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François-Marie Arouet de Voltaire
La Henriada

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Canto quinto

Argumento

     

Apriétase vivamente a los sitiados. La Discordia excita a Jacobo Clemente a salir de

 

   París, para asesinar al Rey. Llama del profundo de los infiernos al Demonio del

 

   Fanatismo, que dirige el parricidio. Sacrificio de los ligados a los espíritus

 

   infernales. Enrique III es asesinado. Sentimientos de Enrique IV. Este es

 

   reconocido Rey por el Ejército



                              

Avanzáranse, en tanto, se aprestaran

 

Las máquinas mortales, que en su seno,

 

De los tercos rebeldes abrigaban

 

La fatal perdición; y por do quiera,

 

Volando el hierro y fuego, que arrojaran

 

Por bocas cien de bronce, con estruendo

 

Sus murallas batían y aterraban.

 

     Ni de los Dez y seis sañosas iras,

 

Ni la sagaz prudencia, que inspiraba

 

Al astuto Mayenne, ni de un Pueblo

 

Con insolencia alzado la arrogancia,

 

Ni de escándalo llenos los discursos,

 

Que de la ley Doctores divulgaran,

 

Otros contra Borbón débiles menos

 

Menos vanos auxilios ministraban.

 

A agigantados pasos la victoria

 

Del Héroe por las huellas se avanzaba.

 

Sixto, Felipe, y Roma, por su parte,

 

Hórridos anatemas fulminaran:

 

Roma, empero, por fin, dichosamente,

 

De ser terrible al mundo ya dejara.

 

Ya impotentes sus rayos, en el aire

 

Con la razón chocando, se exhalaban.

 

Por otro lado, a un tiempo, la indolencia,

 

La pesadez maligna y ordinaria

 

Del vicio castellano, a los sitiados,

 

Un urgente socorro retardaba.

 

Errantes sus soldados por el Reino,

 

Sus ciudades, en tanto, desolaban,

 

Sin que a París jamás socorro dieran.

 

El pérfido político esperaba,

 

Que ya exhausto el Ligado, una conquista

 

A su brazo ofreciese poco cara.

 

El peligroso apoyo, el lazo astuto

 

De su falsa amistad, le preparaba

 

En vez de un aliado un señor fiero,

 

Cuando de un furibundo empresa infanda,

 

Cambiar con mano aleve parecía

 

La suerte por un tiempo de la Francia.

 

¡Tranquilos habitantes, que los muros

 

De la ilustre París hoy circunvalan!

 

Vosotros, que del Cielo merecisteis

 

A la predilección, la insigne gracia

 

De nacer en más prósperas edades,

 

De perdonarme habréis, si aquí empeñada,

 

Renovase mi pluma a la memoria,

 

La historia criminal, do negras llanas

 

Ocupan vuestros padres seducidos.

 

De sus atrocidades feas manchas

 

Sobre vos no recaen, no os denigran.

 

Todas las cubre al fin, todas las lava

 

Vuestro leal amor a vuestros Reyes.

 

     Procreado ha la Iglesia, en eras varias,

 

Solitarios varones, que reunidos

 

Bajo severas reglas, se miraban

 

Cual en todo distintos y arredrados

 

Del resto de los hombres, y en las aras

 

Votos solemnizando rigurosos,

 

Al servicio de Dios se consagraran.

 

Unos en soledades se sumían,

 

Gozando de la paz profunda calma.

 

En su ascética vida inaccesibles

 

A atractivos del mundo y pompas vanas,

 

Celosos de un reposo dulce y blando

 

Que robarles no pueden, de la humana

 

Mundanal sociedad, que bien pudieran

 

Útilmente servir, huyen las cargas.

 

De ellos, otros no pocos, sus funciones

 

Haciendo de más pública importancia,

 

De la Iglesia a las cátedras subiendo,

 

No poco la sirvieran e ilustraran:

 

Pero bien prontamente, por desdicha,

 

Embriagados e ilusos con el aura

 

Que sus talentos captan lisonjeros,

 

En el siglo esparcidos, sus profanas

 

Costumbres adquiriendo, no ignoraron

 

De una sorda ambición arteras ansias,

 

Y ya de sus intrigas y manejos

 

Más de un país a veces se quejara.

 

Así entre los mortales, el abuso

 

Del más perfecto bien, en desgraciada

 

Fatal fuente del mal llega a tornarle.

