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Sacro
y antiguo fuero es en la Francia,
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Que siempre que la muerte sobre
el trono
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Inexorable extienda su guadaña,
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Y
de la augusta sangre de sus Reyes,
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Tan preciosa a los pueblos y tan
cara,
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En su postrer canal llegue a
mirarse
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Agotada la fuente, en sus
ancianas
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Primitivas franquezas y derechos
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La Nación quede al punto
reintegrada,
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Pueda
un jefe elegir, mudar sus leyes.
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Órganos
los estados de la patria,
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Nombran
entonces Rey, y libre dejan
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Tal vez su potestad o limitada.
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Así
de nuestros padres, allá un día,
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Soberanos decretos, a la plaza
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De Carlomagno regia, remontaron
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De
los Capetos la reinante rama.
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En su ciego delirio la audaz
Liga,
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Inquieta osó llamar y temeraria,
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De
estos patrios estados a congreso,
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Derechos entendiendo que
alcanzara,
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Por un abominable asesinato,
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De elegirse su Rey, variar su
raza,
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Y el Estado cambiar. De esta
manera,
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Excluir
a Borbón más bien pensaba
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De un trono imaginario al fuerte
abrigo,
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Y
entretener mejor así engañada
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La estolidez del vulgo.
Presumía,
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Que
los designios todos de sus tramas
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Conciliaría
un Rey, y que sus fueros
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Una sanción más sólida lograran
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Bajo tan sacro nombre, siendo
mucho,
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Por
más que injusta fuera y tumultaria,
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Que de un Rey la elección hecha
quedase;
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Pues fuese al fin quien fuese,
suspiraba
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Por
un dueño el Francés, y un Rey quería.
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Del famoso congreso a la asonada,
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Con estrépito acuden velozmente
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Todos
aquellos jefes, que obstinara
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Y un loco y fiero orgullo
conducía.
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Los
Nemours y Lorenas, de la España
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Con el embajador, de Roma el
nuncio,
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Y un furibundo clero, al Louvre
marchan,
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Con su nueva elección, de
nuestros reyes
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Los manes a insultar. El lujo,
infausta
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Producción
de las públicas miserias,
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La asamblea tiránica prepara
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Con ruidoso esplendor. No
aparecían
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Allí los grandes príncipes. No
estaban
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Los
señores en ella más notables,
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Que
del sublime estado y sangre clara
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De
nuestros rancios pares, majestuosos
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Potentes sucesores, del monarca
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Sentados
a la par y en otros tiempos
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Del Reino natos jueces, de tan
alta
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Dignidad y poder, ya caducado,
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Aun
rastros y reliquias blasonaban.
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De nuestros respetables
parlamentos
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Los sabios diputados allí
faltan,
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Que
nuestras ya harto febles Libertades,
|
|
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Con valor defendiesen y
constancia.
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|
De
las Lises allí ya el aparato,
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La insignia no se ve tan
ordinaria.
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De un extranjero fausto todo
absorto
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Se mira al Louvre ya. De honor
preparan
|
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|
Al legado de Roma cierta silla.
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Cerca dél a Mayenne se levanta
|
|
|
Magnífico dosel. Bajo él, con
pasmo,
|
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|
Grabadas lee el concurso estas
palabras.
|
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|
«Príncipes
que juzgáis sobre la tierra,
|
|
|
Cuya culpable mano, con audacia
|
|
|
Emprendiéndolo todo, nada
ahorra,
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|
|
De
Valois en la muerte desastrada
|
|
|
A reinar aprended a lo
adelante.»
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|
Ya se juntan al fin; ya
entre cábalas
|
|
|
Con infernales gritos, bandos
varios,
|
|
|
Retumbar del congreso hacen la
estancia:
|
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|
Ya del error la venda ciega a
todos;
|
|
|
Y ya cierto ambicioso, de las
gracias
|
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|
De Roma esclavo vil, a su legado
|
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|
Lisonjas dirigiéndole, declama;
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Que
llegado era el tiempo, en que las lises
|
|
|
Rastrasen con terror bajo la
tiara.
|
|
|
Que
en París al instante se erigiese
|
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|
El tribunal sangriento, cuya
planta,
|
|
|
Invención era digna y monumento
|
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|
Del poder monacal; que allá
aceptara
|
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|
El Español, y él mismo ya
detesta;
|
|
|
Que
las aras vengando, las ultraja;
|
|
|
Que
de sangre cubierto, y circundado
|
|
|
De
tormentos, de afrentas y de llamas,
|
|
|
Quema, infama y degüella a los
mortales 51
|
|
|
Con
los sagrados filos de su espada;
|
|
|
Como si aún tocásemos la
horrible
|
|
|
La
deplorable edad, en que adoraba
|
|
|
Unos
Dioses la tierra inexorables,
|
|
|
Y a
quienes sacerdotes de inhumanas
|
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|
Imposturas
autores aún más fieros,
|
|
|
De
aplacar tantas veces se jactaban
|
|
|
Con la inocente sangre de los
hombres.
