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François-Marie Arouet de Voltaire
La Henriada

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Canto cuarto

Argumento

     

De Aumale se hallaba a punto de apoderarse del campo de Enrique III, cuando

 

   volviendo el Héroe de Inglaterra, bate a los Ligados, y hace cambiar la fortuna.

 

La Discordia consuela a Mayenne, y vuela a Roma en busca de socorros.

 

   Descripción de Roma, donde reinaba al tiempo Sixto V. La Discordia encuentra

 

   allí la Política. Vuelve con ella a París. Subleva la Sorbona. Anima a los

 

   Dez-y-seis, y arma a los frailes. Entréganse al brazo del verdugo magistrados del

 

   partido del Rey. Turbaciones y confusión horribles en París



                              

Mientras Felipe y Sixto, con descanso,

 

Sus secretos discursos prolongaban;

 

Mientras que allá, entre sí, de los estados

 

Intereses midiendo tan grandiosos,

 

De hacer la guerra al mundo, de turbarlo,

 

De vencerlo, y al fin, su ley dictarle

 

Toda la hondable ciencia apuran ambos;

 

De la funesta Liga los pendones,

 

A discreción del viento desplegados,

 

Sobre sus tristes márgenes sangrientas,

 

Mirando estaba el Sena con espanto.

 

     Lejos Valois de Enrique, de inquietudes

 

Sobrecogido todo y agitado,

 

Con flaca indecisión, de los combates

 

Sobradamente teme inciertos hados.

 

A sus fluctantes votos y designios,

 

Era siempre un apoyo necesario.

 

Esperaba a Borbón, de la victoria

 

Sobre él únicamente asegurado.

 

La inacción, entre tanto, y la tardanza,

 

Atrevimiento dan a los Ligados.

 

De París salir osan sus legiones;

 

Y del soberbio Aumale bajo el mando,

 

El feroz de San-Pól, Namur y Chatre, 36

 

Brisác y Canillác, del bando alzado

 

Delincuentes e intrépidos apoyos,

 

Al sitiador ejército cargando,

 

Con frecuentes y rápidos progresos,

 

De Valois el espíritu asombraron;

 

Y al arrepentimiento en demasía

 

Propenso el débil Rey, de haber enviado

 

De sí lejos al Héroe, le pesaba.

 

     Entre estos combatientes, declarados

 

Émulos de su Rey, ya largo tiempo,

 

De Joyeuse un ligero y feble hermano 37

 

Osara parecer. Carácter débil,

 

A quien viera París pasar voltario

 

Desde el siglo, de un claustro al fondo obscuro,

 

Y del claustro a la corte. Relajado,

 

Y luego penitente. Anacoreta,

 

Y no menos de pronto cortesano,

 

Toma, deja, y recobra en un instante

 

El cilicio y coraza. Del santuario,

 

Que sus devotas lágrimas inundan,

 

A animar va las furias de su bando,

 

Y en el seno a clavar de nuestra Francia

 

Colmada de aflicción, la misma mano,

 

Que consagrado había al Ser Eterno.

 

     Más de tanto adalid, el más bizarro,

 

Aquel, cuyo valor en las legiones

 

Infundía del Rey más miedo y pasmo;

 

Aquel, que un corazón más fiero tiene,

 

Y más fuerte también y fatal brazo,

 

Vos sois ¡Príncipe joven impetuoso!

 

¡Vos, De Aumale, nacido y animado

 

De la Lorena sangre, en héroes fértil!

 

¡Vos, el émulo siempre y el contrario

 

De los Reyes, las leyes y el reposo!

 

De jóvenes guerreros alentados

 

La flor, en todo tiempo le acompaña;

 

Y sin cesar, con ella, sobre el campo

 

Lanzábase enemigo; ya en silencio,

 

Ya con enorme ruido, ya a lo claro

 

De los cielos abiertos, ya a la sombra

 

De la cerrada noche; y atacando

 

Al sitiador, do quiera sorprendido,

 

De su sangre infeliz deja inundado

 

Su mano atroz el suelo. Así en la frente

 

Del Caúcaso, o la cima allá del Athos,

 

Do los ojos divisan a lo lejos

 

Del cielo, mar y tierra los espacios,

 

Las águilas y buitres, suelta el ala,

 

Con un rápido vuelo, atravesando,

 

En un momento hendiendo densas nubes,

 

De la atmósfera inmensa por los campos,

 

Las peregrinas aves arrebatan;

 

En los amenos bosques y los prados

 

Las reses despedazan y aprisionan;

 

Y de sangrientas rocas, do bajaron,

 

A las entrañas fétidas volviendo,

 

En sus garras opresos y gritando,

 

Aún vivientes transportan sus despojos.

 

     Lleno ya de esperanzas, y embriagado

 

De gloriosos sucesos, a las tiendas

 

Penetraba del Rey; y redoblando

 

Las sorpresas y alarmas con la noche,

 

Toda cedía ya, todo de espanto

 

Replegaba temblando ante sus armas;

 

Cual de una tempestad torrente inflado,

 

De desbordarse a punto, con un choque

 

Feroz y tenebroso, ya a inundarlo

 

Iba todo de un golpe el fiero Aumale;

 

Y del alba el lucero, ya rayando

 

De la noche rasgaba el negro velo;

 

Cuando el grave Morné, que breve espacio

 

De Borbón el regreso precediera,

 

Y que de cerca estaba ya mirando

 

Del soberbio París las altas torres,

 

De un confuso rumor, de horror mezclado,

 

Sorprendida su oreja, mira, y nota

 

En extremo desorden los soldados

 

De Valois, y aun con ellos los de Enrique.

 

«¡Que veo justos Cielos! ¿Así, bravos,

 

Así nos aguardáis? Ya Enrique viene,

 

Ya llega a defenderos, y entregados

 

A la fuga os encuentro ¡Camaradas!