 

     Los que la vida y regla profesaran

 

De Domingo en España, largo tiempo

 

Viéranla florecer, y de la plaza

 

Más obscura de empleos harto humildes,

 

A los regios palacios de monarcas

 

Remontada bien presto la miraron.

 

No con menos fervor, si limitada

 

A influencia menor y poderío,

 

Prosperó con respeto en nuestra Patria,

 

Asaz bien de los Reyes protegida

 

Apacible, y al fin afortunada,

 

Si en su materno seno, por ventura,

 

Nunca al traidor Clemente cobijara. 46

 

     Desde edad juvenil, llevado había

 

Al retiro, Clemente, en que habitaba,

 

Los tétricos accesos y fiereza

 

De una virtud selvaje y arriesgada.

 

Feble, y crédulo simple, lleno siempre

 

De devoción frenética e insensata,

 

Su espíritu sombrío, rudo y triste,

 

De la facción rebelde y desbordada

 

El torrente seguía. Sobre joven

 

Vertiendo tan insano, en abundancia,

 

La funesta Discordia el cruel veneno

 

De su boca infernal, tanto le exalta,

 

Que al pié de los altares prosternado,

 

Con criminales votos y plegarias,

 

Cada día más túrbido y ferviente,

 

Los Cielos importuno fatigaba;

 

Y aunque cubierto, dicen, y manchado

 

De polvo y de ceniza, a Dios orara

 

Un día en esta horrible impía forma.

 

     «¡Dios, que a tu Iglesia vengas, y las tramas

 

De opresores castigas y tiranos!

 

¿Habrá de verse siempre, que abismada

 

De tus hijos la raza así consientas,

 

Y de un Rey que te insulta, que te ultraja,

 

La sacrílega mano armando impura,

 

El perjurio bendigas por su causa,

 

Y el bárbaro homicidio favorezcas?

 

Con dureza ¡Gran Dios! desmesurada,

 

Los rigores nos prueban de tu azote.

 

Harto ya nos afligen y maltratan.

 

Contra tus enemigos levantarte

 

Dígnate ya Señor. Suspende, aparta

 

De nosotros la muerte y la miseria.

 

Líbranos de ese Rey, sobre la Francia

 

En tu montada cólera arrojado,

 

Y del airado Cielo el furor calma.

 

Ven, Señor: y ante ti marchando venga

 

Del Exterminador la horrenda espada.

 

Ten clemencia ¡mi Dios! Llega: desciende:

 

Ármate, y tus centellas inflamadas,

 

A nuestra vista hieran, quemen, hundan

 

Su sacrílega hueste. Ambos monarcas,

 

Sus jefes y soldados, expirando,

 

Caigan cual hojas leves dispersadas

 

A discreción del viento; y los valientes

 

Católicos, que lidian por tu causa,

 

Salvos de tu justicia y tu clemencia

 

Por el poder inmenso y virtud santa,

 

De ese ejército infiel sobre los mismos

 

Cadáveres sangrientos, de alabanza

 

Eucarísticos himnos te enderecen

 

     Cruzando por los aires, escuchaba

 

Estos impíos ecos, la Discordia.

 

Recógelos al punto: entre ellos baja

 

Del Tártaro a los lóbregos imperios,

 

De donde la maléfica no tarda

 

En tornar, conduciendo de ellos todos

 

Al más cruel azote y atroz plaga.

 

Llega ya: Fanatismo, horrible nombre,

 

El tirano diabólico se llama.

 

Hijo desnaturado de la misma

 

Religión apacible dulce y mansa,

 

Armado de ella en pro, su ruina intenta,

 

Y en su piadoso seno ya lograda

 

Una incauta acogida, al mismo tiempo

 

Que en sus brazos la estrecha, la desgarra.

 

     El fue, quien en Rabá, sobre los bordes

 

Condujo del Arnón, feroz guiaba

 

Del desgraciado Ammón los descendientes

 

Cuando a su Dios Moloc, toda bañada

 

En lágrimas la madre, del hijuelo

 

Palpitando ofrecía las entrañas.

 

El de Jephté dictando el duro voto,

 

Inhumano llevó la fiera daga

 

De su hija al corazón. Él mismo ha sido

 

Quien en Aulida abriendo del cruel Calcas

 

La despiedada boca, por su acento

 

De Ifigenia la muerte audaz reclama.

 

Él, allá en lo sombrío de tus selvas,

 

Habitó largo tiempo ¡o antigua Galia!

 

De tus patrios aromas ha incensado

 

De Teutatés la horrible Deidad vana.