|
|
|
De
la España también, otra vil alma,
|
|
|
Por el oro comprada y
corrompida,
|
|
|
Con avaricia pérfida, su patria
|
|
|
Al Íbero vender y entregar
quiere,
|
|
|
A aquel Íbero mismo, a quien
odiaba.
|
|
|
Más
ya de un poderoso y fuerte bando
|
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|
Unánimes
sufragios, en voz alta,
|
|
|
De
nuestros viejos reyes sobre el trono,
|
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|
Al caudillo Mayenne colocara.
|
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|
Solo un sacro dictado y un carácter,
|
|
|
Un título tan solo le faltaba
|
|
|
A su vasto poder. De osados
votos
|
|
|
Orgullosas y altivas esperanzas,
|
|
|
En el profundo arcano de su
pecho
|
|
|
A placer se nutrieran, se
cebaran,
|
|
|
Y
en el supremo honor tan peligroso
|
|
|
Del gran nombre de Rey, se
saboreaban.
|
|
|
A tal resolución, súbitamente
|
|
|
Levántase Potier, y la palabra 52
|
|
|
Para hablar al congreso grave
pide.
|
|
|
La rígida virtud, sola formaba
|
|
|
Su
terrible elocuencia. En unos días
|
|
|
Del crimen tan infectos, se
admirara
|
|
|
Siempre justo a Potier, siempre
por tanto
|
|
|
Respetado y temido. Veces
varias,
|
|
|
Con varonil constancia la
licencia
|
|
|
Reprimir
se le viera de su saña;
|
|
|
Y
sobre ellos intacta conservando
|
|
|
Su antigua autoridad, mostrar
lograra
|
|
|
Su
error impunemente y su injusticia.
|
|
|
Al levantar su voz, murmullos se
alzan:
|
|
|
Apresúranse a oírle; le rodean;
|
|
|
Y al silencio, escuchándole su
plaza
|
|
|
Cede el motín ruidoso. Así en la
nave
|
|
|
Que
agitaron las olas, acallada
|
|
|
Del marinero ya la gritería,
|
|
|
Que los aires hiriendo
horrorizaba,
|
|
|
Sólo el corte se siente de la
proa,
|
|
|
Que
espumante, y en próspera bonanza,
|
|
|
Un mar surca calmoso y
obediente;
|
|
|
Así Potier, dictando leyes
sabias,
|
|
|
Como un justo entre el pueblo
aparecía,
|
|
|
Y a su voz el tumulto mudo
estaba.
|
|
|
«Vos destináis, les dice, el
de Mayenne
|
|
|
Al puesto soberano. Vuestra
falta
|
|
|
Reconozco y la escuso a un
tiempo mismo.
|
|
|
Virtudes
en Mayenne así resaltan,
|
|
|
Que
nunca por demás serán queridas.
|
|
|
Yo propio le eligiera, si
juzgara
|
|
|
Que elegirle podía; más nosotros
|
|
|
Ley tenemos; debemos observarla;
|
|
|
Y ese héroe tan insigne, si el
imperio
|
|
|
Pretende, de él indigno se
declara.»
|
|
|
Con
todo el aparato, en este punto,
|
|
|
Y la brillante corte de un
monarca,
|
|
|
Entra Mayenne ya. Potier le mira
|
|
|
Sin leve inmutación. «Sí; la
palabra
|
|
|
En tono del valor más noble
lleno,
|
|
|
Vuelve a tomar, «Sí, príncipe.
No osara
|
|
|
Dirigiros mi voz contra vos
propio,
|
|
|
En nuestro pro común y de la
patria,
|
|
|
Si menos para ello os estimase.
|
|
|
En
vano antiguos fueros se proclaman
|
|
|
Para elegir hoy Rey. Restan
Borbones
|
|
|
Que
el trono ocupar deban de la Francia.
|
|
|
Nacer os hizo Dios harto bien
cerca
|
|
|
Del augusto lugar de su real
rama,
|
|
|
Sólo para con gloria sostenerle,
|
|
|
Y no para usurparle con infamia.
|
|
|
Desde
el sombrío seno de los muertos,
|
|
|
Ya ¡esclarecido príncipe! ya
nada
|
|
|
Que reclamar le queda al grande
Guisa.
|
|
|
Sangre,
que ya corrió de su monarca,
|
|
|
Muy
bien a sus cenizas bastar debe.
|
|
|
Si el murió por un crimen, bien
vengada
|
|
|
Su muerte lo fue ya por otro
crimen.
|
|
|
Tomad con el Estado la mudanza,
|
|
|
Que al Cielo plugo dar. Tan
justo enojo
|
|
|
Fine ya con Valois y su
desgracia,
|
|
|
Puesto que por Borbón no fue la
sangre
|
|
|
De Guisa vuestro hermano
derramada.
|
|
|
El Cielo, el justo Cielo, que
oficioso
|
|
|
Tanto os honra a los dos, tanto
os halaga,
|
|
|
Para haceros eternos enemigos
|
|
|
Os
dio a entrambos virtudes demasiadas;
|
|
|
Mas yo el murmullo escucho;
sonar oigo
|
|
|
De
ese pueblo los gritos, que propalan
|
|
|
De
hereje y de relapso horribles motes.