 

A la fuga!...» A este acento de su labio,

 

No de distinto modo, que allá un tiempo,

 

Del Capitolio al pié, cuando apretado

 

De Roma el fundador por los Sabinos,

 

La fuga refrenó de sus Romanos

 

De Júpiter en nombre; así al de Enrique,

 

De vergüenza rehácense inflamados

 

Sus dispersos franceses, y al combate

 

Revolviendo de nuevo, exclaman alto:

 

Que venga el Héroe: llegue; que a su vista,

 

Nada nos desalienta, que a su mando

 

Nuestra será sin duda la victoria.

 

Súbito se aparece a todo el campo

 

Tan refulgente Enrique, como en medio

 

Del temporal más negro suele el rayo.

 

A las primeras filas corre, avanza;

 

A su frente combate denodado;

 

Siguen todos su ejemplo, y los destinos

 

De repente por él vense trocados.

 

Contra el campo su mano muertes lanza,

 

Rayos sobre él sus ojos fulminando.

 

Siguiéndole sus jefes en contorno,

 

Con ánimo se empeñan esforzado;

 

Retorna la victoria, y a su aspecto,

 

Desaparecen ya los coligados;

 

Al modo, que del día, que amanece,

 

Los rayos, que se avanzan, de los astros

 

De la noche disipan los fulgores.

 

Sobre aquellas riberas, ha logrado,

 

Sus huestes, que asombradas van huyendo,

 

Detener el de Aumale; pero en vano.

 

Su grito animador algún momento

 

A la lid las ordena, más sus pasos

 

La voz del gran Enrique precipita.

 

Su amenazante frente, con espanto

 

Las trastorna y deslumbra; y si su jefe

 

Aplegarlas consigue, un pronto pasmo

 

Las aturde y dispersa, y en su fuga

 

Revuelto el mismo Aumale va arrastrando;

 

Al modo, que de un monte allá en la cumbre,

 

De cristalina escarcha coronado,

 

En medio de mil nieves derretidas,

 

Y de témpanos mil, un gran peñasco,

 

Que a las nubes altivo amenazaba,

 

Cayendo va rodando y tropezando.

 

     Pero ¿qué digo? Aumale aún se detiene:

 

Aumale aún hace cara, y muestra osado,

 

Y aún a su sitiador la frente muestra,

 

Que dél temida fuera tiempo largo.

 

Despréndese fogoso de los suyos,

 

Que tras sí le arrastraban, y afrentado

 

De vivir todavía, entre el degüello

 

Aún la muerte otra vez vuelve buscando,

 

Y al vencedor un rato admira y para:

 

Más de un tropel confuso de mil bravos

 

Comprimido al momento, la audaz furia

 

De su imprudente arrojo y despechado

 

A refrenar la Parca a vengar iba;

 

Cuando en riesgo de vida tan cercano

 

La Discordia le ve, y al verle, tiembla.

 

Por bárbara que fuese, sabe cuanto

 

Sus días necesita. Presurosa

 

Se remonta en el aire; y a su amparo

 

Arrójase veloz. Llega, y opone

 

Al tropel, de que a Aumale ve cercado,

 

De hierro el broquel vasto e impenetrable,

 

Que acompaña al horror, que impera infracto

 

Sobre la misma muerte, y cuya vista

 

El terror y la rabia va inspirando.

 

¡O hija inexorable del infierno!

 

Éste ¡o Discordia! ha sido el primer caso,

 

En que de dar socorro capaz fuiste.

 

Un héroe salvas, pérfida, y sus hados

 

Con la mano prolongas formidable

 

De la muerte ministra, con tu mano

 

Tan bárbara y en crímenes experta,

 

Que hasta esta vez, jamás perdón ha dado

 

A sus víctimas propias. Ella arrastra

 

De París a las puertas, en un baño

 

De su sangre al de Aumale, y de unos golpes

 

Que no sintió cubierto. Ella reparos

 

A sus males aplica saludables:

 

Ella su sangre estanca, prodigado

 

Por complacerla solo; pero mientras,

 

Que a su cuerpo vigor va recobrando,

 

Su espíritu, con pócimas mortales

 

Deja míseramente envenenado;

 

No de distinto modo que pudiera

 

La alevosa indulgencia de un tirano,

 

Que cruel en su lástima, de un triste

 

Tal vez suspender quiere el mortal fallo,

 

Porque en útiles crímenes secretos

 

Aprovecharse pueda de su brazo,

 

Y aquellos consumados, al suplicio

 

Tórnale a abandonar pérfido e ingrato.

 

     Supo Enrique, entretanto, aprovecharse

 

De la insigne ventaja, con que al hado

 

De los combates plugo, en aquel día,

 

Su valor coronar y sus cuidados.

 

Conocía Borbón, y precio daba

 

Del tiempo a los instantes en los campos.

 

Al absorto enemigo, de sorpresa,

 

Busca, ataca y acosa sin descanso.

 

A campales batallas, que ganara,

 

Que sucedan ordena los asaltos,

 

Y hace trazar su pérdida en contorno

 

De sus muros, trincheras avanzando.

 

De Valois el espíritu, a este tiempo,

 

Del de su hermano Enrique confortado

 

Lleno ya de esperanzas en su auxilio,

 

El ejemplo presenta a sus soldados,

 

Que de aquél recibía. Los ataques,

 

Las alarmas sereno despreciando,

 

No descuida del campo las acciones,

 

Y del sitio sostiene los trabajos.

 

El afán sus placeres, y el peligro

 

Tiene también a veces sus encantos.

 

Todos los jefes se unen, y sucede

 

Según sus votos todo. En breve espacio,

 

El terror, que marchaba a su vanguardia,

 

Las consternadas huestes disipando,

 

Del trémulo sitiado ya a los ojos,

 

De un lánguido despecho perturbados,

 

Las puertas a romper, a abatir iba.