 

quizá, todavía, no olvidaste

 

Los sacros homicidios que en las aras

 

De tus indignos Dioses, frecuentaron

 

Los sanguinarios Druidas. En voz alta,

 

Del Capitolio augusto allá en la cumbre,

 

Herid, a los Gentiles les gritaba,

 

Desgarrad y acabad a esos Cristianos.

 

Más luego que abjurando las paganas,

 

Y del Hijo de Dios la ley siguiendo,

 

De Roma la cerviz le fue postrada,

 

Del Capitolio hundido ya en cenizas,

 

A la triunfante Iglesia veloz pasa,

 

Y su furor frenético inspirando

 

En las devotas almas que infectara,

 

Sus índoles, de mártires piadosas

 

Cambia en perseguidoras y tiranas.

 

La secta turbulenta formó en Londres, 47

 

Que sobre un Rey imbécil mano armada

 

Ensangrentar osó; y allá en Lisboa,

 

No menos que en Madrid, fiero atizaba 48

 

Los solemnes braseros, do anualmente

 

Sacerdotes serenos arrojaran

 

En magnífica pompa a los hebreos,

 

En quienes la firmeza castigaban

 

De no querer jamás de sus mayores

 

El culto renegar y fe heredada.

 

     En sus disfraces, de ornamentos sacros

 

De ministros del cielo se adornaba,

 

Revestíase siempre: pero adopta

 

Del Infierno, esta vez, en la morada

 

De una noche eternal, la forma nueva

 

Que a su nuevo delito acomodaba.

 

La Audacia y Artificio, los disfraces

 

Con oportuno amaño le preparan.

 

De Guisa, con el talle, toman luego

 

Los rasgos, que a aquel héroe más marcaban;

 

De aquel soberbio Guisa, en quien se viera

 

Del Estado al tirano, y al monarca

 

De su propio Señor, que en todos tiempos,

 

Y aun después de su muerte desastrada,

 

Poderoso y terrible, de la guerra

 

A los horrores todos y desgracias

 

Nuestra Francia inducía, y de los suyos

 

A ambiciosas empresas arrastraba.

 

De un casco espantador arman su frente,

 

Y empuñan en su mano lucia espada

 

Siempre a la muerte pronta. En su costado

 

Las mortales heridas también graban,

 

Con que a aquel jefe un día de facciosos

 

En la ciudad blesense asesinaran;

 

Y por tales heridas de la sangre,

 

Que corría abundosa, la voz agria,

 

Acusar a Valois aún parecía,

 

Y reclamar sobre él cruda venganza.

 

     Tal el lúgubre fue ficto aparato,

 

Con que entre la amapola, que derrama

 

El dulce y blando sueño, y en el fondo

 

Del lóbrego retiro de su estancia,

 

Vino aquel disfrazado horrible espectro

 

A traer a Clemente su embajada.

 

De la fe religiosa el celo falso,

 

Que una encendida cólera inflamaba,

 

Con la Superstición, su fiel amiga,

 

Y la inquieta y maléfica Cábala,

 

Unidos en su guarda de continuo

 

A Clemente asistían de su estancia

 

Velándole al cancel, por el que al punto

 

Al feroz Fanatismo dan entrada.

 

Llega; y con voz altiva y majestuosa,

 

«Dios tus votos acepta y tu demanda:

 

¿Pero acaso, le dice, ni otro culto,

 

Ni otro incienso al Señor tu fe consagra,

 

Que un voto estéril y un perpetuo llanto?

 

Otras ofrendas más, son necesarias

 

Al Dios que nuestra Liga ampara y sirve.

 

Él exige de ti, de ti demanda

 

Lo mismo que le pides. Si allá un tiempo,

 

Para salvar Judith su nación cara,

 

Lágrimas solo a Dios, solo clamores

 

Consagrado le hubiera, si alarmada

 

Por el mal de su pueblo, por sus días

 

Temblado a un tiempo hubiese, las murallas

 

Abatir de Betulia Judith viera.

 

He aquí, he aquí, Clemente, las hazañas,

 

Las sagradas empresas cuyo ejemplo,

 

Cuyo digno valor y ofrenda grata

 

Debrías imitar... más ya, ya miro

 

Que te avergüenzas, si, de la tardanza.

 

Vuela, pues; y tu mano, con la sangre

 

Salvando del Ungido nuestra Patria,

 

Vengue Roma, París, a mí, y al mundo.

