar, o bien
velarlo
|
|
|
Con artificio y maña menos
torpes.
|
|
|
Del pueblo y de la Iglesia más
reglados
|
|
|
Los
derechos se han visto, y de los Reyes
|
|
|
Árbitra, al fin, fue Roma, no el
espanto.
|
|
|
La modesta virtud, vuelve ella
misma
|
|
|
A aparecer de nuevo, con el
fausto,
|
|
|
El brillo imponedor y augusta
pompa
|
|
|
De su triple diadema regio y
sacro:
|
|
|
De
manejar, empero, de los hombres
|
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|
La pasión e interés, el arte
raro,
|
|
|
Vino,
por fin, a ser, en estos tiempos,
|
|
|
La
virtud capital de los Romanos.
|
|
|
De la Iglesia era, entonces, y de Roma
|
|
|
Cabeza, Sixto quinto y soberano.
|
|
|
Y
si el ser, en verdad, de un hombre grande
|
|
|
Con el título ilustre decorado,
|
|
|
Consiste en ser falaz, temido,
austero,
|
|
|
Inscribirse
en el número más claro
|
|
|
De
los más grandes Reyes, debe Sixto.
|
|
|
Él,
a los artificios de quince años
|
|
|
Debió de su destino la grandeza.
|
|
|
Ocultar ha sabido tiempo tanto,
|
|
|
Sus
virtudes, no menos que sus vicios;
|
|
|
Y huir el mismo puesto
aparentando,
|
|
|
Que con ardor ansiaba, porque
pueda
|
|
|
Por más fáciles medios
alcanzarlo,
|
|
|
Hace
que dél le tengan por indigno.
|
|
|
De su brazo despótico al amparo,
|
|
|
La pérfida Política, reinaba
|
|
|
Del pontificio alcázar en lo
arcano.
|
|
|
Hija de la ambición y el
interese,
|
|
|
Que
seducción y fraudes abortaron,
|
|
|
Este ingenioso monstruo, en mil
revueltas
|
|
|
Tan
fértil, de zozobras abismado,
|
|
|
Simple y sereno a un tiempo
parecía.
|
|
|
Sus
ojos, en sus órbitas ahondados,
|
|
|
Vigilantes, agudos, y enemigos
|
|
|
De la tranquilidad y del
descanso,
|
|
|
Jamás,
en dulce sueño, los vapores
|
|
|
De la blanda amapola
disfrutaron.
|
|
|
Con doblez y cautelas refinadas,
|
|
|
Con
disfraces astutos y estudiados,
|
|
|
De la confusa Europa, sagaz,
burla
|
|
|
La expectación atónita; y el
falso,
|
|
|
El sutil artificio del embuste,
|
|
|
Que sus discursos guía,
decorando
|
|
|
De la misma verdad con los
adornos,
|
|
|
Del Dios vivo marcó con sello
sacro
|
|
|
Sus torpes imposturas, e hizo al
cielo
|
|
|
Servir a las venganzas de su
agravio.
|
|
|
La
Discordia ve apenas, cuando corre
|
|
|
Con aire misterioso hacia sus
brazos;
|
|
|
La acaricia y halaga dulcemente,
|
|
|
Con maligna sonrisa y agasajo;
|
|
|
Pero súbitamente transportada,
|
|
|
Un lúgubre semblante, un tono
infausto
|
|
|
De tristeza fingiendo «Yo, la
dice,
|
|
|
No estoy ya en aquel tiempo
afortunado,
|
|
|
En
que pueblos inmensos, seducidos,
|
|
|
Sus votos me ofrecían, y a mi
mando
|
|
|
Toda la Europa crédula sumisa,
|
|
|
Las leyes de su Iglesia y culto
santo 38
|
|
|
Confundió con las mías. Yo, en
tal tiempo,
|
|
|
Hablaba, y al instante
prosternados
|
|
|
Trémulos
los monarcas, de sus tronos
|
|
|
A mis pies descendían. A mi
agrado,
|
|
|
Declaraba mi voz al mundo
guerras,
|
|
|
Y de la cumbre aquí del
Vaticano,
|
|
|
Mis formidables truenos
fulminaba.