 

Y en tan grave peligro, aprieto tanto,

 

¿Que puede hacer Mayenne? Sus legiones,

 

Un pueblo son hundido en duelo amargo.

 

Con lágrimas, aquí, le pide un hijo

 

El padre, que la muerte le ha robado.

 

De un hermano infeliz sobre la tumba,

 

Allí se ve plañir al triste hermano.

 

Gime por lo presente sin consuelo,

 

Desfallece abatido el ciudadano.

 

Teme, en fin, cada cual por lo futuro.

 

Alarmado aquel cuerpo grande y vasto,

 

Reunirse no puede. Se hacen juntas;

 

Se consulta y se agita el duro caso

 

De entregarse a la fuga o al enemigo.

 

Perplejos se hallan todos y embargados;

 

Y nadie resistir osa más tiempo:

 

Así el ligero vulgo suele vario,

 

De la temeridad más altanera

 

Al temor más rastrero dar un salto.

 

     Mayenne, que sus haces desmayadas

 

Está viendo, de cólera bramando,

 

Entre opuestos designios vacilante,

 

Revolvía en su mente planes varios;

 

Cuando allí la Discordia al héroe absorto

 

De repente se acerca; entre sus manos

 

Silbar hace irritadas sus serpientes,

 

Y de agrado en un tono aleve y falso,

 

Su acento le dirige en esta forma.

 

     «¡O tú, digno heredero procreado

 

De un nombre a los Franceses formidable!

 

¡Tú, a quien de tu venganza el cruel conato

 

Unió conmigo siempre; tú, que fuiste

 

A mis ojos nutrido, y que formado

 

Has sido por mis leyes! oye, escucha

 

Tu protectora fiel, y de mi labio

 

Conoce el bronco acento. Nada temas

 

De aquese pueblo imbécil y voltario,

 

Cuyo reciente ardor, en un momento,

 

Una leve desgracia ha congelado.

 

Poseo sus espíritus ¡Mayenne!

 

Sus corazones tengo entre mis manos.

 

Bien presto observarás con cuanto celo

 

Nuestros designios todos ayudando,

 

De mi hiel embriagados, y hechos presa

 

De mi horrible furor, van denodados

 

A combatir audaces, y a la muerte

 

Alegres a arrojarse por tus lauros

 

Esto habló la Discordia: y al momento,

 

Más pronta que el relámpago, cortando

 

Con vuelo firme y rápidos los aires,

 

Gira de toda Francia los espacios;

 

Y el rencor, el estruendo, y las alarmas,

 

Que sus ciudades turban y sus campos,

 

De la Discordia ofrecen a los ojos,

 

Objetos de delicia y de regalo.

 

Su pestífero aliento, en mil lugares

 

Inspira la aridez. Inficionado

 

En su germen el fruto, al nacer muere.

 

Abatida la mies, mustio su grano,

 

Yace lánguida en tierra. El sol se eclipsa;

 

Vélense al verla pálidos los astros;

 

Y el rayo, entre relámpagos, que truena

 

Bajo sus pies, de muerte mil presagios

 

A los pueblos ofrece confundidos.

 

     Llévala un torbellino, voltejeando,

 

A las orillas fértiles, que baña

 

Con sus ondas el rápido Erídano.

 

     Ya su vista cruel a Roma alcanza:

 

Roma, un día su templo; Roma, pasmo,

 

Terror de los mortales, cuya suerte,

 

Hala en todas edades exaltado

 

A ser en paz, no menos que en la guerra,

 

Del mundo la señora, y cuyo brazo,

 

Si triunfante en los campos, entre hierros,

 

Sobre tronos sangrientos vio temblando

 

Todos los fieros Reyes, y abatidas,

 

Bajo el sacro estandarte, en que volaron

 

Sus águilas terribles por el orbe,

 

Las fuerzas todas dél, otro más blando

 

Más apacible imperio ejerce hoy día,

 

En que a su yugo rinde y poder sacro

 

Sus mismos más airados vencedores:

 

En que con un poder de Dios vicario,

 

Gobierna los espíritus y tiene

 

Los corazones todos a su mando.

 

Sus dictámenes solos, son sus leyes

 

Y sus solos diplomas sus soldados.

 

     Cerca del Capitolio, donde alarmas,

 

Otros tiempos tan grandes dominaron,

 

Sobre pomposas ruinas de Belona,

 

Y de Marte, un Pontífice, sentado

 

De Césares se ve en augusto solio.

 

Sacerdotes no menos fortunados,

 

Con planta huellan firme y faz serena,

 

Las cenizas, aquí, de Emilios Paulos,

 

Y allí, de los Catones los sepulcros.

 

Sobre el altar el trono levantado,

 

De un Señor, ya celeste, ya terreno,

 

En la misma profana y sacra mano,

 

El poder absoluto, a un tiempo mismo,

 

El cetro colocó y el incensario.

 

     Allí fundó Dios mismo su sagrada

 

Su primitiva Iglesia, en tiempos varios

 

Perseguida y triunfante. Allí condujo

 

Aquel primer su Apóstol, con lo santo

 

De la verdad, lo cándido y sencillo.

 

Felices sucesores le imitaron

 

Cierta dichosa edad, en que respetos

 

Y elogios de los hombres han captado,

 

Cuanto más se humillaban. Revestida

 

Aun no estaba su frente de algún vano

 

Frívolo resplandor. Su humildad sola,

 

Su rígida pobreza, preservaron

 

La santa austeridad de sus costumbres,

 

Y celosos tan solo del estado,

 

De las glorias, honores y riquezas,

 

A que votos aspiran de un cristiano,

 

Del fondo de las chozas que habitaban,

 

Simplemente al martirio van volando.