 

Por un asesinato vio segada

 

Mi vida ese Valois. Vengada quede

 

Por otro golpe igual su aleve saña.

 

De asesino el vil nombre no te espante.

 

En ti será, Clemente, virtud clara,

 

Lo que en Valois fue crimen. A quien venga

 

La Iglesia, todo es justo. Entonces nada

 

De malo tiene y cruel el homicidio.

 

El Cielo lo autoriza ¡qué! lo manda.

 

Él por mi voz te intima, que tu brazo

 

Para dar ha elegido en su venganza

 

Pronta muerte a Valois ¡Cuánta, Jacobo,

 

Cuánta tu dicha fuera, tu honra cuanta,

 

Si en seguida o de un golpe al mismo tiempo,

 

Al tirano pudieses de la Francia

 

El Navarro juntar; si de ambos Reyes

 

Tu Religión y Patria viendo salvas,

 

Te pudiesen!... más no, no son llegados

 

Esos tiempos aún. Vida más larga

 

Disfrutar debe Enrique. El Dios, que impío,

 

Que insolente persigue, reservada

 

Al brazo de otro tiene tanta gloria.

 

Tú, de este Dios celoso, que en mí te habla,

 

El gran designio cumple, y dél recibe

 

El don que por mi mano te regala

 

     Al decir esto, ostenta y vibrar hace

 

Una daga brillante aquel fantasma,

 

Que del Averno en aguas por el odio

 

Fuera al intento bárbaro templada.

 

Y el don fatal poniendo de Clemente

 

En la mano feroz, súbito escapa;

 

Y en la infernal morada se rehunde.

 

     Del solitario joven deslumbrada

 

La gran facilidad, depositario

 

De intereses del Cielo se juzgaba.

 

Besa el fatal presente con respeto.

 

De rodillas hincado, sus plegarias

 

Del Todo-poderoso el brazo imploran,

 

Y del terrible monstruo que le hablara,

 

Guiado del furor, con aire y tono

 

De santificación, se preparaba

 

Al pérfido y horrendo regicidio.

 

     ¡A cuanto error sujeto e ilusión vana

 

Está del hombre el ánimo! Clemente,

 

En horas y ocasión tan desdichadas,

 

De la paz disfrutaba más dichosa.

 

A su espíritu iluso confortaba

 

Aquella confianza leda y dulce,

 

Que de los hombres justos en el alma,

 

Afirman el candor y la inocencia.

 

Místicamente grave el furor marcha

 

Del devoto traidor, bajos los ojos.

 

Su sacrílego voto al Cielo alzaba.

 

Su sosegada frente, marcas ciñen

 

De una austera virtud, y la vil daga

 

Del parricida atroz cubre el cilicio.

 

Seguros sus amigos de tan alta

 

Tan celestial empresa, con mil flores,

 

Que su celo fanático derrama

 

Bajo sus pies, de aromas perfumando

 

El camino cubriendo por do pasa,

 

A las puertas le guían, llenos todos

 

De la veneración más pía y santa.

 

Sus designios bendicen: le reaniman:

 

Instrúyenle, y por fin, su nombre exaltan

 

Al número de tantos, como Roma

 

En sus perpetuos fastos consagrara.

 

De Francia el vengador, en altas voces,

 

Con furioso entusiasmo le proclaman;

 

Y ya con incensarios en las manos,

 

A invocarle propicio se adelantan.

 

No transportados tanto ni fervientes,

 

De la muerte solícitos con ansia,

 

Los primeros cristianos, que de apoyo

 

De la fe de sus padres se gloriaban,

 

Allá en más simples tiempos sus hermanos

 

Con placer al martirio acompañaran,

 

Y de fin codiciando tan felice

 

Las celestes dulzuras, de sus plantas

 

Las venerables huellas tiernamente

 

Con mil devotas lágrimas besaban.

 

El iluso, el fanático más ciego,

 

Ostentar, brillar hizo, veces varias,

 

Un carácter igual al del cristiano

 

Más cándido y sincero. De igual gracia,

 

De igual valor entrambos pruebas dieron.

 

Tiene el error sus mártires, sus palmas.

 

Sus héroes tiene el crimen, y sus glorias.

 

¡Cuán vanos de los hombres, en las causas

 

Del falso y veraz celo, son los fallos!

 

A los más grandes hombres se equiparan

 

Muchas veces los más facinerosos.

 

     Cual zahorí Mayenne, que las tramas

 

Descubría más hondas, de la Liga

 

El maquinado golpe no ignoraba;

 

Ignorarlo, no obstante, astuto finge.