|
|
|
De nuestros sacerdotes
transportada
|
|
|
Observo la piedad. Su falso celo
|
|
|
Viendo estoy, que empuñando
mortal daga...
|
|
|
Deteneos, y oídme ¡Desgraciados!
|
|
|
¿Cuál es la ley, ejemplo, o
infernal rabia,
|
|
|
Que
vuestros homenajes al Ungido
|
|
|
Del Señor, así estorba y
arrebata?
|
|
|
¡Qué! ¿De San Luis el hijo, por
ventura,
|
|
|
A sus votos perjuro, se propasa
|
|
|
A hundir o desquiciar los
fundamentos,
|
|
|
Do nuestro eterno altar se apoya
y alza?
|
|
|
¿Al pie no pide dél, que se le
instruya?
|
|
|
Él las leyes sanciona, observa y
ama,
|
|
|
Cuyo imperio insultáis vosotros
mismos.
|
|
|
Él,
sabe entre las sectas más contrarias
|
|
|
Las virtudes honrar. Él, vuestro
culto
|
|
|
Igualmente respeta, y aun las
faltas,
|
|
|
Y
aun los abusos vuestros, al Dios vivo,
|
|
|
Cuyos ojos del hombre el fondo
calan,
|
|
|
El
divino poder y los derechos,
|
|
|
Que vuestro error se arroga o
vuestra audacia
|
|
|
De juzgar
las conciencias, reservando.
|
|
|
De regiros cual Padre y cual Rey
trata;
|
|
|
Y
aun cual mejor cristiano que vosotros,
|
|
|
A perdonaros viene. Todo se
halla
|
|
|
En libertad con él ¿Y él
solamente
|
|
|
Ser libre no podría? ¿Qué
ordenanza,
|
|
|
Qué ley pudo, o qué fuero
constituiros
|
|
|
De vuestro Rey jueces? ¡Turba
airada
|
|
|
De pastores infieles!
¡Sediciosos
|
|
|
Indignos ciudadanos! cuán lejana
|
|
|
Se ve vuestra conducta, cuán
ninguna
|
|
|
Vuestra conformidad y semejanza,
|
|
|
De la edad primitiva a los
cristianos,
|
|
|
Que en medio del desprecio, con
que odiaban
|
|
|
De
yeso y de metal ficticios dioses,
|
|
|
Sin murmurar jamás, en paz
llevaran
|
|
|
De
príncipes idólatras el yugo;
|
|
|
Con sufrimiento heroico y
constancia,
|
|
|
Sin quejarse jamás ruidosamente,
|
|
|
Entre
horribles suplicios dan el alma;
|
|
|
Y
de heridas y sangre llenos todos,
|
|
|
A sus mismos verdugos
perdonaban,
|
|
|
Los atroces martirios bendecían!
|
|
|
Estos, a Cristo solos imitaran:
|
|
|
Verdaderos secuaces eran suyos:
|
|
|
Mi razón, estos solos, otros no
halla.
|
|
|
Ellos morir solían por sus reyes,
|
|
|
Y vosotros, ¡Franceses! con
insania
|
|
|
Asesináis los vuestros. Si al
Dios justo,
|
|
|
Cuyo implacable celo tanto
exalta
|
|
|
Vuestra imaginación, place el
castigo,
|
|
|
La sangrienta venganza tanto
agrada,
|
|
|
Sois,
en primer lugar, sí, sois vosotros
|
|
|
¡Bárbaros!
de quien tiene que tomarla.»
|
|
|
Nadie a un discurso osó tan arrojado
|
|
|
Dirigir su respuesta. Se
quedaran
|
|
|
Al escucharlo todos confundidos.
|
|
|
Heridas reconocen sus entrañas
|
|
|
De
los dardos, que en él, tan libremente
|
|
|
El
ardiente orador les asestara,
|
|
|
Fuertes
en demasía y penetrantes.
|
|
|
Resistían en balde, desechaban
|
|
|
En vano de su pecho, ardiendo en
iras,
|
|
|
El interno terror con que
amilana
|
|
|
La verdad al malvado; y el
despecho
|
|
|
Revolvían
y el miedo, y agitaban
|
|
|
Su oculto pensamiento, cuando al
Cielo,
|
|
|
Mil
voces de repente remontadas,
|
|
|
Resonar hacen ya por todas
partes,
|
|
|
Entre un confuso ruido estas
palabras.
|
|
|
«Al arma compañeros, sino somos
|
|
|
Perdidos sin remedio, al arma;
al arma.»
|
|
|
Ya
del alzado polvo espesas nubes,
|
|
|
Del sol la clara luz turban y
empañan.