 

El tiempo, que lo altera y gasta todo,

 

Bien presto estas costumbres ha cambiado.

 

Para castigo nuestro, ya grandezas

 

Diole el cielo, y potente a lo profano,

 

Desde este tiempo, Roma, abandonada

 

A consejos se vio de los malvados.

 

De su nuevo poder, bases horribles

 

Traición, eran, veneno, asesinato.

 

Los que de Cristo fueron sucesores,

 

En el fondo interior del santuario,

 

Sin pudor ni vergüenza, el adulterio

 

Y el incesto, insolentes, colocaron,

 

Y Roma, que cansaran finalmente,

 

Roma, que han oprimido y abismado

 

De su execrable imperio con el peso,

 

De sus sacros tiranos bajo el mando,

 

A echar menos llegó sus falsos Dioses.

 

Máximas más prudentes se escucharon

 

En la edad posterior, en que se supo

 

El crimen excusar, o bien velarlo

 

Con artificio y maña menos torpes.

 

Del pueblo y de la Iglesia más reglados

 

Los derechos se han visto, y de los Reyes

 

Árbitra, al fin, fue Roma, no el espanto.

 

La modesta virtud, vuelve ella misma

 

A aparecer de nuevo, con el fausto,

 

El brillo imponedor y augusta pompa

 

De su triple diadema regio y sacro:

 

De manejar, empero, de los hombres

 

La pasión e interés, el arte raro,

 

Vino, por fin, a ser, en estos tiempos,

 

La virtud capital de los Romanos.

 

     De la Iglesia era, entonces, y de Roma

 

Cabeza, Sixto quinto y soberano.

 

Y si el ser, en verdad, de un hombre grande

 

Con el título ilustre decorado,

 

Consiste en ser falaz, temido, austero,

 

Inscribirse en el número más claro

 

De los más grandes Reyes, debe Sixto.

 

Él, a los artificios de quince años

 

Debió de su destino la grandeza.

 

Ocultar ha sabido tiempo tanto,

 

Sus virtudes, no menos que sus vicios;

 

Y huir el mismo puesto aparentando,

 

Que con ardor ansiaba, porque pueda

 

Por más fáciles medios alcanzarlo,

 

Hace que dél le tengan por indigno.

 

     De su brazo despótico al amparo,

 

La pérfida Política, reinaba

 

Del pontificio alcázar en lo arcano.

 

Hija de la ambición y el interese,

 

Que seducción y fraudes abortaron,

 

Este ingenioso monstruo, en mil revueltas

 

Tan fértil, de zozobras abismado,

 

Simple y sereno a un tiempo parecía.

 

Sus ojos, en sus órbitas ahondados,

 

Vigilantes, agudos, y enemigos

 

De la tranquilidad y del descanso,

 

Jamás, en dulce sueño, los vapores

 

De la blanda amapola disfrutaron.

 

Con doblez y cautelas refinadas,

 

Con disfraces astutos y estudiados,

 

De la confusa Europa, sagaz, burla

 

La expectación atónita; y el falso,

 

El sutil artificio del embuste,

 

Que sus discursos guía, decorando

 

De la misma verdad con los adornos,

 

Del Dios vivo marcó con sello sacro

 

Sus torpes imposturas, e hizo al cielo

 

Servir a las venganzas de su agravio.

 

     La Discordia ve apenas, cuando corre

 

Con aire misterioso hacia sus brazos;

 

La acaricia y halaga dulcemente,

 

Con maligna sonrisa y agasajo;

 

Pero súbitamente transportada,

 

Un lúgubre semblante, un tono infausto

 

De tristeza fingiendo «Yo, la dice,

 

No estoy ya en aquel tiempo afortunado,

 

En que pueblos inmensos, seducidos,

 

Sus votos me ofrecían, y a mi mando

 

Toda la Europa crédula sumisa,

 

Las leyes de su Iglesia y culto santo 38

 

Confundió con las mías. Yo, en tal tiempo,

 

Hablaba, y al instante prosternados

 

Trémulos los monarcas, de sus tronos

 

A mis pies descendían. A mi agrado,

 

Declaraba mi voz al mundo guerras,

 

Y de la cumbre aquí del Vaticano,

 

Mis formidables truenos fulminaba.

 

Vida y muerte pendían de mi agrado.

 

Regalaba, quitaba, y devolvía

 

Las coronas y cetros soberanos.

 

Ya no existen, amiga, ya se huyeron

 

De una vez para mí, de esplendor tanto

 

Esos caducos tiempos tan dichosos.

 

De la altanera Francia, ese Senado,

 

Ya sin temer mi enojo, se ha atrevido

 

Mis rayos a apagar, cuasi en mis manos.

 

Por la Iglesia de amor no menos lleno,

 

Que contra mí de horror, su grito alzando,

 

Con fiera libertad, de las naciones

 

La venda del error hizo pedazos.

 

Él ha sido el primero, que a mi rostro

 

La máscara arrancó, desagraviando

 

La verdad, cuya imagen me encubría.

 

¿Yo no podré, ¡Discordia! que me abraso

 

En ansias de agradarte, seducirlo,

 

O con rigor, al menos, castigarlo?

 

Vamos pues. Tus antorchas, nuevamente

 

Enciendan de mi trueno ardientes rayos.

 

Empecemos, amiga, por la Francia,

 

A desolar la tierra. Sus estados,

 

Otra vez, y su Rey, a caer tornen

 

En nuestros hierrosDijo; y como un rayo,

 

Lánzase rechinando por los aires.