 

Su sagaz artificio, que con maña,

 

Del crimen horroroso asir el fruto,

 

Más sin comprometerse meditara,

 

Cauteloso procede, y con misterio,

 

Deja a los más facciosos, que en el alma

 

Del joven furibundo aliento inspiren.

 

     Mientras que de la Liga una vil banda,

 

Al traidor regicida, hasta las puertas

 

De París conduciendo, fomentaba,

 

Los Dez y seis, a un tiempo deslumbrados,

 

Con sacrílego esfuerzo proyectaran,

 

De la empresa fatal sobre el suceso

 

La suerte consultar ¡vana observancia!

 

Curiosa allá en su tiempo Catalina,

 

Audazmente buscó la ciencia insana

 

De arcanos tan odiosos. Cavilosa,

 

Aprendiera a sabor, y profundara

 

Un arte tan ridículo y sombrío,

 

Tan sobrenatural, y veces tantas,

 

Tan quimérico, y siempre delincuente.

 

Todo siguió su ejemplo, y desvariada

 

La imbécil muchedumbre, de los vicios

 

De las cortes secuaz ciega y esclava,

 

Por lo maravilloso loca siempre,

 

Y de la novedad siempre encantada,

 

A tan torpes pueriles impiedades,

 

De tropel neciamente se librara. 49

 

     Entre lóbregas sombras de la noche,

 

Bajo una oscura bóveda, llevaba

 

De la mano el Silencio enderezando

 

A la Asamblea estólida en su marcha.

 

Allá al pálido y lúgubre reflejo

 

De una mágica antorcha, una vil ara

 

Sobre fúnebre tumba se erigiera,

 

Do con hondo rencor de ambos monarcas

 

Los majestuosos bustos colocaron,

 

De su terror objetos y su saña.

 

Su sacrílega mano, al mismo tiempo,

 

Sobre el sórdido altar mezclar osara,

 

A mil hórridos nombres infernales

 

El sacro del Eterno, y ordenadas

 

Sobre aquellas paredes tenebrosas,

 

Pusiéranse también funestas lanzas,

 

Cuyas agudas puntas remojaron

 

De sangre en negros vasos; circunstancia

 

Del sortilegio horrible amenazante.

 

De este templo ministro se ostentaba

 

Uno de esos hebreos, que proscritos

 

Sobre la tierra ya, sin Rey ni Patria,

 

Ciudadanos del Orbe, de unos mares

 

A los otros errantes, transportaran

 

Su profunda miseria por el Mundo,

 

Y de un cúmulo antiguo de cábalas

 

Y de supersticiones harto impías,

 

Ya tiempo largo había, que infestaban,

 

Del Universo henchían las naciones.

 

     De tan vil sacerdote colocada

 

En contorno, y ardiendo en fieras iras,

 

La junta de Ligados insensata,

 

Con destemplados gestos y clamores

 

El torpe sacrificio comenzara.

 

Su regicida brazo en sangre tiñen,

 

Y a herir, sobre el altar, de Valois saltan

 

Veloces y furiosos el costado.

 

Si con mayor temor, aún con más rabia,

 

Derriban a sus pies de Enrique el busto;

 

Creyendo, que a sus furias fiel, volara

 

A transmitir la muerte a los dos Reyes,

 

La herida de su afrenta y de su lanza.

 

     Junta, en tanto, el hebreo a preces pías

 

De la Iglesia, sacrílegas plegarias,

 

Y entre la imprecación y la blasfemia,

 

Invoca de consuno, con insania,

 

El Infierno, los Cielos, Dios, sus Santos,

 

Los inmundos Espíritus, que vagan

 

Y el Universo turban, de las nubes

 

El rayo, y del Averno al fin las llamas.

 

     Tal en Gelboé fue un día el sacrificio

 

Que a infernales Deidades dedicara

 

La ilusa y furibunda Pitonisa

 

De rapto en el momento, en que evocaba

 

Delante un Rey feroz, el simulacro

 

De Samuel espantoso. Así tronara

 

De Samaria un tiempo en las alturas,

 

De Judá contra el pueblo, voz profana

 

De los falsos profetas. De igual modo,

 

Del inflexible Ateyo dura saña,

 

Allá en Roma, y a nombre de sus Dioses,

 

Maldiciones de Craso echó a las armas.

 

A mágicos acentos del judío,

 

Alcanzar temerarios esperaban

 

Los Dez y seis, del Cielo la respuesta.