|
|
|
Vida y muerte pendían de mi
agrado.
|
|
|
Regalaba, quitaba, y devolvía
|
|
|
Las
coronas y cetros soberanos.
|
|
|
Ya
no existen, amiga, ya se huyeron
|
|
|
De una vez para mí, de esplendor
tanto
|
|
|
Esos
caducos tiempos tan dichosos.
|
|
|
De la altanera Francia, ese
Senado,
|
|
|
Ya sin temer mi enojo, se ha
atrevido
|
|
|
Mis
rayos a apagar, cuasi en mis manos.
|
|
|
Por la Iglesia de amor no menos
lleno,
|
|
|
Que contra mí de horror, su
grito alzando,
|
|
|
Con fiera libertad, de las
naciones
|
|
|
La venda del error hizo pedazos.
|
|
|
Él ha sido el primero, que a mi
rostro
|
|
|
La máscara arrancó,
desagraviando
|
|
|
La
verdad, cuya imagen me encubría.
|
|
|
¿Yo no podré, ¡Discordia! que me
abraso
|
|
|
En
ansias de agradarte, seducirlo,
|
|
|
O con rigor, al menos,
castigarlo?
|
|
|
Vamos
pues. Tus antorchas, nuevamente
|
|
|
Enciendan
de mi trueno ardientes rayos.
|
|
|
Empecemos, amiga, por la
Francia,
|
|
|
A
desolar la tierra. Sus estados,
|
|
|
Otra vez, y su Rey, a caer
tornen
|
|
|
En
nuestros hierros.» Dijo; y como un rayo,
|
|
|
Lánzase
rechinando por los aires.
|
|
|
A
pesar de estos males, entre tanto
|
|
|
Con espíritu opuesto, allá
distante
|
|
|
De
las mundanas pompas, y del fausto
|
|
|
De
Roma, y de sus templos, a indecentes
|
|
|
Humanas vanidades consagrados,
|
|
|
Cuyo profano brillo, cuyo lujo,
|
|
|
Y
opulenta soberbia y aparato
|
|
|
Al necio mundo imponen, se
escondía,
|
|
|
En desiertos del hombre poco
hollados,
|
|
|
La humilde Religión, do
santamente
|
|
|
Reposaba, con Dios en paz
morando;
|
|
|
En
tanto que su nombre y su decoro,
|
|
|
Con sacrílego crimen profanados,
|
|
|
Pretextos daba santos en el
siglo
|
|
|
Al sangriento furor de los
tiranos,
|
|
|
Y siendo al mundo venda que lo
ciega,
|
|
|
Del desprecio de Grandes era el
blanco.
|
|
|
Sufrir
y resignarse, es, en la angustia
|
|
|
Su destino más plácido y más
caro:
|
|
|
Bendecir, es su sacra y rica
herencia.
|
|
|
Ella, en secreto ruega por ingratos,
|
|
|
Que
vilmente la ofenden y maltratan.
|
|
|
Sin la pompa del siglo y fausto
vano,
|
|
|
Sin
adornos, sin arte, sin afeite,
|
|
|
Y bella por su gracia y propio
encanto,
|
|
|
Su modesta hermosura oculta
siempre
|
|
|
A
los ojos hipócritas de tantos,
|
|
|
Como
importunos corren en sus aras
|
|
|
A adorar la fortuna, cual
paganos.
|
|
|
Se
inflamaba su espíritu, y ardía
|
|
|
Por
Enrique de un celo y amor santo.
|
|
|
Esta hija del cielo no dudaba,
|
|
|
Que un día, al fin, feliz fuese
llegado,
|
|
|
En
que de sus altares abatidos
|
|
|
El legítimo culto vindicando,
|
|
|
Con júbilo por hijo adoptaría
|
|
|
Al magnánimo Héroe ya ilustrado.
|
|
|
Digno, por sus virtudes
generosas,
|
|
|
De
acogerle le juzga entre sus brazos,
|
|
|
Y sus fervientes votos, hasta el
cielo
|
|
|
Desde
sus puras aras exhalados,
|
|
|
Un momento apresuran tan
glorioso,
|
|
|
Que
por demás sus ansias hallan tardo.