 

     A pesar de estos males, entre tanto

 

Con espíritu opuesto, allá distante

 

De las mundanas pompas, y del fausto

 

De Roma, y de sus templos, a indecentes

 

Humanas vanidades consagrados,

 

Cuyo profano brillo, cuyo lujo,

 

Y opulenta soberbia y aparato

 

Al necio mundo imponen, se escondía,

 

En desiertos del hombre poco hollados,

 

La humilde Religión, do santamente

 

Reposaba, con Dios en paz morando;

 

En tanto que su nombre y su decoro,

 

Con sacrílego crimen profanados,

 

Pretextos daba santos en el siglo

 

Al sangriento furor de los tiranos,

 

Y siendo al mundo venda que lo ciega,

 

Del desprecio de Grandes era el blanco.

 

Sufrir y resignarse, es, en la angustia

 

Su destino más plácido y más caro:

 

Bendecir, es su sacra y rica herencia.

 

Ella, en secreto ruega por ingratos,

 

Que vilmente la ofenden y maltratan.

 

Sin la pompa del siglo y fausto vano,

 

Sin adornos, sin arte, sin afeite,

 

Y bella por su gracia y propio encanto,

 

Su modesta hermosura oculta siempre

 

A los ojos hipócritas de tantos,

 

Como importunos corren en sus aras

 

A adorar la fortuna, cual paganos.

 

     Se inflamaba su espíritu, y ardía

 

Por Enrique de un celo y amor santo.

 

Esta hija del cielo no dudaba,

 

Que un día, al fin, feliz fuese llegado,

 

En que de sus altares abatidos

 

El legítimo culto vindicando,

 

Con júbilo por hijo adoptaría

 

Al magnánimo Héroe ya ilustrado.

 

Digno, por sus virtudes generosas,

 

De acogerle le juzga entre sus brazos,

 

Y sus fervientes votos, hasta el cielo

 

Desde sus puras aras exhalados,

 

Un momento apresuran tan glorioso,

 

Que por demás sus ansias hallan tardo.

 

     La Política impía y la Discordia,

 

Asaltan y sorprenden de rebato

 

A su augusta enemiga, que sus ojos

 

Inocentes, en lágrimas bañados,

 

Alzaba hacia su Dios, quien su constancia

 

Por poner más a prueba, la ha entregado

 

De las dos implacables enemigas

 

Al bárbaro furor y juicio insano.

 

Estos horribles monstruos, cuya injuria,

 

La santa Religión ha profanado

 

En todas las edades, su vil frente

 

Cubriendo con su velo sacrosanto,

 

Su traje, respetado de los hombres,

 

Insolentes usurpan, y volando

 

Parten hacia París, do acabar piensan

 

Sus perversos designios comenzados.

 

Mañosa la Política y astuta,

 

Con insinuante rostro y sutil paso,

 

De la antigua Sorbona se entromete,

 

Sin sentir, en el seno ilustre y vasto.

 

Congregábanse en ella al mismo punto,

 

Aquellos venerados graves sabios,

 

Que de oscuros oráculos del cielo

 

Misteriosos intérpretes sagrados,

 

Y de remota edad, árbitros justos,

 

Modelos de la grey de los cristianos,

 

Adictos a su culto, y a sus Reyes

 

Sumisos con lealtad y honor intacto,

 

Hasta tan triste día y tenebroso,

 

Un varonil valor han conservado,

 

A flechas del error impenetrables;

 

Más ¡cuán pocas virtudes los asaltos

 

Burlan constantemente a cualquier hora!

 

De aquel astuto monstruo disfrazado

 

Acentos los más dulces y halagüeños,

 

A alterar sus espíritus llegaron.

 

Él, a los más tocados y devotos

 

De la ciega ambición, lisonjeando,

 

Honores y grandezas les promete,

 

Y con el interés y esplendor claro

 

De una mitra, deslúmbrales los ojos.

 

Allá, por otro medio, negociando

 

Con secreta y venal inteligencia,

 

Los sufragios compró del vil avaro.

 

Arrobado también y sorprendido

 

Por un elogio diestro, se vio el sabio,

 

Que la augusta verdad, pérfido, vende,

 

Por el precio de un poco incienso vano;

 

Y al grito aterrador de la amenaza,

 

El feble queda, al fin, amilanado.

 

     Congréganse en tumulto; de tumulto

 

Se examina y decide el alto caso,

 

Y de en medio de estrépitos, de gritos,

 

Y empeñadas contiendas, con espanto

 

Del confuso congreso escapa al punto

 

La apacible Verdad, mustia y llorando.

 

A voz común, entonces, y en el nombre

 

De todos los Doctores, un anciano

 

Esto dijo. «La Iglesia hace los Reyes;

 

Los absuelve o castiga degradando.

 

La Iglesia y su doctrina existen puras

 

En los que aquí reunidos nos hallamos.

 

Su ley en ellos solos se conserva.

 

A Enrique de Valois, aquí, por tanto,

 

Reprobamos formal, solemnemente,

 

Decaído del trono declaramos,

 

Y Enrique de Valois, ya no es Rey nuestro.

 

¡Juramentos, un tiempo tan sagrados!

 

Vuestras duras cadenas ya rompemos

 

Apenas esto el viejo ha pronunciado,

 

Con caracteres hórridos de sangre,

 

La inhumana Discordia, el temerario,

 

El bárbaro decreto, que dictara,

 

A dejar apresúrase estampado.

 

Por ella cada cual jura en seguida,

 

Y lo firma al momento de su mano.

 

     Remóntase veloz, y en alto vuelo,

 

A todos los facciosos partidarios,

 

Empresa tan grandiosa y atrevida

 

Va de iglesia en iglesia pregonando.

 

Bajo el hábito, a veces, de Agustino,

 

Y otras, del de Francisco, tosco y basto,

 

Resonar su voz hace, y altamente

 

Llama a aquellos austeros cuanto varios

 

Espectros, de su yugo riguroso

 

Voluntarios e imbéciles esclavos.

 

«De vuestra Religión amancillada

 

Reconoced, les dice, aquestos rasgos.