 

Por tal medio forzarle maquinaran,

 

A que ya de su suerte el velo alzase.

 

Para castigo el Cielo de su audacia,

 

Escucharles queriendo, de natura

 

El orden y las leyes cesar manda;

 

Y de aquellas profundas mudas cuevas

 

Un lúgubre murmullo se levanta.

 

Redoblados relámpagos, del seno

 

De noche profundísima abortaran

 

Día horrible y fugaz, que por momentos

 

Trémulo renacía y expiraba.

 

En medio de aquel fuego, y de una llama

 

De deslumbrante gloria, se aparece

 

A sus ojos Enrique, de la ufana

 

Victoria sobre un carro. Su serena

 

Noble frente laureles coronaban,

 

Y el cetro de los Reyes en su mano

 

Majestuosa, magnífico brillaba.

 

Parten de un trueno súbito centellas,

 

Que el aire encienden, el altar abrasan,

 

Y envuelto entre mil llamas, cae y se hunde

 

De la tierra en el seno. Tiemblan, pasman

 

Los Dez y seis, absortos y perdidos.

 

Del hebreo de horror se abisma el alma,

 

Y a esconder huyen todos en tinieblas,

 

El crimen y terror, que les acaba.

 

     Aquel trueno, aquel ruido, y aquel fuego,

 

Con espanto la pérdida anunciaban

 

De Valois, infalible. Dios, sus días

 

Del alto de su trono ya contara.

 

Lejos dél retirando sus auxilios,

 

Impaciente la muerte, ya esperaba

 

Su destinada víctima; y el Cielo,

 

Por perder a Valois, y en su venganza,

 

Justiciero permite un alto crimen.

 

Clemente, sin pavor, a su Real marcha:

 

Llega a su pabellón: pide su audiencia,

 

Y entre tanto, el hipócrita propala,

 

Que a aquel lugar por Dios es conducido,

 

Donde de la diadema soberana

 

A restaurar venia sacros fueros,

 

Y a revelar arcanos, que importaban

 

Altamente a su Rey. Por largo espacio

 

Se vacila; le observan; se le indaga;

 

Un funesto misterio se recela

 

Bajo su hábito oculto. Sin alarma,

 

Severo examen sufre. Satisface

 

Con simple calma a todo; finge; engaña;

 

Cada cual la verdad ve en sus discursos,

 

Y a los ojos del Rey, al fin, su guardia

 

Llega ya sin recelo a presentarle.

 

     Al devoto traidor, no sobresalta

 

De regia majestad la faz augusta.

 

A sus pies su rodilla prosternada,

 

Con tranquilo y humilde continente,

 

El punto de su golpe atento marca;

 

Y la diestra mentira, que su labio

 

Para empresa tan pérfida ensayara,

 

Esta insidiosa arenga en aquel trance

 

A Clemente dictó. «Sufrid, así habla,

 

¡O Gran Rey! que mi voz tímida y débil,

 

Al poderoso Dios de las batallas,

 

Por quien los Reyes reinan, se enderece.

 

Permitid, que ante todo, aquí humillada

 

Le ensalce el alma mía por los dones,

 

De que a colmaros va la mano grata

 

De su excelsa justicia. De enemigos

 

Entre el número inmenso, que se alzara

 

Contra vos, generosos y constantes,

 

Impávidos, Señor, fe grande os guardan

 

El virtuoso Potier, con quien ligado

 

El prudente Villroá se conformaba, 50

 

Y Harley, el gran Harley, de cuyo celo

 

La ardiente intrepidez, la virtud rara,

 

Fue siempre al pueblo infiel tan formidable.

 

Todos, del fondo oscuro, en que moraban

 

De su estrecha prisión entre cadenas,

 

Los ánimos reúnen: juntan, calman

 

Todos vuestros vasallos, y confunden

 

Los de la Liga todos. Miras sabias

 

De aquel Dios, que, tal vez por humil mano

 

Llevar se digna al fin empresas altas,

 

Desdeñando entendidos y potentes,

 

Hasta el virtuoso Harley guió mi planta;

 

Y de sus luces lleno, y por un labio

 

Instruido tan fiel, del celo en alas,

 

En busca de mi Rey volando llego

 

A entregaros, Señor, aquesta carta,

 

Que el presidente Harley a mi leal mano,

 

Poco ha para vos de fiar acaba

 

     A recibirla incauto se apresura

 

El infeliz Valois, quien por mudanza

 

Tan rápida, los cielos bendecía.