|
|
|
La Política impía y la Discordia,
|
|
|
Asaltan
y sorprenden de rebato
|
|
|
A su augusta enemiga, que sus
ojos
|
|
|
Inocentes, en lágrimas bañados,
|
|
|
Alzaba hacia su Dios, quien su
constancia
|
|
|
Por poner más a prueba, la ha
entregado
|
|
|
De
las dos implacables enemigas
|
|
|
Al bárbaro furor y juicio
insano.
|
|
|
Estos
horribles monstruos, cuya injuria,
|
|
|
La santa Religión ha profanado
|
|
|
En
todas las edades, su vil frente
|
|
|
Cubriendo con su velo
sacrosanto,
|
|
|
Su
traje, respetado de los hombres,
|
|
|
Insolentes usurpan, y volando
|
|
|
Parten hacia París, do acabar
piensan
|
|
|
Sus perversos designios
comenzados.
|
|
|
Mañosa la Política y astuta,
|
|
|
Con insinuante rostro y sutil
paso,
|
|
|
De la antigua Sorbona se
entromete,
|
|
|
Sin
sentir, en el seno ilustre y vasto.
|
|
|
Congregábanse en ella al mismo
punto,
|
|
|
Aquellos venerados graves
sabios,
|
|
|
Que de oscuros oráculos del
cielo
|
|
|
Misteriosos intérpretes
sagrados,
|
|
|
Y
de remota edad, árbitros justos,
|
|
|
Modelos
de la grey de los cristianos,
|
|
|
Adictos
a su culto, y a sus Reyes
|
|
|
Sumisos con lealtad y honor intacto,
|
|
|
Hasta tan triste día y
tenebroso,
|
|
|
Un varonil valor han conservado,
|
|
|
A flechas del
error impenetrables;
|
|
|
Más
¡cuán pocas virtudes los asaltos
|
|
|
Burlan constantemente a
cualquier hora!
|
|
|
De aquel astuto monstruo
disfrazado
|
|
|
Acentos
los más dulces y halagüeños,
|
|
|
A alterar sus espíritus
llegaron.
|
|
|
Él,
a los más tocados y devotos
|
|
|
De la ciega ambición,
lisonjeando,
|
|
|
Honores
y grandezas les promete,
|
|
|
Y
con el interés y esplendor claro
|
|
|
De una mitra, deslúmbrales los
ojos.
|
|
|
Allá, por otro medio, negociando
|
|
|
Con
secreta y venal inteligencia,
|
|
|
Los sufragios compró del vil
avaro.
|
|
|
Arrobado también y sorprendido
|
|
|
Por un elogio diestro, se vio el
sabio,
|
|
|
Que la augusta verdad, pérfido,
vende,
|
|
|
Por el precio de un poco
incienso vano;
|
|
|
Y al grito aterrador de la
amenaza,
|
|
|
El feble queda, al fin,
amilanado.
|
|
|
Congréganse en tumulto; de
tumulto
|
|
|
Se examina y decide el alto
caso,
|
|
|
Y
de en medio de estrépitos, de gritos,
|
|
|
Y empeñadas contiendas, con
espanto
|
|
|
Del confuso congreso escapa al
punto
|
|
|
La apacible Verdad, mustia y
llorando.
|
|
|
A
voz común, entonces, y en el nombre
|
|
|
De
todos los Doctores, un anciano
|
|
|
Esto dijo. «La Iglesia hace los
Reyes;
|
|
|
Los absuelve o castiga
degradando.
|
|
|
La Iglesia y su doctrina existen
puras
|
|
|
En
los que aquí reunidos nos hallamos.
|
|
|
Su
ley en ellos solos se conserva.
|
|
|
A
Enrique de Valois, aquí, por tanto,
|
|
|
Reprobamos formal, solemnemente,
|
|
|
Decaído del trono declaramos,
|
|
|
Y
Enrique de Valois, ya no es Rey nuestro.
|
|
|
¡Juramentos, un tiempo tan
sagrados!
|
|
|
Vuestras
duras cadenas ya rompemos.»
|
|
|
Apenas esto el viejo ha
pronunciado,
|
|
|
Con
caracteres hórridos de sangre,
|
|
|
La inhumana Discordia, el
temerario,
|
|
|
El bárbaro decreto, que dictara,
|
|
|
A dejar apresúrase estampado.