|
|
|
De
alarmantes clarines y tambores
|
|
|
El estruendo marcial, de horror
llenaba,
|
|
|
Cual precursor acento de la
muerte;
|
|
|
No de distinto modo, que
escapadas
|
|
|
De
las cuevas del Norte por la tierra,
|
|
|
Precedidas
de vientos en su marcha,
|
|
|
Y
del trueno seguidas, de los aires
|
|
|
El espacio oscurando entre las
masas
|
|
|
De polvo en torbellinos, con
violencia
|
|
|
Levantadas del suelo en que
posaban,
|
|
|
Las fuertes impetuosas
tempestades,
|
|
|
De
el Universo corren por las plagas.
|
|
|
Era el terrible ejército de Enrique,
|
|
|
Que ya de una inacción sobrado
blanda
|
|
|
Desairado creyéndose, y ardiendo
|
|
|
De
fresca sangre en sed, se aproximaba;
|
|
|
Su espantosa algazara y
alaridos,
|
|
|
Hacía percibir a una distancia;
|
|
|
E inundando los campos, a los
muros
|
|
|
Del rebelde París se encaminaba.
|
|
|
No
empleara Borbón unos momentos
|
|
|
De
crisis tan salubre, en ordinarias
|
|
|
De
su finado Rey fúnebres honras;
|
|
|
Ni en cuidar, que su tumba fuese
ornada
|
|
|
De
inscripciones brillantes, que a los muertos,
|
|
|
De
los fieros vivientes miras vanas
|
|
|
De
distinción y orgullo, comúnmente,
|
|
|
De su raza a cadáveres
consagran.
|
|
|
Sus
aguerridas manos, las riberas
|
|
|
No cargaran del Sena desoladas
|
|
|
De altivos mausoleos, do del
hado,
|
|
|
Y del tiempo a pesar de cuanto
arrasa
|
|
|
La devoraz injuria, del olvido,
|
|
|
Y
de la atroz guadaña de la parca,
|
|
|
De
los Grandes fantásticos del mundo
|
|
|
La vanidad frenética triunfaba.
|
|
|
Él solo, por su parte, a Valois
piensa,
|
|
|
En el lóbrego seno de su
estancia,
|
|
|
Más
dignos de su sombra enviar tributos;
|
|
|
Vencer
sus enemigos en campaña;
|
|
|
Castigar sus aleves asesinos;
|
|
|
Y hacer feliz su pueblo, ya
domada
|
|
|
De
su audaz rebeldía la fiereza.
|
|
|
Al rumor no esperado que sonara
|
|
|
De
los rudos asaltos, que de Enrique
|
|
|
La sitiadora hueste amenazaba,
|
|
|
De
los Estados juntos, confundido,
|
|
|
Disuélvese el congreso y se
separa.
|
|
|
Mayenne al mismo tiempo, a lo
más alto
|
|
|
Corre
activo y veloz de la muralla.
|
|
|
El soldado, alarmándose, reunido
|
|
|
A
sus pendones vuela, y en voz alta,
|
|
|
Con indigno ademán, al Héroe
ilustre,
|
|
|
Que a París va avanzándose,
insultaba.
|
|
|
Todo a punto está ya para el
asalto.
|
|
|
Todo ya a la defensa pronto se
halla.
|
|
|
No
era de turbación en aquel tiempo,
|
|
|
Nuestro París, lo mismo, que así
encanta
|
|
|
Al
dichoso francés en nuestros días.
|
|
|
Cien
fuertes, que el furor y el miedo alzaran,
|
|
|
En
menos anchuroso y largo espacio
|
|
|
Su recinto interior
circunvalaban.
|
|
|
Aquellos en el día tan soberbios
|
|
|
Pomposos arrabales, cuya
entrada,
|
|
|
Cuya salida el mundo entero hoy
goza
|
|
|
A todas horas libre, a todas
franca
|
|
|
De
la paz por la mano, y que avenidas
|
|
|
De una ciudad inmensa son
ufanas,
|
|
|
Do allá a perderse van entre las
nubes
|
|
|
Mil dorados palacios, no
formaban
|
|
|
Más
que pobres aldeas y abatidas,
|
|
|
Que
de sombríos muros circundadas,
|
|
|
De
París dividían anchos fosos.
|
|
|
De Levante hacia el lado, al
punto avanza
|
|
|
Hasta el muro Borbón. Se acerca:
llega:
|
|
|
La muerte le precede. Ya entre
llamas
|
|
|
Por el aire silbando vuela el
hierro
|
|
|
Del altivo bastión de la muralla
|
|
|
Y de la brava mano sitiadora;
|
|
|
Y
las encaramadas torres altas,
|
|
|
Los
fuertes, que amenazan riesgos tantos,
|
|
|
Y
los trabajos y obras que los vallan,
|
|
|
De tan recia borrasca bajo el
golpe
|
|
|
Desplomándose todos, se
aterraban.
|
|
|
Enteros batallones, derrotados
|
|
|
Tendidos se ven ya por la
campaña,
|
|
|
Y
aquí y allí dispersos, horrorizan
|
|
|
Lejos
de ellos sus miembros, sus entrañas.
|
|
|
En polvo reducido cae al punto
|
|
|
Todo cuanto a tocar el hierro
alcanza,
|
|
|
Y cada hueste lidia con el rayo.