 

«¿Cuando podré, le dice, ley, fe tanta

 

Recompensar, pagar tu buen servicio

 

De mi justicia a gusto?» A estas palabras,

 

Los brazos le tendía, en cuyo instante,

 

Su asesino puñal el monstruo arranca,

 

Y descargando el golpe, en el costado

 

Con repentina furia se lo clava.

 

Sangre arroya; se asombran: corren: gritan:

 

Mil brazos en un punto se levantan

 

A castigar del Rey el alevoso,

 

Quien, sin bajar los ojos, los miraba,

 

A todos con desden. Del regicidio

 

Vanaglorioso, y quito con su patria,

 

De rodillas la muerte aguarda en premio;

 

Y en la fiel y tranquila seguranza

 

De ser de Roma y Francia un santo apoyo,

 

Las puertas del Empíreo ver ya francas

 

Para acogerle en triunfo, se imagina.

 

Del martirio a su Dios la ilustre palma

 

Pidiéndole, al caer, los mismos golpes

 

De que expira, bendice como gracias.

 

¡Terrible ceguedad, ilusión fiera,

 

Digna a un tiempo de lástima y de saña!

 

De la muerte del Rey menos culpable

 

Que la turba, tal vez, desaforada

 

De los sacros Doctores, que enemigos

 

Tan viles cuanto aleves del monarca,

 

Por su labio, de máximas funestas

 

La ponzoña vertiendo sobre el alma

 

De un iracundo joven solitario,

 

Dejó su mente débil extraviada.

 

     Ya al infeliz Valois su final hora

 

La mortífera herida le cercaba.

 

Ya anublados sus ojos, solamente

 

De luz un débil resto divisaban.

 

De aflicción con suspiros y lamentos,

 

Sus cortesanos todos le cercaran;

 

Y aunque en secreto allá por sus designios,

 

Discordes entre sí, se concertaban

 

En el lúgubre tono de su llanto;

 

Y todos, a una voz, ayes exhalan

 

De dolor, ora falso, ora sincero.

 

Aquí el uno, a quien dulces esperanzas

 

De la pronta mejora de destino,

 

Que un nuevo orden le ofrece, lisonjeaba,

 

Débilmente en su pecho se afligía

 

Del peligro mortal de su monarca.

 

Y allí el otro, que embarga un servil miedo

 

De arriesgar su interés, solo lloraba

 

En lugar del monarca, su fortuna.

 

Entre el rumor confuso de afectadas

 

O ingenuas erupciones de tal duelo,

 

¡Vos, Enrique! lloráis; lágrimas sanas

 

Vertéis del corazón. Vuestro enemigo

 

Fuera un tiempo, es verdad; más ¿que importaba?

 

Sensibles corazones, como el vuestro,

 

En tan horribles puntos de desgracia,

 

Fácilmente se afectan y enternecen.

 

No de antiguos agravios se acordaba,

 

Sino de su amistad el gran Enrique:

 

Del Héroe generoso las ventajas

 

En balde con su lástima allí luchan;

 

Y que un diadema el Rey le traspasaba

 

Por su muerte, a sí mismo se escondía.

 

     Por un final esfuerzo, una mirada

 

De sus lánguidos ya pesados ojos,

 

Que la muerte a cerrar se apresuraba,

 

Tiende Valois y clava sobre Enrique;

 

Y con trémula mano, cuasi helada,

 

La del Héroe tocando victoriosa,

 

«Contén lágrimas, dice, pena tanta.

 

El Universo, amigo, habrá, indignado,

 

De lamentar la muerte a tu Rey dada.

 

Tú, combate, ¡Borbón! Véngame, y reina.

 

Yo muero ¡caro hermano! Entre borrascas,

 

Sentado ya te dejo sobre escollo,

 

Que cubierto, aunque altivo, todo se halla

 

De mis tristes despojos y naufragios.

 

Ya te espera mi trono. Herencia es clara

 

De tu sangre, Borbón. Manos le gocen,

 

Que defendido le han. Nunca olvidada

 

Dejarás la verdad, de que le cerca

 

En todo tiempo el rayo. Cuando se alzan

 

Al trono tus virtudes, a Dios teme,

 

Que es quien al trono, Enrique, te levanta;

 

Y del culpable dogma, que aún profesas,

 

Desengañado, al fin, puedan sus aras

 

Restablecer tus manos y su culto.