|
|
|
Por ella cada cual jura en
seguida,
|
|
|
Y lo firma al momento de su
mano.
|
|
|
Remóntase
veloz, y en alto vuelo,
|
|
|
A todos los facciosos
partidarios,
|
|
|
Empresa tan grandiosa y atrevida
|
|
|
Va de iglesia en iglesia pregonando.
|
|
|
Bajo el hábito, a veces, de
Agustino,
|
|
|
Y otras, del de Francisco, tosco
y basto,
|
|
|
Resonar su voz hace, y altamente
|
|
|
Llama a aquellos austeros cuanto
varios
|
|
|
Espectros, de su yugo riguroso
|
|
|
Voluntarios e imbéciles
esclavos.
|
|
|
«De vuestra Religión amancillada
|
|
|
Reconoced,
les dice, aquestos rasgos.
|
|
|
Yo
soy la que a vos vengo; la que en nombre
|
|
|
Del Señor, que servís, por
despertaros,
|
|
|
A vuestro religioso atento oído
|
|
|
Acaba de pulsar. Él me ha
mandado.
|
|
|
Esta espada mortífera y
tremenda,
|
|
|
Que en mi vibrante pulso está
brillando,
|
|
|
Este acero, que veis, acero
horrible
|
|
|
A nuestros enemigos, empuñado,
|
|
|
Para vengar su causa, entre las
mías
|
|
|
Ha sido de Dios mismo por la
mano.
|
|
|
Acércanse
¡hijos míos! se cumplieron,
|
|
|
Los
oportunos tiempos ya llegaron,
|
|
|
En
que sombras dejéis de esos retiros,
|
|
|
Y
la paz suspendáis de esos santuarios.
|
|
|
Partid
de ellos a dar ilustre ejemplo
|
|
|
Del celo más intrépido y
sagrado;
|
|
|
Y a
los crédulos pueblos de la Francia,
|
|
|
En
su fe vacilantes y turbados,
|
|
|
Intimado dejad, id a enseñarles,
|
|
|
Que
abatir a su Rey, que asesinarlo,
|
|
|
Hacer es a su Dios un gran
servicio.
|
|
|
Pensad bien, caros míos,
recordaos,
|
|
|
Que de Leví la antigua electa
tribu,
|
|
|
De vuestro ministerio augusto y
santo
|
|
|
Mereció por Dios propio ser
honrada,
|
|
|
Con manos, a sus aras
regresando,
|
|
|
En
la sangre bañadas de los hijos
|
|
|
Del pueblo de Israel: pero ¿qué
he hablado?
|
|
|
¿Donde aquel tiempo está, do
aquellos días
|
|
|
A la muerte propicios, y a mí
gratos,
|
|
|
En que vi degollar tantos
franceses,
|
|
|
Por
el pío furor de sus hermanos?
|
|
|
En
tan felices días ¡ha! vosotros,
|
|
|
¡O santos sacerdotes! su cruel
brazo
|
|
|
Al incendio y degüello
condujerais.
|
|
|
Por vosotros tan solo
asesinaron,
|
|
|
Arrastraron, colgaron a Coliñi.
|
|
|
Yo
ya en sangre nadé. La que ha restado
|
|
|
Vuelva a correr aún. Que os vea
el mundo
|
|
|
A
pueblos, que me adoran, inspirando.»
|
|
|
Dijo
el horrible monstruo: y al instante,
|
|
|
Haciendo la señal, emponzoñados
|
|
|
Quedan todos los míseros oyentes
|
|
|
Del veneno infernal que le ha
inspirado.
|
|
|
La hueste monacal iba en su
marcha;
|
|
|
Hasta París él mismo
encaminando.
|
|
|
De la Cruz sacrosanta el
estandarte
|
|
|
En
medio de ella flota. Cantan salmos,
|
|
|
Frenéticos entonan sacros
himnos;
|
|
|
Y
con devotos gritos destemplados,
|
|
|
Los cielos parecían asociarse
|
|
|
A
su rebelde arrojo. Entre sus cantos,
|
|
|
Con fanáticos votos se les oía
|
|
|
La imprecación mezclar y augurio
infausto
|
|
|
A las públicas preces.