 

Yo soy la que a vos vengo; la que en nombre

 

Del Señor, que servís, por despertaros,

 

A vuestro religioso atento oído

 

Acaba de pulsar. Él me ha mandado.

 

Esta espada mortífera y tremenda,

 

Que en mi vibrante pulso está brillando,

 

Este acero, que veis, acero horrible

 

A nuestros enemigos, empuñado,

 

Para vengar su causa, entre las mías

 

Ha sido de Dios mismo por la mano.

 

Acércanse ¡hijos míos! se cumplieron,

 

Los oportunos tiempos ya llegaron,

 

En que sombras dejéis de esos retiros,

 

Y la paz suspendáis de esos santuarios.

 

Partid de ellos a dar ilustre ejemplo

 

Del celo más intrépido y sagrado;

 

Y a los crédulos pueblos de la Francia,

 

En su fe vacilantes y turbados,

 

Intimado dejad, id a enseñarles,

 

Que abatir a su Rey, que asesinarlo,

 

Hacer es a su Dios un gran servicio.

 

Pensad bien, caros míos, recordaos,

 

Que de Leví la antigua electa tribu,

 

De vuestro ministerio augusto y santo

 

Mereció por Dios propio ser honrada,

 

Con manos, a sus aras regresando,

 

En la sangre bañadas de los hijos

 

Del pueblo de Israel: pero ¿qué he hablado?

 

¿Donde aquel tiempo está, do aquellos días

 

A la muerte propicios, y a mí gratos,

 

En que vi degollar tantos franceses,

 

Por el pío furor de sus hermanos?

 

En tan felices días ¡ha! vosotros,

 

¡O santos sacerdotes! su cruel brazo

 

Al incendio y degüello condujerais.

 

Por vosotros tan solo asesinaron,

 

Arrastraron, colgaron a Coliñi.

 

Yo ya en sangre nadé. La que ha restado

 

Vuelva a correr aún. Que os vea el mundo

 

A pueblos, que me adoran, inspirando

 

     Dijo el horrible monstruo: y al instante,

 

Haciendo la señal, emponzoñados

 

Quedan todos los míseros oyentes

 

Del veneno infernal que le ha inspirado.

 

La hueste monacal iba en su marcha;

 

Hasta París él mismo encaminando.

 

De la Cruz sacrosanta el estandarte

 

En medio de ella flota. Cantan salmos,

 

Frenéticos entonan sacros himnos;

 

Y con devotos gritos destemplados,

 

Los cielos parecían asociarse

 

A su rebelde arrojo. Entre sus cantos,

 

Con fanáticos votos se les oía

 

La imprecación mezclar y augurio infausto

 

A las públicas preces. Sacerdotes

 

Atrevidos, imbéciles soldados

 

Del mosquete y el sable vanamente

 

Sus inexpertos brazos recargaron.

 

Las pesadas corazas relumbrantes

 

Penitentes cilicios van tapando;

 

Y de París al muro, en su socorro,

 

Batallón tan infame al fin llegado,

 

De un pueblo impetuoso entre mil ondas,

 

A Cristo va siguiendo, a aquel Dios blando,

 

De paz al manso Dios, que de tal modo

 

Los devotos guerreros profanaron,

 

Llevándole, sacrílegos, al frente.

 

     Mayenne, que a placer está mirando

 

Tan insensata empresa, allá a lo lejos,

 

Despréciala en secreto, al mismo paso,

 

Que en público teatro la autoriza.

 

Político Mayenne, advierte, y sabio,

 

Cuanto el imbécil vulgo, ciegamente

 

Sin límites sumiso a un celo falso,

 

Con la fiel Religión el fanatismo

 

Suele, rudo, mezclar, unir incauto.

 

Entendía Mayenne, contemplaba

 

El gran arte a los Reyes necesario,

 

De nutrir los errores y flaquezas,

 

Que el pueblo sacrifican al tirano,

 

Y a este irrisorio escándalo piadoso,

 

Da por tanto acogida y aun aplauso.

 

Con grave indignación, vélo el prudente,

 

Y con burla mayor, lo ve el soldado.

 

Más la estólida plebe, hasta los cielos

 

Mil gritos levantaba de entusiasmo,

 

De gozo y de esperanza; y así como

 

Sucediera a su audacia un miedo fatuo,

 

Este, en un solo instante, el lugar cede

 

Al furor y transporte más insano.

 

Así en el seno undoso de Anfitrite;

 

De los mares el ángel, a su agrado,

 

Las olas tal vez calma, tal, irrita.

 

     Dez y seis sediciosos, señalados 39

 

Por sus feos delitos, entre todos

 

Los más viles facciosos, ha nombrado

 

Y en gobierno erigido la Discordia.

 

Estos hombres oscuros y malvados,

 

De su nueva y condigna soberana

 

Insolentes ministros, en su carro

 

Barnizado de sangre, al punto montan,

 

Y la marcha batiéndoles al paso

 

La villana traición, y el fiero orgullo,

 

El frenesí, la muerte, y el estrago,

 

Por sangrientos torrentes, que arroyaban,

 

Van de su fiera ronda el rumbo guiando.

 

En baja oscuridad todos nacidos,

 

De sórdida bajeza alimentados,

 

Su rencor a los Reyes les servía

 

De blasón de nobleza el más realzado.

 

Bajo el dosel traídos por el pueblo,

 

Ya Mayenne con él les ve temblando

 

Sentados a la par. Tal es la insania,

 

Tales son los trastornos ordinarios

 

De la inquieta Discordia y sus caprichos.