|
|
|
Con
menos arte, un tiempo, en las batallas,
|
|
|
Los míseros mortales combatiendo,
|
|
|
A su violenta muerte caminaran.
|
|
|
Con menor aparato, antiguamente,
|
|
|
El soldado al degüello se
arrojaba.
|
|
|
El acero en la mano, era
instrumento
|
|
|
A su valor bastante, y a su
saña;
|
|
|
Más
de la cruel industria de sus hijos
|
|
|
Refinados esfuerzos, arrebatan
|
|
|
De
las altas esferas celestiales
|
|
|
Fulminadores truenos, que
abrasaran,
|
|
|
Y con horrendo estrépito se
oyeron
|
|
|
Las bombas reventar, que tanto
espantan;
|
|
|
Abominables
furias, que de Flandes
|
|
|
Las fieras turbaciones
abortaran.
|
|
|
De
bronce en duros globos inflamado,
|
|
|
Por el aire el salitre se
dilata;
|
|
|
Vuela rápidamente; se alza, y
cae
|
|
|
Con la misma prisión que le
encerraba;
|
|
|
Rómpela con estruendo, y de su
fondo,
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Con rábido furor la muerte
escapa.
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Aún
con arte mayor y más barbarie,
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Allá
en profundas cuevas sepultada,
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Sabídose ha oprimir la infernal
furia
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De
subterráneos rayos, cuya saña
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Pronta a inflamarse yace. So un
camino
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De aspecto engañador, do a la
matanza
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Volando ya el soldado, a sus
esfuerzos
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Librárase valiente, se reparan
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En un instante abiertos mil
abismos.
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Por
los aires de azufre se derraman
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Denegridos torrentes.
Batallones,
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Que en masa un bravo ardor
adelantara,
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De la explosión al golpe
sorprendidos,
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Estos nuevos Vesubios
despedazan,
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Volar
hacen en trozos por los aires,
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O por bocas del suelo enteros
tragan;
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Tan horroroso y grande era el
peligro,
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Que al intrépido Enrique
amenazara.
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Tanto y tan inminente el riesgo
fuera,
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Que arrostrar a su espíritu
agradaba.
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Por medio de ellos todos, de avanzarse
|
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Hasta su digno trono, ardía en
ansias.
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Tal
tempestad, tras él, bravos desdeñan
|
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Sus
guerreros, que entre ella, no se pasman,
|
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|
Cuando bajo sus pies se abre el
infierno,
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Y sobre su cabeza el rayo amaga.
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La Gloria a par del Rey, ante
sus ojos
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Volando va con él. En ella
clavan
|
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|
Sus
soldados la vista, y por sus sendas
|
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|
Trepando
de ella en pos, con firme planta
|
|
|
Por los riesgos caminan sin
espanto.
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De
este raudo torrente, que avanzaba,
|
|
|
Entre furiosas ondas, por su
parte,
|
|
|
Con un tranquilo paso y grave
calma,
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Impávido no menos que sereno,
|
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|
El prudente Morné también se
avanza.
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Al miedo y al furor inaccesible,
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|
Del cañón al estruendo y la
descarga
|
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|
Constantemente
sordo, y en el seno
|
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|
Conservando del fuego fresca el
alma,
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Con ojos mira estoicos la
guerra,
|
|
|
Como funesto azote, como plaga
|
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|
Del Cielo, necesaria, aunque
espantosa.
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|
A do el honor le guía, en tono
marcha
|
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|
De filósofo siempre; y si
condena
|
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|
El sanguinario ardor de las
batallas,
|
|
|
A su príncipe llora, y fiel le
sigue.
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|
Al
terrible camino por fin bajan,
|
|
|
Que
de sangre un glacis todo regado,
|
|
|
Insuperable hacía. Aquí es do exalta
|
|
|
Su denodado esfuerzo el gran
peligro.
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|
|
De
fajina y cadáveres se allana
|
|
|
La vasta cavidad del hondo foso.
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|
De
muertos y de heridos, que arrastraban,
|
|
|
Los montones hollando, parten,
corren,
|
|
|
Precipitadamente se abalanzan,
|
|
|
Y a la brecha se arrojan. Solo
armado
|
|
|
De un acero sangriento, y de una
adarga
|
|
|
Cubierto, al frente va, la
brecha monta
|
|
|
El primero Borbón. Monta; y
largada
|
|
|
A
los vientos, sobre ella ya flotando,
|
|
|
Su victorioso brazo enarbolara
|
|
|
La
triunfante bandera de las Lises.
|
|
|
Quedan
delante dél de pasmo heladas
|
|
|
Las
huestes de la Liga, a entender dando,
|
|
|
Que en su persona a un tiempo
respetaban
|
|
|
Su Vencedor y Rey. Ellas ya
ceden;
|
|
|
Más Mayenne al instante lo
embaraza,
|
|
|
Y su ardor animando con su
ejemplo,
|
|
|
Nuevamente
a los crímenes las llama.