Sacerdotes
|
|
|
Atrevidos, imbéciles soldados
|
|
|
Del mosquete y el sable
vanamente
|
|
|
Sus inexpertos brazos
recargaron.
|
|
|
Las pesadas corazas relumbrantes
|
|
|
Penitentes cilicios van tapando;
|
|
|
Y
de París al muro, en su socorro,
|
|
|
Batallón tan infame al fin
llegado,
|
|
|
De un pueblo impetuoso entre mil
ondas,
|
|
|
A Cristo va siguiendo, a aquel
Dios blando,
|
|
|
De
paz al manso Dios, que de tal modo
|
|
|
Los devotos guerreros
profanaron,
|
|
|
Llevándole, sacrílegos, al
frente.
|
|
|
Mayenne,
que a placer está mirando
|
|
|
Tan insensata empresa, allá a lo
lejos,
|
|
|
Despréciala en secreto, al mismo
paso,
|
|
|
Que en público teatro la
autoriza.
|
|
|
Político Mayenne, advierte, y
sabio,
|
|
|
Cuanto el imbécil vulgo,
ciegamente
|
|
|
Sin límites sumiso a un celo
falso,
|
|
|
Con la fiel Religión el
fanatismo
|
|
|
Suele, rudo, mezclar, unir
incauto.
|
|
|
Entendía Mayenne, contemplaba
|
|
|
El gran arte a los Reyes
necesario,
|
|
|
De
nutrir los errores y flaquezas,
|
|
|
Que el pueblo sacrifican al
tirano,
|
|
|
Y a este irrisorio escándalo
piadoso,
|
|
|
Da por tanto acogida y aun
aplauso.
|
|
|
Con grave indignación, vélo el
prudente,
|
|
|
Y con burla mayor, lo ve el
soldado.
|
|
|
Más la estólida plebe, hasta los
cielos
|
|
|
Mil gritos levantaba de
entusiasmo,
|
|
|
De
gozo y de esperanza; y así como
|
|
|
Sucediera a su audacia un miedo
fatuo,
|
|
|
Este, en un solo instante, el
lugar cede
|
|
|
Al furor y transporte más
insano.
|
|
|
Así en el seno undoso de
Anfitrite;
|
|
|
De
los mares el ángel, a su agrado,
|
|
|
Las olas tal vez calma, tal,
irrita.
|
|
|
Dez
y seis sediciosos, señalados 39
|
|
|
Por
sus feos delitos, entre todos
|
|
|
Los más viles facciosos, ha
nombrado
|
|
|
Y en gobierno erigido la
Discordia.
|
|
|
Estos
hombres oscuros y malvados,
|
|
|
De su nueva y condigna soberana
|
|
|
Insolentes
ministros, en su carro
|
|
|
Barnizado de sangre, al punto
montan,
|
|
|
Y la marcha batiéndoles al paso
|
|
|
La villana traición, y el fiero
orgullo,
|
|
|
El frenesí, la muerte, y el
estrago,
|
|
|
Por
sangrientos torrentes, que arroyaban,
|
|
|
Van de su fiera ronda el rumbo
guiando.
|
|
|
En baja oscuridad todos nacidos,
|
|
|
De sórdida bajeza alimentados,
|
|
|
Su
rencor a los Reyes les servía
|
|
|
De blasón de nobleza el más
realzado.
|
|
|
Bajo el dosel traídos por el
pueblo,
|
|
|
Ya
Mayenne con él les ve temblando
|
|
|
Sentados
a la par. Tal es la insania,
|
|
|
Tales
son los trastornos ordinarios
|
|
|
De la inquieta Discordia y sus
caprichos.