 

Ella, frecuentemente nivelados

 

Deja en suerte a los cómplices que induce;

 

No de distinto modo, que allá cuando

 

Fuertes vientos, tiranos de las aguas,

 

Que su corriente turban y descanso,

 

Las olas revolviendo con su soplo

 

Del Ródano o del Sena, hacen, que el bajo

 

Sucio y grosero lodo, que abatido

 

En sus profundas grutas yace, alzado

 

Se mire a borbollones de las ondas

 

Sobre la superficie; así en los raros

 

Furores de un incendio, que devora

 

Y una ciudad convierte en yermo campo,

 

El hierro, el plomo, el bronce, que liquida

 

El fuego entre las llamas, van mezclados

 

Con el oro más puro, que oscurecen.

 

     De sedición en medio y motín tanto,

 

Temis tan solo, Temis resistiera,

 

Librárase del público contagio.

 

Ni sed de engrandecerse, ni temores,

 

Ni esperanzas, ni nada, de sus manos

 

Consiguiera torcer la fiel balanza.

 

Consérvase su templo inmaculado;

 

Y la simple equidad, cual fugitiva,

 

Cerca de ella un asilo va buscando,

 

     Habitaba el recinto de este templo,

 

El venerable cuerpo de un senado,

 

Azote formidable del delito,

 

De la inocencia amparo y tutor nato,

 

Que de apoyo del Rey, y de instrumento

 

De la ley, el carácter conservando,

 

Entre el Pueblo y el Príncipe marchaba

 

Con intrépido, igual y firme paso.

 

De unos Reyes benignos y accesibles,

 

En la equidad más dulce confiado,

 

A sus pies ¡cuantas veces trasladara

 

De la Francia las quejas, los agravios!

 

Era el público bien, únicamente,

 

De toda su ambición objeto caro.

 

Lo tirano, en los Príncipes no odiaba

 

Menos, que lo rebelde en el vasallo.

 

De un supremo respeto dirigido,

 

Y de un noble valor siempre inflamado,

 

En las causas del Rey y de su Pueblo,

 

Lo súbdito distingue de lo esclavo.

 

Por nuestras libertades y franquezas

 

Siempre a armarse dispuesto, en cualquier caso,

 

Conoce a Roma bien; como piadoso

 

Hónrala, y la reprime como sabio.

 

     De los torpes tiranos de la Liga

 

Una horrible cohorte, puesta al mando,

 

De aquel templo de Temis majestuoso,

 

A cercar llega el pórtico sagrado.

 

Bussi, vil gladiador, es quien la guía, 40

 

A honor tan criminal, a poder tanto,

 

Por su audaz arrogancia promovido.

 

Entra del templo augusto al santuario;

 

Y este negro torrente de palabras,

 

A la ilustre asamblea, cuyo labio

 

Del ciudadano regla la fortuna,

 

Osado le dirige: «¡Mercenarios

 

Apoyos de ese dédalo de leyes!

 

¡Plebeyos, que a la usanza del Romano

 

Os tenéis de los Reyes por tutores!

 

¡Almas en fin serviles, hombres bajos,

 

Que en la perturbación, y entre cábalas,

 

Que afligen y desolan al estado,

 

Pretendéis, que consista, y se alce fiero

 

El afrentoso honor de vuestros cargos

 

Y venales grandezas! En la guerra

 

Tímidos, y en la paz fieros tiranos,

 

Al Pueblo obedeced, en cuyo nombre,

 

Vengo ¡orgullosos jueces! a intimaros.

 

Escuchad sus edictos liberales.

 

Antes hubo sin duda ciudadanos,

 

Húbolos antes, sí, que hubo señores.

 

Fueros, que nuestros padres prodigaron,

 

O más bien les usurpó tirana fuerza,

 

Sus despojados hijos recobramos.

 

Sobrado tiempo el Pueblo por vosotros

 

Al terror fue sujeto y al engaño.

 

Cansose ya del cetro, y lo ha rompido.

 

Borrad ya para siempre ¡Magistrados!

 

De plena potestad los grandes nombres

 

Tan temidos, odiosos, y aun ingratos

 

A vuestro mismo oído; e ya del Pueblo

 

Libre y supremo a nombre, dad los fallos,

 

No la plaza del Rey, bajo ese solio

 

Manteniendo, sino la del Estado.

 

La Sorbona imitad. Sino lo hiciereis,

 

Sobre vos los rigores fulminados

 

Ver, temed, de mi enojo y mi venganza

 

     Fieles y acordes todos, contestaron

 

Con un noble silencio; a la manera,

 

Que en los muros ardiendo ya asolados

 

De la sitiada Roma, allá otro tiempo,

 

Sus graves senadores, de los años

 

Ya por el peso corvos, sin turbarse,

 

En sus curules fijos, aguardaron

 

Fieramente los galos y la muerte.

 

A espectáculo tal, tan no esperado,

 

Lleno de mayor rabia, embravecido

 

De más brutal furor, más no sin pasmo,

 

«Obedeced al punto, dice Bussi,

 

O mis pasos seguid, fieros tiranos

 

Súbito alzado Harlay, el digno jefe 41

 

De tan justo impertérrito senado,

 

Al de los Dez y seis va a presentarse,

 

Y con la misma frente y grave labio,

 

Con que a aquellos malvados damnaría,

 

Las cadenas les pide. Dél al lado,

 

De justicia otros jefes se admiraban,

 

Que de participar en el cadalso

 

Del honor del primero, ardiendo en votos,

 

Víctimas de la fe que al Rey juraron,

 

De los tiranos tienden a los hierros,

 

Sus generosas e inocentes manos.

 

     Vuelve ¡o Musa! a contarme tantos nombres,

 

A la Francia tan caros, y héroes tantos,

 

A quienes oprimió licencia infame,

 

Dígnate consagrar. El probo, el bravo

 

De Thou, con Scarrón, y sus colegas 42

 

Molé y Bayoul también, con el honrado

 

Potier, hombre el más justo y más constante,

 

Y tú ¡ilustre Longuéll! tú, joven claro,

 

En quien por abreviarte más la gloria

 

De tan bello destino, se avanzaron

 

La virtud, el espíritu, y la ciencia,

 

Al curso de los años ordinario.