|
|
|
Sus
fuertes y cerrados batallones,
|
|
|
Por do quiera avanzándose,
apretaban
|
|
|
Al Rey, cuyas miradas, poco
había,
|
|
|
Que arrostrar no pudieran cara a
cara.
|
|
|
Sobre el muro, a su lado, la
Discordia,
|
|
|
A la lid excitando encarnizada,
|
|
|
De
la caliente sangre en los raudales,
|
|
|
Por ella ya vertidos, se bañaba.
|
|
|
De
los funestos muros combatiendo
|
|
|
Más a gusto el soldado, apunta,
y lanza
|
|
|
De más cerca más cierto y mortal
golpe.
|
|
|
Desde entonces no juegan, ya no
estallan
|
|
|
Los truenos no se escuchan de la
guerra,
|
|
|
Cuyas
bocas de bronce, las campañas,
|
|
|
De
la tierra, los pueblos, tantas veces
|
|
|
Por ellos aturdidos,
consternaban.
|
|
|
Un feroz trabadísimo silencio,
|
|
|
Hijo del cruel furor, allí
reemplaza
|
|
|
De una manera horrible su
estampido;
|
|
|
Y
con ojos de fuego ardiendo en brasas,
|
|
|
Y un brazo decidido a todo
trance,
|
|
|
Por entre el enemigo abrirse
alcanza
|
|
|
Cada bravo una senda. Por contrarios
|
|
|
Esfuerzos
de ambas partes, la muralla,
|
|
|
De
la muerte teatro, y de la sangre
|
|
|
De
unos y otros guerreros barnizada,
|
|
|
Ya se gana, se pierde y se
recobra.
|
|
|
En su mano fatal trémula y
varia,
|
|
|
Cercano
de las Lises, de Lorena,
|
|
|
La Victoria el pendón aún
tremolaba.
|
|
|
Por todos puntos ya los
asaltantes,
|
|
|
Rechazados
y rotos se notaran.
|
|
|
Cien
veces vencedores, y cien otras
|
|
|
Vencidos, a un gran piélago
imitaban,
|
|
|
De fuerte tempestad cuando
impelido,
|
|
|
Que la playa hasta donde su ola
avanza,
|
|
|
En
un instante inunda en otro huye.
|
|
|
Jamás tan grande el Rey se demostrara
|
|
|
Ni su ilustre rival, como en el
día
|
|
|
De
tan feroz asalto. De la vasta
|
|
|
Mortandad y la sangre repasando
|
|
|
Uno y otro por medio, de su
saña,
|
|
|
De
su valor y espíritu cual dueños,
|
|
|
Disponían, obraban, ordenaban,
|
|
|
Miraban todo a un tiempo, y
conducían
|
|
|
Con una sola ojeada, de sus
masas
|
|
|
Los
rápidos y horribles movimientos.
|
|
|
La formidable, en tanto, hermosa y brava
|
|
|
Flor
de las anglas huestes auxiliares,
|
|
|
Por Essex al asalto
acaudilladas,
|
|
|
Bajo nuestros pendones, a este
tiempo,
|
|
|
Por la primera vez se
adelantaba,
|
|
|
De
servir en la Francia a nuestros reyes,
|
|
|
Al parecer confusa y admirada.
|
|
|
Ellas a sostener fieras venían
|
|
|
El honor y la gloria de su
patria,
|
|
|
De
luchar y morir haciendo alarde,
|
|
|
Sobre
los mismos muros y campañas,
|
|
|
En
que ufanos el Sena a sus abuelos
|
|
|
Viera un tiempo reinar. La
brecha ataca
|
|
|
Por
el punto, de Essex, en que apostado
|
|
|
El intrépido Aumale la guardaba.
|
|
|
Ambos rivales, jóvenes
brillantes,
|
|
|
A porfía compiten, y se igualan
|
|
|
En
el marcial ardor de que están llenos;
|
|
|
Así allá combatiendo nos
pintaran
|
|
|
En
los muros de Troya semidioses.
|
|
|
A
los dos, de tropel, auxilio daban
|
|
|
En contorno sangrientos sus
amigos.
|
|
|
Galos,
Lorenos, Anglos, que tamañas
|
|
|
Ira y bravura a un tiempo allí
reuniera,
|
|
|
Combatían, herían, avanzaban,
|
|
|
Y morían matando todos juntos.
|
|
|
¡Ángel, que su furor y brazo
guiabas!
|
|
|
¡Sacro Exterminador, que fuiste
siempre
|
|
|
De
estos trances el árbitro y el alma!
|
|
|
¿De qué héroe, al fin, tomaste
la querella?
|
|
|
¿A
favor de cuál de ellos, dí, más grata
|
|
|
Del Cielo la balanza se ha
inclinado?
|
|
|
Sitiados
y sitiantes de igual saña,
|
|
|
Borbón,
Mayenne, Essex, y el rival suyo,
|
|
|
Hacen en igual tiempo igual
matanza.
|
|
|
El partido más justo,
finalmente,
|
|
|
Victorioso consigue la ventaja.
|
|
|
Triunfa al cabo Borbón rompiendo
paso.