|
|
|
Ella, frecuentemente nivelados
|
|
|
Deja
en suerte a los cómplices que induce;
|
|
|
No de distinto modo, que allá
cuando
|
|
|
Fuertes
vientos, tiranos de las aguas,
|
|
|
Que su corriente turban y
descanso,
|
|
|
Las olas revolviendo con su
soplo
|
|
|
Del Ródano o del Sena, hacen,
que el bajo
|
|
|
Sucio y grosero lodo, que
abatido
|
|
|
En
sus profundas grutas yace, alzado
|
|
|
Se
mire a borbollones de las ondas
|
|
|
Sobre
la superficie; así en los raros
|
|
|
Furores de un incendio, que
devora
|
|
|
Y una ciudad convierte en yermo
campo,
|
|
|
El hierro, el plomo, el bronce,
que liquida
|
|
|
El fuego entre las llamas, van
mezclados
|
|
|
Con el oro más puro, que
oscurecen.
|
|
|
De
sedición en medio y motín tanto,
|
|
|
Temis tan solo, Temis
resistiera,
|
|
|
Librárase del público contagio.
|
|
|
Ni
sed de engrandecerse, ni temores,
|
|
|
Ni
esperanzas, ni nada, de sus manos
|
|
|
Consiguiera torcer la fiel
balanza.
|
|
|
Consérvase su templo inmaculado;
|
|
|
Y la simple equidad, cual
fugitiva,
|
|
|
Cerca de ella un asilo va
buscando,
|
|
|
Habitaba
el recinto de este templo,
|
|
|
El venerable cuerpo de un
senado,
|
|
|
Azote formidable del delito,
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De la inocencia amparo y tutor
nato,
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Que
de apoyo del Rey, y de instrumento
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De la ley, el carácter
conservando,
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Entre
el Pueblo y el Príncipe marchaba
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Con intrépido, igual y firme
paso.
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De
unos Reyes benignos y accesibles,
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En
la equidad más dulce confiado,
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A
sus pies ¡cuantas veces trasladara
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De
la Francia las quejas, los agravios!
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Era el público bien, únicamente,
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De toda su ambición objeto caro.
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Lo tirano, en los Príncipes no
odiaba
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Menos,
que lo rebelde en el vasallo.
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De un supremo respeto dirigido,
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Y de un noble valor siempre
inflamado,
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En
las causas del Rey y de su Pueblo,
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Lo súbdito distingue de lo
esclavo.
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Por
nuestras libertades y franquezas
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Siempre a armarse dispuesto, en
cualquier caso,
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Conoce a Roma bien; como piadoso
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Hónrala, y la reprime como
sabio.
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De
los torpes tiranos de la Liga
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Una horrible cohorte, puesta al
mando,
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De
aquel templo de Temis majestuoso,
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A cercar llega el pórtico
sagrado.
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Bussi,
vil gladiador, es quien la guía, 40
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A honor tan criminal, a poder
tanto,
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Por su audaz arrogancia
promovido.
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Entra del templo augusto al
santuario;
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Y
este negro torrente de palabras,
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A la ilustre asamblea, cuyo
labio
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Del ciudadano regla la fortuna,
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Osado le dirige: «¡Mercenarios
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Apoyos
de ese dédalo de leyes!
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¡Plebeyos, que a la usanza del
Romano
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Os
tenéis de los Reyes por tutores!
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¡Almas
en fin serviles, hombres bajos,
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Que
en la perturbación, y entre cábalas,
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Que
afligen y desolan al estado,
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Pretendéis,
que consista, y se alce fiero
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El afrentoso honor de vuestros
cargos
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Y
venales grandezas! En la guerra
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Tímidos,
y en la paz fieros tiranos,
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Al Pueblo obedeced, en cuyo
nombre,
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Vengo ¡orgullosos jueces! a
intimaros.
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Escuchad sus edictos liberales.
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Antes hubo sin duda ciudadanos,
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Húbolos
antes, sí, que hubo señores.
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Fueros,
que nuestros padres prodigaron,
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O más bien les usurpó tirana
fuerza,
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Sus despojados hijos recobramos.
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Sobrado tiempo el Pueblo por
vosotros
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Al terror fue sujeto y al
engaño.
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Cansose ya del cetro, y lo ha
rompido.
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Borrad ya para siempre
¡Magistrados!
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De
plena potestad los grandes nombres
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Tan temidos, odiosos, y aun
ingratos
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A vuestro mismo oído; e ya del
Pueblo
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Libre
y supremo a nombre, dad los fallos,
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No la plaza del Rey, bajo ese
solio
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Manteniendo, sino la del Estado.