 

A Dios. Reina felice; y de tu guardia

 

Ángel más poderoso salvar quiera,

 

Tus días de otra vil aleve daga.

 

De la Liga conoces la cruel furia;

 

Ella el rayo, que a mí de herirme acaba,

 

Odiosa a nuestro nombre, que algún día

 

Hasta ti vuele eléctrico, prepara.

 

Quizá, Enrique, y no tarde, alguna mano

 

Más injusta, más bárbara, e inhumana...

 

Virtud tan singular ¡O justo Cielo!

 

Perdonad, permitid...» A estas palabras,

 

Sobre su fría frente inexorable

 

Cae, y su suerte ya fija la Parca.

 

     De su muerte al estruendo, París todo,

 

A transportes odiosos se entregara,

 

De un delincuente júbilo embriagado.

 

Mil gritos de victoria al aire lanza.

 

Cesaron los trabajos. De los templos

 

Las puertas por do quier se observan francas.

 

Habitantes estólidos, sus frentes

 

De floridas guirnaldas coronadas,

 

Al regicidio infame aniversarios

 

Perpetuos y magníficos consagran.

 

Borbón, no es ya a sus ojos más que un Héroe

 

Sin apoyo y poder, por quien estaban

 

Su ardor solo y su gloria; más ¿podría

 

Resistir a la Liga ya afirmada,

 

De la Iglesia al enojo, y sus funestos

 

Y tremebundos rayos, de la España

 

Al enemigo auxilio formidable,

 

Y en fin, del Nuevo-mundo a esa su plata

 

De mayor poderío y de más fuerza?

 

Ya guerreros no pocos, que abrigaban

 

Una infausta política en su pecho,

 

Más malos ciudadanos, por desgracia,

 

Que celosos católicos, tapando

 

De escrúpulos con velo sus privadas

 

Ambiciosas hipócritas intrigas,

 

De Enrique el campo dejan, y separan

 

Del pendón de Calvino sus banderas:

 

Pero inflamando al resto más honrada

 

Conciencia y fiel valor, su celo dobla

 

De sus reyes la justa y noble causa.

 

Estos a prueba amigos, estos fuertes

 

Generosos guerreros, que guiara

 

Ya de muy largo tiempo la Victoria,

 

Del imperio francés, que vacilaba,

 

Al legítimo dueño reconocen,

 

Y el campo todo unido, que probara

 

La dignidad de Enrique para el cetro,

 

De Francia, en alta voz, Rey le proclama.

 

Los Civrís y De Aumonts, bravos caudillos,

 

Leales caballeros, que acompañan

 

Los grandes Montmorencis, los Crillones,

 

Y los Saussis, su fe le dan sagrada

 

De seguirle del uno al otro polo.

 

Para el campo más bien que para el aula

 

Formados sus espíritus, constantes,

 

A su Dios y su Príncipe fe guardan,

 

Y al hablar el honor, tras él corrían.

 

     «Mis amigos, Borbón así les habla,

 

Vos, los varones sois, cuya fiel mano,

 

De héroes cien de mi sangre, a mi sien ata

 

La heredada corona. Eso de Pares,

 

Esa celeste Ampolla, y esa sacra

 

Regia inauguración, pompas del trono,

 

No los derechos son. Sobre una adarga

 

Vuestros reyes se vieron primitivos,

 

De vuestros nobles padres la fe santa

 

Recibir de los pleitos homenajes.

 

De la Victoria el campo, sea el ara,

 

Do vuestras justas y triunfantes manos,

 

A las naciones den dignos monarcas

 

     Esto dijo: y bien presto se apresura

 

El trono a merecer, y fe jurada

 

Por tan bravos e ilustres campeones,

 

A su frente marchando a las batallas.



FIN DEL CANTO QUINTO




46.      [Nunca.] Jacobo Clemente, fraile Dominico, natural de Sorbona, cerca de Sens, de edad de veinte y cuatro años y medio, recién ordenado de presbítero.



47.      [La secta.] De los Entusiastas, llamados independientes, que tuvieron la mayor parte en la muerte de Carlos I. de Inglaterra.



48.      (Atizaba.) El editor ha creído conveniente suprimir aquí la nota del traductor por cuanto en ella se limitaba a defender el tribunal de la Inquisición. (N. del e.)



49.      [De tropel.] Un solo sacerdote llamado Sechelles, quemado en Ginebra por hechicero, declaró mil y quinientos de estos pretendidos cómplices.



50.      [El Prudente.] Villerois, antiguo secretario de estado de Enrique III.






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