|
|
|
Ya más no le resisten fatigadas
|
|
|
De
la Liga las tropas, que aturdidas,
|
|
|
Ceden, y le abandonan la
muralla.
|
|
|
Así
como caer se ve un torrente
|
|
|
Del Pirineo allá de cimas altas,
|
|
|
Que del valle en la hondura,
amenazando
|
|
|
Las ninfas extravía
consternadas,
|
|
|
Y
encontrando en su curso fuertes diques,
|
|
|
Que
al furor de sus olas levantaran,
|
|
|
El impetuoso choque un tanto
enfrenan;
|
|
|
Pero bien prontamente ya
arrasadas
|
|
|
Sus
débiles barreras, más pujante,
|
|
|
Ante sí y a muy lejos, lleva,
arrastra
|
|
|
El estruendo, la muerte, y el
espanto;
|
|
|
De raíz, al pasar, violento
arranca
|
|
|
Las encinas altivas y
orgullosas,
|
|
|
Que
cien recios inviernos desafiaran
|
|
|
A los cielos tocando, y
desprendiendo
|
|
|
Del pendiente breñar de la
montaña
|
|
|
Enormísimas peñas, los rebaños
|
|
|
Fugitivos
persigue en las campañas;
|
|
|
Así, Borbón, del alto de los
muros,
|
|
|
Que humeando aun se apoderara,
|
|
|
A paso y con furor precipitado,
|
|
|
Al campo de batalla se abalanza,
|
|
|
Y con segur cayendo fulminante
|
|
|
Sobre
aquellos rebeldes, los segaba
|
|
|
Cual la colmada mies siega el
colono.
|
|
|
Los
Dez y seis, temblando a justas sañas
|
|
|
Del brazo vengador, ya por el
miedo
|
|
|
Dispersados
y atónitos, se escapan.
|
|
|
Manda,
por fin, Mayenne, que las puertas
|
|
|
Al triunfador Borbón al punto se
abran.
|
|
|
Entra
el Héroe en París con sus cohortes.
|
|
|
El hacha en una mano, en otra el
arma,
|
|
|
Vuelan
los vencedores, y de sangre
|
|
|
Por
tintos arrabales se derraman.
|
|
|
Del soldado sin freno la
bravura,
|
|
|
Tornándose
en brutal y feroz rabia,
|
|
|
Todo lo lleva a saco, sangre y
fuego.
|
|
|
Enrique no lo ve. Raudos picaban
|
|
|
Sus ímpetus la fuga, a que, a
sus ojos,
|
|
|
Con sobrada vergüenza se
entregara
|
|
|
El deshecho enemigo. Le
transporta
|
|
|
Su valor, y su gloria le
inflamaba.
|
|
|
Salta los arrabales; y a la
puerta
|
|
|
Avanzándose airado, «¡Camaradas!
|
|
|
Acá con esa llama y ese hierro.
|
|
|
Venid, volad, montad esa
muralla,
|
|
|
Que
orgullosa y tenaz aún nos resiste.»
|
|
|
Estas voces apenas pronunciadas,
|
|
|
A
los ojos de Enrique se presenta,
|
|
|
Del fondo de una nube remontada,
|
|
|
Un fúlgido fantasma, cuyo talle,
|
|
|
Cual majestuoso dueño, que
comanda
|
|
|
A todos los soberbios elementos,
|
|
|
En las alas del viento se
acercaba
|
|
|
Bajando hacia Borbón. Vivas
centellas
|
|
|
De la divinidad, su frente
ornaban
|
|
|
De una inmortal belleza. De
ternura
|
|
|
Sus
ojos y de horror llenos resaltan.
|
|
|
«Detente, al punto exclama,
demasiado
|
|
|
Infeliz vencedor ¿tú la morada,
|
|
|
Tú la inmortal herencia de cien
reyes
|
|
|
Tus augustos mayores, a las llamas,
|
|
|
Al pillaje y la muerte entregar
osas,
|
|
|
Tus
tesoros, mis templos, y la patria;
|
|
|
Degollar
tus vasallos; y sus vidas
|
|
|
Por parricidas manos agotadas,
|
|
|
Reinar sobre cadáveres y
escombros?
|
|
|
Detente, le repite.» A estas
palabras,
|
|
|
Aún
más que el trueno fuertes, cae en tierra,
|
|
|
Y aturdido el soldado el botín
larga.
|
|
|
De
aquel ardor Enrique todo lleno,
|
|
|
Con que la lid su pecho aún
agitaba,
|
|
|
A un proceloso mar se parecía,
|
|
|
Que murmurando ruge aun cuando
calma.
|
|
|
¡O fatal morador, dice, de un
mundo,
|
|
|
Que del hombre a la vista se
recata!
|
|
|
Declárame, si quieres, te
suplico,
|
|
|
Lo que a anunciarme viene tu
embajada
|
|
|
En mansión tan sangrienta y
horrorosa.»
|
|
|
De una suave, entonces, dulce
gracia,
|
|
|
Estos llenos acentos, ha
escuchado.