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La Sorbona imitad. Sino lo
hiciereis,
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Sobre
vos los rigores fulminados
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Ver, temed, de mi enojo y mi
venganza.»
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Fieles y acordes todos,
contestaron
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Con un noble silencio; a la
manera,
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Que
en los muros ardiendo ya asolados
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De la sitiada Roma, allá otro
tiempo,
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Sus
graves senadores, de los años
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Ya por el peso corvos, sin
turbarse,
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En
sus curules fijos, aguardaron
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Fieramente
los galos y la muerte.
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A espectáculo tal, tan no
esperado,
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Lleno de mayor rabia,
embravecido
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De más brutal furor, más no sin pasmo,
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«Obedeced al punto, dice Bussi,
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O mis pasos seguid, fieros
tiranos.»
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Súbito alzado Harlay, el digno
jefe 41
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De tan justo impertérrito
senado,
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Al
de los Dez y seis va a presentarse,
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Y con la misma frente y grave
labio,
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Con
que a aquellos malvados damnaría,
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Las
cadenas les pide. Dél al lado,
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De
justicia otros jefes se admiraban,
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Que
de participar en el cadalso
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Del honor del primero, ardiendo
en votos,
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Víctimas
de la fe que al Rey juraron,
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De
los tiranos tienden a los hierros,
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Sus generosas e inocentes manos.
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Vuelve
¡o Musa! a contarme tantos nombres,
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A la Francia tan caros, y héroes
tantos,
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A quienes oprimió licencia
infame,
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Dígnate consagrar. El probo, el
bravo
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De
Thou, con Scarrón, y sus colegas 42
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Molé y Bayoul también, con el
honrado
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Potier,
hombre el más justo y más constante,
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Y
tú ¡ilustre Longuéll! tú, joven claro,
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En
quien por abreviarte más la gloria
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De tan bello destino, se
avanzaron
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La
virtud, el espíritu, y la ciencia,
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Al curso de los años ordinario.
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De
tan dignos ministros de justicia,
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Todo aquel grave cuerpo,
condenado,
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Al través de un vil pueblo, que
le insulta,
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Como en público triunfo van
llevando
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Al famoso castillo y espantable, 43
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De la venganza alcázar, do
mezclados
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Veces tantas hundir, gemir se
han visto
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La inocencia y el crimen. El
anciano
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Orden de nuestro reino, así
trastornan;
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Del Estado la paz así turbaron
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De
un golpe los rebeldes y facciosos.
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La Sorbona cayó. Ya no hay
Senado...
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¿Más
a que tal concurso y alaridos?
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¿A
qué esos instrumentos y aparatos
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Del infame suplicio de
culpables?
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¿Quiénes
son esos dignos magistrados,
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Que
manos de verdugos, a la tumba
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Por
orden precipitan de tiranos?
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En
París, las virtudes, el destino
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De
los crímenes sufren... ¡Desgraciados
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Brissón,
Lachér, Tardif, víctimas nobles! 44
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Tan afrentosa muerte, no ha
manchado
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Vuestro honor generoso ¡Puros
manes!
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No tenéis porque de ella
avergonzaros.
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Célebres para siempre vuestros
nombres,
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Viven en la memoria. En el
cadalso
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Quien muere por su Rey, muere
con gloria. 45
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En
medio de los pérfidos alzados,
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La Discordia, entretanto, se
aplaudía
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Del suceso feliz, que al fin
lograron
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Sus
sangrientos y bárbaros designios.
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Con aire satisfecho y sosegado,
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Su tranquila crueldad, fiera
contempla
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De
la guerra civil los crueles daños;
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Y muy a su sabor, pasa revista
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Sobre un muro de sangre ya
inundado,
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A
los míseros pueblos, que en la Francia
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Contra su Rey legítimo ligados;
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Y
entre sí divididos y discordes,
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Juego vienen a ser desventurado
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Del furor de contiendas
intestinas,
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Y
en tumulto interior y riesgo extraño,
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De su turbado suelo y mustia
patria
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La perdición fatal apresurando,
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Por do quier no presentan más
que muertos,
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Carnicería, escombros, y
fracasos.
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