 

De tan dignos ministros de justicia,

 

Todo aquel grave cuerpo, condenado,

 

Al través de un vil pueblo, que le insulta,

 

Como en público triunfo van llevando

 

Al famoso castillo y espantable, 43

 

De la venganza alcázar, do mezclados

 

Veces tantas hundir, gemir se han visto

 

La inocencia y el crimen. El anciano

 

Orden de nuestro reino, así trastornan;

 

Del Estado la paz así turbaron

 

De un golpe los rebeldes y facciosos.

 

La Sorbona cayó. Ya no hay Senado...

 

¿Más a que tal concurso y alaridos?

 

¿A qué esos instrumentos y aparatos

 

Del infame suplicio de culpables?

 

¿Quiénes son esos dignos magistrados,

 

Que manos de verdugos, a la tumba

 

Por orden precipitan de tiranos?

 

En París, las virtudes, el destino

 

De los crímenes sufren... ¡Desgraciados

 

Brissón, Lachér, Tardif, víctimas nobles! 44

 

Tan afrentosa muerte, no ha manchado

 

Vuestro honor generoso ¡Puros manes!

 

No tenéis porque de ella avergonzaros.

 

Célebres para siempre vuestros nombres,

 

Viven en la memoria. En el cadalso

 

Quien muere por su Rey, muere con gloria. 45

 

     En medio de los pérfidos alzados,

 

La Discordia, entretanto, se aplaudía

 

Del suceso feliz, que al fin lograron

 

Sus sangrientos y bárbaros designios.

 

Con aire satisfecho y sosegado,

 

Su tranquila crueldad, fiera contempla

 

De la guerra civil los crueles daños;

 

Y muy a su sabor, pasa revista

 

Sobre un muro de sangre ya inundado,

 

A los míseros pueblos, que en la Francia

 

Contra su Rey legítimo ligados;

 

Y entre sí divididos y discordes,

 

Juego vienen a ser desventurado

 

Del furor de contiendas intestinas,

 

Y en tumulto interior y riesgo extraño,

 

De su turbado suelo y mustia patria

 

La perdición fatal apresurando,

 

Por do quier no presentan más que muertos,

 

Carnicería, escombros, y fracasos.



FIN DEL CANTO CUARTO




36.      [El feróz.] De Saint-Paul soldado de fortuna, hecho mariscal por el duque de Mayenne. (Nameurs) Carlos Emanuel, duque de Nameurs, hermano uterino del duque de Mayenne. (Chatre) Uno de los Mariscales de la Liga llamados Bastardos, confirmado por Enrique en la dignidad de Mariscal de Francia. (Brisac) Se arrojó en el partido de la Liga, resentido de que Enrique hubiese dicho que no era bueno ni por mar ni por tierra. Negoció después en secreto con Enrique, y recibió de él, en premio, el bastón de Mariscal.



37.      [De Joyeuse.] Enrique, conde de Boucage, hermano segundo del duque de Joyeuse, muerto en Coutrás.



38.      (Leyes.) Todo el mundo sabe que Voltaire era sin duda tan insigne en lo indevoto, como en lo poético: por consiguiente todo literato católico apreciando justamente la belleza de sus versos, sabrá pasar por alto y mirar con indignación, cuanto note en ellos de profano y libertino. El fondo de este Poema es ortodoxo y este es el más brillante homenaje que el filósofo de Ferney pudiera tributar a nuestra sagrada religión. (N. del t.)



39.      [Dez-y-seis.] Llamados así, no por razón de su número, que pasaba de cuarenta, sino por los dez-y-seis cuarteles de París, cuyo gobierno se habían repartido entre sí.



40.      [Bussi.] Fue promovido de maestro de esgrima a procurador y de aquí a Gobernador de la Bastilla. Se titulaba en la insurrección, Gran Potestad.



41.      [Súbito.] Aquiles de Harlay, primer presidente del Parlamento.



42.      [De Thou.] Agustín, segundo del nombre, tío del célebre historiador. (Scarron) Bisabuelo del famoso poeta. (Molé) Sin duda Eduardo, consejero del Parlamento. (Bayeul) Miembro del Parlamento. (Potier) Nicolás de Novion Blancmenil, Presidente de bonete. (Longueill) Miembro del parlamento, muy joven, virtuoso, y hábil.



43.      [Al famoso.] La Bastilla, prisión destinada para los verdaderos y supuestos reos del Estado.



44.      [Brisson.] Hombre muy sabio, que hacía funciones de primer presidente a falta de Harlay. (Larcher.) Claudio, consejero de apelaciones. (Tardif.) Juan, consejero de primera instancia. Los tres fueron ahorcados, siendo de notar que al último fue a prenderle a su casa Hamilton, cura de San Cosme, seguido de otros clérigos que le servían de alguaciles.



45.      (Gloria.) M. Clement, uno de los más inexorables detractores de la Henriada, o más bien, ciegos enemigos y envidiosos de su autor, no le perdonó esta sentencia. «Una infinidad, dice, de millones de hombres, han muerto por su Rey sin gloria.» «Morir con gloria, responde M. Laharpe, significa en este pasaje morir con honor; y está recibido el decir, que los soldados mueren en el campo o lecho del honor, aunque no se pongan sus nombres en la gaceta.» El traductor añade, que la sentencia es rigurosamente justa, escribiendo como escribía el autor en un Gobierno esencialmente monárquico y con relación a una guerra contra las facciones y la anarquía. Si el Poeta escribiese en una Aristocracia, diría, sin duda, quien muere por su Senado, o Gobierno: y si en una Democracia, diría, quien muere por su Pueblo. La crítica, pues, de M. Clement, es, en todos sentidos, caprichosa y de mala fe. (N. del t.)






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