|
|
|
Yo soy el Rey feliz, a quien en
aras
|
|
|
Cultos la Francia rinde. Soy el
Padre
|
|
|
De
los Borbones, tuyo, y de tu causa
|
|
|
El
justo protector; el Luis, que un tiempo
|
|
|
Combatió como tú; cuya fe santa
|
|
|
Tu dócil corazón con desdén
mira;
|
|
|
Aquel
Luis, en fin, que tanto te ama,
|
|
|
Y con lástima admira. Vendrá el
hora
|
|
|
En
que a ese trono, Enrique, de la Francia,
|
|
|
De Dios mismo la mano te
remonte.
|
|
|
En
París, vencedor, harás tu entrada,
|
|
|
Aunque
de tu clemencia en digno premio,
|
|
|
No
dél de tu valor y tus hazañas.
|
|
|
Dios mismo es, hijo caro, si,
Dios mismo
|
|
|
Es
quien de esto te instruye, y quien me manda.»
|
|
|
De
gozo a tales voces, aquí el héroe
|
|
|
Tiernas
y dulces lágrimas derrama.
|
|
|
Extinguido ya el fuego de su
enojo
|
|
|
Deja en su corazón una paz
santa.
|
|
|
Suspira,
exclama, adora de rodillas,
|
|
|
Y de un horror divino absorta el
alma,
|
|
|
A la sagrada sombra gratos
brazos
|
|
|
Tres veces con afán ardiente
alarga,
|
|
|
Y
tres veces su padre se le huye,
|
|
|
Y
le burla, cual nube, que arrebata
|
|
|
La impetuosa violencia de los
vientos.
|
|
|
De
la altura, entre tanto, descollada
|
|
|
Del formidable muro, en armas
puesta
|
|
|
Aquella inmensidad confusa y
vasta
|
|
|
De un pueblo alborotado y de una
Liga
|
|
|
En
que las clases todas se mezclaran
|
|
|
De
jefes, ciudadanos y soldados,
|
|
|
Franceses y extranjeros,
granizaba
|
|
|
Contra el Rey, animosa, hierro y
fuego.
|
|
|
La virtud del Altísimo, brillaba
|
|
|
Derredor
de su frente, y de los dardos,
|
|
|
Que contra él de intento se
arrojaran,
|
|
|
La tempestad desvía. El riesgo
entonces
|
|
|
Llegó
Enrique a probar, en que bajara
|
|
|
De los Borbones a salvarle el
Padre.
|
|
|
A
París y sus pueblos contemplaba
|
|
|
Con tan tranquilos ojos como
mustios.
|
|
|
«¡Franceses, exclamó, ¡ciudad
infausta,
|
|
|
Ciudadanos ilusos e infelices,
|
|
|
Pueblo feble y sin fe! ¿cuando acabadas
|
|
|
Esa audacia serán y loco empeño,
|
|
|
De combatir así vuestro
Monarca?»
|
|
|
A
la manera, entonces, que el gran astro
|
|
|
De
las luces autor, ya completada
|
|
|
Su abrasante carrera, con un
fuego
|
|
|
Lucir se ve más dulce, allá a la
raya,
|
|
|
Del remoto Occidente, do más
grande
|
|
|
A
los ojos parece, que se escapa
|
|
|
Lejos
ya de nosotros; así lejos
|
|
|
También
ya de París y sus murallas,
|
|
|
El Héroe se retira, el alma
llena
|
|
|
Del Rey santo y del Dios, que le
enviaba.
|
|
|
Hacia
Vincenes marcha, en que allá un día,
|
|
|
Justas leyes al Pueblo
pronunciara,
|
|
|
De una encina, el Gran Luis, al
pie sentado.
|
|
|
¡Cuanta fue, desde entonces, tu
mudanza,
|
|
|
O Vincenes, paraje amable un
tiempo!
|
|
|
Tú, no eres hoy ya más, que
abominada
|
|
|
Negra prisión de Estado, viejo
fuerte, 53
|
|
|
De despecho lugar, do veces
tantas,
|
|
|
A despeñarse vienen y sumirse,
|
|
|
De
cumbres del poder y la privanza,
|
|
|
Arrogantes ministros y magnates,
|
|
|
Que
allá un día lucieran y tronaban
|
|
|
Sobre
nuestras cabezas, y viviendo
|
|
|
De
la corte entre escollos y borrascas,
|
|
|
Por un hado inconstante, de
opresores
|
|
|
A
oprimidos pasar se les miraba,
|
|
|
Y a
humillados no menos de soberbios,
|
|
|
Siendo el horror del pueblo
veces varias,
|
|
|
Y otras, siendo su amor. Del
Occidente,
|
|
|
Do se forman las sombras, ya se
avanza
|
|
|
A desplegar la noche el negro
manto
|
|
|
Sobre el triste París, y así
recata
|
|
|
Al mísero mortal, en tan
sangrienta
|
|
|
Horrorosa mansión, fieras
batallas,
|
|
|
Y tendidos cadáveres, que ha
visto
|
|
|
La luz de un día fúnebre
turbada.
|